CAPÍTULO 3 #2
Sin esperar respuesta, Lucía dio media vuelta y echó a correr calle abajo, perdiéndose en el entramado de callejuelas empedradas que descendían hacia el río.
Alba permaneció inmóvil bajo el alero de madera, observando el pequeño cuadrado de papel entre sus dedos.
La frase de Lucía — pregúntale por qué dejó de venir — retumbaba en su cabeza con un eco inquietante.
Le devolvió al instante una memoria precisa de la primera reunión, cuando ella misma le preguntó a Darío por las ausencias en el sillón de la esquina y el librero le respondió con una sonrisa tibia y desarmante que en las Ofelias no había permanencias obligatorias, que algunas jóvenes simplemente «seguían su camino» cuando encontraban una voz propia.
Al llegar a su casa, el silencio de la vivienda le pareció más espeso que de costumbre.
Encendió el ordenador del escritorio y, sin quitarse siquiera el abrigo, abrió una ventana del navegador.
Alba era metodológica: comenzó rastreando los perfiles públicos en redes sociales de los talleres culturales organizados por el Ayuntamiento de San Telmo durante los últimos dos años.
Tardó menos de veinte minutos en encontrar lo que buscaba.
En las fotografías digitales de las lecturas estivales de la temporada anterior, la figura de una muchacha de unos veinte años, de melena castaña y mirada serena, aparecía de forma recurrente al lado de Darío.
Era Clara. Aparecía en la mesa de presentación del catálogo local, en las fotos de grupo junto al pantano e incluso en los folletos promocionales de la librería.
Sin embargo, a partir del mes de abril de ese mismo año, la presencia de Clara se borraba de golpe.
No había notas de despedida, ni menciones a su marcha, ni etiquetas en otras publicaciones.
Simplemente había dejado de existir en el archivo del club, sustituida gradualmente por las caras nuevas de las chicas más jóvenes, exactamente como si su paso por la casa de nogal hubiera sido borrado por una mano invisible.
Un escalofrío lento le recorrió los brazos a Alba mientras comparaba la fecha de la última fotografía de Clara con la anotación a lápiz que figuraba en la última página del manuscrito inédito. Las fechas encajaban con una precisión aterradora.
En ese instante, el teléfono móvil posado sobre la mesa auxiliar vibró con un zumbido seco sobre la madera.
Alba dio un pequeño salto en la silla. Extendió la mano y recogió el aparato.
La pantalla mostraba una notificación de un mensaje de texto recibido desde un número desconocido, sin identificación previa ni foto de perfil.
El mensaje era escueto, helado y carente de cualquier preámbulo:
«No preguntes por Clara.»
Alba se quedó mirando fijamente la pantalla iluminada en la penumbra de su habitación, sintiendo cómo el aire se le atascaba en la garganta. La advertencia ya no era una mera conjetura literaria ni un juego de sombras entre las paredes de la librería.
Alguien sabía exactamente qué información estaba buscando, y la frontera invisible entre la simple curiosidad y el peligro real acababa de quedar definitivamente atrás.
El hilo de la imprenta
Alba apretó los labios y sostuvo el teléfono entre las manos hasta que la pantalla se apagó por completo, dejando el reflector de luz sobre su rostro a oscuras.
El mensaje flotaba en la memoria como una advertencia con peso propio.
Durante unos instantes consideró la posibilidad de marcar el número de Elena y contárselo todo, pero la prudencia terminó imponiéndose; su hermana mayor reaccionaría exigiéndole que abandonara el taller del club de inmediato, y Alba no estaba dispuesta a retirarse a ciegas.
Necesitaba apoyarse en un terreno que dominara antes de dar el siguiente paso.
Como correctora del taller de imprenta, conocía bien los entresijos de las pequeñas publicaciones comarcales, los flujos de galeradas y la red de pequeños sellos independientes que nutrían las librerías del valle.
Si existía una huella limpia de la trayectoria de Clara en San Telmo, no estaría en los rumores del instituto ni en las fotos borradas de las redes sociales, sino en los archivos de producción editorial.
Encendió de nuevo la pantalla de su ordenador y abrió el gestor de correo corporativo de la imprenta, buscando en las carpetas de proyectos archivados de los últimos dos años.
Darío no era un mero librero local; actuaba con frecuencia como intermediario y asesor literario para Ediciones Valnera, un sello independiente de corta tirada que utilizaba la imprenta de San Telmo para componer sus volúmenes.
Tras filtrar los intercambios por el nombre de la librería, Alba encontró un paquete de correos fechados el otoño anterior.
Al desplegar los archivos adjuntos de un catálogo de autores locales, el nombre de Clara apareció de forma repentina en una ficha técnica de maqueta: figuraba como asistente de transcripción y cotejo de textos en un libro de leyendas comarcales, un encargo menor gestionado directamente a través de la librería.
Ver el nombre de la joven impreso en un documento oficial de trabajo disipó cualquier duda sobre su vinculación profesional con Darío.
Alba buscó en la agenda de la imprenta el número directo de Marta, una veterana maquetadora de Ediciones Valnera con la que había coincidido en la edición de dos libros de historia comarcal y que siempre había valorado su rigor técnico.
Miró la hora en el reloj del escritorio —las nueve de la noche pasadas—, pero sabiendo que Marta solía alargar sus jornadas en el taller de maquetación, decidió marcar el número fijo de la redacción.
Marta respondió al tercer tono con voz cansada, amortiguada por el tecleo constante sobre una mesa de trabajo.
Alba adoptó de inmediato un tono neutro, profesional y directo, justificando la llamada a deshoras por un supuesto cruce de versiones en el inventario de autores locales que la imprenta estaba preparando para la campaña de otoño.
Cuando la conversación tomó un cauce fluido sobre las bases de datos de colaboradores, Alba introdujo el nombre de Clara de pasada, como si buscara únicamente confirmar la dirección de contacto para un pago de derechos retrasado o una liquidación pendiente de archivo.
—¿Clara? —dijo Marta al otro lado de la línea, haciendo una pausa prolongada mientras el ruido del teclado cesaba por completo—.
Ah, sí, la muchacha que enviaba los textos revisados el año pasado.
Darío la presentó en la editorial como su ayudante personal en la librería; nos dijo que tenía un ojo clínico fantástico para las erratas y que quería que ganase experiencia en el proceso de maquetación. Trabajó con nosotros apenas tres meses.
—¿Recuerdas por qué lo dejó tan pronto? —preguntó Alba con cautela, sosteniendo el bolígrafo con firmeza sobre la mesa—. En la ficha del proyecto no figura la fecha de rescisión del encargo.
—No hubo rescisión formal —respondió Marta, bajando ligeramente la voz mientras el tono distendido de la charla comenzaba a enturbiarse—.
Un día de mayo envió un correo muy breve a la dirección general pidiendo que la diéramos de baja en la base de datos de colaboradores y que no volviéramos a ponernos en contacto con ella bajo ninguna circunstancia.
Nos sorprendió bastante, la verdad. Era una chica educadísima, aunque las últimas semanas se la veía consumida, como si arrastrara un cansancio enorme.
—¿Hubo algún problema con Darío o con las entregas del material? —inquirió Alba, intentando que su voz sonara como una simple verificación administrativa.
—No que nos constara a nosotros —dijo la maquetadora con cierta reticencia—.
Solo recuerdo que un par de días después de ese correo, Clara llamó a la oficina a través de la centralita.
Estaba muy nerviosa, casi no se le entendía al hablar.
Preguntó si por casualidad nos habíamos quedado nosotros con unos cuadernos y una documentación personal que ella solía guardar en la librería mientras trabajaba allí.
Le dijimos que nosotros solo recibíamos las galeradas digitales, pero ella insistía en que necesitaba recuperar esos papeles.
Cuando le sugerimos que le preguntara directamente a Darío, se quedó en silencio un momento y colgó sin despedirse.
Alba no dijo nada durante varios segundos.
En su mente, la puerta de roble macizo y sin pomo del pasillo posterior de la librería volvió a dibujarse con una claridad absoluta.
La habitación privada que Claudia había calificado de simple almacén contable cobraba de pronto un significado mucho más turbio: podía ser el lugar donde descansaban los archivos personales que Clara no había podido recuperar antes de cortar todo vínculo con la comarca.
—¿Alba? ¿Sigues ahí? —preguntó Marta al no recibir respuesta.
—Sí, perdona, estaba anotando el dato —respondió Alba de inmediato, forzando un tono sereno.
Antes de dar por terminada la conferencia, la maquetadora guardó un silencio incómodo, como si estuviera sopesando el alcance de lo que iba a decir a continuación.
—Escúchame, Alba —murmuró Marta con una seriedad que le hizo dar un vuelco al corazón—. No sé exactamente qué estás comprobando para ese inventario de la imprenta, pero si todo esto tiene que ver con la forma en que Darío maneja sus asuntos o sus colaboradores en el club, ten mucho cuidado.
Darío es una persona muy respetada en el sector, influyente con las instituciones y con los patrocinios locales, y hay mucha gente en la comarca que lleva años prefiriendo no hacer preguntas sobre cómo gestiona su entorno. No te metas en líos por un trabajo de archivo.
—No te preocupes, Marta, solo era para cerrar el expediente. Muchas gracias por la ayuda —contestó Alba antes de despedirse y colgar el auricular.