Capítulo 35
E l resto de la semana transcurrió para Nicole de manera tranquila y…
no precisamente «normal», ya que su nueva «amistad» con Ruby hacía todo un poco diferente.
O, más bien, mucho mejor. Pasar tiempo con ella resultó ser justo lo que necesitaba para hacer más llevadera su jornada laboral.
Ya no le importaban los mandados que le pedían, los cafés que tenía que comprar, las notas que debía transcribir o las horas extra, sin paga, que le tocaban hacer.
Ruby hacía que todo eso se volviera mucho más llevadero.
Y, lo más importante, era que no había pensado (casi) nada en Giselle esos días. Aunque, claro, no tener su teléfono también le resultó de ayuda para eso.
Ambas almorzaron juntas cada día, y Ruby incluso la esperó cada vez a que terminaba su trabajo para, así, llevarla a su casa, aunque Nicole le insistiera que no era necesario.
Pero ella se mantenía firme en ello. Así era Ruby Cox.
Y a pesar de su renuencia inicial hacia Lirio, Nicole en verdad le había tomado gusto.
No era un automóvil como el de Jaime, pero…
podría parecerle incluso un poco mejor. Al menos, podía estar bastante cerca de Ruby durante todo el camino.
Nicole intentó aprovechar cada minuto que pasaron juntas esos días para conocerse un poco mejor.
Aún no entraban a los terrenos peligrosos y profundos, pero Nicole ya sabía cosas importantes de Ruby, como su sabor, color, película, canción, videojuego y cómic favorito.
De esas últimas cuatro cosas, Nicole no las reconoció de nombre, pero ya se tomaría su tiempo para leer al respecto.
Sabía también que ella era de ahí, de Nueva Scintia, que había vivido ahí toda su vida, tenía dos hermanos menores y que ya no vivía con sus padres desde hacía tres años y medio.
Le había dicho también que lo suyo era más la programación y que hacía trabajos de freelancer sobre eso en las noches.
Y que, aunque de momento no buscaba salir de Wexine , sí aspiraba, a futuro, encontrar un trabajo más enfocado en eso.
Todo eso y un poco más. Y aunque nada de lo que le decía era particularmente extraordinario, a Nicole todo le resultaba fascinante a su modo.
Ruby, en general, le resultaba fascinante.
Le gustaría poder corresponderle y contarle cosas igual de interesantes sobre ella, pero lo más «wow» que había ocurrido en su vida era lo suyo con Jaime y Giselle, y era parte de las cosas que prefería no tocar de momento.
El fin de semana, Ruby se encargó de organizar una salida al Game Bar con sus amigos, con el fin exclusivo de presentárselos. Nicole cuestionó si acaso no era demasiado pronto, a lo que Ruby solo rio y respondió:
—No les voy a decir que me voy a casar ni nada. Solo les presentaré a una… buena amiga.
—Sí, claro —murmuró Nicole, insegura.
—Además, mi amigo, el que te dije que podía reparar tu teléfono, irá. Será una buena oportunidad para que le eche un ojo.
Aquello resultó ser suficiente para convencerla. Nicole en verdad necesitaba recuperar su teléfono.
Los amigos de Ruby resultaron ser incluso más agradables de lo que Nicole se había imaginado. Ese sábado conoció a Luisa y Mónica, una pareja de chicas que habían estudiado con Ruby en la preparatoria. Una de ellas era maestra de clases en línea y la otra trabajaba como enfermera.
También conoció a Carolina, una simpática chica transgénero, lo que resultó un tanto sorprendente para Nicole al principio, pues nunca había conocido a una persona transgénero antes.
Pero intentó enormemente no resultar demasiado obvia en su asombro, ni tampoco hacer o decir algo que pudiera ser ofensivo.
Sin embargo, su exceso de esfuerzo no pasó desapercibido y el grupo no tardó en hacer un par de bromas al respecto.
Incluso la propia Carolina se lo tomó todo mucho más relajada de lo que Nicole se esperaba.
Por último, también estaba Hugo, un compañero de carrera de Ruby, y su novio Miguel, que era el conocedor de los juegos de mesa, quien había llevado a todos, en primer lugar, a aquel sitio, y quien se conocía de arriba abajo todos los juegos y sus reglas.
Hugo, por su lado, era el amigo que Ruby le había dicho a Nicole que podría reparar su celular.
Y tras echarle un vistazo rápido… no pareció muy positivo al respecto:
—¿Segura que no prefieres comprarte uno nuevo? —le preguntó Hugo, acompañado de un discreto dejo de broma, que no intentaba en lo absoluto ser condescendiente.
—No creo poder costearlo en estos momentos —admitió Nicole con vergüenza.
—¿Al menos puedes hacer el intento? —le pidió Ruby a Hugo, casi suplicante—. Anda. Te deberé un favor.
—Un par de cientos o miles, diría yo —señala Hugo, riendo—. Veré qué puedo hacer.
La noche de juegos resultó ser todo un éxito y Nicole se la pasó mejor de lo que se esperaba.
Ruby tenía razón al decir que sería mucho más divertido con más gente.
Y aunque al principio tuvo algunos problemas para acoplarse, y ese par de ocasiones en las que se divirtieron a sus expensas, la verdad es que la hicieron sentir bienvenida en el grupo.
Muy diferente a cuando convivía con Derek y sus amigos.
En retrospectiva, se daba cuenta de que siempre había sido más la invitada de él que parte del grupo.
Qué revelador y doloroso resultaba ver en retrospectiva, bajo ese nuevo panorama, cómo era su vida anterior. Qué diferente habría sido todo de haberse dado cuenta de ciertas cosas antes…
El domingo, cada una la pasó en su respectiva casa, pero eso no impidió que se mensajearan la una a la otra (Nicole haciendo uso de su laptop personal, a falta de teléfono).
Y el lunes volvieron, una vez más, a su rutina habitual.
Ese día, como todos en la semana pasada, tocaba almorzar juntas.
Ruby, la mayoría del tiempo, solía traer comida de su casa (solo el martes, cuando habían ido a comer emparedados, había sido la excepción); pero Nicole casi siempre terminaba ordenando algo, o llevando sobras de lo que había comprado en su casa la noche anterior. Ese día, tocaba justo lo segundo.
—¿Otra vez comida preparada? —inquirió Ruby mientras ambas caminaban hacia el comedor del edificio.
Nicole cargaba en sus manos una charola de unicel que guardaba tres tacos, los restos de una ensalada y frijoles. Ruby, por su lado, llevaba su recipiente con las milanesas de pollo que había preparado la noche anterior.
—¿En serio nunca cocinas?
—No soy buena cocinando —admitió Nicole con un ligero rubor de pena adornando sus mejillas—. Además de que me da mucha pereza. Así que comprarla siempre me resulta mejor.
—Por eso el dinero no te rinde —señaló Ruby, un poco burlona—. Tienes que alternar y preparar tu propio almuerzo de vez en cuando.
—Lo dice la que tiene la tarjeta de puntos de Sandwiches Lords .
—Hey, solo para ocasiones especiales. Además, son bajos en grasa. Comprobado.
Luego de calentar sus comidas, ambas se sentaron juntas en una mesa.
—Mira, ¿qué tal si hoy por la noche vienes a mi casa y no pedimos nada de comer? —propuso Ruby en cuanto tomaron asiento—. Yo te cocino y tú me ayudas. ¿Qué dices?
—¿A tu casa? —masculló Nicole, algo azorada.
Su mente intentó procesar rápidamente lo que tal propuesta podía significar. Claro que podría ser directamente lo que decía: que la invitaba a su casa a que cocinaran juntas. O… el «invitarla a su casa» podría tener otras implicaciones.
¿Sería quizás el momento prudente para que ambas… estuvieran juntas? Giselle y Jaime ciertamente no ocuparon demasiado tiempo. Y, ¿qué hay de ella misma? ¿Estaba Nicole lista para eso, si es que ocurría?
«Bueno, que pase lo que tenga que pasar».
—Sí, estaría bien —asintió Nicole, sonriéndole, además, de oreja a oreja—. Aunque no estoy segura de qué tanta ayuda podría serte. Como dije, en realidad no se me da tan bien el cocinar.
—Bueno, lo descubriremos, ¿te parece? —propuso Ruby con tono juguetón, terminando con un sutil guiño de su ojo, que hizo a Nicole sentir pequeñas mariposas por lo que podría implicar ese solo gesto.
En serio, quizás debía dejar de sobreanalizarlo todo.
El resto de la comida siguieron hablando como de costumbre, enfocándose en especial en los diferentes encargos que le habían hecho a Nicole.
Ese día hubo una novedad, pues la Sra. Manders le había pedido que fuera a recoger a su hijo de diez años, que solo tendría clases medio día y cuya niñera tenía el día libre.
Hasta le había dado las llaves de su propio vehículo para que fuera.
Nicole se vio en la penosa situación de confesarle que no sabía conducir.
Eso era preferible a intentar conducir el coche de su jefa y estrellarlo por ahí.
A Cynthia no le agradó mucho, pero tuvo que ir ella misma por su hijo, cancelando una reunión.
Nicole temía que, de alguna forma, la editora terminara desquitándose con ella por la molestia; pero Ruby se encargó de tranquilizarla lo mejor que pudo.
Entre charla y charla, cada una había terminado su comida casi sin darse cuenta.
Cuando estaban a punto de terminar, Jaime ingresó al comedor.
Él no solía comer ahí nunca, pero en esa ocasión había bajado para comprarse algo dulce de la máquina expendedora.
En cuanto entró, sin embargo, su atención se fijó de inmediato en la mesa de Nicole y Ruby, y en cómo ambas conversaban tan animadamente, e incluso reían con algo de fuerza.
Jaime, sin darse cuenta, se quedó más tiempo del debido observándolas, pues algo se había formado en su pecho, y no era para nada agradable.
Se forzó a apartar su atención y dirigirse a la máquina expendedora, como era su misión original.
Sin embargo, no ayudaba mucho que dicha máquina estuviera, de hecho, relativamente cerca de la mesa de sus dos compañeras.
—Ya casi se acaba el tiempo —indicó Nicole, parándose de su asiento con el recipiente de su comida, ahora vacío—. Voy a tirar esto.