CAPÍTULO 5
Las que dejaron de venir
La carpeta de las Ofelias
A las diez y media de la mañana, el aire de San Telmo olía a lluvia reciente y al humo de las chimeneas de leña que empezaban a encenderse en las casas bajas de la calle Real.
Alba empujó la puerta de la Librería Ofelia sintiendo el carillón de bronce resonar sobre su cabeza con una campanada limpia.
A pesar de la tormenta digital de la noche anterior y de la silueta del vehículo verde apostado frente a su casa, se había obligado a aplicarse una disciplina rigurosa antes de cruzar el umbral: rostro sereno, respiración pausada y una carpeta de cartón rígido bajo el brazo con las galeradas corregidas del último catálogo regional de imprentas.
Tras desactivar las conexiones de su teléfono móvil y mantener su equipo informático desconectado de la red, sabía que su única ventaja era sostener la ficción de la normalidad. Para Darío, ella debía seguir siendo únicamente la correctora metódica que cumplía con sus plazos de entrega.
El interior de la librería la recibió con su calidez habitual.
El aroma sordo a papel antiguo, cera de abeja para muebles y cuero encuadernado envolvía el espacio, tamizado por los grandes ventanales de madera de castaño que daban a la plaza de la iglesia.
Entre las estanterías altas que llegaban hasta el techo, el ambiente transmitía un orden reconfortante y ajeno a cualquier turbulencia.
Tras el mostrador principal, impecable con una chaqueta de punto gris sobre una camisa azul claro, Darío anotaba referencias en un cuaderno de registro con una estilográfica de plata.
Al escuchar el timbre, levantó la mirada, dibujó una sonrisa espontánea y sincera, y dejó el manuscrito a un lado para salir a recibirla con la soltura de un anfitrión intachable.
—Alba, qué grata sorpresa a primera hora —dijo Darío, con esa voz grave y pausada que proyectaba un dominio absoluto del espacio—. Pensaba que no nos veríamos hasta el viernes. ¿Algún problema con los tipos de la cubierta o has encontrado algún anacronismo imperdonable en los textos introductorios?
—Nada grave, Darío —respondió Alba, manteniendo un tono profesional, ligeramente distendido, mientras apoyaba la carpeta sobre el mostrador—. Solo quería revisar contigo un par de notas a pie de página relativas a las publicaciones locales de los últimos tres años.
Como querías incluir una breve reseña sobre el impacto del taller en el municipio, pensé que era mejor cotejar las fechas exactas directamente aquí. No quisiera cometer una errata en la memoria final.
—Un celo impecable, como siempre —comentó él, rodeando la barra de madera y mostrándole una silla de mimbre junto a la sección de poesía comarcal—. Me alegra que te tomes el proyecto con tanta minuciosidad.
Si se trata del Club de las Ofelias, tengo todo el archivo de las actividades en el despacho del fondo. Acompáñame si quieres; así nos evitamos pasear folletos por la zona de ventas.
Alba lo siguió por el estrecho pasillo flanqueado por tomos de historia local hasta la trastienda.
El despacho de Darío era un espacio amplio, dominado por una mesa de caoba, un par de sillones de orejas y una pared cubierta por completo de carpetas clasificadoras de lomo verde y fotografías enmarcadas en madera oscura.
No había nada en el lugar que sugiriera secreto o clandestinidad; al contrario, la estancia respiraba el orgullo de un gestor cultural que ha dedicado años a revitalizar la vida intelectual de una comarca aislada.
Darío se acercó a uno de los estantes altos, tomó una carpeta voluminosa rotulada como «Ofelias: Memoria y Registro» y la desplegó sobre la mesa con una satisfacción transparente.
—Aquí está todo —dijo Darío, pasando las páginas con cuidado—.
El club nació casi por accidente hace seis años.
Empezamos siendo cuatro personas leyendo a las poetas del 27 en el patio trasero y, poco a poco, las jóvenes del instituto comenzaron a interesarse.
Ha sido un proceso orgánico, maravilloso.
La idea siempre ha sido crear un espacio de libertad expresiva, un refugio donde pudieran liberarse de las etiquetas que la vida rural a veces impone a las chicas de su edad.
Alba se inclinó sobre la mesa, observando los programas impresos, las invitaciones a lecturas nocturnas y una amplia selección de fotografías en blanco y negro y color.
En las imágenes más recientes reconoció de inmediato a las participantes de la tarde anterior en el pantano: Sofía, atenta y tímida; Irene, con su sonrisa contenida; y un par de chicas más del instituto local.
Sin embargo, al pasar las páginas hacia los materiales de años anteriores, la composición de los grupos comenzaba a cambiar de forma drástica.
En las orlas informales de hace tres o cuatro años figuraban rostros que Alba no había visto jamás en las calles de San Telmo.
Algunas jóvenes se repetían a lo largo de dos o tres álbumes consecutivos, pero otras aparecían de pronto en una única fotografía primaveral para no volver a figurar en los registros posteriores.
—Veo que la rotación ha sido alta —comentó Alba con tono neutro, señalando una imagen de un recital al aire libre celebrada en la terraza de la librería tres años atrás—. Debe de ser difícil mantener la continuidad en un pueblo donde la mayoría se marcha al terminar el bachillerato.
—Es el ritmo natural de la montaña, Alba —respondió Darío sin vacilar, cruzándose de brazos con actitud reflexiva—.
Las jóvenes llegan, descubren su voz a través de la lectura, superan sus inseguridades y, tarde o temprano, el mundo exterior las reclama.
Elena, por ejemplo —dijo señalando a una chica de tez pálida en la imagen—, se marchó a estudiar Derecho a Valladolid y no ha vuelto a pisar el pueblo.
Otra de ellas, Carmen, prefirió volcarse en la empresa familiar de maderas.
Cada una sigue su camino cuando la etapa en el club cumple su ciclo.
Alba detuvo la mirada en una fotografía más antigua, tomada junto a la fachada de piedra de la librería durante un encuentro de otoño.
En el centro del grupo figuraba Darío, flanqueado por cuatro chicas.
A su izquierda destacaba una joven de unos dieciocho años, de cabello oscuro cortado en melena recta y una mirada seria, casi desafiante, que contrastaba con las sonrisas más relajadas de sus compañeras.
No aparecía en ninguna de las páginas posteriores ni en las fichas del año siguiente.
—¿Y ella? —preguntó Alba, rozando el borde de la imagen con la yema del dedo—. No me suena de verla por el pueblo ni en las memorias más recientes.
Por un segundo imperceptible, la postura de Darío experimentó una rigidez casi invisible; los nudillos de su mano izquierda se apretaron ligeramente sobre la madera del escritorio antes de recuperar la soltura.
Una sombra de ligera contrariedad cruzó sus ojos, como el cansancio de un profesor al que se le exige rendir cuentas sobre alumnos de los que apenas conserva el recuerdo, pero corrigió el gesto de inmediato, devolviéndole a su rostro la cordialidad habitual.
—Ah, Natalia —dijo él, inclinándose para observar la foto con una mueca de simpatía distante—.
Natalia Fuentes. Estuvo apenas dos meses con nosotros hace cuatro años.
Una chica brillante, con una capacidad poética excepcional, pero extremadamente voluble.
Su familia se mudó de nuevo a la comarca de la Liébana a mitad de curso.
Perdimos el contacto poco después; a veces la juventud tiene esa prisa por pasar página y cortar todos los lazos con el lugar que deja atrás.
—Es una lástima —dijo Alba, observando la fecha anotada en el margen inferior de la imagen—.
Se la ve muy integrada en el grupo. Me llama la atención la cantidad de alumnas que pasan por aquí.
¿Tenéis un recuento aproximado de cuántas chicas han formado parte del Club de las Ofelias desde que empezó?
Darío dejó escapar una risa breve, indulgente, y negó suavemente con la cabeza mientras recogía un par de folletos sueltos de la carpeta.
—Nunca he sido amigo de las estadísticas administrativas, Alba.
Esto no es un centro educativo oficial ni un registro municipal; es un taller vivo.
Han sido muchas, decenas de chicas a lo largo de los años.
Algunas se quedan un curso entero, otras apenas unas semanas.
No conservamos fichas reglamentarias ni auditorías porque el propósito siempre ha sido la espontaneidad, no el control burocrático.
La respuesta sonaba perfectamente razonable en boca de un dinamizador cultural amante de la literatura informal.
Sin embargo, para la mente analítica de Alba, la explicación dejaba una grieta evidente: un hombre que guardaba correspondencia de hace una década, recortes de prensa y catálogos de imprenta impecablemente clasificados alegaba falta de rigor contable únicamente al referirse a la nómina exacta de las jóvenes que habían cruzado el umbral de su trastienda.
En ese momento, el carillón de la entrada volvió a sonar en el piso superior. La voz de un cliente habitual solicitando un ejemplar de la última guía senderista resonó en la nave principal de la librería.
—Disculpa un segundo, Alba —dijo Darío, indicándole la mesa con un gesto afable—. Revisa lo que necesites del material promocional. Vuelvo de inmediato.
Tan pronto como los pasos de Darío se alejaron por el pasillo de madera, Alba actuó con la fría rapidez de un instinto entrenado.
Extrajo su teléfono móvil del bolsillo posterior de los pantalones, encendió la pantalla en modo silencio y desdobló con cuidado una hoja manuscrita que sobresalía de la solapa posterior de la carpeta verde: un listado manuscrito a dos columnas, con nombres, fechas de incorporación y anotaciones breves a lápiz en los márgenes.