CAPÍTULO 2
El Agua no olvida
Las reglas de las Ofelias
El taller de imprenta amaneció sumido en un bochorno húmedo que hacía pegajoso el manejo del papel.
Sobre la mesa de trabajo de Alba se amontonaban tres juegos de pruebas de galeradas con marcas rojas a lápiz que denotaban un celo casi quirúrgico.
Su mente funcionaba con una lógica asociativa y meticulosa; era capaz de detectar una sangría desigual a tres metros de distancia, señalar una discordancia sintáctica camuflada en un texto denso o advertir que un personaje secundario cambiaba el color de sus ojos tres capítulos más adelante.
Esa atención obsesiva al detalle, que en su vida social solía volverla algo distante, la convertía en una correctora formidable a sus dieciocho años.
A mitad de la mañana, mientras cotejaba el índice de un ensayo de historia local, la pantalla de su teléfono se encendió con una notificación.
Era un mensaje directo de Darío. La redacción era pulcra y cordial, muy alejada de los avisos colectivos del grupo: le proponía pasarse por la librería a última hora de la tarde, antes de echar el cierre, para comentar algunos apuntes que él había visto en los márgenes de las fichas que Alba completó durante su primera visita.
Aseguraba estar gratamente impresionado por su perspicacia. Alba sintió un chispazo instantáneo de vanidad en el pecho, una satisfacción cálida que apagó de golpe el tedio de la jornada laboral.
A las siete en punto, las calles de San Telmo comenzaban a teñirse de un violeta apagado por la neblina que bajaba de las Peñas Altas.
Alba empujó la puerta de la Librería Ofelia y el tintineo de la campanilla anunció su llegada.
Darío estaba solo, de pie tras el mostrador de nogal, catalogando un lote de ediciones facsímiles con unos guantes finos de algodón.
Al verla, se quitó los guantes con parsimonia, le ofreció una sonrisa abierta de bienvenida y la invitó a pasar a su despacho privado, una pequeña estancia trasera abarrotada de mapas antiguos que olía a café recién molido y papel viejo.
Sirvió dos tazas humeantes y se sentó frente a ella con una cercanía natural que eliminaba cualquier barrera de edad o jerarquía.
Le explicó sin rodeos que el Club de las Ofelias no aspiraba a ser una tertulia más de comarca; su verdadero propósito era tejer una red de mecenazgo y formación para jóvenes talentos de la región que merecían escapar del anonimato.
Afirmó que la mirada de Alba era exactamente el tipo de filtro crítico que necesitaba para seleccionar textos y estructurar las sesiones avanzadas, ofreciéndole colaborar mano a mano con él.
La propuesta era abiertamente halagadora.
Darío la escuchaba con una devoción casi docente, apoyando los codos sobre el escritorio e inclinándose hacia ella cada vez que Alba articulaba una idea, haciéndola sentir no como una muchacha insegura del pueblo, sino como una profesional respetada.
Sin embargo, conforme avanzaba la charla, el tono de Darío fue deslizándose hacia una intimidad más pausada y envolvente.
Deslizó con sutileza la idea de que los proyectos de verdadero calado requerían hermetismo, explicando que la confianza en el círculo no era una imposición, sino un pacto implícito para preservar el espacio frente a las miradas ajenas.
Con una fluidez pasmosa, le preguntó si alguna de las chicas la había abordado tras la caminata al pantano para hablarle de la dinámica interna del club o sobre el mensaje que Claudia le había enviado aquella noche.
Alba sintió un ligero vuelco en el estómago y contuvo la respiración unos segundos, recordando la advertencia preventiva de su compañera.
Respondió con cautela, minimizando la nota y asegurando que solo habían comentado la impresión del frío y la belleza del lugar.
Darío sonrió con una templanza impecable, asintiendo con suavidad como si hubiera adivinado su reserva, y le aseguró que era perfectamente comprensible que las veteranas trataran de proteger la intimidad del grupo frente a los recién llegados.
Antes de dar por concluida la cita, Darío se levantó hacia una pequeña caja fuerte disimulada tras un paño de terciopelo y extrajo una carpeta de cartón atada con gomas.
Se la tendió a Alba con una solemnidad casi litúrgica, explicándole que se trataba de una obra inédita, un texto delicado e impactante que nadie más en el valle había leído todavía.
Le pidió que lo revisara en la soledad de su casa, con la misma agudeza que aplicaba en la imprenta, y que le diera su opinión sincera antes de tomar una decisión sobre su destino.
Alba tomó la carpeta sintiendo el peso físico del compromiso; la deferencia de Darío la colocaba en una posición de privilegio absoluto respecto a las demás integrantes.
Se despidió rebozando entusiasmo y salió a la acera empedrada de la Plaza Mayor con el manuscrito apretado bajo el brazo.
Mientras caminaba a paso ligero envuelta en la bruma de la tarde, sintió la inercia de una responsabilidad que no alcanzaba a calibrar.
Se giró un segundo por puro instinto hacia el escaparate de la librería y vio a Darío recortado contra la luz cálida del interior; esta vez, el hombre alzó la mano con naturalidad y le dedicó un gesto de despedida afectuoso antes de apagar las luces de la estancia.
La grieta en la página
Tres días después de su breve conversación telefónica, Alba regresó a la Librería Ofelia a última hora de la tarde, cuando la luz del atardecer ya comenzaba a extinguirse sobre las cumbres de San Telmo.
Había pasado las últimas jornadas atrapada en la rutina monótona del taller de imprenta, pero la invitación de Darío para revisar aquel texto inédito había permanecido flotando en su mente como una promesa estimulante.
Al cruzar el umbral, la campanilla de roble anunció su llegada en una estancia ya vacía de clientes.
Darío la esperaba tras el mostrador de nogal con una sonrisa afable y, tras saludarla con su habitual elegancia, la guio con suavidad hacia una pequeña estancia situada en el fondo de la librería, cruzando una puerta de roble que aislaba el espacio del murmullo exterior.
La sala era de una elegancia sobria y acogedora: paredes cubiertas por estanterías de castaño llenas de volúmenes antiguos, una mesa de trabajo maciza sobre una alfombra desgastada y un ventanal alto desde el que se divisaba la silueta imponente de las Peñas Altas, recortadas contra el cielo violeta del atardecer.
Darío se inclinó sobre la mesa y extrajo de un cajón una carpeta de cartón duro.
Se la tendió a Alba explicándole que pertenecía a un autor inédito con el que llevaba meses intercambiando correspondencia, una obra de tono intimista cuyo destino editorial aún no había decidido y sobre la que deseaba una segunda opinión profesional.
Alba abrió la carpeta sobre la mesa y leyó los primeros párrafos bajo la luz cálida de una lámpara de tulipa verde.
El texto poseía una prosa depurada, precisa y envolvente, que narraba la llegada de una joven a una comarca aislada de montaña donde un grupo cerrado de mujeres custodiaba un legado que nadie en el pueblo se atrevía a nombrar.
Alba hizo un par de observaciones muy finas sobre el ritmo de la prosa y el uso de los adjetivos en las descripciones de los personajes.
Darío escuchaba con genuino interés, apoyando la barbilla en la mano y asintiendo ante cada matiz, fascinado por la agudeza con la que la muchacha desgranaba la estructura del texto.
La fluidez del intercambio reforzó en Alba la sensación de estar en un espacio de respeto y valoración profesional que rara vez encontraba fuera de allí.
Sin embargo, al pasar a la tercera sección del capítulo inicial, los ojos de Alba se detuvieron sobre un pasaje concreto.
El texto describía con un realismo punzante una ribera de aguas estancadas, una bruma espesa bajando desde las cumbres y un grupo de muchachas descalzándose en silencio sobre la gravilla para mojar los pies como parte de un voto de lealtad al grupo.
Era una escena idéntica a la que ella misma había vivido dos noches atrás en Valnera.
Sorprendida, levantó la mirada del papel y preguntó a Darío con franqueza si el autor del manuscrito tenía algún vínculo con el Club de las Ofelias o si se había inspirado en las reuniones de la librería.
Darío no se inmutó. Recostó la espalda en el sillón con una sonrisa serena y respondió con absoluta naturalidad que la geografía del valle y sus viejas tradiciones de orilla eran recursos recurrentes entre los escritores de la comarca, asegurando que la coincidencia no era más que el reflejo del folclore local filtrado por la literatura.
Tras restarle importancia al asunto, ladeó la cabeza y le preguntó de pronto qué sensación le había dejado a ella, a título personal, la caminata y el baño en la fosa.
La pregunta sonó demasiado pausada, demasiado limpia, como si buscase medir la respuesta exacta de la joven.
Alba vaciló un segundo antes de responder que le había parecido una dinámica curiosa, un tanto extraña para una primera toma de contacto pero fascinante en su ejecución.
Darío sonrió con esa calidez envolvente que disipaba cualquier alarma y le comentó que, precisamente, las experiencias que nos sacan un poco de sitio son las que terminan dejando la huella más duradera en la memoria.
Pese al tono distendido y al trato impecable del librero, una tensión subterránea y casi imperceptible comenzó a posarse entre los dos.
Alba percibió que bajo los modales cultivados de Darío existía un conocimiento de las dinámicas del grupo mucho más profundo y controlado de lo que sugería en las reuniones abiertas.