Epílogo #3
Prácticamente arrojó a Giselle al sillón cuando estuvieron frente a este, y esta sintió que su cuerpo se hundía en el mueble.
Mientras la miraba con expresión de desesperado deseo, Maxim comenzó a retirarse por completo su camisa, tirándola al suelo.
Luego de haberla cargado de esa forma, a Giselle no le sorprendió ver su cuerpo más torneado que como lo recordaba, con los músculos de sus brazos y abdomen marcados.
Al parecer, se había estado ejercitando en ese par de años que no se habían visto.
—¿Por qué tanta prisa? —bromeó Giselle—. ¿Temes que me escape?
—No es prisa —le respondió Maxim, riendo, casi sonando como un gruñido—. Es solo que en serio extrañaba bastante hacer esto contigo.
Mientras decía aquello, con la misma desesperación de antes, se abrió el pantalón y se lo bajó con todo y su ropa interior. Sus piernas se encontraban igual de torneadas que sus brazos, aunque lo que llamó más la atención de Giselle fue su entrepierna, totalmente lisa, sin ninguna señal de vello.
«Eso sí es nuevo».
—¿Tú no? —preguntó Maxim de pronto, obligando a Giselle a alzar su mirada de nuevo hacia su rostro.
—¿Eh? ¿Yo no… qué?
Maxim volvió a reír. Se subió con cuidado al sillón, ya sin una prenda encima, colocando sus rodillas a cada lado de la cadera de Giselle.
—¿Tú no extrañabas hacer esto conmigo? —le preguntó, mirándola desde arriba con sus ojos chispeando de deseo.
Giselle le sonrió con dulzura, pero en su mente resonó un rotundo: «Ni un poco».
Antes de haberse encontrado con ella en aquel desfile, hacía bastante que ni siquiera pensaba en ella. Lamentablemente, no podía decir que Maxim fuera de sus parejas sexuales preferidas. Hacerlo con ella no era ni de lejos como lo era hacerlo con Bárbara… o con Nicole.
El pensamiento fugaz de su vecina causó una pequeña sensación de molestia en su estómago, que intentó ignorar y hacer a un lado de inmediato.
No importaba si Maxim le agradaba o no; lo único que necesitaba era algo, o alguien, que le hiciera olvidar todo por esa noche.
Y Maxim era tan buena como cualquier otra chica para eso.
—Claro que sí —mintió Giselle con voz juguetona, alzando sus brazos hacia ella—. Ven. No te contengas ni un poco…
Maxim le tomó la palabra, y, sin espera, se lanzó en su contra, como felino a su presa. La besó, invadida por una tremenda hambre por sus labios, y con sus manos le pasó el vestido rojo por encima de su cabeza, estando casi a punto de arrancárselo. Sus medias no corrieron con tanta suerte.
La fotógrafa no se contuvo en lo absoluto, justo como Giselle le había dicho. Hizo con ella todo lo que quiso, y Giselle se lo permitió. Sus dedos invadieron su sexo, sus dientes dejaron marcas incriminatorias y su lengua degustó el sabor de cada centímetro de su piel.
Maxim tuvo una noche maravillosa, llegando a tener al menos tres orgasmos muy intensos, gozando enormemente el tener de nuevo a su entera disposición el delicioso cuerpo de Giselle para su deleite.
Giselle, sin embargo, apenas y se acordó con quién estaba, pues casi toda la noche tuvo su mente en otro lado, en otro momento, haciéndole el amor de forma salvaje y desenfrenada no a esa chica con la que acababa de reencontrarse, sino a… Jessica.
Y mientras sus dedos se movían de forma agresiva contra la húmeda entrada de Maxim, y esta gritaba en su oído «¡Sí!, ¡Oh, sí! ¡Más duro! ¡Así! ¡Oh, Dios! ¡Cógeme, maldita sea! ¡Cógeme!», Giselle solo escuchaba la voz de su vieja amiga entre suspiros…
De acuerdo con el reloj digital en el buró de Maxim, eran las 3:45 de la madrugada.
Giselle se encontraba recostada en la amplia cama de sábanas rojas, en la zona de la habitación separada de la sala y el resto del departamento por dos escalones, que la colocaban en un área un poco más elevada.
Maxim dormía a su lado, boca abajo, desnuda en su totalidad, al igual que ella, aunque cubierta de la cintura para abajo por sus sábanas, dejando aun así su fuerte espalda descubierta, y en especial las marcas rojas que las uñas de Giselle habían dejado en su piel.
Había caído dormida prácticamente desde el momento justo en el que se propusieron dormir, mientras que Giselle no había podido cerrar los ojos ni siquiera un segundo.
Estaba agotada, y no solo por lo que acababa de hacer en ese sitio. El cuerpo le dolía, al igual que su cabeza. Pero, aunque su cuerpo estaba más que dispuesto a ya descansar, su mente se resistía.
Ya pasado el calor del momento, los espasmos del clímax y el sinnúmero de sensaciones sacudiéndola desde adentro, lo que quedó fueron los mismos problemas que la habían acongojado desde antes, incluso potenciados.
Como siempre, una merecida ronda de sexo resultaba una buena solución, pero solo por corto tiempo.
Y a pesar de que ya lo sabía, seguía recurriendo a ello, junto con el alcohol.
Cualquiera, de seguro, señalaría ambos puntos como algo muy preocupante.
Cuidando de hacer el menor ruido para no despertar a Maxim, Giselle se deslizó fuera de la cama. Tenía unos deseos enormes de salir corriendo de ese lugar, pero a esa hora y estando tan lejos de su casa… lo mejor sería huir al menos cuando ya hubiera algo de sol.
No quería ni imaginarse cómo haría para ir a trabajar al día siguiente sin haber dormido, con tantas magulladuras pasionales en el cuerpo difíciles de esconder, sus medias rotas y con una fuerte resaca física y moral.
«Si Ricky me ve en este estado, estaré de patitas en la calle antes del almuerzo».
Recogió su vestido rojo del suelo, a un lado del sillón, y se lo colocó encima del cuerpo, sin preocuparse de momento por su ropa interior, sus medias o sus zapatos.
Sólo quería cubrirse un poco para poder salir a la pequeña terraza del estudio y tomar un poco de aire.
Lo necesitaba con urgencia. Aunque, claro, no sin antes tomar su teléfono de su bolso y llevarlo consigo.