CAPÍTULO 4 #3
La distancia y la penumbra impedían saber si realmente la había visto o si simplemente reaccionaba al mismo ruido que la había sobresaltado a ella, pero la fijeza de su silueta recortada contra el agua proyectaba una amenaza intolerable.
Alba no se movió; permaneció petrificada entre los avellanos, sin atreverse siquiera a pestañear, sintiendo el sudor frío bajándole por la nuca mientras el hombre sostenía la mirada hacia la espesura durante tres segundos eternos.
Finalmente, Darío volvió la cabeza con parsimonia al escuchar la voz de una de las chicas que lo llamaba desde los vehículos, rompiendo la tensión del momento.
Se giró sin prisa y echó a caminar de regreso hacia la explanada con su paso elegante habitual, reintegrándose en el grupo como si nada hubiera ocurrido.
Aprovechando que la atención de todos se concentraba en la apertura del maletero de la berlina, Alba inició una retirada lenta y desesperada.
Se arrastró hacia atrás entre la hojarasca, cuidando cada apoyo hasta ganar la distancia de seguridad del sendero superior, y echó a correr en silencio hacia la serrería abandonada.
Llegó a su coche con las manos temblorosas, introdujo la llave en el contacto y arrancó el motor sin encender las luces hasta no haber recorrido medio kilómetro de pista forestal lejos del agua.
Antes de incorporarse a la carretera principal que descendía hacia San Telmo, detuvo el vehículo un instante en el mirador del alto y miró por el retrovisor hacia la cuenca del pantano.
A lo lejos, entre la bruma que comenzaba a cubrir la superficie de la fosa, se distinguían las luces de posición de los coches de Darío y las diminutas figuras del grupo recortadas junto a la orilla.
Alba apretó el volante con rabia y miedo a partes iguales, sintiendo en la nuca la punzada helada de una certeza insoportable: desde la orilla del agua, la figura de Darío parecía seguir erguida, mirando fijamente hacia la carretera, como si supiera perfectamente quién acababa de alejarse en la oscuridad.
La sombra en la caseta
En lugar de arrancar el vehículo y emprender la huida hacia San Telmo, Alba apagó el contacto de nuevo antes de que el bramido del motor delatara su presencia en el tramo superior del camino.
El temblor de sus manos sobre el volante tardó varios minutos en mitigarse.
Oculta tras los muros desportillados de la vieja serrería, comprendió que huir a ciegas en mitad del pánico la dejaría en absoluta desventaja.
Si Darío sospechaba de su presencia o si simplemente había reaccionado a un animal que cruzó entre los avellanos, abandonar el lugar apresuradamente la privaría de la única oportunidad para entender qué ocurría realmente allí.
Tras dejar el coche resguardado entre la maleza, descendió de nuevo a pie por el margen del pinar, avanzando con cautela extrema hasta asentarse en una elevación rocosa que le ofrecía una panorámica privilegiada de la caseta de piedra y de la explanada de gravilla.
Abajo, el grupo comenzaba a reorganizarse tras la ceremonia del agua.
La bruma nocturna ascendía desde la fosa del pantano, espesando el ambiente y amortiguando la luz de las linternas que las jóvenes utilizaban para calzarse.
La actitud del grupo distaba mucho de ser uniforme: mientras dos de las muchachas más veteranas conversaban entre risas contenidas sobre el frío del agua, la actitud de las recién incorporadas mostraba una rigidez defensiva.
Alba observó especialmente a una chica de unos dieciocho años a la que había atendido en el mostrador de la librería semanas atrás; permanecía apartada junto al maletero de uno de los turismos, cruzada de brazos, rehusando el té caliente que otra compañera le ofrecía en un vaso térmico y manteniendo la mirada clavada en la grava del suelo.
A pocos metros de allí, dos de las jóvenes veteranas se detuvieron a recoger los frascos de aceite y las toallas húmedas.
Alba contuvo el aliento, aguzando el oído mientras el viento soplaba a su favor, permitiéndole captar los fragmentos de un diálogo cruzado a baja voz cuando las chicas creyeron no ser escuchadas por el resto.
—Tiene que tranquilizarse un poco, no puede poner esa cara delante de él —murmuró una de ellas, doblando la toalla de latón con gestos metódicos y mecánicos.
—Es normal que esté asustada —respondió la otra, bajando la cabeza para ajustar el cierre de su mochila—. La primera vez siempre es peor. Luego una se acostumbra a la dinámica y entiendes que no hay forma de esquivarlo si quieres seguir en el proyecto. Es mejor no darle vueltas.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire estancado de la ribera, resonando en la mente de Alba con una vibración helada.
¿A qué tenían que acostumbrarse exactamente?
¿A qué dinámica se referían con esa resignación automatizada?
No había en su tono rabia ni denuncia, sino una aceptación triste y asimilada, el lenguaje propio de quien ha aprendido a normalizar una exigencia arbitraria a cambio de conservar un lugar dentro del círculo exclusivo del librero.
En ese momento, la joven que mostraba mayor incomodidad dio un paso hacia el vehículo principal, pero la voz de Darío la detuvo antes de que tocara el tirador de la puerta.
El hombre se aproximó al grupo con la misma serenidad magisterial que había mantenido durante toda la tarde, sosteniendo una libreta de tapas de cuero bajo el brazo. Una de las veteranas preguntó si podían iniciar ya el regreso al pueblo antes de que la niebla terminara de cerrar la pista forestal.
—Podéis ir subiendo a los coches las que hayáis terminado la transcripción —respondió Darío con tono cordial, sin elevar la voz—.
Sofía se quedará unos minutos conmigo. Ya sabéis que, antes de incorporarse al grupo, cada nueva Ofelia tiene que mantener una conversación personal conmigo.
Es importante que conozca bien el sentido del club y que podamos hablar con tranquilidad de lo que espera encontrar aquí.
Nadie pareció darle importancia. Las demás comenzaron a recoger sus cosas y caminaron hacia los vehículos, dejando a Sofía junto a Darío. La muchacha permaneció inmóvil unos segundos, con la mirada clavada en el suelo, antes de seguirlo hacia la antigua caseta de piedra.
Desde la protección de los árboles, Alba observó cómo la puerta se cerraba detrás de ellos.
Ninguna de las chicas cuestionó la indicación.
La naturalidad con la que Darío formuló la instrucción desarmó cualquier objeción aparente; era el lenguaje pulcro de un docente, el tono irreprochable de un editor preocupado por el progreso de sus alumnas.
Sin embargo, Alba notó cómo Sofía daba un leve tirón de hombros y bajaba la cabeza de inmediato, aceptando la orden sin articular palabra mientras las demás se introducían en el habitáculo de los vehículos.
Alba observó cómo Darío guió a la muchacha hacia la pequeña caseta de piedra de los operarios, situada a unos treinta metros de la orilla.
El edificio, de muros gruesos y ventana única cegada con tablas, parecía un apéndice olvidado de la presa.
Darío abrió la puerta de madera reforzada, dejó pasar a la joven y cerró la hoja tras de sí.
Alba sintió un nudo en el estómago. La escena no mostraba violencia explícita ni coerción física visible, pero la asimetría de poder resultaba aplastante.
Un hombre influyente, adulto y cultivado, cerrando la puerta de una construcción aislada en mitad de la noche con una estudiante a la que mantenía bajo su patronazgo literario.
Transcurrieron diez minutos de una inmovilidad angustiosa.
Alba no se movió del borde de la roza, ajustando el enfoque de sus binoculares de campaña pero sin poder ver nada a través de los portones cerrados.
De pronto, la puerta de la caseta de piedra se abrió de golpe.
Sofía salió primero. La muchacha no esperó a Darío; caminó a paso rápido hacia los coches, visiblemente alterada, abrochándose el abrigo con manos torpes y frotándose el rostro con el puño de la manga antes de subir apresuradamente al asiento trasero de la berlina.
Segundos después, Darío emergió de la caseta.
Salía con la misma pulcritud impecable con la que había entrado, ajustándose el cuello de la chaqueta de lana y guardando la libreta de cuero en el bolsillo interior con absoluta parsimonia.
Alba cruzó mentalmente las piezas que se venían acumulando desde su llegada a San Telmo: el goteo constante de chicas jóvenes que acudían a la trastienda de la librería fuera de horario, la atención personalizada y desmedida que Darío brindaba a ciertas alumnas, el ritual de obediencia en las aguas del pantano, la resignación de las veteranas y las notas fragmentarias que relacionaban a Clara con aquel enclave antes de su brusca desaparición.
Todo encajaba no en una conspiración estrafalaria, sino en una arquitectura de manipulación psicológica y abuso de autoridad metódicamente organizada bajo la fachada del rigor cultural.
Agazapada entre los matojos, Alba extrajo su teléfono móvil para verificar el archivo grabado minutos antes durante la ceremonia.
Conectó los auriculares para no emitir sonido alguno y reprodujo los seis segundos de vídeo.
La imagen mostrábamos a Darío junto al agua, pero al subir el volumen al máximo y limpiar el ruido de fondo del viento, descubrió algo que le hizo dar un vuelco al corazón.
Durante el segundo tres de la grabación, justo antes del chasquido de la rama que la sobresaltó, la voz de Darío se escuchaba con una nitidez escalofriante pronunciando una frase dirigida al grupo, pero con la mirada fija en el agua:
«Lo que se entrega en la Sombra no pertenece a nadie más fuera de esta orilla. Quien rompe el silencio, deja de existir para la librería.»