La Chica del Pantano CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

Antes de despedirla, Darío recogió las hojas sueltas, las devolvió a la carpeta y se la entregó a Alba pidiéndole que conservara el texto unos días para terminar de leerlo en casa, enfatizando de forma suave pero rotunda que prefería que no lo comentara con las demás integrantes ni les enseñara el manuscrito por el momento.

Alba aceptó la petición guardando la carpeta en su bolso, aunque el halo de secreto alrededor del documento le dejó una pequeña inquietud en el pecho.

Al salir a la Plaza Mayor, el aire frío de la noche le rozó las mejillas.

Alba echó a caminar a paso ligero hacia su casa, apretando el bolso contra el costado.

Mientras cruzaba las calles empedradas de San Telmo bajo la neblina, no podía dejar de repasar mentalmente una frase literal que había leído en aquella tercera página del texto: «El agua no guarda recuerdos, pero exige guardar el secreto» .

La coincidencia con las palabras que Claudia había murmurado al salir del pantano era demasiado precisa para ser un simple azar literario, dejándola atrapada en una duda punzante que empezaba a rasgar la aparente normalidad del club.

El refugio de la costumbre

Alba llegó a su piso al final de la tarde, cuando la luz del crepúsculo ya se había extinguido por completo sobre los tejados húmedos de San Telmo.

Dejó la carpeta del manuscrito sobre el escritorio de su habitación, justo al lado del flexo y de las galeradas del taller de imprenta que tenía pendientes de revisión.

Encendió la lámpara y trató de concentrarse en la búsqueda de erratas de un libro de historia local, pero su mente no lograba fijar la atención en el texto.

La prosa limpia del manuscrito inédito, la descripción del ritual en la orilla del agua y la compostura imperturbable de Darío continuaban rondándole con una insistencia sorda.

Se negaba a admitir que la charla en la trastienda de la librería la hubiera inquietado, empeñada en convencerse de que su deformación profesional la llevaba a buscar patrones y misterios donde solo había coincidencias literarias.

En ese momento, la pantalla de su teléfono móvil se iluminó sobre la mesa y comenzó a vibrar con el nombre de Elena.

Alba dejó escapar un suspiro involuntario, más por cansancio acumulado que por molestia, y atendió la llamada mientras se recostaba en el respaldo de la silla.

La voz de su hermana mayor llegó clara y firme, acompañada por el murmullo doméstico de la vajilla de la casa familiar.

Elena quería saber qué tal le había ido el día en el taller y cómo se encontraba, admitiendo que en su anterior conversación la había notado un poco distante.

No había en sus palabras ninguna sospecha concreta sobre la librería ni sobre el club, sino la simple intuición protectora de una hermana que conocía de sobra cada uno de sus silencios y que había percibido que algo mantenía a Alba con la cabeza en otro sitio.

Elena aprovechó para preguntarle si finalmente había vuelto a verse con las chicas del Club de las Ofelias y si todo seguía marchando con normalidad.

Alba respondió tratando de dar a su voz una firmeza cotidiana, explicándole que la reunión había ido bien y añadiendo, con un toque de entusiasmo mal disimulado, que Darío le había ofrecido colaborar con él revisando textos y seleccionando lecturas para el grupo.

La reacción de Elena fue de una cautela inmediata: guardó un segundo de silencio antes de preguntarle con franqueza si realmente confiaba en ese hombre.

Alba salió en defensa de Darío al instante, asegurando que se trataba de una persona culta, intachable y de un trato exquisitamente profesional, acusando a su hermana de ser demasiado sospechosa con cualquier desconocido.

Evitó por completo mencionar la existencia de la carpeta de cubierta dura o el hecho de que en sus páginas estuviera descrito el paseo nocturno hacia el pantano.

Detectando la rigidez en la voz de la joven, Elena aflojó el tono y apeló a la complicidad que siempre las había unido.

Le recordó entre risas aquella tarde de lluvia en la infancia cuando ambas se quedaron atrapadas en el desván de su abuela porque Alba se negaba a bajar hasta no resolver la última página de un libro de acertijos.

Elena le dijo que su terquedad e inteligencia siempre habían sido sus mejores virtudes, pero que en un pueblo pequeño como San Telmo convenía no dejarse deslumbrar por la atención de nadie ni entregar la confianza demasiado rápido.

Alba sonrió con afecto sincero, aflojando la tensión de sus hombros y respondiéndole que ya tenía dieciocho años y sabía cuidarse sola.

Antes de despedirse, Elena bajó la voz y le dejó una frase sencilla pero rotunda: que, si en algún momento algo dentro de ese club la hacía sentirse incómoda o extraña, no dudara en contárselo. Alba se lo prometió sin dudarlo.

Tras colgar, el silencio de la habitación volvió a volcarse pesado sobre el escritorio.

Alba permaneció unos segundos inmóvil, con el teléfono frío entre las manos, sintiendo cómo el vínculo cálido con su hermana contrastaba con la atmósfera densa de la librería.

Extendió la mano hacia la carpeta de cartón, la abrió por la tercera sección y volvió a leer la línea que había dejado marcada con el lápiz: una descripción minuciosa del tacto de las piedras resbaladizas y la sensación del agua helada sobre los tobillos al pisar la orilla del pantano.

Alba cerró el manuscrito despacio, deslizando las yemas de los dedos sobre la cubierta.

Por primera vez desde que cruzara el umbral de la librería, se preguntó quién se escondía realmente detrás de aquellas páginas anónimas y de qué manera podía conocer un secreto que apenas acababa de comenzar.

La anotación en el margen

Alba se quedó sola en el penumbroso recinto de su dormitorio, iluminado únicamente por la luz blanca de la lámpara flexo que proyectaba largas sombras sobre las paredes. Con el eco de la voz de Elena aún resonando en su cabeza, volvió a sentarse frente al escritorio y abrió de nuevo el manuscrito.

Asumió su postura profesional habitual: tomó el bolígrafo rojo entre los dedos, ajustó la espalda al respaldo de madera y comenzó a desglosar el texto con la mirada analítica de una correctora.

Durante las primeras páginas logró centrarse en la sintaxis, anotando en una libreta auxiliar un par de construcciones redundantes y sugiriendo cambios en el ritmo de los diálogos.

Sin embargo, conforme avanzaba hacia el centro de la carpeta, la frialdad técnica de su trabajo empezó a agrietarse.

En el ecuador del texto se desplegaba una escena ambientada en un pantano montañoso cuya descripción resultaba inquietantemente familiar.

El narrador detallaba la caminata nocturna de un grupo de jóvenes descalzándose sobre las piedras resbaladizas para sumergir los pies en el agua helada, sellando así un pacto simbólico de pertenencia a un círculo literario local.

Alba detuvo el bolígrafo a milímetros del papel, con la respiración contenida.

Había pequeñas diferencias en la novela las muchachas llevaban cintas de tela en las muñecas y pronunciaban un juramento en verso, y esa disparidad la hizo dudar de su propio criterio.

¿Y si realmente se trataba de una vieja tradición del valle que Darío simplemente había adaptado para el club, tal como le había dicho en la librería?

La duda la mantuvo inmóvil durante largos segundos antes de obligarse a pasar la página.

Fue tres párrafos más abajo donde encontró la línea que le erizó el vello de los brazos.

El narrador afirmaba con una rotundidad helada: «Quien busca la gracia de la voz deba aprender primero el rigor del silencio; solo así se conserva la confianza de quienes las han elegido» .

Las palabras trajeron de vuelta el recuerdo exacto del mensaje que Claudia le había enviado tras la iniciación y la advertencia implícita de Darío sobre la necesidad de preservar el hermetismo del grupo.

Mientras repasaba la frase una y otra vez, la pantalla de su teléfono móvil se iluminó sobre la mesa con el tono seco de un mensaje entrante. Se trataba de otra integrante del club.

El texto era escueto y tajante: «Mañana no traigas a nadie a la librería. Y no le cuentes a Elena nada de lo que hablas con Darío».

Un escalofrío de incomodidad la recorrió de arriba abajo. El hecho de que supieran de su conversación con Elena le provocó una punzada de vulnerabilidad insoportable.

Apoyó los dedos sobre el teclado para exigir una explicación, pero tras redactar dos líneas torpes, borró el texto, apagó el teléfono y lo dejó boca abajo sobre el escritorio.

Al regresar al manuscrito y pasar la última hoja del capítulo, sus ojos se topó con algo que no había advertido antes: en la esquina inferior del margen derecho, trazada con un trazo fino a lápiz y una caligrafía apurada, descansaba una pequeña anotación manuscrita de solo dos palabras: «No confíes» .

Alba levantó la cabeza despacio hacia la puerta cerrada de su habitación. El silencio de la casa parecía repentinamente más denso, interrumpido únicamente por el silbido lejano del viento rozando el marco de la ventana.

Permaneció inmóvil durante casi un minuto, escuchando la penumbra con el corazón latiéndole con fuerza en la garganta, antes de volver a bajar la vista hacia el papel. La nota en el margen continuaba allí, firme y enigmática.

Sin pensarlo dos veces, encendió de nuevo el teléfono, abrió la cámara y tomó una fotografía nítida de la página marcada.

Guardó el manuscrito en la carpeta de cartón y lo introdujo en el cajón más profundo del escritorio, comprendiendo con una certeza helada que la oferta de Darío había dejado de ser un simple trabajo de corrección para convertirse en algo mucho más oscuro.