Capítulo 37
T ras terminar su cena, Nicole y Ruby llevaron los platos, ya vacíos, de regreso a la cocina para lavarlos.
Como Ruby se había encargado de la parte complicada en la preparación de la comida, Nicole dijo que ella se ocuparía del aseo.
Aun así, Ruby se ofreció a secar lo que Nicole iba lavando, y a esta no le molestó en lo absoluto la ayuda.
—No te cuestiono que cocinar mi propia comida sea más económico y saludable a largo plazo —declaraba Nicole, al tiempo que tallaba con fuerza el refractario para quitarle los rastros de las pechugas y el tocino—.
Solo digo que es demasiado esfuerzo y tiempo invertido, desde cocinar hasta, luego, tener que limpiarlo todo, para que, en realidad, no me salga algo tan bueno al final.
—Conforme más lo hagas, mejor te saldrá —argumentó Ruby con voz risueña, pasando una toalla de cocina por su plato, ya lavado.
—Supongo, pero sigue siendo demasiado esfuerzo —suspiró Nicole, pasándole justo después el refractario ya limpio (o lo más posible) a Ruby para que lo secara.
Ruby rio, en una combinación de diversión y frustración por la obstinación de su compañera.
—Si no lo haces, tarde o temprano, tu billetera o tu estómago lo resentirán. Pero como prefieras, es tu gusto. Tampoco puedo obligarte a hacer algo que no quieras.
Una vez que todo estuvo limpio, seco y acomodado, Ruby se secó las manos y echó un vistazo a la hora en su celular. Era ya un poco más de las diez de la noche.
—Será mejor que me vaya antes de que se haga más tarde —indicó, encaminándose a la sala—. Una mujer sola, andando en una motoneta de noche por las calles, no es tan genial como puede sonar.
—Siempre puedes quedarte a dormir si lo deseas —propuso Nicole desde la cocina.
Aquello provocó una visible reacción de sorpresa en Ruby, que no pasó desapercibida por su causante.
—Lo siento. No lo decía con… esa intención, en serio —se apresuró Nicole a aclarar.
—Sí, descuida —respondió Ruby, a simple vista con calma—. Quizás en otra ocasión, ¿está bien?
Nicole asintió.
—La invitación queda abierta.
Una vez Ruby estuvo lista para partir, ambas salieron al pasillo.
—Oye, Ruby… —masculló Nicole en voz baja mientras caminaban en dirección al ascensor—. En verdad me la pasé muy bien hoy. ¿Crees que podríamos repetirlo en alguna otra ocasión?
—Acabas de decir que cocinar no vale el esfuerzo y el tiempo —señaló Ruby con voz burlona.
—Lo sé, pero… con la compañía correcta, creo que es más llevadero.
Una sonrisita de alegría difícil de ocultar se dibujó en los labios de ambas mujeres. Al llegar frente al elevador, este venía subiendo, pero Nicole se estiró a presionar el botón y así asegurar que se detuviera en su piso.
—Supongo que podríamos hacerlo en mi departamento la siguiente vez —propuso Ruby—. No tiene una cocina tan equipada como la tuya, pero pienso que algo podremos hacer.
Nicole asintió con entusiasmo.
—Eso me…
Sus palabras fueron interrumpidas cuando el tintineo reconocible del ascensor se hizo presente al llegar, seguido justo después por las puertas abriéndose, jalando la atención de ambas chicas.
El ascensor, evidentemente, no venía solo.
Sin embargo, Nicole se quedó por un instante atónita cuando sus ojos captaron y reconocieron a su ocupante.
La mujer de largo cabello negro y profundos ojos azules la miró de regreso, sonriéndole sutilmente con sus delgados labios pintados de rosados.
—Oh, qué agradable sorpresa —masculló despacio, inclinando sutilmente su cabeza hacia un lado—. Buenas noches, Nicole.
—Giselle —pronunció Nicole despacio, su voz apenas siendo capaz de ser oída—. Buenas… noches…
Ruby se sobresaltó al escuchar aquel nombre, el mismo que Jaime le había mencionado.
«¿Ella es Giselle?».
Los ojos oscuros de la chica de pelos rosas se fijaron en aquella mujer mientras salía del ascensor, arrastrando detrás de sí una amplia maleta de ruedas. Ella y Nicole, por mero reflejo, se hicieron a un lado para dejarla pasar.
Era alta, de cabellera larga y negra, totalmente suelta y brillante.
Usaba una bonita blusa azul y blazer blanco, así como una larga falda blanca de holanes que parecía casi frotar en cada uno de sus pasos.
Su figura era esbelta, pero muy atractiva.
De hecho, todo el aire a su alrededor desbordaba una elegancia y presencia que a Ruby le resultaron casi intimidante.
—¿Vas… llegando de tu viaje? —le preguntó Nicole de pronto, con un tono que Ruby no supo identificar si era de timidez o de emoción reprimida.
—Oh, sí —respondió Giselle, girándose rápidamente hacia ella, y haciendo (quizás por accidente, quizás a propósito) que su cabello volara en el aire con el giro, solo para acomodarse por sí solo a la perfección—.
Berghins es hermoso en esta época. Prometo que algún día iré sin que sea por trabajo. ¿Me acompañarías?
—Ah… tal vez —balbuceó Nicole, encogiéndose de hombros—. Espera, ¿es una invitación real o…?
Giselle solo rio divertida ante la pregunta tan ingenua de su vecina, provocando que las mejillas de esta se ruborizaran notablemente.
La atención de la pelinegra se giró en ese momento hacia Ruby, casi como si fuera la primera vez que reparaba en su presencia. Al sentir esos ojos sobre ella, la chica de cabellos rosados sintió que su respiración se cortaba, casi como si la hubieran atrapado a mitad de hacer algo indebido.
—Mucho gusto. Giselle Leblanch. Vecina de al lado de Nicole —murmuró, extendiéndole una mano de forma amistosa.
—Hola. Ruby Cox —respondió esta a su vez, estrechando la mano que Giselle le ofrecía con algo de timidez—. Soy… compañera de trabajo y… —Hubo un instante de vacilación, antes de que pudiera completar su frase—: amiga de Nicole.
—Ah, otro compañero de trabajo, ¿eh? —exclamó Giselle, observando de reojo a Nicole, con un atisbo de complicidad en su mirada.
Esto, evidentemente, puso un poco nerviosa a Nicole.
—¿Cómo dices? —cuestionó Ruby, confundida.
—Nada, nada —se apresuró Giselle a aclarar—. Es un placer conocerte, Ruby. Eres muy bonita…
Aquel repentino comentario destanteó un poco a Ruby, quien incluso pudo sentir cómo su corazón palpitó acelerado un momento. Qué efecto tan palpable tenía aquella mujer; mayor al que Ruby le gustaría.
—¿Iban de salida, tan tarde? —preguntó la diseñadora con curiosidad.
—No. Yo ya me iba a mi casa —respondió Ruby rápidamente.
—Y yo la voy a acompañar a la planta baja —añadió Nicole, señalando con sus pulgares hacia el elevador, cuyas puertas se habían vuelto a cerrar para esos momentos.
—Grandioso —asintió Giselle, y tomó entonces su maleta de nuevo por el mango, disponiéndose a seguir su camino hacia su departamento—. No las entretengo, entonces. Buenas noches.
—Buenas noches —le contestó Nicole con un ligero asentimiento.
Dada y aceptada aquella pequeña despedida, Giselle comenzó a caminar en su dirección, y Nicole y Ruby en la suya.
Estas últimas, en menor o mayor medida, sintieron un ligero alivio una vez que ese furtivo encuentro, al parecer, había terminado.
Aunque, claro, Ruby tenía cientos de preguntas en su cabeza, que querían salir a borbotones, y que, muy probable, ya no podría contener una vez que las dos estuvieran a solas en el ascensor.
Sin embargo, para suerte de Nicole, algo detuvo un poco más su partida:
—Ah, esperen —escucharon a Giselle pronunciar un instante antes de que Nicole pudiera presionar el botón del elevador.
Ruby y Nicole se giraron de nuevo hacia el pasillo y vieron a Giselle aproximándoseles de nuevo, con una amplia y casi traviesa sonrisa en los labios.
—¿Tienen planes para mañana por la noche?
—¿Mañana? —masculló Nicole, un tanto perdida—. Pues…
Vaciló un poco e, inconscientemente, se giró hacia Ruby, como si esperara de alguna forma ver la respuesta en su rostro. Sin embargo, esta tenía aún menos idea de cómo responder a esa pregunta.
—No. No precisamente —declaró Nicole tras unos instantes—. ¿Por qué?
—Es que, desde que estaba en mi viaje, tengo un gran antojo de comer en el Spiretto . Si tienen tiempo libre, ¿por qué no me acompañan a cenar mañana? Así no me veré tan rara, comiendo sola.
—¿En el Spiretto ? —espetó Ruby, sus ojos bien abiertos y llenos de asombro.
—No conozco ese restaurante —mencionó Nicole.
Y Ruby no tardó en explicárselo. O, al menos, su versión:
—Es de los más caros de la ciudad. El tipo de sitio al que solo llevas a tu novia por un aniversario o a pedirle matrimonio, y esas cosas.
—O cuando tienes muchísimo antojo, como yo —añadió Giselle con ligera sorna—. Mi jefe conoce al gerente y me puede conseguir una mesa sin problema. ¿Entonces? ¿Les interesa?
Tanto Nicole como Ruby se mantuvieron calladas, y se miraron la una a la otra, un tanto titubeantes sobre cómo responder a la invitación, aunque cada una por sus respectivos motivos.
—No lo sé. ¿Tú qué dices, Ruby? —masculló Nicole, un poco indecisa.
A Ruby no le agradó tanto que le pasara de esa forma la responsabilidad, pero igual intentó responder:
—Bueno, por mí encantada —murmuró, encogiéndose de hombros—. Siempre he querido saber si la comida de ahí es tan buena como dicen.
—Grandioso —exclamó Giselle con ligero ímpetu—. Las veo mañana, entonces. Es una cita —añadió como punto final, acompañada de un coqueto guiño de su ojo derecho, que no pasó inadvertido.
Antes de que alguna pudiera decir algo más, la diseñadora se dio media vuelta y comenzó a jalar su maleta de nuevo hacia su departamento. Había comenzado incluso a canturrear una canción alegre.
«¿Qué te propones?», pensó Nicole, un tanto desconfiada. Presentía muy hondo que había más en esa invitación, aunque de momento se le escapara qué con exactitud.
Ninguna dijo mucho mientras bajaban por el elevador. Era como si la sola presencia de Giselle hubiera cortado de tajo el buen ánimo que tenían hasta hacía unos momentos. Una vez que estuvieron en la planta baja y salieron del edificio, Nicole se animó, al fin, a hablar de nuevo: