CAPÍTULO 4 #4
No era una confesión delictiva ejecutable ante un juez, sino una cláusula de confidencialidad redactada como una sentencia moral.
Alba cortó la reproducción y, sin perder un segundo, seleccionó el archivo y se lo envió a su propia cuenta de correo electrónico secundaria encriptada, asegurándose además de subir una copia de respaldo a un servidor de almacenamiento en la nube al que solo ella tenía acceso.
Fue entonces cuando la tensión dio un salto cuantitativo.
El teléfono móvil que sostenía entre sus dedos vibró con una sacudida breve.
En la pantalla iluminada apareció una notificación de mensaje de texto recibido desde un número no almacenado en su agenda.
Alba abrió el mensaje con el pulso desbocado. El texto constaba de una sola línea:
«Hay caminos de montaña que es mejor no recorrer cuando la luz empieza a faltar. Regresa a casa, Alba.»
Un escalofrío helado le recorrió la columna vertebral. Alba levantó la cabeza instintivamente hacia el pantano. Abajo, los dos vehículos de las chicas acababan de encender los faros y comenzaban a maniobrar lentamente para tomar la pista de salida. Pero Darío ya no estaba junto a los turismos.
Alba escudriñó la explanada de gravilla en penumbra, sintiendo que el aire le faltaba en los pulmones.
La figura del librero se había separado del grupo.
Tras unos segundos de búsqueda desesperada entre las sombras, logró distinguirlo: Darío se encontraba de pie junto a la esquina posterior de la caseta de piedra, completamente inmóvil, recortado contra el paño de pared de mampostería.
Tenía la cabeza erguida y la mirada orientada directamente hacia la roca alta donde ella se encontraba agazapada entre los árboles.
La distancia y la niebla creciente impedían confirmar si el hombre distinguía su silueta o si simplemente observaba la franja de bosque sabiendo que alguien se ocultaba allí.
Sin embargo, la inmovilidad de esa figura oscura mirando en su dirección exacta resultaba intolerable.
Alba no esperó un segundo más. Se replegó sobre los codos, giró sobre sus talones y retrocedió en silencio entre los troncos hasta ganar el trazado de la vieja serrería.
Subió a su coche, arrancó sin encender las luces de cruce y rodó por la pista forestal a velocidad moderada hasta incorporarse a la carretera comarcal de Campoo.
Durante el trayecto de regreso a San Telmo, el velocímetro no bajó de los ochenta kilómetros por hora.
Una mezcla violenta de temor reprimido y determinación absoluta batallaba en su interior.
Ya no cabía la duda: la llamada anónima, la alteración del archivo de la imprenta, el mensaje al teléfono y la figura estática del librero junto a la caseta demostraban que su investigación había dejado de ser invisible.
No obstante, llamar a Elena o acudir a la Guardia Civil con una grabación ambigua de seis segundos y un mensaje sin firma solo serviría para alertar a Darío y permitirle destruir cualquier documento o prueba real que guardara en la trastienda de la librería.
Debía mantener la cabeza fría y actuar con absoluta precisión.
Al llegar a San Telmo cerca de las diez de la noche, aparcó el vehículo dos calles más abajo de su piso para no llamar la atención.
Subió por las escaleras en penumbra, pisando con cautela en el descansillo, y se introdujo en su vivienda asegurando la cerradura con tres vueltas de llave y echando el cerrojo de seguridad.
Comprobó desde la ventana del salón que la calle permanecía desierta antes de encender una sola lámpara de mesa.
Se sentó frente al escritorio con la mochila aún a la espalda, encendió el portátil y conectó el cable USB de su teléfono móvil para volcar de forma local la grabación del pantano y los registros de la ficha de Clara.
El gestor de archivos comenzó la transferencia de los datos.
Alba observaba la barra de progreso verde avanzar en el centro del monitor cuando, de manera repentina, el cursor del ratón comenzó a moverse de forma autónoma por la pantalla, desplazándose en diagonal hacia la esquina superior derecha.
Alba retiró la mano del ratón con un respingo, helada por la escena. Ante sus ojos, una pequeña ventana del sistema operativo se desplegó sola en mitad del escritorio con un aviso en letras rojas sobre fondo blanco:
«Nuevo acceso remoto detectado. Transferencia de credenciales en curso...»
Alba permaneció petrificada en la silla, con los ojos abiertos de par en par frente a la pantalla iluminada, comprendiendo con una certeza aterradora que la sombra que la acechaba ya no estaba solo en las aguas del pantano, sino instalada en el corazón mismo de su propia casa.
La señal en el retrovisor
Alba permaneció petrificada frente al monitor, con el corazón martilleándole el pecho mientras el mensaje de seguridad de la pantalla se desvanecía en la negrura del sistema.
La certeza de que alguien estaba dentro de su ordenador no era una paranoia; era una intromisión real y en tiempo real.
Reaccionó con el pragmatismo de quien sabe que cada segundo cuenta: desenchufó el cable de red, extrajo la batería del portátil y metió el teléfono móvil en una bolsa aislante dentro de su mochila.
Si estaban monitorizando su dirección IP o su tráfico de datos, no les daría un solo bit más.
Con la casa sumida en una penumbra total, Alba caminó en silencio hacia el ventanal del dormitorio, manteniéndose oculta tras el marco para no proyectar su silueta contra la luz de la calle.
Desde su posición se divisaba el tramo final de la carretera comarcal, la misma por la que había regresado del pantano de la Sombra media hora antes.
El pueblo de San Telmo dormía bajo una llovizna fina que hacía brillar el asfalto.
Apenas tres minutos después, los haces amarillos de unos faros aparecieron en la curva del pinar.
Un vehículo verde oscuro —el mismo cuyas líneas cuadradas había intuido en las fotografías del pantano y en el callejón de la librería— descendió por la calzada a velocidad mínima.
No llevaba las luces de cruce a plena potencia, solo las de posición.
Al llegar a la altura de su calle, el coche redujo la marcha hasta detenerse por completo junto al arcén, a unos cincuenta metros de su fachada.
El vehículo no apagó el motor. Permaneció inmóvil durante diez segundos interminables.
Alba no se movió del marco de la ventana, sosteniendo la respiración en la oscuridad mientras sentía el sudor frío bajándole por la nuca.
Desde la penumbra del habitáculo, la silueta del conductor era indiscernible, pero la fijeza del automóvil frente a su casa en mitad de la noche era una declaración de intenciones.
Finalmente, el coche volvió a acelerar sin prisa, tomó la rotonda de la panadería y se perdió en la neblina.
Alba se dejó caer de espaldas contra la pared del dormitorio, sintiendo el frío de la pintura en la nuca.
Ordenó mentalmente las piezas acumuladas durante las últimas horas: el mensaje anónimo sobre Clara, la manipulación de la maqueta en la imprenta, la presencia de Sofía en la caseta del pantano, el acceso remoto a su equipo y la vigilia del vehículo en su propia puerta.
Ya no se trataba de una investigación discreta conducida por una correctora con curiosidad. La dinámica de control que Darío ejercía sobre las jóvenes del Club de las Ofelias se estaba desplegando ahora sobre ella.
Sin embargo, Alba sabía que no podía llamar a la policía con simples conjeturas sobre luces de ordenador o coches aparcados en el arcén, ni podía involucrar a Elena sin exponerla.
Necesitaba nombres concretos de las chicas que habían pasado por el club antes que Sofía y Clara, y para eso debía acceder a los libros de registro antiguos de la propia librería.
Caminó hacia la mesa de trabajo, cogió la libreta de notas de tapa dura y redactó a mano, sin dejar rastro digital, las líneas maestras para la mañana siguiente:
«1. Verificar identidad del titular del vehículo verde. 2. Localizar a las antiguas integrantes del club que abandonaron San Telmo. 3. Mantener la asistencia a la reunión del sábado con Darío sin mostrar alteración.»
Cerró la libreta y la guardó bajo el colchón de su cama.
Antes de tumbarse vestida sobre la manta, volvió a mirar una última vez por la rendija de la cortina hacia la calle desierta.
El vehículo se había ido, pero la sensación de estar pisando un terreno minado permanecía intacta.
Alba sabía que al día siguiente la investigación cambiaría de escala: ya no buscaría entender el ritual del pantano, sino descubrir qué había sido de las mujeres que, al igual que Clara, decidieron un día no volver a pronunciar el nombre de las Ofelias.