Capítulo 38
A la hora de la salida del día siguiente, Ruby no acompañó a Nicole a su casa, y, en su lugar, cada una se fue por su cuenta a su respectivo departamento para así bañarse y arreglarse, quedando de verse en el edificio de Nicole a las ocho para irse las tres juntas al restaurante.
Desde la noche anterior, en la que mencionaron que el lugar al que irían era de los más elegantes de la ciudad, Nicole tuvo una pequeña crisis existencial al preguntarse qué llevaría puesto.
En realidad, no tenía muchas opciones, pues las prendas que había traído de casa no eran tan variadas, y la poca ropa nueva que se había comprado en Nueva Scintia era toda casual.
Lo más «elegante» que encontró en su guardarropa fue un vestido negro de hombros descubiertos sujeto al cuello, que su madre le había dicho que podía usar en algún coctel o fiesta de jardín.
No se había dado ninguna de las dos ocasiones aún, pero quizás esa sería la excusa perfecta para desempolvarlo.
Los zapatos fueron otro problema. Desde que en la entrevista le avisaron que para su puesto el código de vestimenta no exigía zapato de tacón alto, y en vista de que estos nunca habían sido mucho de su agrado, no se había molestado por traerse ningún par consigo.
Lo más formal que había traído eran unos zapatos flat de charol negro. Tendrían que bastar.
Con respecto al cabello y al maquillaje, para el primero optó por esa ocasión recogerlo un poco con la ayuda de un par de broches. Y, para lo segundo, un discreto labial rosado y solo un poco de rubor al juego.
Al mirar todo en conjunto en el espejo, la verdad es que no se veía nada mal. Aunque inevitablemente terminó preguntándose para quién se estaba arreglando con exactitud: ¿para ella misma? ¿Para Ruby? ¿Para Giselle…?
El arreglarse la distrajo por un tiempo de tener que pensar en lo que implicaría estar las tres sentadas en la misma mesa toda la noche. Lo mejor sería tomarlo todo con calma, solo como una salida normal de tres amigas (si es que se les podía llamar así) que iban a ir a cenar. Nada más.
Estando en el cuarto, escuchó el sonido del intercomunicador en el recibidor sonando, por lo que se apresuró hacia este.
Olvidó por un momento que traía sus zapatos de charol, lo que la destanteó un poco, pero logró mantener el equilibrio lo mejor posible para no caer de bruces y romperse la nariz antes de salir.
—¿Sí? —pronunció en el micrófono del panel.
—Hola, soy yo —sonó en ese momento la voz de Ruby a través de la bocina.
—¡Hola! Sube. Ya casi estoy lista. Recuerda: es en el piso diez, departamento 80.
—Lo tengo. No te preocupes.
Desde el mismo panel, Nicole presionó el botón para abrir la puerta principal de la planta baja y que así Ruby pudiera ingresar.
Había dicho que ya casi estaba lista, pero en realidad ya no tenía mucho más que hacer.
A lo mucho, mientras esperaba a que Ruby subiera, se revisó una última vez en el espejo, cuidando que todo estuviera en su sitio.
Cuando escuchó que llamaban a la puerta, de nuevo volvió a correr de regreso al recibidor del mismo modo que antes.
—Un segundo. Ya voy —exclamó con fuerza unos pasos antes de la puerta. Retiró rápidamente el seguro principal de esta y la abrió.
Del otro lado, se asomó el rostro de Ruby, al principio sonriente, pero luego pareció llenarse de asombro al echarle un vistazo completo al look de Nicole.
—Wow —exclamó maravillada, colocando una mano sobre su pecho—. Casi me desmayo.
—¿Es demasiado? —cuestionó Nicole con preocupación—. Es que entendí que era un restaurante elegante, y esto es lo más… elegante que tengo.
—Estás bien. Estás perfecta —se apresuró Ruby a recalcar—. Estás… hermosísima. No te cambies nada.
—Gracias —masculló Nicole, sonriendo un poco apenada—. Tú también te ves hermosísima…
El atuendo de Ruby era bastante diferente al suyo, y en realidad solo distaba un poco del que acostumbraba en la oficina.
Traía unos pantalones de mezclilla azules ajustados, una blusa blanca de botones negros y, sobre esta, un blazer rojo que a Nicole le pareció que le quedaba un poco más grande de lo debido.
Su cabello se veía como de costumbre, y no parecía haberse puesto nada de maquillaje.
El cambio más notorio, sin embargo, era que se había quitado el piercing en forma de pequeña gema rosada, que casi siempre usaba en su nariz; pero, en su lugar, usaba un par de aretes pequeños de forma y color parecidos en las orejas.
—¿Quieres pasar? —Nicole le preguntó, haciéndose a un lado.
—¿No deberíamos ver si tu amiga ya está lista? —indicó Ruby, señalando hacia la puerta contigua.
—Sí, claro. Qué tonta soy. Ella es la que nos invitó, después de todo. Solo déjame ir por mi cartera y mi teléfono.
Unos minutos después, ambas se encontraban frente a la puerta 81, y Nicole no esperó mucho antes de llamar a esta.
—Enseguida voy —se escuchó la voz de Giselle resonar desde el interior, provocando un pequeño brinco interno en Nicole, que intentó disimular.
Ambas aguardaron pacientes unos instantes, sin decir nada.
Cada una se limitaba a solo mirar fijamente a la puerta, expectante.
Escucharon los seguros abriéndose del otro lado, y se pusieron de inmediato en alerta.
La puerta se abrió y del otro lado apareció Giselle, con un atuendo que, en un inicio, dejó a sus dos invitadas mudas.
—Hola, chicas —masculló la diseñadora de modas con una sonrisa astuta, acomodando discretamente un mechón de su cabello detrás de su oreja—. Se ven radiantes esta noche.
Giselle usaba un vestido rojo sangre brillante, de hombros descubiertos, con un muy generoso escote que dejaba a la vista lo justo de su busto para jalar las miradas hacia él, y que ajustaba y delineaba a la perfección las notorias curvas de su figura.
El vestido le cubría hasta unos centímetros por encima de sus rodillas, y, debajo, se asomaban sus largas piernas, enfundadas en medias negras.
Llevaba zapatillas rojas de tacón alto en sus pies.
De su cuello colgaba una cadena de oro, con un pequeño dije en forma de luna con discretos diamantes, que caía seductoramente cerca del área entre sus pechos.
Usaba, además, unos bonitos y brillantes aretes a juego.
Se había alisado el cabello, con algunos rulos en las puntas, y un poco de su fleco caía sobre el lado derecho de su rostro, cubriendo parte de este.
Y, a diferencia de ellas, no había escatimado en el maquillaje, sin llegar a estar demasiado sobrecargado: sombras azuladas en los ojos, rímel, rubor y, claro, un labial rojo intenso.
—Wow —soltó Ruby por mera inercia—. Qué… hermoso vestido.
—Gracias. Yo lo diseñé —dijo Giselle con voz risueña.
—Giselle es diseñadora de modas —se apresuró a aclarar Nicole, casi como si, de pronto, se hubiera dado cuenta de que era su responsabilidad hacerlo—. Trabaja con… Lo siento, ¿cómo se pronuncia?
—Viscencio —respondió Giselle—. Trabajo con Ricardo Viscencio.
—¿En serio? Me encantan sus vestidos y blusas —señaló Ruby—. Pero son algo caros.
—Cuando quieras te puedo prestar mi descuento personal.
—Oh, no. Nunca haría tal cosa —exclamó Ruby, agitando sus manos con exaltación delante de ella como negación.
—No me importa, tranquila —rio Giselle—. Casi no lo uso. Normalmente me regalan las prendas. La oferta, por supuesto, también va para ti, Nicole.
—Gracias —asintió la interna, sonriéndole a su vecina de forma embobada—. Quizás sí te tome la palabra.
—Tu vestido también está muy bonito, Nico —señaló la diseñadora, aproximándose hacia ella para verla de cerca, muy cerca—. Sencillo, pero bonito. Déjame verlo por completo, ¿sí? —le solicitó, colocando al instante una mano en su hombro y guiando el movimiento para que diera un giro completo.
Nicole lo hizo sin oposición.
—Se ajusta muy bien a la parte trasera. Aunque creo que del área del busto podríamos soltarlo un poco.
—Ahora que lo mencionas, sí me aprieta un poco del frente, pero no es molesto. ¿En verdad me veo bien? Casi no lo he usado.
—Te ves exquisita —profirió Giselle con un nada disimulado tono coqueto—. Me encanta cómo las prendas se ajustan a tu tipo de cuerpo, o tal vez es al revés. Pórtate bien y quizás te suba a la pasarela para que modeles el nuevo vestido de noche que estoy diseñando.
—Ay, qué cosas dices. Claro que no —balbuceó Nicole, sonrojada por la vergüenza, pero con una evidente sonrisa de emoción en los labios.
Ambas rieron al unísono, mientras Ruby observaba todo un tanto apartada, aunque en realidad estaba de pie ahí, al lado de ellas.
Casi como si aquello se tratara de algún extraño chiste al que Ruby no era invitada a ser partícipe.
Quizás solo estaba sobrepensándolo, pero la manera en la que ellas dos se hablaban, se miraban y hasta se tocaban…
ciertamente no le resultaba agradable de presenciar.
Aunque también se cuestionaba si se sentiría así aunque Jaime no le hubiera metido aquellas ideas.
«Compórtate, Ruby», se dijo a sí misma, sonando en su cabeza casi como un regaño. «No dejes que tu imaginación te controle de nuevo».
—¿Nos vamos? —propuso Giselle, y al momento se giró a cerrar su puerta, con todo y llave—. Pedí un coche desde mi teléfono. Ya debe estar cerca.
Y en efecto, cuando las tres bajaron a la planta baja, el vehículo no tardó mucho en estacionarse justo delante del edificio.
Las tres mujeres subieron a la parte trasera, un poco apretadas entre sí, aunque lo suficiente para estar cómodas.
Y, como no podía ser de otra forma, Nicole había quedado en medio, ligeramente apretujada por sus dos amigas, aunque no fue consciente de ello hasta avanzado algo del camino.