La Chica del Pantano CAPÍTULO 5 #2
13%

CAPÍTULO 5 #2

Encuadró el documento bajo la luz de la lámpara de escritorio y tomó dos fotografías nítidas.

En la tercera fila de la columna izquierda, correspondiente a la promoción de cuatro años atrás, aparecía el nombre: Natalia Fuentes , seguido de una fecha de baja que coincidía exactamente con el inicio del otoño y una escueta anotación al margen trazada con la caligrafía de Darío: «Cierre de ficha / Sin continuidad» .

Alba guardó el teléfono de inmediato, justo cuando los pasos del librero resonaban de regreso por el pasillo. Se mantuvo de pie junto a la mesa, examinando con aparente concentración un folleto sobre las jornadas de poesía comarcal.

—¿Encontraste la información de fechas que buscabas para el catálogo? —preguntó Darío al reaparecer en el marco de la puerta, sosteniendo un pequeño volumen encuadernado en tela verde.

—Sí, perfecto —respondió Alba, cerrando la carpeta de cartón que traía consigo—. Con estos folletos puedo ajustar la cronología de la memoria sin ningún problema. Gracias por facilitarme el acceso.

—Faltaría más —dijo él, tendiéndole el volumen de tela verde con un gesto elegante—.

Llévate esto. Es una edición descatalogada de las poesías de Rosalía de Castro que publicamos en la imprenta local hace unos años.

Creo que sabrás apreciarla mejor que nadie.

Y recuerda que la puerta de esta librería siempre está abierta para quien busca profundizar en los textos.

Alba aceptó el libro, agradeció el gesto con una inclinación de cabeza y recogió sus pertenencias.

Al salir a la calle Real, la luz gris del mediodía y el aire fresco de la montaña golpearon su rostro con la fuerza de un descompresor.

La figura de Darío no había mostrado una sola grieta visible; continuaba siendo el intelectual respetado, amable y paternal que toda la comarca admiraba.

No había una prueba que sostuviera una acusación policial ni un indicio delictivo flagrante en sus carpetas de recuerdos.

Sin embargo, al caminar hacia la plaza mayor, Alba se detuvo bajo el soportal del antiguo ayuntamiento y extrajo su teléfono móvil.

Abrió las imágenes tomadas a la lista manuscrita, amplió el encuadre y comenzó a examinar los nombres uno a uno.

Contó los registros. Miró las fechas. Había un patrón silencioso pero innegable: a lo largo de los últimos cuatro años, al menos seis chicas habían ingresado en el Club de las Ofelias, permanecido un periodo breve de tiempo y desaparecido por completo de la vida pública de San Telmo sin dejar más rastro que una nota de cierre en la trastienda de la librería.

Abrió la aplicación de notas locales de su teléfono y escribió una sola frase en la pantalla:

«Antiguas Ofelias. Averiguar dónde están ahora. Comenzar por Natalia Fuentes.»

Se guardó el teléfono en el bolsillo y se giró para mirar hacia la calle Real.

A través del cristal del ventanal frontal de la librería, se veía la silueta estática de Darío, inclinado tranquilamente sobre el mostrador de caoba, atendiendo a un vecino del pueblo con una sonrisa cordial mientras ordenaba una pila de libros recién llegados.

Alba ajustó la carpeta bajo su brazo y echó a caminar hacia su casa.

Sabía que la verdad sobre el Club de las Ofelias no estaba en el agua del pantano ni en las conferencias del taller, sino en el paradero desconocido de aquellas jóvenes que un día cruzaron la puerta de la trastienda y decidieron no volver a pronunciar jamás el nombre del librero.

Lo que no se nombra

El vapor del café recién servido se dispersaba en delgadas espirales sobre la mesa de madera pulida, amortiguando por momentos el repiqueteo metálico de la llovizna contra los ventanales de La Estación, un pequeño establecimiento discreto situado junto a la antigua línea de ferrocarril de Cabezón de la Sal.

Alba había elegido el local con una minuciosa estrategia de contención: un espacio con suficiente tránsito para garantizar la privacidad, pero alejado de la órbita social de San Telmo y de la mirada inquisitiva de los habituales de la comarca.

Al otro lado de la mesa, Clara envolvía la taza con ambas manos, sosteniéndola no tanto por buscar calor sino como un parapeto defensivo.

Tenía veinticuatro años, la mirada esquiva y un aire de sobria reserva que vestía con un abrigo de lana beige abotonado hasta el cuello.

Alba inició la conversación con un tono pausado, modulando cada palabra para no activar las alarmas de su interlocutora.

Explicó su presencia en la región a través de su encargo profesional como correctora y coordinadora del catálogo de imprentas comarcales, justificando su interés en las iniciativas culturales independientes que habían dejado huella en la zona durante el último lustro.

Le habló del valor documental de las memorias locales y de la necesidad de recoger el testimonio directo de quienes habían impulsado los primeros grupos de lectura.

Clara escuchaba en un silencio tenso, midiendo el perfil de Alba con la desconfianza instintiva de quien ha aprendido a sospechar de cualquier indagación que desentierre etapas que consideraba felizmente clausuradas.

—Cuando me escribiste por correo pensé que se trataba de una encuesta municipal o de algo relacionado con la biblioteca regional —dijo Clara, con una voz baja que apenas sobresalía por encima del murmullo de la cafetera—.

No suelo hablar de aquella época. Han pasado cuatro años y mi vida está en otro sitio completamente distinto.

—Lo entiendo perfectamente, Clara —respondió Alba, mostrándole un borrador impreso del índice del catálogo para afianzar la veracidad de su excusa profesional—.

No pretendo hacer una semblanza personal ni hurgar en nada incómodo.

Simplemente me he encontrado con que el Club de las Ofelias tuvo una presencia muy activa y, al revisar el material de la trastienda de la librería, me pareció que las voces de las primeras integrantes eran fundamentales para entender cómo empezó todo.

Al escuchar la mención directa del club, la postura de Clara se relajó un milímetro, aunque sin abandonar la cautela.

Inclinó la cabeza hacia la ventana, contemplando el paso de un tren de cercanías, y dejó escapar una leve sonrisa teñida de melancolía e ironía a partes iguales.

Reconoció que, en sus comienzos, incorporarse a las reuniones supuso una rendija de luz en la rutina asfixiante de un pueblo de montaña.

Para una joven de dieciocho años fascinada por la poesía contemporánea, encontrar un espacio donde discutir sobre Sylvia Plath, Woolf o Cernuda bajo la tutela de un hombre culto era un privilegio imantado.

—Darío tenía un talento extraordinario para hacerte sentir que formabas parte de algo excepcional —comentó Clara, deslizando la yema del dedo por el borde de la losa de la mesa—.

No era un profesor al uso; tenía una elegancia natural, una voz que pausaba las discusiones con una lucidez impecable y una forma de escucharte que te hacía creer que tus reflexiones eran lo más importante que había leído en el día.

Sabía exactamente qué decirte a ti, a mí o a cualquiera de las otras chicas para desmontar nuestras inseguridades.

Tenía esa capacidad magnética de los grandes mentores.

Aquella descripción, exenta de cualquier rasgo de monstruosidad evidente, provocó en Alba un estremecimiento mucho más profundo que el que le habría causado un relato de coerción explícita.

Era precisamente esa solvencia intelectual, esa fachada pulcra e impecable de erudito cercano, lo que convertía la estructura de Darío en un engranaje tan difícil de señalar y desarticular.

Alba dejó discurrir unos segundos de silencio, tomando un sorbo de café antes de formular la siguiente pregunta con estudiada casualidad.

—En las memorias que estuve revisando con Darío hay una continuidad muy clara durante los primeros meses de cada curso, pero de pronto algunas de vosotras dejasteis de acudir. ¿Sucedió algo en particular? ¿Simplemente se agotó el interés por las lecturas?

—Las dinámicas cambian —contestó Clara de forma automática, casi ensayada, bajando la mirada hacia la taza—. La gente se matricula en la universidad, encuentra trabajo o se cansa de la disciplina del taller. No hay mucho más que rascar.

Alba no presionó. En lugar de cuestionar la evasiva, extrajo de su libreta una hoja con los nombres anotados durante su visita a la librería de la calle Real.

Comenzó a leer en voz alta tres o cuatro identidades de la promoción de hace cuatro años, observando el rostro de su interlocutora con la atención de un cirujano.

Clara escuchaba con indiferencia hasta que Alba pronunció el nombre de Natalia Fuentes.

Al escucharlo, la joven cerró la boca de golpe, dejó caer las manos sobre el regazo y permaneció en un silencio denso durante varias respiraciones.

—Natalia... —murmuró Clara finalmente, sin levantar los ojos del mantel—.

Algunas chicas sencillamente cortaron todo contacto con nosotras después de dejar la librería.

De la noche a la mañana dejaron de responder a los mensajes y no volvieron a pisar la plaza del pueblo.

Si intentabas preguntar en la librería, Darío te daba una explicación impecable sobre mudanzas familiares o cambios de dirección académica, pero entre nosotras sabíamos que algo se había roto.

—¿A qué te refieres con que algo se había roto? —inquirió Alba suavemente, inclinándose hacia adelante.

—No lo sé —dijo Clara con un leve matiz de impotencia en la voz—. Nadie daba explicaciones claras. Pero había un momento en el que el taller dejaba de ser solo una discusión de libros.

Alba decidió dar el paso definitivo. Apoyó los codos sobre la mesa, miró a Clara fijamente a los ojos y pronunció las palabras con una lentitud deliberada:

—Ayer tarde estuve en el pantano de la Sombra.