Epílogo #4
La terraza del departamento era un espacio realmente pequeño, apenas la mitad del suyo.
Tenía, de todas formas, una bonita vista, así como dos sillas y una mesa redonda, sobre la cual había un cenicero con al menos cinco colillas usadas de cigarrillo.
Al parecer, Maxim seguía fumando. Le había extrañado que no lo hiciera luego de que terminaran de hacerlo.
Giselle se sentó en una de las sillas, se abrazó a sí misma, intentando protegerse del frío nocturno, y alzó su mirada hacia el horizonte iluminado, pero silencioso, de la ciudad.
«¿Nicole habrá llegado bien a casa?», se preguntó de pronto sin proponérselo, y arrepintiéndose casi al instante.
¿Qué demonios le pasaba? Ni estando enojada podía dejar de preocuparse por ella.
Era una adulta y sabía muy bien cómo cuidarse sola sin que tuviera que estar detrás de ella. «Igual que Jessica…».
Desvió su mirada lentamente hacia un lado, intentando mirar en dirección al otro departamento, pero había un claro muro que cubría por completo la vista de ese balcón del otro, de tal forma que no podían comunicarse entre sí de ninguna forma.
Giselle sonrió divertida, pensando que, si en su edificio fuera igual, todo eso nunca hubiera pasado.
Si sus dos balcones no estuvieran tan conectados, quizás ella nunca hubiera conocido a la nueva ocupante del departamento 80.
Nicole nunca le hubiera visto con Judith o con Bárbara, y nunca hubieran intercambiado palabra, más allá de un «Buenos días» si llegaban a cruzarse en el elevador. Todo hubiera sido muy diferente…
Pero el destino no quiso que fuera así. Y ahora ahí estaba… lamentándose, en la terraza de una chica que ni siquiera le agradaba demasiado.
Tomó su teléfono, pensando en mandarle un mensaje a Nicole solo para preguntarle cómo estaba.
Al abrir su conversación y ver los mensajes que le había enviado en los días anteriores, y que Nicole ni siquiera había leído, recordó lo que le había dicho sobre que su celular se había roto.
No podía saber si era cierto, pero, sin pruebas de lo contrario, le daría el privilegio de la duda.
Así que, en su lugar, abrió otra conversación: la de Jessica.
Su nombre de contacto estaba guardado como «Jessy» , seguido de un emoticono de estrella y otro de corazón. La última vez que habían hablado había sido hacía un par de semanas, o quizás un poco más. Y, antes de eso, al menos un mes de silencio.
En la conversación más reciente, Giselle le había mandado una fotografía del boceto original del vestido amarillo de fiesta que había diseñado, justo después de que Ricardo se lo había aceptado.
Jessica le respondió, con esa efusividad y alegría que solo ella era capaz de transmitir con tan solo palabras:
Jessy: ¡Se ve hermosísimo, Giselle!
Jessy: Sé que será todo un éxito.
Jessy: Es impresionante lo creativa que eres.
Jessy: Eres simplemente increíble, amiga.
Giselle sonrió, contenta al releer esas palabras.
Le había respondido restándole importancia, pero lo cierto era que le gustaba leerla diciéndole ese tipo de cosas.
Era la única que, con tan solo pequeños detalles, lograba animarla, incluso en esos momentos en los que se sentía tan perdida, tan triste… tan sucia.
Sintió que sus ojos se humedecían y que una presión le subía por la garganta. Se talló rápidamente los ojos y respiró con lentitud, intentando calmarse, sin mucho éxito.
De pronto, centró su mirada de regreso en la pantalla, tomó el teléfono con ambas manos y comenzó a mover sus pulgares con rapidez, dejando que estos escribieran lo que quisieran con total libertad.
Giselle: Soy un completo desastre sin ti, Jessy.
Si supieras lo que soy en verdad, no pensarías ni por un momento que soy impresionante o increíble.
No querrías siquiera estar cerca de mí. De seguro te daría asco.
Lastimo a personas buenas que no se lo merecen, evito enfrentar lo que siento todo el maldito tiempo y prefiero enredarme con gente que ni siquiera me agrada con tal de ignorar mis problemas, al menos por un segundo.
Y lo peor es que, a pesar de ser consciente de todo esto, lo sigo repitiendo, una y otra vez.
No me importa cambiar; no puedo cambiar.
Soy un completo desastre desde que no estás tú conmigo para marcarme el rumbo correcto. Te necesito, Jessy. Te amo…
Luego de escribir todas esas palabras, su pulgar se dirigió peligrosamente al botón de «Enviar», pero se mantuvo suspendido sobre este unos milímetros, sin tocarlo.
Se quedó ahí unos instantes, hasta que se desvió.
En lugar de enviarlo, seleccionó todo el texto que había escrito y lo borró, como si nunca hubiera existido, como siempre lo hacía…
Dejó el celular de forma casi violenta sobre la mesa. Subió sus pies a la silla y cruzó sus brazos contra sus rodillas, ocultando por completo su rostro contra estos.
«Soy un desastre», pensó con amargura, sintiendo en ese momento cómo una pequeña lágrima logró escabullirse y recorrer su mejilla.
Continuará…