La Chica del Pantano CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

El Agua no olvida

La habitación del fondo

El murmullo de la conversación en la Librería Ofelia fluía con la calma habitual de un sábado por la tarde, pero Alba ya no escuchaba con la misma ingenuidad de las primeras sesiones.

Sentada en el extremo del sofá de orejas, sostenía la taza de té con ambas manos mientras sus ojos, atentos y adiestrados en la observación de los detalles más insignificantes, escudriñaban cada movimiento en la estancia.

Darío analizaba un pasaje de La carta robada de Poe con su elocuencia acostumbrada, de pie junto a la chimenea apagada, pero Alba estaba más atenta a lo que no se decía: la rigidez en los hombros de Claudia cuando el librero nombraba la palabra «secreto», las miradas de reojo que cruzaban dos de las chicas más veteranas o el modo repentino en que un susurro entre ellas se cortaba en seco cada vez que Alba se inclinaba para tomar una pasta de la bandeja.

Existía una arquitectura de complicidades dentro de la sala, un mapa de lealtades e información compartida del que ella había sido deliberadamente excluida.

Aprovechando que Darío se disculpó un instante para atender a un distribuidor en el mostrador principal, Alba se puso en pie con la excusa de buscar un volumen de relatos en las estanterías del pasillo posterior.

Se adentró en la zona menos iluminada, donde el olor a polvo y papel viejo se hacía más denso, hasta detenerse frente a una puerta de roble macizo, estrecha y carente de pomo visible, encajada al fondo del pasadizo.

Nunca la había visto abierta ni mencionada en los planos del edificio, pero el cerrojo de latón recién pulido y el zócalo desprovisto de polvo delataban un uso frecuente que desentonaba con el aspecto de simple almacén abandonado.

Mientras rozaba con la yema del dedo el marco de madera, una voz baja y tensa la hizo sobresaltarse a sus espaldas.

—No deberías acercarte a esa puerta, Alba —murmuró Claudia, apareciendo entre las sombras de la estantería de poesía con una libreta apretada contra el pecho.

Alba se giró despacio, manteniendo la serenidad, y la miró a los ojos con curiosidad calculada.

—¿Por qué? Solo estaba mirando la sección de clásicos —respondió Alba en voz baja—. ¿Qué hay ahí dentro?

Claudia tragó saliva y bajó la vista de inmediato, arrepintiéndose de la vehemencia de su propia advertencia. Se colocó un mechón de pelo tras la oreja con dedos temblorosos y esbozó una sonrisa forzada que no logró ocultar su nerviosismo.

—Nada importante. Solo archivo antiguo, documentación contable y ediciones descatalogadas que Darío prefiere organizar él mismo —dijo atropelladamente, dando un paso atrás para marcar distancia—.

Es solo que a él le molesta que revolvamos en sus zonas de trabajo privadas, nada más.

Vamos con las demás antes de que vuelva.

Alba no dijo una sola palabra más, pero la prisa de Claudia por dar por zanjado el tema le confirmó que acababa de rozar un nervio sensible.

Cuando ambas regresaron al círculo central, Darío ya ocupaba su sillón habitual. No hizo ningún comentario sobre la ausencia de ambas ni elevó la voz; continuó hablando de la construcción del suspense con su impecable cortesía, pero sus ojos grises se fijaron en Alba durante dos segundos eternos.

Fue un destello fugaz, una mirada de una lucidez helada que pareció evaluar exactamente hasta dónde había llegado la joven en el pasillo posterior.

A partir de ese segundo, el ambiente cálido de la librería se volvió sofocante para Alba; cada gesto del librero, cada pausa en su discurso y cada sonrisa pausada parecieron cargarse de un doble sentido indescifrable que la hacía sentirse examinada al milímetro.

Antes de dar por concluida la reunión, Darío cerró el libro que sostenía entre las manos y miró al grupo con una serenidad pausada que captó la atención inmediata de todas las presentes.

—Para la sesión de la semana que viene romperemos la rutina habitual —anunció, entrelazando los dedos con elegancia sobre la rodilla—.

Dejaremos el análisis teórico a un lado.

Ha llegado el momento de que algunas de vosotras deis un paso al frente y demostréis que comprendéis verdaderamente lo que significa la lealtad a la palabra y la pertenencia a las Ofelias.

Ya os daré las indicaciones precisas a cada una en privado.

Las chicas asintieron con un entusiasmo sumiso que a Alba le provocó una punzada de incomodidad en el estómago. Cruzó la puerta de la librería hacia la calle empedrada bajo el orvallo fino de la tarde, ajustándose el cuello del abrigo y apretando la correa de la mochila.

Mientras las voces de las otras jóvenes se perdieran carretera abajo hacia el centro de San Telmo, Alba se detuvo un instante bajo el soportal de piedra y miró hacia atrás.

Tenía la certeza absoluta de que el juego de correcciones y cortesías había terminado: ya no le bastaba con revisar las páginas que Darío le entregaba; necesitaba averiguar qué ocultaba la puerta del fondo y qué precio estaban pagando las demás por formar parte del círculo.

La sombra de Clara

El aire helado del atardecer le golpeó las mejillas nada más dejar atrás el umbral de la librería, pero el ardor en el pecho no tenía nada que ver con el frío.

Alba aceleró el paso por la acera de adoquines húmedos de la Plaza Mayor, sintiendo el peso de la sospecha como una presencia física entre las escápulas. No podía permitirse un paso en falso.

Acercarse a Darío de frente, exigirle explicaciones sobre la puerta sin pomo o sobre la escena clavada en el manuscrito, equivaldría a destapar sus cartas antes de tiempo y cerrar de golpe la única vía de acceso a la verdad.

Necesitaba frialdad, método y esa misma paciencia analítica que empleaba en el taller de imprenta para rastrear una errata invisible a simple vista.

Había recorrido apenas un centenar de metros hacia la bocacalle que bajaba hacia la antigua estación cuando escuchó unos pasos apresurados a sus espaldas.

Al girarse, vio a Lucía, la más joven del círculo, una muchacha de apenas dieciocho años que solía sentarse en el extremo más oscuro de la sala y que apenas había articulado tres palabras en las reuniones anteriores.

Lucía traía la capucha de la chaqueta subida sobre el rostro pálido y la respiración entrecortada.

Antes de hablar, lanzó dos miradas furtivas por encima del hombro, asegurándose de que la fachada de piedra de la Librería Ofelia quedaba oculta tras el saliente de la panadería.

—Alba, espera —murmuró la chica con un hilo de voz que temblaba visiblemente por el pulso de la prisa—. ¿Podemos hablar un segundo? Solo un segundo, por favor.

Alba se detuvo bajo el voladizo de una antigua casona de madera, resguardándose del orvallo fino que comenzaba a cuajar sobre los tejados.

—¿Qué pasa, Lucía? ¿Ocurre algo?

—Tú... tú llevas poco tiempo viniendo, ¿verdad? —preguntó la joven, apretando las manos dentro de los bolsillos de la chaqueta con una rigidez casi dolorosa—. Solo quería saber si te han contado cómo funciona esto. Si sabes quiénes estaban antes que nosotros.

—Llevo apenas un par de semanas —respondió Alba con voz tranquila, tratando de transmitirle una calma que no sentía—. Nadie me ha contado gran cosa sobre las anteriores integrantes. ¿A qué te refieres?

Lucía volvió a girar la cabeza hacia la esquina de la plaza, como si temiera que la sombra del propio Darío pudiera materializarse en mitad de la penumbra. Se acercó un paso más, reduciendo la distancia hasta que Alba pudo percibir el olor dulce y húmedo del jabón barato que llevaba la muchacha.

—Tienes que saber algo sobre Clara antes de seguir aceptando los libros que te da —dijo Lucía, hablando en un susurro atropellado—.

Clara era la chica que se sentaba a la derecha de Darío el año pasado.

Hacía las fichas de lectura, le ayudaba con los archivos del fondo y él decía que era la mente más brillante que había pasado por San Telmo en una década.

Era la favorita de todas. Pero de repente, en primavera, empezó a cambiar.

Se volvió distante, dejó de hablar con nosotras en el instituto y un día dejó de venir al taller. Nadie volvió a nombrarla.

—¿Se mudó? —preguntó Alba, sintiendo una punzada de rigidez en la nuca—. ¿Ocurrió algo entre ella y Darío?

Lucía dio un respingo involuntario, dándose cuenta de que había ido demasiado lejos.

Se mordió el labio inferior con fuerza y dio un paso hacia atrás, arrepentida en el acto de su propia audacia.

La mirada de la chica se volvió esquiva, llena de una precaución instintiva que a Alba le resultó tristemente familiar.

—Yo no sé nada más —dijo la joven apresuradamente, negando con la cabeza mientras buscaba la forma de cortar el encuentro—.

Solo sé que abandonó las clases antes de terminar el curso y que su familia dice que se fue a vivir con unos parientes fuera de Cantabria.

Pero no es verdad. Nadie se va de un día para otro sin despedirse de sus amigas.

Yo solo... no quiero meterme en líos, Alba.

Si Darío se entera de que te he hablado de ella, me sacará del grupo.

Antes de que Alba pudiera presionarla para obtener un detalle más, Lucía sacó una mano del bolsillo y le encajó una nota en la palma. Era un papel rasgado a toda prisa de un cuaderno de cuadrícula, doblado en cuatro partes.

—No le digas a nadie que te he dado esto —añadió la muchacha con la voz quebrada por un repentino impulso de angustia—. Es el contacto de la hermana mayor de Clara. Si de verdad quieres saber qué pasó con ella, pregúntale por qué dejó de venir a la librería. Solo hazlo si vas a ser discreta.