La Chica del Pantano CAPÍTULO 3 #3
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CAPÍTULO 3 #3

Permaneció inmóvil en la silla mientras la habitación quedaba envuelta en un silencio espeso.

Las piezas comenzaban a articularse de un modo inquietante: el aislamiento de las jóvenes veteranas, el manuscrito inédito que contenía detalles exactos del ritual del agua, la partida precipitada de Clara, la habitación cerrada con cerrojo de latón y la sombra protectora que la reputación de Darío proyectaba sobre el valle.

Ya no cabía hablar de simples impresiones o sospechas infundidas por la bruma de San Telmo; existía una pauta de conducta deliberada para mantener a raya a cualquiera que intentara rasgar la superficie del Club de las Ofelias.

Decidida a no precipitarse y a mantener una fachada de absoluta normalidad, Alba encendió el monitor secundario para retomar la tarea pendiente del taller de imprenta.

Abrió el archivo en formato PDF de un ensayo sobre la arquitectura tradicional de los valles del norte que debía dejar listo para la imprenta a primera hora de la mañana.

Se obligó a concentrarse en la tipografía, ajustando los márgenes de página y verificando los encabezados con el cursor del ratón.

Sin embargo, al llegar al capítulo dedicado a los antiguos molinos y estructuras de ribera, un párrafo en la mitad de la página 84 hizo que la mano se le quedara congelada sobre el ratón.

En mitad de una descripción técnica sobre las represas del siglo XIX, aparecía insertada una línea aislada cuya tipografía y tamaño de fuente no coincidían con el resto de la maqueta:

«Las Ofelias no olvidan a las que buscan en el agua lo que no deben encontrar.»

Alba parpadeó, incrédula, y acercó el rostro a la pantalla.

Volvió a revisar el historial de versiones del documento digital enviadas desde la red central del taller.

La frase no pertenecía al texto original del historiador ni figuraba en las pruebas impresas que ella misma había revisado dos días atrás en el taller de imprenta.

Alguien con acceso al servidor de trabajo había modificado el archivo maestro a última hora de la tarde, deslizando esa intromisión deliberada en el documento que ella estaba obligada a corregir esa noche.

La duda la atravesó con la fuerza de un impacto frío: ¿se trataba de una manipulación técnica desde el taller, de un sabotaje para desestabilizarla o de una demostración de poder por parte de alguien que controlaba cada uno de sus movimientos dentro y fuera de la librería?

El reverso de la pantalla

La línea anómala en el documento de trabajo permaneció sobre el monitor como una provocación muda. Alba no durmió esa noche. En lugar de dejarse llevar por el pánico, pasó las horas a oscuras analizando la alteración del texto con la frialdad de quien busca una fisura en un muro.

Comprendió que reaccionar con precipitada alarma era exactamente lo que su interlocutor invisible esperaba.

Si alguien en las sombras pretendía medir su resistencia psicológica, su mejor respuesta sería la calma absoluta.

Por eso, al atardecer del día siguiente, caminó hacia la Librería Ofelia con el rostro despejado, el bolso al hombro y una firmeza nueva en cada paso.

No pensaba enfrentarse a Darío ni exigir explicaciones sobre el servidor de la imprenta; su objetivo era colocar una sonda en mitad de una charla aparentemente trivial y observar qué vibraciones producía en el librero.

Al cruzar el umbral, la campanilla de roble emitió su repique seco. La librería estaba tranquila, sumida en una penumbra acogedora con aroma a madera barnizada y papel seco.

Darío se encontraba solo detrás del mostrador de nogal, utilizando una pequeña lija de grano fino para restaurar el lomo de un volumen encuadernado en piel.

Al ver entrar a Alba, dejó la herramienta sobre el fieltro verde, se quitó las gafas de lectura y le ofreció una sonrisa afable, impregnada de esa elegancia madura y educada que lo caracterizaba.

Alba se acercó al mostrador con soltura, iniciando la conversación con temas de trabajo: el estado de las galeradas de la imprenta, la calidad de la tipografía elegida para el catálogo y algunos aspectos técnicos sobre la maquetación comarcal.

Darío la escuchaba con el interés habitual, asintiendo con deferencia hacia sus criterios profesionales.

Fue en mitad de una pausa distendida, mientras él guardaba el bote de cola en un estante inferior, cuando Alba condujo la conversación hacia su objetivo con una naturalidad calculada.

—Por cierto, Darío, el otro día ordenando unas fichas de colaboradores antiguos de la editorial encontré el nombre de Clara —dijo Alba, manteniendo la voz serena y la mirada fija en el rostro del hombre—. Me llamó la atención porque era muy joven. ¿Sabes qué fue de ella?

La reacción de Darío fue tan mínima que cualquier persona menos observadora la habría pasado por alto.

La mano que sostenía el frasco se congeló en el aire durante una fracción de segundo demasiado larga.

Su expresión perdió por un instante esa cordialidad fluida para quedarse suspendida en un rictus de evaluación helada.

Cuando se incorporó despacio y volvió a cruzar los brazos sobre el mostrador, sus ojos grises eran dos placas de cristal impenetrable.

—Clara decidió marcharse del valle hace meses —respondió Darío con un tono pausado, modulado con una precisión casi impecable—.

Era una muchacha brillante, pero inestable.

Quería empezar una vida nueva lejos de la comarca y cortó lazos con su entorno de forma bastante radical.

Me resulta curioso que te interese alguien que abandonó el club por voluntad propia mucho antes de que tú llegaras.

—Solo fue una coincidencia al revisar el archivo —replicó Alba sin pestañear—. Me dio la impresión de que dejó algunas tareas a medias en la editorial. Incluso me preguntaba si se dejó aquí alguna pertenencia o alguna documentación personal cuando dejó de venir.

Darío ladeó la cabeza ligeramente. La sonrisa regresó a sus labios, pero esta vez no alcanzó a templar la frialdad de su mirada.

—No dejó absolutamente nada —dijo, pronunciando cada sílaba con una firmeza excesiva—. Clara cerró su etapa en la librería de manera definitiva.