La Chica del Pantano CAPÍTULO 3 #4
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CAPÍTULO 3 #4

El librero se apoyó con ambas manos en el borde de nogal del mostrador y se inclinó apenas un par de centímetros hacia ella, recortando la distancia.

—Dime una cosa, Alba... ¿A qué se debe tanta curiosidad por una desconocida? Llevas varias sesiones haciendo preguntas muy concretas sobre el pasado del grupo.

Alba no retrocedió ni mostró el menor rasgo de incomodidad. Sostuvo la mirada del hombre con una calma impecable y esbozó una pequeña sonrisa profesional.

—Trabajo con textos todo el día, Darío. Mi profesión consiste en buscar lo que falta en las páginas y prestar atención a las historias que hay detrás de las personas. Supongo que es una deformación difícil de apagar.

Darío dejó escapar una risita baja, casi afectuosa, aunque sus hombros permanecieron rígidos como varas de hierro.

—La curiosidad es una virtud extraordinaria en una correctora, Alba —murmuró con una voz suave que llevaba empaquetada una advertencia velada—. Siempre y cuando sepa exactamente hasta dónde llegar antes de volverse peligrosa.

—Tendré en cuenta el consejo —respondió ella con cortesía intachable.

Se despidió con un gesto breve de la cabeza y caminó hacia la salida. Al traspasar la puerta de cristal y ganar la acera de la Plaza Mayor, Alba no pudo evitar mirar de reojo el reflejo del escaparate.

Detrás del cristal emplomado, la figura de Darío permanecía completamente inmóvil en mitad de la penumbra de la tienda, erguido tras el mostrador y siguiendo cada uno de sus pasos con la mirada fija hasta que ella dobló la esquina de la panadería.

Alba continuó caminando a buen ritmo hacia su casa, apretando los puños dentro de los bolsillos del abrigo, consciente de que la máscara de amabilidad del librero acababa de mostrar una grieta irreversible.

Al llegar a su habitación, se sentó de inmediato frente al escritorio y encendió el ordenador para verificar el documento que estaba corrigiendo el día anterior.

Abrió la versión maestra en la plataforma de la imprenta y buscó la página 84 con el corazón latiéndole desbocado.

Al llegar al capítulo sobre los antiguos molinos de ribera, la frase amenazante sobre las Ofelias y el agua había desaparecido por completo; la maqueta presentaba únicamente el texto histórico original, impecable y limpio, tal como si la alteración de la noche anterior nunca hubiera existido.

La volatilidad del archivo digital no hacía más que confirmar que alguien con privilegios de administrador estaba manipulando el servidor en tiempo real para erosionar su cordura.

En ese preciso instante, el teléfono móvil comenzó a sonar sobre la mesa.

El tono de llamada de Elena la sacó del trance.

Alba tomó aire, forzó una respiración tranquila y atendió la llamada.

La voz de su hermana mayor sonó alerta al otro lado de la línea, percibiendo de inmediato la distracción y la brevedad en las respuestas de Alba.

Elena le preguntó directamente si le ocurría algo en el taller o si las cosas en la librería se habían complicado.

Alba dudó durante tres segundos eternos, tentada de volcarlo todo, pero la prudencia prevaleció una vez más: no podía involucrar a su hermana sin tener una sola prueba física en la mano.

—Estoy bien, Elena, solo un poco cansada por las entregas de la imprenta —respondió Alba, bajando la voz—. Es verdad que he encontrado algo raro relacionado con los archivos del club, pero necesito comprobar una cosa por mi cuenta antes de sacarlo de contexto. No te preocupes.

—Alba, no me gusta cómo suena esto —insistió Elena con firmeza implacable—. Prométeme que no vas a hacer ninguna tontería y que me llamarás mañana mismo para contármelo todo.

—Te lo prometo. Te llamo mañana sin falta —dijo Alba antes de despedirse y colgar.

Dejó el teléfono sobre la mesa y permaneció unos instantes en silencio, contemplando la luz azulada que proyectaba la pantalla del portátil sobre la pared en penumbra. Extendió la mano hacia la tapa del ordenador para apagar el equipo y dar por terminada la jornada.

Sin embargo, justo antes de bajar la pantalla de plástico, un destello fugaz en el borde superior del marco congeló todos sus movimientos: la pequeña luz verde junto a la lente de la cámara integrada del portátil se encendió intensamente durante un segundo y se apagó de golpe, dejando el cristal negro en absoluta tiniebla.

Alba permaneció inmóvil frente a la pantalla.

Tenía los dedos apoyados sobre el borde del portátil y sentía la respiración contenida, como si cualquier movimiento pudiera romper aquel instante.

La pequeña luz verde había desaparecido y todo parecía haber vuelto a la normalidad.

Sin embargo, ya no podía convencerse de que se hubiera tratado de un simple fallo.

Cerró lentamente el portátil y levantó la mirada hacia la habitación en penumbra. Por primera vez desde que había comenzado a investigar el Club de las Ofelias, tuvo la inquietante sensación de que las preguntas ya no las hacía únicamente ella.

Alguien podía estar observando sus movimientos, leyendo sus archivos, esperando a descubrir hasta dónde estaba dispuesta a llegar.