CAPÍTULO 13 #8
En la imagen, sobre la mesa de la caseta, se apreciaban cinco tarjetas dispuestas en abanico.
Cada tarjeta mostraba una cifra impresa en la parte superior y un nombre manuscrito debajo.
Varios nombres aparecían tachados con tinta negra densa, pero otros continuaban siendo legibles: Marta , Natalia , Sofía ...
Sin embargo, la tarjeta correspondiente al número siete no llevaba escrito el nombre de Marta Valdés.
Elena amplió el encuadre hasta definir el trazo de la tinta. La tarjeta número siete pertenecía a una persona diferente, pero una sombra proyectada por un objeto situado fuera de marco cubría las primeras letras del nombre. Solo se leían con claridad las últimas cuatro letras:
«...elia»
Martín examinó la ampliación. —¿Quién es?
—No se aprecia el nombre completo con este nivel de resolución —dijo Elena, intentando aplicar un filtro de desenfoque gaussiano para limpiar la penumbra—. La sombra bloquea las dos o tres letras iniciales.
Debajo del nombre figuraba una fecha manuscrita en tinta azul: una fecha correspondiente a seis años antes de la apertura de la librería de San Telmo y muy anterior a la incorporación de Marta Valdés al grupo.
—Esta mujer estuvo vinculada a la estructura mucho antes de que Marta o Natalia oyeran hablar de Darío Noceda —señaló Martín.
—Y fue borrada por completo de los registros públicos —añadió Elena—. Su tarjeta está separada de las demás, colocada en la esquina superior de la mesa.
Elena dio la vuelta digital a la imagen utilizando una captura del reverso de la tarjeta que figuraba en el archivo consecutivo. En el reverso de la tarjeta número siete figuraba una frase anotada con una caligrafía angulosa y firme:
«No volver a abrir»
—¿No volver a abrir qué? —preguntó Martín, cruzándose de brazos—. ¿El expediente? ¿La caseta del pantano?
Elena no llegó a responder. En ese preciso instante, un murmullo mecánico rompió el silencio de la calle exterior. El sonido correspondía a un motor de combustión que reducía la marcha al aproximarse a la fachada del edificio.
Martín se desplazó de inmediato hacia el ventanal del despacho, manteniéndose a un lado de la cortina para no revelar su posición. Elena se puso de pie en silencio y se colocó a su espalda, observando la calle a través del espacio entre el marco y la tela.
Un automóvil berlina de color oscuro y cristales traseros tintados avanzaba a velocidad reducida frente al portal. El conductor no llegó a detener el vehículo por completo, pero mantuvo la marcha en primera velocidad mientras recorría el tramo de acera correspondiente al despacho.
—¿Consigues ver la matrícula o al conductor? —susurró Elena. —No —respondió Martín sin mover un músculo—. El reflejo del sol sobre el parabrisas impide ver el interior y los cristales laterales son oscuros.
El vehículo superó la altura del portal y aceleró de forma progresiva hacia la esquina. Al girar para incorporarse a la avenida principal, la luz del mediodía iluminó por un segundo la parte trasera del maletero.
Elena detectó un detalle en el margen inferior de la luna posterior: un distintivo adhesivo pequeño, de forma circular y tono plateado, ubicado junto a la tulipa izquierda.
—Tiene el mismo distintivo en el cristal trasero que el vehículo que Alba fotografió en el aparcamiento del pantano —dijo Elena con voz firme.
Martín la miró de reojo. —Un adhesivo de inspección técnica o de un club privado es un elemento común, Elena. No podemos asegurar que se trate del mismo vehículo.
—No afirmo que sea el mismo coche —replicó ella, tomando su teléfono personal para fotografiar la zaga del automóvil antes de que desapareciera tras el cruce—. Afirmo que es la segunda vez que ese tipo de berlina pasa a marcha lenta bajo nuestras ventanas en menos de cuarenta y ocho horas.
El automóvil giró en la esquina y el ruido del motor se extinguió en el tráfico de la avenida.
Elena regresó de inmediato a la mesa de trabajo, reabrió el software de procesamiento de imagen y aplicó un filtro de extracción de luminancia sobre la fotografía de la tarjeta número siete.
La sombra parcial que cubría la cabecera del nombre se redujo ligeramente, dejando ver una letra adicional en la secuencia.
Ahora el texto revelaba la grafía:
«Amelia»
Martín pronunció el nombre en voz baja. —Amelia.
Elena tecleó el nombre de inmediato en la base de datos de la investigación, buscando coincidencias en las notas de Alba, en los listados de socias de San Telmo y en los archivos de la asociación cultural Ars Pasiega . El sistema devolvió cero resultados.
—No aparece en ninguna de las carpetas conocidas —comprobó Elena—. Ni en las fichas de evaluación, ni en las listas de asistencia a los recitales, ni en los cuadernos personales de mi hermana. —Es como si esta persona nunca hubiera formado parte del entorno oficial del club —comentó Martín.
—O como si alguien se hubiera tomado un trabajo minucioso para erradicar cualquier mención a su existencia antes de que Alba empezara a investigar —corrigió Elena, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda—. Amelia es el nombre que falta.
—¿Y qué garantía tenemos de que Amelia siga con vida o de que esta tarjeta no sea otra pista falsa plantada para desviar la atención? —preguntó Martín con escepticismo profesional.
—Ninguna —admitió Elena—. Pero la tarjeta existe, la fecha es anterior a la fundación de San Telmo y la frase del reverso indica que su caso cerró una etapa que la organización no quería reabrir.
—Si la persona que nos ha enviado la nota del sobre quiere que busquemos a Amelia —advirtió Martín—, nos está conduciendo exactamente hacia el terreno que ha preparado para nosotros. —Entonces tendremos que averiguar por qué necesita que encontremos su nombre —contestó Elena con determinación.
Volvió a tomar la tira de papel mecanografiada que reposaba sobre la mesa: «La número siete no era Marta» . Ahora la corrección adquiría un sentido distinto. No se trataba de un simple mentís administrativo; era una señalización directa hacia el origen remoto de la estructura.
Elena abrió su libreta de campo y escribió en una página limpia:
NÚMERO 7 → AMELIA ¿Quién es? ¿Por qué fue borrada del archivo original?
Martín observó la anotación por encima de su hombro. —Ni siquiera sabemos si Amelia llegó a abandonar la provincia o si sufrió el mismo destino que las demás.
—Por eso mismo tenemos que reconstruir su identidad antes de dar el siguiente paso —dijo Elena, cerrando la libreta.
Antes de apagar el ordenador para asegurar los discos locales, el terminal emitió una señal sonora corta.
No era un mensaje de texto convencional ni un correo electrónico: el sistema acababa de recibir una transferencia de archivo punto a punto a través de un protocolo abierto que Elena no había autorizado.
En la pantalla apareció una segunda fotografía de alta definición. La imagen mostraba la misma tarjeta del número siete, pero capturada desde un ángulo superior y con iluminación directa que eliminaba cualquier sombra sobre la superficie.
El nombre figuraba transcrito en su totalidad con una caligrafía limpia y elegante:
AMELIA VALCÁRCEL
En el margen inferior de la cartulina, junto al número siete, aparecía inscrita una fecha exacta de cierre y una anotación entre comillas:
«Sede Central — Registro número 1»
Elena leyó la filiación en voz alta. —Amelia Valcárcel.
—¿Te suena de algo ese apellido? —preguntó Martín, escudriñando el texto recién recibido. —No —negó Elena—. Pero la fecha de esta tarjeta coincide exactamente con la fecha del documento fundacional de la propiedad de la finca del pantano de la Sombra.
Martín dio un paso hacia el monitor. —¿Qué significa esa coincidencia temporal?
Elena tardó unos segundos en formular su respuesta, midiendo el alcance de la deducción.
—Significa que Marta Valdés no fue la primera víctima ni el origen del patrón.
Marta fue simplemente la continuación de un proceso que comenzó años antes con Amelia Valcárcel.
El silencio volvió a instalarse en el despacho. Un segundo después, una nueva ventana de texto emergente se desplegó sobre la fotografía de la tarjeta con un mensaje de una sola línea:
«Ahora ya sabes dónde buscar.»
Elena contempló las palabras en la pantalla sin que su pulso se acelerara. Levantó la vista hacia el ventanal y luego miró a Martín. —No —dijo Elena con voz firme y serena. Martín la observó con extrañeza. —¿No qué?
—No nos están diciendo dónde buscar —explicó Elena, señalando la pantalla antes de desconectar el cable de red del equipo—. Nos están comunicando que saben exactamente en qué punto del archivo nos encontramos y que nos están acompañando en cada deducción.
Elena cerró la pantalla del ordenador portátil con un movimiento decidido. No realizó llamadas telefónicas, no recogió sus pertenencias con prisa ni sugirió salir a la calle de inmediato. Se quedó de pie junto a la mesa de trabajo, observando la carpeta etiquetada como ANTIGUAS OFELIAS .
Comprendía por primera vez que la investigación que Alba había iniciado no empezaba en la librería de San Telmo ni en la figura pública de Darío Noceda.
Había una sombra más antigua proyectada sobre el origen de las Ofelias, y el nombre de Amelia Valcárcel era la primera llave para abrir una puerta que nadie había conseguido cerrar.