La chica del otro balcón Epílogo #2
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Epílogo #2

Giselle pegó su frente contra el cristal de la ventanilla a su lado y dejó que su mirada se perdiera en el ir y venir de luces en el exterior.

Se quedó un gran tramo en silencio, sumida en los desastrosos pensamientos de su propia cabeza y en los dolorosos recuerdos que ni todo el alcohol que pudiera consumir le ayudaría a olvidar pronto.

O quizás podría intentarlo. Estando ahí sentada, sumida en su propia miseria, sentía que, de hecho, el efecto del alcohol se disminuía, y lo que quedaba en su lugar no era nada agradable. Tal vez podía ir a beber algo más a alguno de sus bares favoritos o…

Una idea le surgió de pronto. Una que, en cualquier otro momento, y con más sobriedad, de seguro hubiera desechado de inmediato. Pero esa noche no contaba con la suficiente claridad mental para hacerlo, y además… estaba desesperada.

Sacó su teléfono rápidamente y buscó un nombre en específico en su lista de contactos, uno que hacía mucho no había tenido la necesidad de ver. Mandó un mensaje, rápido y directo.

Giselle: Hola, ¿estás libre esta noche? ¿Te gustaría que nos viéramos?

En cuanto lo envió, su mente se dividió por completo en dos: la mitad de su ser deseaba que respondiera, la otra rogaba que no lo hiciera. Para su (¿mala?) suerte, la persona respondió, y bastante rápido. Y no solo eso: aceptó sin ningún problema su propuesta.

—Grandioso —masculló Giselle por lo bajo, decepcionada de que justo hubiera sido «ella» con la que podía contar esa noche.

Le informó de inmediato el cambio de planes al chofer y le indicó la nueva dirección destino.

Giselle entró al pequeño bar del centro y se dirigió con paso cauteloso hacia la barra.

Hacía mucho que no iba ahí, y, al echar un vistazo a su alrededor, recordó por qué.

El sitio no era feo, pero tenía un estilo bastante anticuado y sobrio, alumbrado con media luz, y silencioso.

Sin música ni ningún otro sonido más que el murmullo de las conversaciones de los clientes desde sus mesas y cubículos.

A Giselle siempre le había parecido como sacado de una vieja película de mafiosos o similar.

Pero a la persona con quien se había citado, al parecer, le gustaba bastante, ya que era discreto y solitario.

El lugar correcto para hacer alguna fechoría, por lo mismo.

El cantinero se le acercó y le preguntó qué quería beber. Giselle, que definitivamente no deseaba pensar en que ya había bebido suficiente esta noche, le pidió un vodka de cereza en lo que aguardaba.

Iba a la mitad de su trago cuando la persona que esperaba entró por la puerta principal, derecho en la línea de visión de Giselle. Aunque le sonrió y saludó con un ademán de su mano, lo cierto es que, por dentro, no sentía particular emoción por verla.

—Vaya, vaya. En verdad estás aquí —murmuró Maxim Stuart con una exagerada sorpresa. La fotógrafa usaba uno de sus usuales trajes de saco y pantalón, entallados en su esbelta figura, y su fleco platinado caía libre sobre el costado derecho de su rostro.

—¿Por qué lo dices así? —preguntó Giselle, intentando sonar divertida—. ¿Creíste que no vendría, aunque yo fui quien te citó?

—Más o menos —respondió Maxim, y se tomó en ese momento la libertad de sentarse en el asiento de la barra a su lado—. Cuando nos vimos el otro día, en el desfile, no me pareció que estuvieras muy feliz de verme.

—Exageras. Es solo que me sorprendiste luego de tanto tiempo. Además… —hizo una pequeña pausa y desvió su mirada hacia su trago de líquido rosado—. Estaba con alguien más en ese momento…

—Sí, la recuerdo. Muy linda, aunque un poco… corriente, ¿no? No me pareció tu estilo.

Aquel comentario no le agradó mucho a Giselle, pero tampoco dijo nada para intentar desmentirla.

En su lugar solo dio un trago de su vaso, procurando que este justificara su silencio.

El cantinero se acercó a Maxim en aquel momento para ofrecerle algo de tomar, y ella indicó que bebería lo mismo que Giselle, sin importarle qué fuera.

—Entonces, ¿por qué quisiste verme tan de repente? —preguntó Maxim con evidente curiosidad una vez el cantinero colocó su vodka de cereza delante de ella.

—¿Debo tener un motivo? —respondió Giselle, sonriendo—. Solo estaba sentada, sin nada que hacer, pensé en ti y me dieron ganas de verte.

Aquello era cierto, al menos en parte. Omitía, por supuesto, la parte en la que había sido prácticamente su última opción. Igual, Maxim solo asintió y pareció aceptar su explicación.

—¿Qué tal el trabajo? —preguntó Giselle tras un rato, intentando hacer un poco de conversación.

—Bastante bien, de hecho. Tengo varios proyectos interesantes en puerta. ¿Y tú?

—Yo igual —respondió Giselle, con una media sonrisa—. Uno de mis vestidos podría estar en la pasarela en el siguiente lanzamiento de vestidos de fiesta.

—Oye, felicidades. Salud por eso.

Maxim extendió su vaso hacia ella y Giselle le siguió el juego, chocando su vaso con el suyo en un pequeño tintineo.

Siguieron conversando cerca de una hora más, aunque de ninguna cosa importante en realidad, pero Giselle lo prefería así. Una conversación superflua y superficial, además de bastante alcohol, era justo lo que necesitaba en esos momentos. Más eso último, en realidad.

—¿No crees que ya bebiste mucho? —indicó Maxim, mientras miraba con curiosidad cómo Giselle se empinaba su cuarto vodka de cereza.

—No. No lo creo —le respondió Giselle, algo risueña—. De hecho, creo que tú has bebido muy poco.

—Estoy bien solo con dos vasos. Y, de hecho —revisó en ese momento su reloj de pulsera—, ya es algo tarde. Creo que ya debería irme.

Aquello alertó poderosamente a Giselle. Era como un pequeño aviso de que tenía que prepararse para volver al mundo real. Justo lo que no quería hacer aún…

—No. ¿Por qué tan pronto? —masculló Giselle con pesar, apretando sus dedos contra la manga del saco de Maxim—. Aún es temprano.

—No tanto como crees —susurró Maxim, divertida—. ¿Podrás volver a tu casa, así como estás?

—Sí, claro —susurró Giselle en voz baja—. Aunque, de hecho… —alzó en ese momento su mano, recorriendo sus dedos sutilmente por el brazo derecho de Maxim, sobre la tela oscura de su saco.

Aquel repentino tacto tomó desprevenida a la fotógrafa.

—Si no mal recuerdo, tu departamento no estaba muy lejos de aquí, ¿cierto? ¿Aún vives donde mismo?

—En el mismo lugar, sí —respondió Maxim por lo bajo. La miró, evidentemente confundida, aunque por supuesto que entendía lo que Giselle le estaba insinuando—. Cuando recibí tu mensaje no pensé que tú… bueno, quisieras «eso».

—¿Tú no? —inquirió Giselle, inclinándose sutilmente hacia ella.

—Claro que sí —declaró Maxim sin vacilar ni un instante, esbozando una pequeña sonrisita coqueta—. Pero ¿estás segura? ¿Qué hay de esa chica del desfile? ¿Ya no estás con ella?

—¿La chica del desfile? —repitió Giselle, seguido de un resoplido desdeñoso—. Ella ya no existe para mí. Entonces, ¿qué dices? ¿Nos vamos?

Las palabras seductoras de Giselle salieron suaves, como seda, de sus labios. Aunque Maxim pareció dudar un instante, Giselle sabía que no le diría que no; nunca lo había hecho cuando se trataba de «eso», como ella misma lo había mencionado.

Luego de pagar la cuenta, ambas se retiraron juntas del bar con sutil apuro.

Llamaron a un vehículo que las recogiera, y se dirigieron directo y sin escala al departamento de la fotógrafa.

No se esperaron del todo a llegar a su destino, pues, incluso desde el asiento trasero de su transporte, comenzaron con lo suyo, besándose y tocándose discretamente sobre sus ropas.

Giselle pudo constatar incluso que Maxim no usaba sujetador, aunque eso no era inusual en ella.

En cuanto llegaron al departamento y la puerta se cerró detrás de ellas, Maxim dejó de contenerse (lo poco que lo hacía, en realidad) y de inmediato colocó a su visitante contra la pared a un lado de la puerta, empezando a besarla con aún más voracidad, apretujando su cuerpo contra el de ella.

Giselle no se sintió intimidada, y se volvió participante activa del beso y de las caricias que lo acompañaban, igual o más de cómo lo había sido en el automóvil.

—Este sitio no ha cambiado nada —indicó entre suspiros, mirando alrededor el largo espacio abierto, sin ningún muro, que conformaba el departamento. Incluso desde la puerta era apreciable la cocina, la sala de estar y, al fondo, la cama, así como un área de trabajo.

—¿Viniste a criticar mi decoración? —masculló Maxim con falso enojo, mordiéndole justo después un poco su cuello y provocando que de los labios de Giselle surgiera un intenso gemido.

—Por supuesto que no —suspiró Giselle, volviendo su atención hacia ella.

Rápidamente, y sin romper su beso, Giselle le retiró su saco y siguió casi de inmediato a abrirle su camisa a Maxim, introduciendo su mano en el interior de esta para recorrer con sus dedos sus pechos pequeños y sus pezones duros, arriesgándose a pellizcarlos con algo de fuerza, como sabía que le gustaba.

Aquello encendió aún más a su anfitriona, que no quiso perder más el tiempo y de inmediato la tomó de su trasero con sus manos, y la alzó, cargándola.

Esto sorprendió un poco a Giselle. Recordaba que Maxim era fuerte, pero no tanto…

Por mero instinto, rodeó la cadera de la fotógrafa entre sus piernas y su cuello con los brazos para sostenerse con mayor firmeza.

Maxim hundió su rostro contra el sugerente escote del vestido de Giselle, comenzando a besar, lamer y mordisquear un poco la piel visible de sus pechos.

Al mismo tiempo, avanzó en dirección a la pequeña sala sin necesidad de mirar, y, aun así, con la seguridad propia de alguien que ya conoce el sitio de memoria.