Capítulo 36
R uby y Nicole arribaron al departamento de esta última cerca de las ocho de la noche, luego de pasar al supermercado a comprar los ingredientes para su cena. Por suerte, no compraron mucho; Nicole no quería ni imaginar cómo hubiera sido tener que cargar varias bolsas con víveres viajando en Lirio.
—¿Entonces haremos una ensalada con el aguacate? —preguntó Nicole, con curiosidad, al tiempo que salían del ascensor en su piso y comenzaban a encaminarse por el pasillo—. Pero eso es sencillo; no es cocinar.
—La ensalada es solo el acompañamiento —le respondió Ruby con voz risueña—. El plato fuerte será la pechuga rellena. Tú solo sígueme y te prometo que comerás delicioso hoy.
—Ya me dio hambre, de hecho —declaró Nicole, sonriendo.
Una vez frente a su puerta, Nicole se apresuró a buscar sus llaves.
Mientras ella hacía eso, la atención de Ruby se recorrió discretamente hacia las puertas a ambos lados: la 79 y la 81…
Jaime le había dicho que aquella vecina vivía en el departamento al lado del de Nicole.
¿Cuál de los dos sería? Ambas puertas estaban cerradas y no había nada en ellas que llamara de manera particular la atención.
Al ser consciente de lo que hacía, Ruby se forzó a no pensar más en eso.
Lo de sugerirle a Nicole ir a su departamento había sido, prácticamente, una respuesta refleja a lo que Jaime le había contado, y no se sentía orgullosa por ello.
Debía intentar quitarse esas ideas de la cabeza e intentar pasar un buen rato con su amiga… o lo que Nicole fuera en esos momentos.
No podía dejar que esos sentimientos negativos la consumieran y arruinaran su posible relación. No de nuevo…
En cuanto Nicole abrió la puerta y ambas entraron, la reacción de Ruby fue de evidente asombro, no muy diferente a la de Jaime la primera (y única) vez que fue ahí, o, incluso, la de la propia Nicole en su primer día.
—Cielos —exclamó Ruby con sus ojos bien abiertos, como platos, observando con asombro el vestíbulo, la sala y la cocina—. Qué bonito lugar.
—Sí. No es muy grande, pero es muy cómodo.
—¿No es muy grande? —espetó Ruby, seguida de una pequeña carcajada—. Creo que todo mi departamento cabe en el área del comedor y la cocina, y quizás sobraría espacio.
Se dirigieron a la cocina con las bolsas del supermercado y colocaron estas sobre la encimera. Ruby la inspeccionó fugazmente. Era amplia, al menos para el tamaño del departamento. Y tenía, además, una estufa de gas con horno; mucho mejor que su hornilla eléctrica.
—Esta cocina definitivamente funcionará —indicó con orgullo en su voz, y comenzó, de inmediato, a sacar los ingredientes.
—¿En qué ayudo? —preguntó Nicole con entusiasmo.
—Ya pareces más dispuesta a cocinar, ¿eh?
—Bueno, no quiero comer sin cooperar en nada.
—Por lo pronto, ayúdame a lavar los vegetales, ¿sí? —indicó Ruby, señalando hacia la bolsa en donde habían metido los vegetales comprados para la ensalada; incluido el aguacate.
—Eso sí puedo hacerlo —respondió Nicole con seguridad, poniéndose manos a la obra.
Tal y como Ruby había dicho, el platillo sería unas pechugas de pollo, rellenas de queso y jamón, envueltas en tocino.
Para ello hicieron uso incluso del horno de gas, que Nicole, antes de esa noche, ni siquiera sabía bien cómo se encendía.
Ruby se encargó de lo más complicado, obviamente, pero Nicole intentó hacer lo propio con la ensalada.
Tras un poco menos de una hora, veinte minutos de las pechugas en el horno, la cocina entera se cubrió de un exquisito aroma que hizo que a ambas chicas se les hiciera agua la boca.
El efecto fue aún mayor cuando Ruby sacó, al fin, el refractario de vidrio, y pudieron vislumbrar las dos pequeñas pechugas envueltas, con un color tostado perfecto.
Casi parecían haber sido sacadas de la foto de un recetario de cocina.
—Huelen delicioso —señaló Nicole, ansiosa.
—Y se ven deliciosas, si está bien que yo lo diga —añadió Ruby con evidente falsa modestia.
Ruby avanzó, sujetando el recipiente caliente con dos guantes de cocina (que Nicole no sabía que tenía), y lo colocó con cuidado sobre la mesa del comedor. Solo tenían que esperar a que se enfriara un poco, y listo.
Al alzar su mirada de su platillo, al frente, Ruby posó esta inevitablemente en las puertas de cristal que había a un lado de la sala. La cortina gris estaba un poco corrida hacia un lado, por lo que podía ver, al menos, una de ellas, además de parte de la terraza a la que daban.
Una terraza… ¿Desde ella podría verse el departamento de al lado, quizás?
«No, Ruby. Basta», se reprendió a sí misma en su cabeza. «Ya, deja eso. Jaime, de seguro, solo quería molestarte».
Era un rasgo de ella que no le gustaba ni un poco. Cuando una idea se le metía a la cabeza, le resultaba muy difícil soltarla. Y en el caso particular de «esa» idea, resultaba un poco más complicado debido a su propia historia… La misma que Jaime no había dudado en recordarle.
«Será mejor ya no volver a contarle nada», se dijo a sí misma, aunque, en esos momentos, no importaba demasiado.
—Me muero de hambre. Comamos ya —propuso Nicole, acercándose a la mesa con el bol de ensalada en las manos.
—Está bien —respondió Ruby, esforzándose por esbozar la sonrisa más sincera que pudo—. Pero… ¿Qué tal si comemos en tu terraza?
Bien, ya lo había dicho. No era para tanto, ¿verdad? Era una propuesta inofensiva y normal… ¿O no?
—¿En la terraza? —masculló Nicole, confundida, mirando rápidamente hacia la puerta de cristal. Pareció meditar unos segundos en la idea, y, luego, respondió con evidente entusiasmo—: Ah, es una buena idea. Vamos.
Ruby suspiró aliviada (al menos por dentro). Temía que pudiera haberse sentido que tenía algo más entre manos al proponerlo. Algo de lo que ni ella misma estaba del todo segura si, en efecto, era así o no.
Sacaron entonces el refractario con las pechugas, el bol de ensalada, dos platos, cubiertos y un par de limonadas embotelladas, que compraron en la tienda, y acomodaron todo en la pequeña mesa de la terraza.
Todo cupo apenas lo suficiente. De hecho, era bastante acorde a la situación.
Había dos sillas, el clima estaba agradable y la vista…
—¡Qué hermosa vista! —exclamó Ruby, maravillada, aproximándose al barandal.
Como estaban en una zona un poco más elevada de la ciudad, se apreciaban las luces de esta, así como el cielo, de una forma espectacular.
—Lo sé. A mí también me encanta —comentó Nicole mientras seguía acomodando la mesa.
Ruby siguió contemplando la vista unos segundos más.
Cuando se viró, con la intención de volver a la mesa, su atención se fijó, casi por accidente, en el balcón del otro departamento (el 81, si no se equivocaba).
Estaba totalmente solo y las luces estaban apagadas.
Aun así, logró apreciar el hermoso jardín, el techo de madera con malla sombra y las sillas de plástico alargadas.
Un contraste significativo en comparación con la terraza de Nicole, que, si no fuera por esa mesa y esas dos sillas, estaría vacía en su totalidad.
—La terraza de al lado está un poco más… elaborada —señaló Ruby, eligiendo con cuidado sus palabras.
Nicole observó fugazmente sobre su hombro hacia el otro balcón.
—Sí. Es muy su estilo —señaló la interna, volviendo de inmediato a terminar de preparar la mesa.
—¿A qué te refieres? —preguntó Ruby con voz cauta.
Notó entonces cómo Nicole se sobresaltaba un poco, casi como si se hubiera vuelto consciente solo hasta ese momento de lo que había dicho.
—Ah, hablo de… la chica que vive ahí —respondió, señalando en dirección a la otra terraza—. Su departamento es casi igual que el mío, pero lo tiene todo mucho mejor decorado y distribuido. Incluso el balcón, como puedes ver.
El rostro de Ruby se tornó ligeramente severo al escuchar aquello. Entonces sí conocía a la mujer del otro departamento… Justo como Jaime le había dicho.
Sin embargo, se forzó de nuevo a intentar apartar aquellos pensamientos intrusivos de su mente y volver a sonreír. Era su vecina; era lógico que la conociera si vivía a su lado. No significaba que algo de lo que Jaime hubiera dicho, o, más bien, insinuado, fuera real.
—Entonces… ¿conoces muy bien a esa chica? —preguntó Ruby de pronto, apoyándose contra el barandal en actitud despreocupada.
—¿Qué? —exclamó Nicole, un poco perdida.
—Bueno, por lo que dices suena a que la conoces bien y hasta has estado en su departamento. ¿O lo entendí mal…?
Ruby tuvo ganas en ese momento de morderse su propia lengua, y quizás darse un golpe a sí misma como reprimenda. Eso había sonado espantosamente parecido a que la estaba interrogando. De seguro, eso sería suficiente para que su anfitriona comenzara a sospechar que algo estaba pasando.
Sin embargo, si acaso Nicole, en efecto, sospechó algo, pareció disimularlo bien. En lugar de ponerse a la defensiva, como Ruby esperaba, solo se dejó caer de sentón en su silla y miró unos momentos hacia el cielo, pensativa.
—Sí, bueno… —masculló despacio—. Ella ha sido un… tipo de apoyo para mí desde que llegué aquí. Somos… amigas, supongo.
—¿Supones? —inquirió Ruby, genuinamente curiosa por aquella expresión.
—Digamos que es una persona complicada de entender —declaró Nicole con una media sonrisa—. Pero mejor comamos de una vez, ¿sí?
—Sí, por supuesto…
Con aún evidente reticencia, ambas tomaron asiento en la pequeña mesa de la terraza.
Al inicio, un ligero aire incómodo las envolvió, pero se fue rápidamente amortiguando conforme comenzaron a probar las pechugas rellenas que, para sorpresa de Nicole, estaban mucho más deliciosas de lo que había imaginado.
—Cielos, esto está muy bueno —exclamó maravillada. Sus ojos casi brillaban de la emoción.
—Te dije. Tengo buena sazón, además de saber cómo administrar la red de una empresa —declaró Ruby con orgullo en su voz—. Y aún tengo otras habilidades secretas que me faltan por mostrarte.