La Chica del Pantano CAPÍTULO 5 #3
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CAPÍTULO 5 #3

El efecto del nombre en la joven fue instantáneo y devastador.

Clara se quedó completamente inmóvil, con la espalda rígida contra el respaldo de la silla y la respiración contenida en el pecho.

El pequeño gesto de llevarse la mano a la garganta delató que la mención de aquel enclave de montaña acababa de activar un resorte de memoria dolorosa.

No dijo nada durante diez segundos eternos; solo el golpeteo del agua contra el cristal de La Estación llenaba el vacío entre ambas.

—El pantano... —dijo Clara al fin, con la voz reducida a un hilo quebradizo—.

Él lo presentaba como una tradición literaria.

Decía que para entender la figura de Ofelia y desprenderse de la mirada del entorno había que cumplir con un gesto simbólico cerca del agua.

Llevaba allí a las nuevas integrantes al comenzar el otoño.

Te hacía descalzarte, mojarte los pies en la orilla mientras recitaba versos sobre la purificación y la lealtad al grupo.

Cuando estabas allí, envuelta en la niebla y rodeada por la mística del taller, no parecía nada extraño.

Era como una performance poética, una prueba de compromiso con la literatura.

—¿Y después? —preguntó Alba, sosteniendo la tensión del momento sin apartar la vista.

—Lo extraño no ocurría en el agua —respondió Clara, fijando los ojos en el ventanal con una mirada distante—. Lo extraño lo entendías después. Con el paso de los días.

—¿Qué significa eso, Clara?

La muchacha guardó silencio, frotándose las manos húmedas contra el tejido del abrigo. Alba percibió que la joven bordeaba una frontera de pudor y temor que no se atrevía a cruzar con una desconocida. Clara tomó aire profundamente antes de continuar.

—Después del agua, la ceremonia no terminaba allí.

Mientras las demás recogían las cosas junto a los coches, Darío exigía una conversación privada con cada una de las recién llegadas en la caseta de piedra de la presa.

Decía que era una evaluación personal, un espacio para fijar los límites de la dedicación al club y romper las últimas barreras de reserva personal.

—¿A solas? —interrumpió Alba.

—Siempre a solas —asintió Clara con rotundidad—.

En esa caseta no había libros ni lecturas.

Era una conversación donde él utilizaba todo lo que sabía de ti, tus vulnerabilidades, tus secretos familiares o tus inseguridades para establecer una alianza de silencio que te aislaba del resto.

Salías de allí sintiendo que le debías una lealtad absoluta y que cualquier duda sobre sus métodos era una traición al grupo.

—¿Todas pasabais por eso? ¿Alguna se negó alguna vez?

Clara tardó en responder, tamborileando con los dedos sobre la madera.

—Hubo una chica que se negó a entrar en la caseta. Ocurrió en mi segundo año. Se plantó en la orilla, se puso los zapatos y dijo que aquello no tenía nada que ver con la poesía. Se llamaba Natalia. Natalia Fuentes. Dejó el club esa misma noche.

—¿Y qué fue de ella? —preguntó Alba, reconociendo de inmediato el nombre que figuraba en la lista fotografiada en la trastienda.

—No volvió a San Telmo. Su familia recogió sus cosas semanas después. Estaba aterrorizada cuando se fue, pero jamás contó qué le dijo Darío cuando ella rechazó participar en la conversación privada. Nadie volvió a saber de ella en la comarca.

La conversación había alcanzado un punto de gravedad donde la sospecha de Alba dejaba de ser una mera especulación sobre rarezas provincianas para adquirir la forma de un patrón sistemático de dominación y coacción psicológica.

Clara la observó detenidamente, notando la firmeza con la que la correctora tomaba notas mentales de cada detalle.

—¿Por qué quieres saber todo esto, Alba? —preguntó Clara con una mezcla de inquietud y advertencia—. Tú no estás haciendo un catálogo de imprentas.

Alba vaciló. No podía revelar la vulneración de sus sistemas informáticos, ni el mensaje anónimo recibido en su teléfono, ni la sombra del vehículo verde aparcado frente a su ventana en mitad de la noche.

—Hay chicas jóvenes que siguen acudiendo a esa caseta —respondió Alba con aplomo—. Ayer vi a una de ellas salir de allí. Necesito entender qué ocurre realmente en ese taller antes de que alguien más termine aislada.

Clara la contempló durante varios segundos en silencio. Luego se inclinó ligeramente sobre la mesa y le dijo con una seriedad helada:

—Si vas a seguir preguntando por ellas, ten mucho cuidado. Algunas personas no quieren que se recuerde lo que pasó allí. Y cuando digo personas, no me refiero solo a Darío. Hay familias en el pueblo que prefieren el silencio a que se manche el nombre de la librería o la reputación de sus hijas.

Antes de que Alba pudiera repreguntar, Clara añadió un detalle adicional:

—Si necesitas saber hasta dónde llega el control de Darío sobre las chicas actuales, habla con Sofía. Ella sabe más de lo que cuenta. Está atrapada en la misma dinámica en la que estuvimos nosotros.

—Conozco a Sofía —dijo Alba sin pensar—. La vi ayer en el pantano y he hablado con ella en la librería.

Al escuchar eso, la expresión de Clara cambió de forma drástica. La cautela dio paso a un temor casi físico. Abrió la boca, sorprendida, y miró alrededor de la cafetería como si temiera que alguien estuviera escuchando la conversación tras las mamparas de madera.

—¿Hablaste con ella después de la caseta? —preguntó Clara, incorporándose en la silla—. Entonces no llegues tarde, Alba.

—¿Qué quieres decir con que no llegue tarde? —inquirió Alba, perpleja.

Clara no respondió. Recogió su bolso con gestos rápidos y precipitados, se abrochó el abrigo de lana hasta el cuello y se puso de pie, dejando un billete sobre la mesa para pagar su consumo.

—Yo salí de aquello a tiempo —dijo Clara, mirando a Alba con una mezcla de compasión y advertencia severa desde la cabecera de la mesa—. No cometas el error de pensar que todas tuvieron la misma suerte.

Sin añadir una sola palabra más, Clara caminó a paso rápido hacia la salida de La Estación, cruzó la puerta acristalada y se perdió tras la esquina de la calle en dirección a la travesía principal.

Alba permaneció sentada a la mesa durante diez minutos largos, contemplando la taza de café fría.

Su mente procesaba con frialdad la estructura del enigma: el Club de las Ofelias no era un simple taller de lectura ni una secta estrafalaria, sino un dispositivo de selección, manipulación y sometimiento orquestado por Darío bajo una fachada de prestigio cultural.

Las piezas encajaban con precisión cronológica: la captura de jóvenes vulnerables, el ritual de iniciación en el pantano como filtro de docilidad, la conversación a solas en la caseta para fijar el chantaje emocional y la posterior desaparición del mapa social de aquellas que, como Natalia Fuentes o Clara, intentaban romper el círculo.

Extrajo su teléfono móvil, abrió la fotografía de la lista manuscrita tomada en la trastienda y buscó el registro de Natalia Fuentes.

Allí figuraba la fecha de baja de cuatro años atrás.

Al comparar mentalmente esa cifra con las anotaciones del catálogo impreso, Alba advirtió que esa fecha coincidía de forma exacta con la desaparición de las fotografías del club de otra de las alumnas veteranas y con la primera edición del folleto privado que Darío había publicado de forma anónima en la imprenta comarcal.

La cronología estaba ahí, aguardando ser reconstruida con datos incontrovertibles.

Al salir de la cafetería, la lluvia caía con una intensidad constante, gris y fría, sobre los adoquines de Cabezón de la Sal.

Alba caminó hacia su vehículo con la capucha subida y las manos metidas en los bolsillos del abrigo.

Cuando estaba a punto de llegar a la portezuela del conductor, el teléfono vibró en su bolsillo con una pulsación prolongada.

Lo extrajo esperando un mensaje de Elena o una llamada de la imprenta. Sin embargo, en la pantalla iluminada por las gotas de agua apareció una notificación del gestor de correo electrónico de su cuenta principal:

«Aviso de seguridad: Se ha detectado un intento de inicio de sesión no autorizado desde un nuevo dispositivo en la ubicación: Cantabria / Red Local.»

Alba se detuvo en seco bajo la llovizna, sintiendo un nudo de hielo aprisionándole el estómago.

La intrusión digital no se había limitado al disco duro de su portátil la noche anterior; quienquiera que estuviera rastreando sus pasos estaba penetrando de forma metódica en sus redes de comunicación personal.

Guardó el teléfono en el bolsillo interior, abrió la puerta del coche, se introdujo en el habitáculo y aseguró las cerraduras desde dentro.

Antes de meter la llave en el contacto, ajustó el espejo retrovisor central y fijó la mirada en la acera opuesta de la calle.

Al otro lado de la calzada, en penumbra bajo los alerones de un edificio de piedra en construcción, permanecía estacionado un vehículo de líneas cuadradas y pintura oscura, con los cristales empañados por la humedad.

Alba no pudo verificar la matrícula ni distinguir al ocupante tras el parabrisas mojado. Mantuvo la vista fija en el espejo durante cinco segundos eternos, sintiendo que la investigación había cruzado definitivamente el umbral de la mera observación teórica.

Arrancó el motor, metió la primera marcha y se incorporó a la carretera de montaña en dirección a San Telmo, sabiendo que cada respuesta obtenida sobre el pasado de las Ofelias la acercaba un paso más al centro de una red que ya no disimulaba su presencia tras sus pasos.

El patrón de las ausencias