La Chica del Pantano CAPÍTULO 1 #3
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CAPÍTULO 1 #3

Se le heló la sangre por un segundo y dio un codazo suave a Claudia, señalando con la mano hacia la otra orilla, pero cuando la joven giró la cara para mirar, la masa gris de la bruma se había cerrado sobre el lugar sin dejar rastro alguno.

Claudia se echó a reír flojito, palmeándole el hombro mientras le decía que no fuera sugestiva, que a esas horas solo había tocones secos y sombras recortadas por la humedad.

Alba asintió con una sonrisa forzada, pero al dar los primeros pasos de vuelta a San Telmo no pudo quitarse de encima la sensación de que alguien más conocía aquel lugar.

Reglas en la penumbra

El regreso por el sendero montañoso se hizo bajo una niebla cada vez más tupida que se pegaba a la ropa como un polvillo helado.

El grupo avanzaba a paso rápido para combatir el frío, con el crujido de la grava amortiguado por la humedad ambiental.

Alba caminaba en la parte trasera del grupo, envuelta en un silencio reflexivo, incapaz de sacudirse la visión de aquella silueta estática al otro lado de la ribera.

Aprovechando que la distancia con los demás se ampliaba un par de metros, volvió a inclinarse hacia Claudia para insistirle sobre lo que había creído ver.

La joven dejó escapar un resoplido divertido, ajustándose la bufanda sobre el cuello, y le aseguró que la bruma jugaba malas pasadas en esa zona de la fosa.

Antes de acelerar el paso para unirse al resto, Claudia bajó la voz y añadió con una seriedad repentina que era mejor no dar rodeos a esas cosas ni volverse demasiado inquisitiva.

Le explicó que el club funcionaba bajo una premisa implícita de reserva absoluta: lo que se leía, se hablaba o se hacía durante las actividades del grupo no debía comentarse fuera con amigos, profesores ni familiares.

No era una secta, aclaró enseguida quitándole hierro al asunto, sino una simple norma de cortesía para proteger el espacio de confianza que Darío había tardado años en construir.

Al llegar de nuevo a la Plaza Mayor de San Telmo, la luz dorada del escaparate de la librería destacaba como un faro entre la niebla nocturna.

Las demás chicas entraron atropelladamente para recoger sus bolsos y chaquetas de repuesto, pero Alba se demoró unos segundos en el soportal de piedra, ajustándose las correas de la mochila.

Darío salió poco después, manteniendo esa postura distinguida y esa actitud cálida que infundía un confort inmediato.

Se detuvo junto a ella, mirando el cielo plomizo con serenidad, y le preguntó qué tal había sentido la experiencia de la tarde y si pensaba regresar el jueves siguiente.

Alba asintió, aunque confesó con una franca sonrisa que algunas dinámicas le habían resultado un tanto llamativas para un simple taller literario.

Darío sonrió con indulgencia, cruzándose de brazos con elegancia, y le explicó que toda comunidad pequeña necesita sus pequeños códigos y rituales para afianzar el sentimiento de pertenencia.

Le dijo con voz suave que formar parte de las Ofelias requería tiempo y, sobre todo, una voluntad genuina de aprender a confiar en las dinámicas del grupo.

Antes de que la joven se despidiera para emprender el camino a su casa, Darío se metió la mano en el bolsillo del abrigo y extrajo un pequeño ejemplar encuadernado en tela verde sin letras en el lomo.

Se lo tendió a Alba con un gesto de atención exquisita, comentándole que era una edición muy rara de ensayos sobre la figura de Ofelia en la poesía victoriana y que le gustaría mucho que le echara un vistazo en privado antes de la próxima sesión.

Alba tomó el volumen sintiendo una pizca de orgullo inevitable; la forma en que la miraba y el tono de complicidad intelectual la hacían sentir valorada, casi elegida entre las demás.

Se despidió con un agradecimiento sincero y comenzó a alejarse por la acera empedrada, escuchando el eco sordo de sus propios pasos sobre la humedad del suelo.

Apenas había recorrido cincuenta metros cuando la pantalla de su teléfono móvil se iluminó dentro del bolsillo con el tono metálico de una notificación.

Era un mensaje de texto de Claudia. La nota era escueta, directa y extrañamente preventiva: le advertía de que no hiciera demasiadas preguntas sobre el funcionamiento de ciertas reuniones avanzadas y que, si Darío compartía con ella lecturas o comentarios que no alcanzara a comprender del todo, se guardara las dudas para sí misma antes de comentarlo con extraños.

Alba se detuvo en seco bajo la luz tenue de una farola y volvió la cabeza hacia la librería.

A través del cristal biselado del escaparate, distinguió la figura inmóvil de Darío observándola desde la penumbra del interior.

Al cabo de tres segundos, la sombra del librero se giró despacio y se adentró hacia el fondo de la nave.

Alba guardó el teléfono con un nudo flojo en el estómago, apretando el libro de cubierta verde contra el pecho mientras se adentraba en la niebla de San Telmo, convencida de que solo eran figuraciones suyas provocadas por el cansancio, aunque la fría silueta del pantano se negara a abandonar su memoria.