Capítulo 33
J usto como había dicho, Nicole se sintió mucho más entera una vez que estuvo en su departamento.
Dejó su mochila en la entrada, se retiró sus zapatos y se permitió caer de espaldas en uno de los sillones de la sala.
Quitado ya de encima el miedo provocado por sus dos viajes sobre Lirio, comenzó a meditar más detenidamente en la noche que acababa de tener.
«Estuvo bien, ¿verdad?», se preguntó a sí misma, sintiéndose, de hecho, algo insegura al momento de hacerlo.
Se había divertido mucho y disfrutado cada momento que pasó con Ruby.
Incluso los viajes en la motoneta, debía aceptar, tenían su encanto.
Pero ¿había sido lo mismo para Ruby? ¿Se había divertido igual?
¿Había disfrutado su compañía tanto como ella la suya?
Nicole no sentía que tuviera tantos temas de conversación interesantes, ni era tan divertida o graciosa como Ruby, ni tan lista para comprender fácilmente los juegos de mesa o las cosas de computación.
Una chica como Ruby, de seguro, podría agradarle y gustarle a quien fuera.
¿Por qué se interesaría en alguien tan… común como Nicole Gireld?
«Mal momento para ahogarme en inseguridades», se reprendió a sí misma con amargura.
Se giró en el sillón, recostándose sobre su costado y centrando su mirada en la pared lejana.
Quizás, de nuevo, solo estaba pensando demasiado las cosas.
Tal vez debía dejar de verlo como una primera cita, y solo como dos compañeras de trabajo, que salieron a pasarla bien.
En el mejor de los casos, ambas podrían volverse buenas amigas.
Eso no sería algo terrible en lo absoluto.
Ella sabía que una amiga le vendría bien en esos momentos.
Sintió el teléfono en su bolsillo vibrar, seguido del distintivo sonido que indicaba la llegada de un mensaje.
«¡¿Ruby?!», pensó emocionada, y, rápidamente, se paró y forcejeó con el pequeño bolsillo de sus jeans ajustados para sacar su celular.
Una vez que lo tuvo en las manos, rápidamente desbloqueó la pantalla, abrió la aplicación de mensajes y contempló el último mensaje recibido. Al ver de quién era, una mezcla de emociones le recorrió el cuerpo.
No era de Ruby… sino de Giselle.
Nicole se sentó de nuevo en el sillón y abrió la conversación con su vecina. El último mensaje recibido de esa noche decía solamente:
Giselle: Aquí, pensando en ti
—Sí, claro —masculló Nicole con amargura—. De seguro solo porque no ha conseguido con quién…
Su pensamiento quedó a la mitad al ver que, justo después de su mensaje, ahora Giselle enviaba una fotografía.
Esta tardó un poco en cargarse, por lo que Nicole se quedó observando, paciente, la pequeña animación de carga sobre el rectángulo gris.
¿Qué le estaba mandando? ¿Una foto de su cuarto de hotel o de la vista de la ciudad? ¿Un meme, quizás?
No tuvo que esperar mucho para descubrirlo, pues, tras unos cuantos segundos, la foto se volvió totalmente visible en su pantalla.
—¡¿Eh?! —exclamó atónita, parándose del sillón de un salto al verla.
La imagen era una fotografía, una selfie de Giselle, para ser exactos, tomada desde un ángulo elevado.
La diseñadora sonreía con picardía a la cámara, pero lo que más llamaba su atención era su blusa…
totalmente abierta y sin un sostén a la vista, por lo que dejaba a la vista, y en un increíble ángulo, sus pechos desnudos.
—¿Qué es esto…? —masculló Nicole, tragando saliva, nerviosa.
Por mero reflejo hizo aún más grande la fotografía para poder verla con mayor detenimiento.
Una vez que su atención logró apartarse de la desnudez de la mujer, contempló un poco más su alrededor.
Parecía estar sentada sobre la tapa cerrada de un inodoro, en el interior de un cubículo de paredes beige.
—¿Eso es un baño público?
¿Giselle se había metido a un baño público, quitado su brasier y abierto su blusa para tomarse una foto?
¿Ahí, quizás con otras personas a unos cuantos pasos de ella?
Bien, siendo un baño, en realidad no resultaba tan escandaloso si Nicole lo pensaba bien, y menos considerando lo que ambas habían hecho aquella noche del desfile en un baño muy parecido a ese de la foto.
—¿Por qué me extraña algo como esto, viniendo de ella? —susurró Nicole con voz baja, tomando asiento de nuevo—. ¿Y en serio me la habrá mandado solo a mí? ¿O también a sus otras «amigas»? ¿Espera acaso que le mande una foto mía como respuesta? Pues que siga esperando.
Decidida y firme, apagó la pantalla de su teléfono y lo colocó a un lado en el sillón.
Y como si intentara convencer a alguien (o a sí misma) de su convicción, se cruzó de brazos y se viró hacia un lado.
Así permaneció, callada y quieta… O quizás no tan quieta, pues su pie derecho comenzó a moverse con impaciencia contra el suelo, al igual que sus dedos a tamborilear contra su brazo.
No tenía mucho sentido, pero, aunque quisiera ocultarlo, lo cierto era que recibir esa foto le había parecido un poco… excitante. E incluso la idea de tenerla ahí guardada, como un pequeño secreto que solo ella sabía que estaba ahí, tenía un seductor atractivo.
Mantuvo la firmeza de su convicción por menos de un par de minutos, antes de no poder resistir más la tentación de volver a echarle un ojo a la fotografía.
Tomó entonces de nuevo el teléfono, lo encendió y volvió a abrir la fotografía en grande.
En esa ocasión, lo que captó más la atención de Nicole fue esa mirada en los ojos de Giselle…
Dios sabía que esos ojos, de alguna maldita forma, siempre la dejaban indefensa.
Suspiró con pesadez, colocó el teléfono un momento sobre la mesa de centro y, casi por inercia, dirigió sus manos a los botones de su blusa para comenzar a desabotonarla.
—No puedo creer que en serio haré esto —masculló despacio, con ironía.
En la escuela había escuchado a otras chicas hablar sobre que le mandaban fotografías de ese tipo a sus novios, e incluso videos.
Pero ella nunca había hecho tal cosa con Derek, ni él se las había pedido.
Y, definitivamente, ella tampoco se las hubiera mandado por iniciativa propia.
Era interesante ver que, en contraposición, ahora lo haría por Giselle sin cuestionárselo demasiado, y sin que ella lo hubiera requerido, en realidad.
¿Qué decía eso de ella? Una persona sensata quizás se detendría un momento a meditarlo.
«Al demonio. ¿Qué más da?».
Se retiró su blusa y su sostén, dejando ambos en el suelo.
Alcanzó entonces su celular y activó la cámara frontal.
No le resultó particularmente sexy verse a sí misma en la pantalla, pero intentó recostarse sobre el sillón y encontrar un mejor ángulo.
Tras varios intentos, creyó dar con una posición adecuada, con su espalda contra el sillón, sujetando el teléfono en alto con una mano, mientras que la otra la colocaba debajo de sus senos, empujándolos un poco hacia arriba.
Y, para complementar el autorretrato, intentó sonreír lo más alegre que pudo.
Tomó tres fotografías, y, entonces, dejó de posar. Pero por reflejo tomó de regreso su blusa y se la colocó encima antes de revisar las fotos. Las tres eran muy parecidas, pero solo la segunda le pareció lo suficientemente buena.
—Listo. Ahora…
Volvió a su aplicación de mensajes y estaba por abrir la conversación con Giselle, cuando un nuevo mensaje llegó en ese mismo instante y su corazón dio un vuelco. Este sí era Ruby.
Abrió apresurada la conversación con su compañera, en el momento justo en el que llegaba el segundo mensaje:
Ruby: Llegué a mi casa.
Ruby: Yo también me la pasé muy bien.
Y, antes de que Nicole pudiera terminar de procesarlos, un tercero llegó: un emoticón de una carita amarilla guiñándole un ojo.
Nicole no pudo evitar sonreír ampliamente al leer esas palabras. Era una buena señal, ¿cierto? Quería decir que en serio le había gustado pasar el tiempo en ella, ¿verdad?
Debía responderle rápido algo acorde a eso. Lo pensó por un rato y decidió no hacer nada demasiado intenso:
Nicole: Me alegra escuchar eso.
Nicole: Descansa.
Torció su boca en una mueca de desaprobación una vez que los releyó. Se sentían un poco secos. Necesitaba endulzarlos un poco más. Así que, al igual que Ruby, quien había mandado un emoticón, optó por hacer lo mismo, pero con uno distinto: uno de labios rojos, que simulaban un beso.
—Espero que no piense que es muy atrevido —masculló apenada, cubriéndose el rostro con una mano, como si temiera que Ruby pudiera verla de alguna forma a través del teléfono.
Se dispuso a ponerse de pie en ese momento, recordando al hacerlo que seguía desnuda de la cintura para arriba y que solo había estado sujetando su blusa contra su cuerpo. Eso, claro, le recordó también lo que se suponía que estaba haciendo hasta un momento antes de recibir los mensajes de Ruby.
—Ah, sí. La foto —masculló, dándose una pequeña palmada en su propia frente—. Será mejor que se la mande de una vez, antes de que me arrepienta.
Sin postergarlo mucho más, ingresó de nuevo a la aplicación de mensajes, con la conversación abierta, adjuntó la fotografía elegida y esperó a que se cargara.
Una vez que marcó que estaba lista, se sintió liberada de ese pendiente, así que dejó el teléfono sobre la mesa y se puso de pie, estirando un poco los brazos y las piernas.
—Bueno, hora de ponerme a hacer ese trabajo que dejé pendiente —se dijo a sí misma, con voz un poco aletargada. Lo que menos quería en esos momentos era ponerse a trabajar, pero, si no lo hacía, de seguro se arrepentiría el día siguiente.
Avanzó con paso calmado hacia donde había dejado su mochila, y ya casi había llegado a esta… Cuando se detuvo en seco en el momento justo en el que un pensamiento fugaz le cruzó por la cabeza, tan fuerte como si hubiera sido una bala atravesándole de lado a lado.
Su rostro se puso pálido de golpe, y, poco a poco, su expresión entera se fue convirtiendo en una pesada máscara de horror, mientras en su cabeza luchaba por formarse esa espantosa pregunta…
«Sí cambié de conversación antes de enviar la fotografía… ¿verdad?».
Pero, por más que lo intentaba, no recordaba en lo absoluto haber hecho tal cosa…
—Oh, no, no, no… —pronunció repetidas veces, presa del pánico.
Se dio media vuelta y, literalmente, corrió hacia la mesa de la sala, tomando apresurada su teléfono.
Sus dedos, temblorosos y nerviosos, batallaron para desbloquearlo y abrir la aplicación de mensajes.
Sin embargo, cuando logró hacerlo… solo confirmó su temor: había enviado su selfie en la conversación con Ruby, no en la de Giselle.
—¡No! —gritó con ímpetu. Posiblemente no hubiera gritado más fuerte si acaso alguien la estuviera matando en ese momento—. ¡Qué estúpida! ¡Qué estúpida!
Comenzó a moverse nerviosa por toda la sala, con el teléfono en sus manos.
Respiró hondo, intentando tranquilizarse y no dejarse llevar por el sobresalto.
Ninguno de sus mensajes estaba marcado aún como «visto», lo que significaba que aún tenía tiempo.
Si borraba la fotografía antes de que Ruby abriera la conversación, podría salir bien librada de eso; luego le inventaría alguna excusa.
—Borrar, borrar…
Sus dedos temblorosos y nerviosos de nuevo le jugaron sucio, impidiéndole presionar donde era debido, o, al menos, no lo suficientemente rápido. Y en el momento justo en el que estaba ya a un clic de borrar la fotografía… sus cuatro mensajes fueron marcados como «vistos» al mismo tiempo.
—¡Ah! —soltó de golpe, como un grito de horror, y, por mero reflejo, sus manos tiraron el teléfono lejos, casi como si este la hubiera quemado.
El dispositivo cayó al suelo, rebotó tres veces y, luego, aterrizó sobre la pantalla, para, justo después, deslizarse por el suelo hasta quedar debajo de la mesa del comedor.
Nicole se quedó helada en su sitio, observando el teléfono bajo la mesa, como si acaso se tratara de algún ser desconocido salido del armario. Por unos instantes, su mente y su cuerpo se negaron a aceptar que aquello había pasado, pero… por supuesto que sí ocurrió.
—¡No! —exclamó con fuerza una vez que logró reaccionar.
Se lanzó entonces como un bólido hacia debajo de la mesa, sacando rápidamente el teléfono.
Justo como se lo temía, la pantalla estaba rota.
Pero eso no era lo peor, pues, al momento de querer prenderlo, la pantalla se quedó totalmente oscura—.
No puede ser, no puede ser. Enciende, enciende…
Presionó el botón de encendido una y otra vez, intentó reiniciarlo, agitarlo, quitarle la batería y volvérsela a poner… Nada funcionó. Se había roto por completo.
—¡Ah! —soltó al aire, llena de frustración. Se dejó caer de rodillas sobre la alfombra de la sala, y presionó su rostro contra uno de los cojines del sillón—. Ahora Ruby creerá que soy una maldita degenerada. ¡¿Quién manda una foto como esa después de la primera cita?!