La Chica del Pantano CAPÍTULO 1 #2
2%

CAPÍTULO 1 #2

Al ver a Alba, ajustó la jarra sobre una bandeja y le dedicó una sonrisa franca, accesible, que disipó en un instante el pudor de la joven.

Le ofreció asiento con un gesto afable, presentándola al resto del grupo con una naturalidad pasmosa, como si su llegada fuera exactamente lo que la reunión llevaba esperando toda la tarde.

Alba, con sus dieciocho años recién cumplidos y la sensación constante de no encajar del todo entre las exigencias cuadradas de la imprenta y la rigidez de su hermana Elena, sintió una repentina calidez en el pecho.

La conversación fluía con una agilidad estimulante que fascinó a Alba desde los primeros minutos.

Hablaban de Cumbres Borrascosas , de las heroínas trágicas del romanticismo y de aquellas autoras que habían tenido que escribir bajo seudónimo para escapar de la asfixia social de sus épocas.

Darío no imponía su criterio; escuchaba a las jóvenes con una atención casi devota, apoyando la barbilla en la mano, asintiendo a cada intervención y articulando sus comentarios con una voz pausada, culta y exenta de cualquier condescendencia.

Alba intervino para señalar un matiz sobre la corrección de estilo en las traducciones del siglo XIX, y Darío la contempló con una mezcla de sorpresa y auténtico deleite intelectual que hizo sonrojar suavemente a la muchacha.

—Es fascinante cómo lo planteas, Alba —dijo Darío, sirviendo un poco más de té en la taza de la joven—.

La mayoría se queda en la superficie del texto, pero tú buscas la intención oculta del autor, la grieta por la que se cuela la verdad.

Por eso este círculo necesitaba a alguien con tu mirada.

Cuando bautizamos esto como el «Club de las Ofelias», no pensábamos en la víctima trágica de Shakespeare, sino en la única figura de la obra que entendió que la poesía exige un acto de entrega absoluta, un secreto compartido entre quienes se atreven a mirar más allá de lo convencional.

El ambiente era distendido, salpicado por las bromas de las otras dos chicas más veteranas, hasta que una de ellas, una joven de diecinueve años llamada Claudia, miró el reloj de pared y sonrió con complicidad.

Darío inclinó ligeramente la cabeza y se dirigió a Alba con tono distendido, explicando que el grupo conservaba un pequeño ritual de bienvenida para cada nueva integrante.

Se trataba de una tradición poética, casi una excentricidad romántica: al terminar la reunión, caminaban juntas hasta la orilla baja del Pantano de Valnera para descalzarse y mojar los pies en el agua fría, sellando así simbólicamente su pertenencia al grupo.

Darío lo contó riendo, restándole cualquier solemnidad y calificándolo de simple juego universitario para espantar la rutina del pueblo.

Alba vaciló un instante, pensando en la hora y en la lluvia que comenzaba a repicar contra los cristales, pero el entusiasmo contagioso de las demás la empujó a asentir con una sonrisa avergonzada.

Mientras las chicas recogían sus abrigos y avanzaban hacia la salida entre murmullos alegres, Alba se detuvo junto al marco de la puerta para subirse la cremallera de la chaqueta.

Al girar la vista hacia el fondo de la estancia, descubrió a Darío de pie junto a la mesa central, sosteniendo la taza vacía que ella acababa de usar.

El librero no estaba recogiendo; permanecía completamente inmóvil, observándola en silencio a través del espacio en penumbra, con los ojos fijos en ella y una expresión seria, indescifrable, desprovista por un segundo de la calidez habitual.

Alba sintió una punzada extraña en el estómago, un chispazo de incomodidad punzante que le erizó el vello de nuca, pero cuando él parpadeó y le devolvió una leve inclinación de cabeza de absoluta amabilidad, la joven sacudió la cabeza para sus adentros, atribuyendo aquella tonta sensación a la simple timidez de la primera vez.

El agua helada

La caminata tras abandonar la Plaza Mayor discurrió en un silencio quebrantado apenas por el crujido de la hojarasca y el murmullo amortiguado del grupo.

La noche había caído del todo sobre San Telmo, trayendo consigo una masa de aire húmedo que bajaba desde las cumbres empapando las copas de los robles.

El sendero se estrechaba a medida que dejaban atrás las últimas luces del pueblo, serpenteando entre los matorrales hasta desembocar en una ensenada sombría del Pantano de Valnera.

A pesar de la oscuridad, la lámina de agua extendida frente a ellas proyectaba un brillo plomizo, sereno y estático, envuelto en una fina bruma flotante que borraba los límites entre el barro de la orilla y la oscuridad de la montaña.

Darío se detuvo al borde de la gravilla, dando unas palmadas suaves para reunir al pequeño grupo.

Explicó con absoluta desenvoltura, usando ese tono cálido y ligeramente teatral que tanto las encandilaba, que sumergir los pies en el pantano no era más que un gesto simbólico de despojo: una forma de dejar fuera del agua las ataduras cotidianas para cruzar el umbral del círculo.

Las jóvenes respondieron con risas contenidas y empujones cómplices mientras se descalzaban sobre las piedras húmedas.

Alba vaciló unos segundos, contemplando la oscuridad de la orilla, pero la visión de sus compañeras avanzando sin dudar la animó a quitarse las botas.

El choque térmico del agua al cubrirle los tobillos fue una descarga helada que le cortó el aliento; las piedras del fondo, resbaladizas y cubiertas de limo, le exigieron fijar la pisada mientras la corriente mínima del pantano le rodeaba los empeines con una frialdad casi anestésica.

Mientras las chicas chapoteaban en la orilla bromeando sobre la temperatura del agua, Alba alzó la vista y buscó a Darío.

El librero no se había descalzado; permanecía de pie a tres metros de la orilla, en la zona seca del sendero, recortado contra la sombra de los árboles.

Estaba completamente inmóvil, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo y la cabeza ligeramente inclinada hacia ellas, observando la escena con una fijeza insondable que parecía despojada de cualquier emoción festiva.

Cuando la mirada de Alba se tropezó con la suya, la expresión del hombre se transformó al instante: esbozó una sonrisa afectuosa, dio un paso al frente y les recomendó a voz en cuello que no prolongaran demasiado el baño para evitar un resfriado.

Alba parpadeó, sintiendo que la extrañeza del momento se disipaba tan rápido como había surgido.

Al salir del agua y frotarse los pies con una toalla de microfibra, Alba coincidió con Claudia, que se ajustaba los calcetines a su lado. Con la curiosidad intacta, le preguntó en voz baja sobre la dinámica habitual del grupo.

Claudia le sonrió con una mezcla de orgullo y cierta reserva, explicándole que no todas las reuniones eran iguales y que Darío solía seleccionar a las chicas que demostraban un talento genuino para ofrecerles tutorías privadas y lecturas avanzadas en su archivo.

Le aseguró que el librero se volcaba por completo con quienes creía que tenían un potencial especial, aconsejándolas y guiándolas como un verdadero mentor fuera del circuito habitual del pueblo.

Las palabras de Claudia buscaban elogiar la generosidad de Darío, pero a Alba le dejaron un sedimento de ambigüedad en el pecho, una duda flotante sobre qué significaba exactamente destacar para él.

Antes de emprender el camino de regreso, Alba volvió la cabeza hacia la inmensidad oscura del pantano para subir el cuello de su chaqueta.

A lo lejos, justo en la lengua de niebla que cubría la ribera opuesta, creyó divisar la silueta erecta de una persona parada al borde del agua, mirándolas en mitad de la penumbra