La Chica del Pantano CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Una dirección en el mapa

Rumbo al pantano de la Sombra

Alba despertó con la sensación de no haber descansado en absoluto. Había pasado la noche con la cinta aislante pegada sobre la lente de la cámara de su portátil y el equipo completamente desenchufado de la red eléctrica, sintiendo cómo el silencio de la casa adquiría una densidad opresiva.

Sin embargo, la inquietud no se tradujo en parálisis; en lugar de replegarse o ceder al miedo, la sospecha alimentó un empeño metódico por ir más allá.

Tras prepararse un café cargado al amanecer, se sentó frente al escritorio para encarar el rastro de Clara con la precisión de una archivista.

Ya no le bastaban los indicios volátiles de la red ni las evasivas de Darío.

Necesitaba un dato físico, una coordenada firme desde la que poder tirar del hilo antes de que la rutina del «Club de las Ofelias» terminara por envolverla a ella también.

Utilizó sus credenciales del taller de imprenta para acceder de forma remota al catálogo histórico de publicaciones comarcales y a las bases de datos de proveedores locales.

Durante más de dos horas de búsqueda infructuosa, rastreó correspondencias de maquetación, justificantes de entrega de papel y listas de asistencia a certámenes literarios de los dos últimos años.

Finalmente, en una versión en borrador de un inventario de colaboradores adjunta a un correo traspapelado de la imprenta, encontró lo que buscaba: una ficha técnica desactualizada donde figuraban el nombre completo de Clara, un número de teléfono fuera de servicio y una dirección de correo profesional vinculada a un proyecto de campo ya extinto.

Para verificar el dato sin levantar sospechas en San Telmo, Alba llamó desde su teléfono personal a Tomás, un maquetador jubilado que había llevado la gestión de proveedores para la editorial antes de la llegada de las plataformas digitales.

La conversación se mantuvo en un tono profesional y distendido.

Alba justificó la consulta argumentando la necesidad de completar el historial de derechos de autor para una reedición conmemorativa.

Tomás tardó unos segundos en recordar a Clara, pero su testimonio aportó una pieza reveladora: recordó que la joven se había encargado de recoger material folclórico para un folleto comarcal y que, poco antes de interrumpir su colaboración de golpe, había llamado varias veces a la oficina buscando afanosamente unos cuadernos de campo que aseguraba haber dejado en la trastienda de la librería.

Además, el veterano maquetador mencionó que Clara solía hacer referencia constante a un enclave de montaña fuera de la villa donde el club organizaba encuentros de trabajo, aunque él nunca había prestado atención a la ubicación exacta.

A través de las notas de aquel antiguo proyecto de campo, Alba encontró por fin la referencia que estaba buscando.

Allí aparecía un nombre que conocía bien: «el pantano de la Sombra», un pequeño pantano de montaña situado a pocos kilómetros de la localidad, al fondo de un valle estrecho y rodeado de pinares.

Había estado allí varias veces de niña con Elena y recordaba perfectamente la carretera que ascendía entre los árboles hasta la presa, la pequeña zona de baño que llevaba años abandonada y la vieja caseta de piedra donde, según le habían contado, se refugiaban antiguamente los trabajadores durante las tormentas.

Lo que hizo que Alba se detuviera fue otra anotación, mucho más reciente. En ella se mencionaba que «Darío llevaba allí a las nuevas integrantes del Club de las Ofelias como parte del ritual de iniciación que debían superar antes de ser aceptadas definitivamente en el grupo»

La ceremonia, según las notas, era sencilla: las chicas debían entrar descalzas en el agua y permanecer unos instantes con los pies sumergidos mientras Darío pronunciaba unas palabras que hablaban de dejar atrás la vida anterior y comenzar una nueva etapa.

Hasta entonces, Alba había considerado aquella costumbre una excentricidad más del club. Ahora, después de todo lo que había descubierto sobre Clara, aquella tradición le producía una «inquietud difícil de explicar».

Abrió el mapa satelital y amplió la imagen.

No necesitaba consultar fotografías ni buscar indicaciones en internet.

Conocía perfectamente el lugar y sabía cómo llegar.

Desde la localidad apenas había media hora de carretera.

Recordaba incluso la pequeña explanada que había junto a la antigua zona de baño y el sendero que descendía hasta el agua.

Alba volvió a leer la anotación. «Darío llevaba allí a todas las nuevas Ofelias» . Si Clara había pertenecido al club, también había estado en aquel lugar. Y si quería averiguar qué había ocurrido realmente con ella, quizá el pantano fuera el mejor punto por el que empezar.

Cerró el ordenador y permaneció unos segundos contemplando el nombre escrito en sus notas.

Pantano de la Sombra.

El lugar que durante años había formado parte de sus recuerdos de infancia acababa de adquirir un significado completamente distinto.

Al contemplar la imagen del pantano en la pantalla, las palabras que Darío había pronunciado semanas atrás durante una de las sesiones del club adquirieron un eco enteramente distinto.

Recordó cómo el librero, con su voz pausada y su sonrisa tibia, sostenía que para comprender la literatura de la comarca era indispensable «aprender a dejar atrás el mundo exterior y adentrarse en la quietud de las aguas profundas».

Hasta ese momento, Alba había interpretado la frase como una simple metáfora sobre la concentración y la disciplina creativa; ahora, con la imagen de la caseta de piedra frente a los ojos y la sombra de la partida de Clara flotando en el ambiente, la expresión cobraba el sesgo de una instrucción precisa o de un pacto de reclusión del que nadie hablaba fuera de la librería.

Alba imprimió un mapa topográfico detallado de los alrededores de San Telmo y trazó con un rotulador rojo el itinerario que descendía desde la carretera secundaria hasta la orilla del pantano. Guardó la hoja sobre la mesa y descartó la idea de llamar a Elena para contárselo.

Sabía de sobra que su hermana, guiada por el sentido común, la obligaría a acudir a las autoridades o a alejarse de San Telmo de inmediato.

Pero Alba no poseía una sola prueba fehaciente de ningún delito, solo una cadena de coincidencias inquietantes que un policía o un familiar atribuiría sin dudar a una imaginación sobreexcitada.

Necesitaba comprobar por sí misma qué ocurría en aquel lugar antes de poner sobre aviso a nadie.

Justo cuando se disponía a cerrar la mochila con la linterna, una libreta de notas y un chubasquero, la pantalla del teléfono móvil vibró sobre la madera con el aviso de un mensaje entrante.

Era de Darío. El texto destacaba por una cordialidad intachable, casi afectuosa: «Hola, Alba. Solo quería confirmar si contaremos contigo para la reunión especial de este sábado. Estamos preparando los detalles del nuevo taller.

Un saludo cordial.» Alba sostuvo el teléfono durante varios segundos, midiendo cada pulsación en su pecho.

Comprendió que rehusar o mostrar frialdad despertaría las alarmas del hombre, mientras que mantener la apariencia de docilidad le otorgaría el margen de maniobra necesario para actuar sin ser vigilada.

Escribió una respuesta escueta pero afirmativa: «Hola, Darío. Sí, allí estaré. Cuenta conmigo.»

Guardó el teléfono en el bolsillo exterior de la mochila y volvió a fijar la mirada en el mapa extendido sobre el escritorio. La marca roja en torno al pantano resplandecía bajo la luz del flexo.

La investigación sobre Clara había dejado de ser una simple indagación sobre una colaboradora ausente; Alba intuía con una claridad helada que estaba siguiendo el rastro de una dinámica antigua dentro del Club de las Ofelias, un mecanismo de control e influencia que llevaba tiempo operando en el valle y cuyo trazado comenzaba exactamente en las aguas del pantano.

Ajustó las correas de la mochila sobre sus hombros, cogió las llaves del piso y salió hacia la calle empedrada, decidida a poner rumbo a la montaña antes de que la luz de la tarde comenzara a declinar.

El ritual

La carretera secundaria que serpenteaba hacia el pantano de la Sombra se comprimía a cada kilómetro entre taludes de roca húmeda y densas masas de pino silvestre, reduciendo el horizonte a un túnel de vegetación donde la luz de la tarde se filtraba en destellos plomizos.

Alba conducía con ambas manos apretadas sobre el volante, sintiendo cómo el zumbido constante del motor amortiguaba el crujido de las piñas y las ramas secas caídas sobre el asfalto gastado.

Conocía bien aquel trazado; desde niña, durante las semanas sofocantes de agosto, aquel enclave había sido la escapada habitual de las familias de San Telmo, un refugio donde los niños chapoteaban cerca de las compuertas y los adultos instalaban mesas de picnic bajo los robles.

Sin embargo, conforme el vehículo superaba el último cambio de rasante y la masa de agua estancada aparecía entre los troncos, la memoria de aquellas jornadas festivas se disolvió en una extrañeza absoluta.

El lugar ya no transmitía la calidez de los veranos de la infancia, sino la inerte gravedad de un espacio clausurado por el olvido.

Aparcó el coche a unos trescientos metros del agua, escondiéndolo tras el cobertizo en ruinas de una antigua serrería abandonada.

Bajó del vehículo cerrando la puerta con el mínimo chasquido posible y caminó entre la hojarasca, procurando que la suela de sus botas no rompiera el silencio del bosque.