La Chica del Pantano
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CAPÍTULO 1
El Agua no olvida
La llamada desde la niebla.
El polvo en suspensión dentro de la nave central de la imprenta tenía una densidad casi líquida a las cuatro de la tarde.
Elena apretó los párpados un segundo, sintiendo el picor seco del papel barato y la tinta fresca, antes de volver a bajar la vista hacia la prueba de corte que descansaba sobre la mesa.
—Si metes tanto sangrado en las páginas impares, Tomás, el margen interior va a morder el texto en la encuadernación —dijo ella, dirigiéndose al maquinista del taller—. Y nadie quiere pagar doce euros por un libro que hay que desencuadernar con los dedos para leer el final de las frases.
Al otro lado del mostrador de madera agrietada, Tomás dejó escapar una bocanada de humo corto. Tenía las yemas de los dedos teñidas de un negro permanente que ni el disolvente lograba sacar del todo.
—Es el papel que habéis pedido desde la editorial, Elena. Cien gramos, ahuesado. Es más rígido. Se traga los márgenes si la guillotina no entra fina.
—Pues dile al guillotinistar que entre fino —respondió ella, marcando con una línea roja precisa sobre la prueba de galeradas—. Este libro sale la semana que viene. No voy a dar el visto bueno a una tirada de dos mil ejemplares si el texto parece apretujado en el lomo.
Elena devolvió el bolígrafo al bolsillo superior de su chaqueta.
Le dolían los ojos. Llevaba seis horas revisando galeradas de una novela romántica de segunda categoría, buscando erratas que el autor había pasado por alto y corrigiendo puntuaciones absurdas.
Era su trabajo: corregir el caos ajeno, imponer orden en las palabras de otros, asegurarse de que la forma ocultara, al menos en parte, las costuras flojas del contenido.
Su teléfono móvil, posado junto a las tijeras de corte, vibró sobre la mesa de madera. La pantalla se iluminó con el nombre de su hermana.
Alba.
Elena miró el reloj de pared. Eran las cuatro y veinte. Alba debería estar en San Telmo de Valdoria, a cuarenta kilómetros de allí, en la oficina técnica o en la pequeña vivienda que compartían en la planta alta de una antigua casona dividida.
Deslizó el dedo por la pantalla y se llevó el teléfono a la oreja mientras caminaba hacia el fondo del taller, alejándose del estruendo rítmico de la plegadora automática.
—Dime que has encontrado la maqueta de la cubierta —dijo Elena a modo de saludo, apoyando la espalda contra una pila de palés de cartón.
Al otro lado de la línea no hubo una respuesta inmediata. Solo se oía el murmullo constante de un motor al ralentí y el sonido del viento colándose por una ventanilla a medio bajar.
—Elena.
La voz de Alba sonaba distinta. No tenía la prisa habitual ni el tono exasperado de cuando peleaba con los archivos de maquetación. Era un tono bajo, pausado, casi plano, como si estuviera midiendo cada respiración para no perder el hilo de lo que quería decir.
—Te escucho. ¿Dónde estás? Se oye aire.
—Estoy cerca del puerto. En la carretera baja de Valnera.
Elena frunció el ceño.
—¿En el pantano? ¿Qué haces allí a estas horas? Tenías que enviar el informe a producción antes de las cuatro. El diseñador está esperando los cambios de la portada.
—No voy a mandar el informe hoy —dijo Alba. Hubo una pausa larga. De fondo, el crujido metálico de una palanca de cambios al engranarse—. He vuelto a la librería.
Elena cerró los ojos un instante, sintiendo una punzada instantánea de fatiga en la sien.
—Alba, por favor. Ya hablamos de esto ayer.
—No entiendes nada, Elena —la interrumpió su hermana, sin alterar ese tono extrañamente pausado que empezaba a erizarle el vello del cuello—.
No es solo un club de lectura. No son solo cuatro chicas comentando a Woolf o a Shelley los jueves por la tarde.
Hay cosas que no encajan. Las fechas de los diarios, los registros...
las notas que deja en los ejemplares que les regala.
—Es un librero de comarca que organiza talleres culturales para dinamizar el pueblo —dijo Elena, bajando la voz al notar que Tomás la miraba desde la distancia—.
Darío es un tipo culto, atento, que le ha dado un espacio a chavalas del valle que no tienen otra cosa que hacer por las tardes.
Nada más. Te estás obsesionando con los detalles como si fuera un manuscrito que hay que corregir.
La vida real no tiene tramas ocultas, Alba.
—Las tiene cuando alguien se molesta en esconderlas —replicó Alba.
Su voz tembló por primera vez, apenas un matiz casi imperceptible—.
Esta mañana he estado hablando con la madre de Sofía.
La chica que dejó de ir al instituto en marzo.
¿Sabes qué me ha dicho? Que Darío la acompañó a casa una noche porque la chavala estaba 'muy afectada' por una lectura.
Que le dio unas gotas para el nerviosismo.
Desde esa semana, Sofía no habla con nadie.
Ni siquiera sale a la calle. Y ayer vi a otra de las chicas...
a la menor, a Lucía. Tenía los tobillos llenos de barro seco y las mangas de la chaqueta mojadas.
—Es un valle donde llueve seis días a la semana —dijo Elena, apretando la mano libre en un puño dentro del bolsillo—. Estaría paseando por la ribera.
—Nadie pasea por el orillero del pantano a las diez de la noche en mitad de noviembre, Elena —dijo Alba.
Escuchó cómo respiraba hondo, una bocanada de aire helado que llegó limpia a través del altavoz—.
Hay una especie de acuerdo. Les hace sentir especiales.
Les regala libros descatalogados, las trata como si fueran adultas, como si fueran intelectuales incomprendidas en un pueblo de mierda.
Y luego les pide cosas. Gestos. Pequeñas pruebas de lealtad para demostrar que entienden la poesía que leen.
—¿Qué tipo de pruebas? —preguntó Elena, sintiendo que la incomodidad inicial se convertía en una opresión fría en el estómago.
—No lo sé todavía. Pero está relacionado con el agua.
Con el pantano. Todas terminan allí tarde o temprano.
He encontrado unas notas en el reverso de una lámina que dejó olvidada en la mesa de corrección.
No son anotaciones literarias. Son nombres.
Nombres de chicas y fechas. Y la última fecha es de la semana pasada.
Elena se separó del palé y empezó a caminar en círculos por la parte trasera del taller, sobre el suelo de cemento manchado de disolvente.
—Escúchame bien, Alba. Vuelve al taller. Nos sentamos, me enseñas esa lámina y, si hay algo raro, llamamos a la comandancia de San Telmo. Pero no te metas tú sola a hacer de detective. No es tu trabajo.
—Si llamo a la policía con una lámina anotada se me van a reír en la cara. Me van a decir que son apuntes de un club de lectura —la voz de Alba se endureció—. Tengo que estar segura. He quedado con él en veinte minutos.
—¿Con quién? ¿Con Darío?
—Me dijo que, si tenía dudas sobre el funcionamiento de la librería, me enseñaría el archivo antiguo. El que guarda en la casa del embarcadero.
—¡No vayas! —Elena alzó la voz, provocando que Tomás detuviera la carga de un palé para mirarla fijamente—. Alba, quédate en el coche. Voy para allá ahora mismo. Tardaré media hora.
—No va a pasar nada —dijo Alba, aunque su voz sonaba tan distante que parecía hablar desde el fondo de un pozo—. Solo quiero ver si el registro del club coincide con los nombres de la lámina. Si veo algo raro, me subo al coche y me voy. Te lo prometo.
—Alba, espérame en el cruce de la carretera baja. No te acerques al agua. ¿Me oyes?
—Está empezando a caer la niebla sobre la presa —dijo Alba, ignorando sus palabras. Se escuchó el chasquido del motor al apagarse. El silencio que siguió en la línea fue absoluto durante dos segundos—. Es curioso. Desde aquí la superficie parece de cristal. Como si no hubiera nada debajo.
—Alba...
—Te veo en casa luego, Elena. No te preocupes.
La llamada se cortó con un pitido sordo y seco.
Elena se quedó mirando la pantalla del teléfono, encendida aún con la duración de la llamada: dos minutos y cuarenta y tres segundos. Un temblor fino le recorrió las manos. Volvió la cabeza hacia la mesa de trabajo, donde las galeradas llenas de tachaduras rojas esperaban su firma.
—¿Pasa algo, Elena? —preguntó Tomás, acercándose con un trapo impregnado en grasa.
—Tengo que irme —dijo ella, recogiendo el bolso y las llaves del coche con movimientos torpes—. La tirada se queda en pausa hasta mañana.
—Pero el encargado dijo que...
—¡He dicho que se queda en pausa! —gritó Elena, antes de dirigirse a toda prisa hacia la puerta metálica de la nave.
Al salir a la calle, el aire frío de la tarde le golpeó la cara como un aviso. El cielo sobre los picos del Valle de Valdoria se había vuelto de un gris plomizo, denso, cargado de la lluvia fina que bajaba habitualmente desde el Puerto de la Bruma hacia la cuenca del pantano.
El ritual de las Ofelias
El olor de la Librería Ofelia no se parecía al del taller de imprenta; no olía a solvente industrial ni a papel recién cortado, sino a cera de abejas, encuadernaciones en tela y madera de nogal pulida.
Alba cruzó el umbral quitándose la capucha del chubasquero mientras la campanilla metálica del portón de roble dejaba ir un tintineo limpio.
El establecimiento, encajado en la planta baja de un edificio de piedra en la Plaza Mayor de San Telmo, parecía un refugio de luz cálida frente al atardecer plomizo del valle.
En el centro de la nave principal, alrededor de una mesa baja repleta de volúmenes descatalogados y tazas de té aún humeantes, cuatro chicas jóvenes charlaban en voz baja entre risas contenidas.
Darío surgió de detrás de una alta estantería de historia local sosteniendo una jarra de cristal.
Rondaba los cuarenta años, vistiendo una chaqueta de lana marengo sobre una camisa sin corbata, con el cabello castaño salpicado de canas muy bien cortadas y una postura relajada que transmitía una inmediata serenidad.