Epílogo
E ran un poco más de las ocho de la noche cuando Bárbara Strings escuchó que alguien llamaba al timbre de su modesta casa, al sur de la ciudad, interrumpiendo lo que tan diligentemente se encontraba realizando entre las piernas de su invitada, de rodillas en la alfombra de su sala, mientras ésta se encontraba sentada en su largo sillón de tapiz rojo.
La primera y segunda vez, ambas intentaron ignorarlo y conservar su atención puesta únicamente en los movimientos que la lengua de Bárbara realizaba con tanta maestría.
No obstante, las siguientes veces en que la persona en la puerta insistió, resultó ya bastante complicado para ambas mantener la concentración.
—¡Ah!, ¡con un demonio! —exclamó la invitada de Bárbara con frustración, golpeando el sillón a sus costados con ambas manos—. ¡¿Quién carajos es?!
—Lo mismo me pregunto —murmuró Bárbara con molestia. Algo resignada, se separó de su invitada, se acomodó el sostén en su sitio y comenzó a abotonarse con apuro su blusa—. Quédate aquí, no tardo.
—En verdad no tardes, ¿sí? —le pidió su visita, con tono de súplica.
A diferencia de Bárbara, ella no tenía intención de vestirse, y prefirió quedarse ahí, sentada en el sillón, con sus piernas bien abiertas y sus dedos comenzando a moverse inquietos en ese mismo sitio donde ella se había encontrado hasta hace unos segundos.
Aquella imagen no hizo más que acelerar el pulso de Bárbara, así como las ganas de asesinar a quien fuera que estuviera en la puerta.
Se dirigió entonces rápidamente a atender y terminar con aquello lo antes posible. Se miró un momento en el espejo del recibidor para asegurarse de que no hubiera nada demasiado fuera de lugar, y, entonces, se asomó por la mirilla de la puerta.
El rostro que observó del otro lado fue, ciertamente, inesperado para ella, y la desconcertó bastante más de lo molesta que estaba.
Retiró con velocidad la cadena y el seguro, y abrió. La chica de elegante vestido rojo, medias negras y tacones altos se giró por completo hacia ella, sonriéndole ampliamente con sus labios rojos.
—¿Giselle? —pronunció Bárbara, totalmente perdida.
—Hola, Barbs —canturreó la visitante inesperada, riendo un poco. Acercó su cuerpo un poco más hacia ella, apoyando su hombro contra el marco de la puerta—. Disculpa por venir sin avisar. Pero dijimos que nos veríamos cuando volviera de mi viaje, ¿recuerdas? Y, bueno, aquí estoy.
Volvió a reír, pero ahora sonando casi como si lo que acababa de decir fuera un chiste de lo más divertido, aunque solo ella lo entendiera.
—Eso veo —murmuró Bárbara con dejo nervioso, echando a la vez un vistazo cuidadoso al atuendo completo de Giselle. Una elección interesante para solo ir a «visitarla».
Bárbara definitivamente no quería que su primera visitante escuchara algo de lo que decía la segunda, así que avanzó un paso hacia afuera, haciendo, con el movimiento, que Giselle también se apartara de la puerta y, así, poder cerrarla detrás de ellas.
Esperaba que eso pudiera amortiguar un poco el sonido de sus voces.
Ya estando ambas de pie en los escalones de la entrada, Bárbara se cruzó de brazos y miró a su amiga con severidad.
—¿Has estado bebiendo? —la cuestionó, con tono de reproche.
—Solo un poco —masculló Giselle, alzando una mano delante de ella con su dedo índice y pulgar escasamente separados—. Lo normal para relajarse, tú sabes…
Por su manera de hablar, y como parecía tener problemas para mantenerse de pie derecha, Bárbara dedujo de inmediato que su «solo un poco» no debía ser una medida confiable.
—¿Qué dices? ¿Me dejas pasar? —insistió Giselle, inclinándose hacia delante de una forma que, claramente, ella sabía que dejaba un generoso vistazo de su busto a través del escote de su vestido.
Bárbara titubeó, viendo de vez en cuando, aprensiva, hacia atrás.
—Me gustaría, pero… estoy… acompañada en este momento.
No necesitó ser más clara al respecto para que Giselle supiera de qué hablaba.
—Oh, entiendo —susurró despacio, observando sobre el hombro de Bárbara hacia la puerta, como si pudiera ver a través de ella a esa compañía de la que hablaba—. Y… ¿no les interesa que me les una en su velada? Sabes bien lo buena compañía que soy, y que no me molesta compartir.
Al pronunciar su propuesta, Giselle se inclinó hacia su amiga, pegando su cuerpo contra el suyo y rodeando su cuello con ambos brazos.
La observó fijamente con sus ojos que desbordaban, en esos momentos, anhelo por ella.
Y, por experiencia, Giselle sabía que eso era suficiente para tenerla a sus pies.
No por nada su química sexual siempre había sido la mejor de entre todas sus demás parejas.
En esa ocasión, sin embargo, Bárbara no respondió como ella esperaba:
—Es tentador… —masculló despacio, mientras, con la mayor delicadeza posible, deshacía el espontáneo abrazo y la hacía separarse de ella al menos un escalón más—. Pero aún no la conozco lo suficiente como para sugerirle algo como eso, y no quiero asustarla. Tú entiendes, ¿verdad?
Giselle la miró perpleja y permaneció en silencio, contemplando el rostro de su amiga en busca de algún cambio; cualquier indicio que le pudiera revelar que estaba bromeando, o que cambiaría de opinión con un poco de insistencia.
Nada de eso fue evidente en lo absoluto. Su decisión parecía ser definitiva.
El desconcierto en el rostro de Giselle se convirtió fugazmente en decepción, disfrazado poco después bajo una sonrisa alegre y despreocupada.
—Sí, claro —murmuró, bajando en reversa los escalones, trastabillando un poco en el último, pero logrando, al final, pararse con relativa firmeza en la banqueta—. Por supuesto que entiendo. Disfruten su noche… Y disculpa la interrupción.
Se giró sobre sus pies, comenzando a avanzar por la banqueta con la mayor firmeza y temple que su estado le permitía.
—Oye, ¿estás bien? —le preguntó Bárbara desde los escalones de su casa—. ¿Ocurrió algo? ¿Algo con el «Tema J»?
—¿Qué? —exclamó Giselle, casi alarmada, girándose hacia ella un instante—. No, no, nada de nada, y menos con… Jessica.
Hubo una pausa, en la cual la diseñadora alzó su mirada, casi perdida, hacia un lado, como si buscara en algún lado sus propios pensamientos.
—No te preocupes. Estoy bien —pronunció al fin, volteando a mirar a Bárbara de nuevo, con una escueta sonrisa—. Hablamos después, ¿de acuerdo?
Se viró de nuevo al frente, volviendo a andar por la banqueta con paso calmado.
Bárbara sabía muy bien que aquello no era del todo cierto.
Solo un idiota no se daría cuenta de que Giselle no estaba bien, o, al menos, no lo que «bien» significaba en su caso.
Pero ¿qué se supone que debía hacer? ¿Echar a perder su noche solo porque, de nuevo, Giselle Leblanch tenía otra de sus crisis?
«Maldita sea», pensó con enojo, chocando su mano contra el barandal de los escalones. «Ya es una maldita adulta. Sabe cuidarse sola».
Convenciéndose de esa idea, ingresó de regreso a su casa, en donde su visita aún la aguardaba.
Intentó alejar por completo de sus pensamientos a Giselle.
Y el escultural cuerpo de su acompañante, sus dulces besos, sus grandes y suaves pechos, y el embriagante olor de su piel le ayudaron bastante a lograrlo.
Al menos por un par de horas más, ya que, cuando se bajó el calor de su cabeza, el sentimiento de culpa la invadió… y maldijo de nuevo a Giselle por eso.
Giselle caminó un par de cuadras antes de caer por completo en cuenta de que no tenía ningún rumbo claro. Estaba conmocionada porque Bárbara la había rechazado de esa forma. No pensó en la posibilidad de que eso ocurriera y no se había molestado en crear algún plan alterno.
Solo tenía clara una cosa: no tenía deseo alguno de ir a su casa esa noche, en especial si existía la posibilidad de cruzarse con Nicole. O, aún peor, con Nicole y Ruby, si es que resultaba que las «noviecitas» ya se habían reconciliado. Pero si no podía irse a esconder con Bárbara, ¿a dónde iría?
Se detuvo un momento y se apoyó contra una pared.
Sacó su teléfono y comenzó a revisar su lista de contactos, intentando elegir a alguna de sus «amigas» que pudiera darle asilo por una noche.
Por supuesto, no a cambio de nada, pues estaba dispuesta a hacerles la misma propuesta que Bárbara había rechazado. Sin embargo, no tuvo mucha suerte.
Mandó mensaje a cuatro de ellas, de las cuales una le dijo de manera respetuosa que estaba ocupada esa noche, otra la dejó horriblemente «en visto» y las otras dos ni siquiera vieron sus mensajes.
Giselle resopló con rabia. Y se suponía que eran sus amigas…
«No, por supuesto que no lo son», se dijo a sí misma. «Ni Bárbara, ni ninguna de estas estúpidas, que solo se meten en mi cama, son mi amiga. En especial esa imbécil de Nicole. Ninguna es como tú, Jessy. Tú no me hubieras dejado triste y desamparada a mitad de la calle. Si estuvieras aquí…».
Pero no lo estaba. Jessica, la persona por la que tanto lloraba en silencio, se encontraba, en esos momentos, bastante lejos de ahí. Y mientras se desvivía pensando en ella, de seguro hacía rato que la boba y caótica de Giselle no le cruzaba por la cabeza.
Jessica tenía cosas más importantes en las cuales pensar: trabajo, familia, otros amigos, y «el pelos de puercoespín» de Lucas… ¿Por qué perdería el tiempo pensando en ella? Si le fuera posible, incluso Giselle misma preferiría tampoco pensar en Giselle Leblanch.
—Maldita sea. Estoy más ebria de lo que pensé —murmuró despacio, tomando su cabeza con una mano. Aunque no quisiera, todo parecía indicar que lo mejor sería irse a casa.
Pidió un taxi por medio de su teléfono y aguardó. El vehículo arribó menos de diez minutos después. Se sentó rápidamente en la parte trasera y le indicó al chofer su dirección con algo de severidad. Él se limitó a asentir y el vehículo comenzó a moverse.