La Chica del Pantano CAPÍTULO 4 #2
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CAPÍTULO 4 #2

La temperatura había caído varios grados al acercarse a la ribera; la humedad que subía de la lámina del pantano impregnaba el aire con un olor acre a musgo podrido y madera anegada.

Alba avanzó agazapada tras la línea de sauzgatillos que bordeaba la orilla sur, deteniéndose a unos cincuenta metros de la pequeña explanada de gravilla donde antiguamente se situaba la zona de baño municipal.

Desde su posición, oculta por un matorral espeso de avellanos, la perspectiva del paisaje resultaba sobrecogedora: la caseta de piedra de la presa, con sus ventanas cegadas por tablas de madera podrida, se erigía sobre la orilla como un vigía tuerto, recortada contra el agua gris que no proyectaba ni un solo oleaje.

A pesar de la desolación aparente del entorno, la mirada meticulosa de Alba no tardó en advertir los rastreos de una presencia reciente y deliberada.

En mitad de la franja de gravilla, donde la vegetación silvestre debería haber invadido la orilla, la tierra aparecía hollada por pisadas frescas y rodadas de neumáticos que aplastaban el barro aún tierno.

Sobre una gran piedra plana junto al borde del agua, libre de la capa habitual de verdín y hojas secas, descansaba un recipiente metálico de latón pulido y una toalla blanca impecablemente doblada, detalles pulcros que chirriaban de manera grotesca contra la decadencia del entorno.

Alba contuvo el aliento, apoyando la espalda contra el tronco rugoso de un roble; aquellos objetos no pertenecían a ningún pescador furtivo ni a ningún excursionista de paso. Pertenecían a una logística cuidada, a una escena preparada de antemano para un propósito muy preciso.

El rumor distante de un motor interrumpió el murmullo del viento entre las copas de los árboles.

Alba se pegó aún más al suelo, escondiendo el rostro tras el ramaje.

Dos vehículos descendieron despacio por la pista de tierra batida y se detuvieron en el ensanchamiento superior de la explanada, apagando los faros al unísono.

De la primera berlina descendió Darío. Lucía una chaqueta de lana oscura sobre una camisa blanca de cuello abierto y caminaba con una soltura aplomada, ajustándose los puños con la serenidad de quien pisa el vestíbulo de su propia casa.

Instantes después, de los otros asientos descendieron cuatro jóvenes.

Alba las reconoció de inmediato: eran las últimas incorporaciones al Club de las Ofelias, muchachas de diecisiete y dieciocho años a las que había visto en la librería apenas unos días atrás.

Vestían ropa cómoda pero sobria, y se movían en grupo, apretándose las unas contra las otras para combatir el frío nocturno mientras cruzaban miradas de expectación amortiguada por el nerviosismo.

Darío esperó a que todas se reunieran a su alrededor antes de dar un solo paso hacia el agua. Su voz, grave, modulada y envolvente, llegó hasta la posición de Alba con una nitidez pasmosa a través del aire estancado del pantano.

Comenzó a hablarles con una calidez paternal que borraba cualquier sospecha de coerción, paseando la mirada por el rostro de cada una de ellas con una devoción casi pedagógica.

Les habló de la necesidad de romper los lazos invisibles que la sociedad rural imponía sobre sus aspiraciones literarias, de la belleza del despojo interior y del valor imprescindible de la confianza mutua.

Afirmaba que la poesía no era un mero ejercicio de redacción, sino un estado de entrega al que solo se accedía tras desprenderse de las ataduras y los miedos del mundo cotidiano.

Las muchachas lo escuchaban en un silencio reverencial, cautivadas por el peso de sus palabras y por el aura de distinción que el hombre proyectaba en mitad de aquel enclave salvaje.

—Para renacer a la palabra, primero hay que aceptar el frío del origen —decía Darío, dando un paso lento hacia la piedra plana donde descansaba el recipiente de latón—.

Este agua no es una frontera, sino un espejo.

Al mojaros los pies en la fosa de la Sombra, no estáis cumpliendo un trámite, sino dejando atrás la versión de vosotras mismas que os frena fuera de aquí.

Aquella que duda, aquella que juzga, aquella que teme el juicio de los demás.

A continuación, coordinó la ceremonia con una elegancia litúrgica.

Desenroscó la tapa del recipiente metálico y vertió un chorro de aceite aromático sobre la lámina del pantano, provocando una pequeña onda que quebró el reflejo plomizo del cielo.

Una a una, invitó a las jóvenes a acercarse a la orilla, quitarse los zapatos y dar tres pasos dentro del agua helada.

Las chicas obedecían con una mezcla de risas sofocadas y temblores involuntarios por el impacto térmico, sosteniéndose las faldas o los pantalones arremangados mientras pronunciaban frases breves de lealtad al grupo que Darío les indicaba en voz baja.

La escena, vista desde la distancia, conservaba la fachada de una inocente tradición estudiosa, una performance juvenil orquestada por un profesor carismático para infundir mística a su taller literario.

Sin embargo, los ojos de Alba se fijaron en la tercera muchacha que avanzó hacia la ribera: Irene, una estudiante de bachillerato de voz tímida a la que Alba recordaba por sus brillantes comentarios sobre la poesía de Sylvia Plath.

Mientras las demás bromeaban al frotarse los pies con la toalla blanca, Irene permanecía rígida al borde del agua, con los labios apretados y los nudillos blancos de tanto apretar el dobladillo de su abrigo.

La vacilación de la joven era palmaria; sus movimientos no transmitían el entusiasmo poético de sus compañeras, sino la sumisión resignada de quien cumple un peaje incómodo pero inevitable para no quedar excluida de la devoción general.

Cuando Darío le tendió la mano para ayudarla a salir del barro, la chica tardó un segundo de más en aceptar el contacto, manteniendo la vista fija en las piedras del fondo con una incomodidad transparente que a Alba le encogió el estómago.

—Darío... —preguntó Irene con un hilo de voz apenas audible cuando terminó de secarse los pies—, después de esto... ¿volvemos ya directamente a San Telmo? Dijiste que la sesión no se alargaría hoy.

El librero no perdió la compostura ni elevó el tono. Se tomó unos segundos para doblar la toalla con una parsimonia estudiada antes de dirigir a la muchacha una mirada serena, cargada de una indulgencia casi dolorosa que disimulaba una firmeza de hierro.

—Las prisas son la primera traición a la literatura, Irene —respondió Darío con una sonrisa tibia que no llegó a iluminarle los ojos—. Todo tiene su tiempo en el club

Volveremos a San Telmo cuando la lectura de esta noche haya cumplido su curso y todas hayamos comprendido por qué estamos aquí. No estropees el momento con urgencias que no pertenecen a este lugar.

La respuesta de Darío, aparentemente inocente y llena de pedagogía, dejó una grieta helada en la percepción de Alba.

Aquella ambigüedad calculada sobre la duración del encuentro y la retirada de los vehículos conectó de golpe en su mente con los archivos de Clara y con la nota encontrada en el manuscrito: «No confíes» .

La iniciación no era un punto de llegada, sino la antesala de algo más; un filtro gradual diseñado para calibrar la docilidad de las jóvenes y aislarlas emocionalmente bajo la apariencia de una experiencia estética privilegiada.

En un momento en que las muchachas se apartaron unos metros hacia los coches para recoger sus cuadernos de notas, Darío permaneció solo junto al borde del agua. Fue solo un instante, no más de diez segundos.

Al quedarse sin la presencia del grupo, la postura del hombre se modificó sutilmente: relajó los hombros, cruzó las manos a la espalda y la sonrisa cálida que había exhibido durante toda la tarde se extinguió por completo de su rostro.

En su lugar apareció una facción dura, distante y calculadora, una fijeza insondable mientras contemplaba la oscuridad de la fosa que a Alba le heló la sangre.

Ya no era el bibliófilo distinguido ni el mentor abnegado; era un hombre manteniendo el control absoluto sobre un escenario preparado al milímetro.

Movida por un impulso profesional de obtener una prueba tangible, Alba metió la mano en el bolsillo de la chaqueta, extrajo su teléfono móvil y activó el modo de vídeo.

Apoyó el codo sobre una piedra para estabilizar el pulso y comenzó a grabar a través del hueco de los avellanos, encuadrando la figura estática de Darío contra el agua del pantano.

Apenas habían transcurrido seis segundos de grabación cuando un chasquido seco —el crujido inequívoco de una rama gruesa al fracturarse bajo un peso humano— resonó justo a sus espaldas, a no más de tres metros de distancia entre la espesura del bosque.

El corazón de Alba dio un vuelco violento contra sus costillas.

Cortó la grabación al instante, guardó el teléfono en el bolsillo y se giró despacio hacia la penumbra del pinar, con los músculos tensos y la respiración contenida en la garganta.

Escudriñó la masa de troncos y helechos secos que se extendía tras de sí, pero no vio nada.

Solo el viento moviendo las copas de los robles y la negrura creciente de la noche que comenzaba a cerrarse sobre la montaña.

El silencio volvió a caer sobre el bosque con una pesadez aplastante.

Cuando Alba volvió la mirada aterrorizada hacia la explanada del pantano, el aire se le atascó por completo en los pulmones.

Darío se había girado hacia la vegetación.

Permanecía erguido al borde de la orilla, con la cabeza ligeramente ladeada y los ojos fijos en el punto exacto del matorral donde Alba se encontraba oculta.