Capítulo 38 #2
El restaurante Spiretto no estaba en realidad muy lejos de ahí, por lo que llegaron en menos de diez minutos.
La fachada tenía un estilo antiguo, asemejando casi la de un viejo teatro, con el nombre del local en letras de neón grandes, resplandeciendo sobre las puertas principales.
En cuanto se bajaron del vehículo y se aproximaron a la entrada, un hombre vestido en elegante saco rojo con botones dorados les dio la bienvenida y les abrió una de las puertas para que pudieran pasar.
«Casi como si fuéramos estrellas de cine», pensó Nicole, maravillada.
El interior del local iba acorde con la apariencia de la fachada, con techos altos de madera, candelabros de cristal, columnas anchas con acabados detallados sobre ellas, pisos brillantes y lustrosos.
Los camareros lucían elegantes y pulcros sacos blancos, y cargaban las charolas con platillos y bebidas entre las mesas con sobresaliente maestría.
Estaba muy concurrido, a pesar de ser entre semana.
—Cielos… —exclamó Nicole asombrada, con sus ojos bien abiertos, intentando vislumbrar todo lo que la rodeaba—. Es aún más… radiante de lo que me imaginaba.
—¿Segura de que la palabra que buscabas es «radiante»? —mencionó Ruby con tono bromista—. Es bonito, pero sigue siendo solo un restaurante.
Eso decía ella, pero, al avanzar desde la puerta principal hacia la recepción, Nicole pudo notar que Ruby caminaba con cautela, al igual que ella, casi como si temieran tocar y romper algo.
Sin embargo, Giselle parecía moverse con total naturalidad.
Incluso se tomó un segundo para saludar de forma rápida a una mujer que iba saliendo.
Definitivamente, ese era su ambiente; como un pez en el agua.
—Franky —pronunció la diseñadora en alto, alzando también una mano para llamar la atención de un hombre alto y robusto, vestido con elegante traje gris y corbata negra.
El hombre sonrió ampliamente al verla y se le aproximó sin espera.
—Ah, Giselle —pronunció con efusividad, con un marcado acento que Nicole no supo identificar de dónde era.
El hombre estrechó la mano de la diseñadora de modas, permitiéndose incluso darle un discreto beso en su mejilla derecha, que ella le aceptó—.
Tan preciosa como siempre. Y con qué compañía vienes hoy —señaló, mirando a las dos chicas detrás de ella.
—Hola. Encantada —saludó Nicole con voz cohibida—. Este lugar es realmente… bonito.
—Y esperen a probar la comida —pronunció Franky con complicidad, guiñando un ojo. Se giró entonces de nuevo hacia Giselle—. Ricky me habló y me dijo que vendrías. ¿Él sigue en Berghins?
—Se quedó revisando un par de asuntos, pero regresa mañana —indicó Giselle con una sonrisa—. A mí me mandó por delante para avanzar en un nuevo diseño que me acaba de aprobar… Pero ya lo verás, en cuanto esté listo.
—Emocionado como siempre de que así sea. Pero pasen. Su mesa ya está lista.
Franky guio a las tres mujeres hacia una mesa rectangular con cuatro sillas, casi en el centro del establecimiento.
La mesa ya tenía cubiertos para tres personas, servilletas verdes de tela, vasos y una jarra de agua.
Franky jaló la silla de cada una hacia atrás para ayudarlas a sentarse.
A Nicole no le había tocado ir a un restaurante donde hicieran eso.
—Muchas gracias, Franky —murmuró Giselle, ya sentada con un pequeño asentimiento de su cabeza.
Ella se había sentado de un lado de la mesa, mientras que Nicole y Ruby tomaron los lugares de enfrente de ella, una al lado de la otra.
Al gerente se le unió, en ese momento uno, de esos meseros con saco blanco y pantalón negro, que llevaba consigo tres menús.
—Las dejó en las manos de Gabriel —indicó Franky, colocando una mano amistosa sobre el hombro del mesero—. Trátalas bien —le indicó con ligera severidad—. Son amigas de Ricky Viscencio.
—Sí, señor —asintió el mesero.
Y, tras una última palmada en su hombro, Franky, el gerente, se retiró.
Gabriel le dio a cada una un menú e indicó que volvería en un momento a tomar su orden, antes de retirarse también.
—Pidan lo que quieran, chicas —dijo Giselle, abriendo su propio menú para echarle un vistazo—. Yo invito.
—Que nos hayas conseguido mesa ya es suficiente —se apresuró Ruby a responder, algo apenada por tal propuesta—. No quiero abusar, y menos porque sé lo costoso que es este sitio.
—Tonterías —rio Giselle con picardía—. No tienes por qué contenerte con nada. Me gusta consentir a mis «amigas» cuando puedo hacerlo. ¿Cierto, Nico?
Nicole se exaltó un poco al notar cómo Giselle le pasaba la palabra de esa forma, y en especial se había desconcertado por la forma en la que había pronunciado «amigas», con todas las implicaciones que esto pudiera tener… ¿Qué se proponía exactamente con eso?
Como fuera, Nicole no quería hacer el momento incómodo, así que intentó tranquilizar un poco a Ruby:
—Bueno, no es un sitio al que vendremos tan seguido, ¿no? —respondió, encogiéndose de hombros y dibujando una sonrisa despreocupada en sus labios—. Nosotras te invitamos la siguiente vez, ¿sí?
—Ese es el espíritu —asintió Giselle con aprobación.
Ruby resopló, quizás sintiéndose derrotada al ver que eran dos contra una.
—De acuerdo… —masculló Ruby, alzando su menú para echarle un vistazo—. Entonces supongo que probaré este pato a la naranja.
—¿Pato? —exclamó Nicole, sorprendida. Había comido pollo y pavo muchas veces, pero nunca pato, hasta donde recordaba.
—Buena elección —indicó Giselle—. ¿Y tú, Nico?
Nicole volvió a su menú. El pato le había llamado la atención, pero desde que dio el primer recorrido por los diferentes platos, uno le había interesado primero:
—Tal vez el hígado encebollado —dijo con bastante seguridad.
—¿Hígado encebollado? —exclamó Ruby, incrédula—. ¿En serio?
—¿Qué? Es delicioso —respondió Nicole, encogiéndose de hombros—. Al menos como mi madre lo prepara.
—Quizás tu madre tiene mejor sazón que el chef de aquí. ¿Lo has pensado?
—Por este precio, espero que no.