La chica del otro balcón Capítulo 32
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Capítulo 32

C omo habían acordado, Nicole y Ruby se encontraron a la hora de salida.

Igualmente, como ya casi era costumbre, a Nicole le habían dejado un par de encargos un poco antes de la hora de salida, pero decidió dejarlos pendientes y terminarlos en su casa; esto con tal de no tener a Ruby esperándola demasiado tiempo.

Confiaba en no arrepentirse de eso después…

Cuando ya casi había terminado de guardar sus cosas, pudo ver desde su lugar a Ruby saliendo de su oficina y cerrándola con llave. Luego avanzó en su dirección, con una amplia sonrisa en su rostro, pero con paso cauteloso, que parecía casi nervioso.

—¿Lista? —preguntó la jefa de TI con entusiasmo.

—Lista —respondió Nicole, colgándose su mochila al hombro.

Ambas caminaron juntas al elevador, y, estando ya tan cerca, Nicole no pudo evitar percibir el dulce aroma que surgía de su acompañante.

Era una fragancia dulce y discreta, bastante agradable en su opinión.

Nicole no recordaba haberla percibido esa mañana; ¿se la había puesto recientemente? ¿Justo para su salida juntas, quizás…?

Eso la hizo sentirse un poco culpable y pensó si quizás debería al menos ir al baño y peinarse un poco, pero consideró que sería descortés hacerla esperar. Igual, todo eso había sido algo espontáneo. La siguiente vez (si había alguna), esperaba tener más tiempo para prepararse.

—¿Cómo estuvo tu día? —le preguntó Ruby una vez que estuvieron las dos solas en el ascensor.

—Bien, ¿y el tuyo? —le respondió Nicole.

—Bien también. ¿Ya no tuviste ningún incidente con Jaime?

—No llamaría a lo de la mañana un «incidente…», pero no. Creo que ambos nos estamos ignorando mutuamente.

—Los rompimientos siempre son difíciles. ¿Segura de que estás de humor para esto?

—¡Claro que sí! —soltó Nicole rápidamente, quizás demasiado—. Quiero decir… Desde que me contaste sobre ese sitio me quedé con ganas de conocerlo.

—Espero no haberte causado demasiadas expectativas —rio Ruby.

—No lo creo. Y, bueno, la verdad es que más que nada quiero pasar un poco de tiempo contigo… ¿Y tú?

Esa pregunta, al parecer, tomó un poco por sorpresa a Ruby, y eso se volvió evidente en su rostro y en su vacilación al responder. Antes de que pudiera decir algo, fue salvada por el sonido del ascensor al llegar al estacionamiento E4 y por las puertas, abriéndose.

—Es aquí. Vamos —le indicó Ruby rápidamente, señalando hacia delante y apresurándose a salir.

A Nicole aquello le trajo un casi déjà vu de la otra noche en la que habían compartido ascensor y bajado en ese mismo nivel.

Y solo hasta ese momento, en el que sus pies siguieron a Ruby por mero instinto hacia afuera, logró recordar también un detalle de aquella noche que casi había bloqueado por completo…

—E… Espera… —murmuró Nicole, nerviosa, andando unos pasos detrás de su acompañante—. ¿Iremos en… tu…?

—En mi motoneta, por supuesto —respondió Ruby, con voz risueña.

Y mientras avanzaban, tras un pilar, se asomó casualmente el pequeño transporte lila de Ruby, al que esta llamaba cariñosamente «Lirio». O, como Nicole la llamaba en su cabeza desde aquella primera vez, «La Pequeña Máquina de Muerte Lila».

—¿En qué creías que nos iríamos? —preguntó Ruby justo después, con sorna.

—No, no, en nada —respondió Nicole, apresurada—. Digo, más bien, claro que sabía que nos iríamos en tu… motoneta… Era lógico, ¿verdad?

Aunque intentaba de alguna forma sonar calmada y serena, los nervios reales que la invadían eran bastante evidentes para cualquiera.

—No me digas que aún le tienes miedo a Lirio —señaló Ruby, burlona—. ¿Preferirías ir en taxi?

—¡No!, ¡claro que no! —exclamó Nicole, comenzando entonces a avanzar con firmeza hacia la motoneta—. No fue tan malo la última vez. De seguro que en esta ocasión ya lo tendré todo mejor controlado.

Terminó su comentario con una risa despreocupada, que igual no ocultaba del todo el dejo de nerviosismo detrás. Ruby solo rio y se encogió de hombros. Al menos ella parecía divertirse con todo eso.

Como la vez anterior, Ruby sacó su casco adicional del comportamiento bajo el asiento y se lo extendió.

Ya con el casco puesto, Nicole se sentó en la parte trasera, y cuando Ruby encendió el motor y este rugió, no pudo evitar soltar un pequeño gemido y, por reflejo, aferrarse firmemente a Ruby con ambos brazos.

Quizás con demasiada fuerza, en realidad.

—Descuida. Iré lento, ¿de acuerdo? —le informó Ruby con tono tranquilizador, justo antes de comenzar a moverse hacia la salida del estacionamiento.

—¡Más lento…! —exclamó Nicole desde atrás, con voz temblorosa.

En todo el trayecto, Nicole no apartó ni un poco los brazos de Ruby, ni tampoco su rostro de su espalda, pues, al parecer, le aterraba incluso mirar.

A Ruby esto no le molestó. Si eso hacía a Nicole sentirse más tranquila, Ruby no tenía problema con ello.

Intentó sacarle plática un par de veces para calmarla más, pero las respuestas de Nicole se limitaban a frases cortas, por lo que optaron por mejor permanecer en silencio la mayor parte del camino.

Por suerte para Nicole, el Game Bar se encontraba en una plaza no demasiado lejos de su edificio de trabajo, e hicieron un poco menos de diez minutos montadas en Lirio.

Solo cuando se estacionaron en uno de los cajones para motocicletas de la plaza y el motor de su transporte se apagó, Nicole se atrevió a alzar su rostro y apartar los brazos de su valiente conductora.

—No estuvo tan mal —murmuró despacio la interna, esbozando una sonrisa nerviosa.

—Vas mejorando —señaló Ruby con ligera ironía, mientras se retiraba su casco y, justo después, pasaba sus dedos por sus cabellos cortos para acomodarlos—. ¿Crees poder caminar?

—Claro, sí —respondió Nicole con escueta seguridad—. Estoy muy bien…

En cuanto se retiró del asiento trasero y plantó sus dos pies en el concreto, sus piernas temblaron, se doblaron y estuvo a punto de caer de sentón al suelo si no fuera porque Ruby se apresuró a sujetarla con firmeza antes de que ocurriera.

—Bueno, quizás ocupe un poco de ayuda…

Ambas comenzaron a caminar hacia las escaleras de la plaza, Nicole apoyada en Ruby para poder avanzar, al menos por poco más de la mitad del trayecto.

Para cuando comenzaron a ascender por los escalones automáticos hacia la primera planta, Nicole se sentía mucho más segura de pararse por su cuenta y avergonzada por dar tan lamentable espectáculo.

Más le valía acostumbrarse rápido a andar en motoneta y, así, dejar de hacer tanto el ridículo.

Además, a cómo veía sus finanzas a mediano plazo, si acaso quería dejar pronto de depender de los camiones o taxis (en especial ahora que no podía contar con el automóvil de Jaime, como antes), lo más realista sería adquirir un transporte parecido a esa Máquina de Muerte en un futuro próximo.

Ya en la primera planta, la atención de Nicole fue jalada hacia la fachada del Game Bar .

En general, parecía un establecimiento normal, como cualquier otro, pero el logo era colorido y animado, como si fuera el de una tienda de juguetes o algo parecido.

Además, tenía algunos decorados interesantes en sus ventanas, como dados, espadas, hachas, escudos, estrellas, lunas…

y otras cosas que Nicole no supo identificar bien a simple vista.

—¿Es aquí? —preguntó Nicole, aunque resultaba un tanto evidente la respuesta.

Al pararse en la puerta y echar un vistazo al interior, podía ver más decoración parecida al exterior, e incluso algunas antorchas de plástico en las paredes y tapiz de relieve de roca, como si quisieran imitar la apariencia de un calabozo o algo parecido.

Había varias mesas, algunas circulares y otras cuadradas, pero solo dos de ellas estaban ocupadas en esos momentos, una por un grupo de tres chicos y la otra por una pareja.

Tal y como Ruby le había descrito, en ambas tenían, en el centro, desplegado el tablero de lo que, en efecto, parecía ser un juego de mesa, con fichas, dados, tarjetas…

Además de vasos con bebidas y, en el caso del grupo de tres, un par de canastas con papas a la francesa.

«Bebidas, botanas y juegos de mesa; ¿a quién se le habrá ocurrido?», pensó Nicole, fascinada. En su pueblo natal, definitivamente, no había nada así, o, al menos, no que ella supiera.

—Estamos de suerte —indicó Ruby mientras avanzaban hacia la caja—. Como es lunes, la entrada es menor y hay menos gente.

—¿Se paga por entrar? —inquirió Nicole con curiosidad.

—Solo una pequeña tarifa de ingreso. Incluye la renta de los juegos, pero lo que pidas de beber o comer es adicional. Por esta ocasión, yo te invito, ¿de acuerdo?

—No, no es necesario. Yo fui la de la idea de venir…

—Yo te invité primero hace tiempo, ¿recuerdas? Anda. La siguiente vez me invitas tú.

—De acuerdo —respondió Nicole, riendo un poco—. La siguiente vez…

Una vez pagada la tarifa de ingreso por ambas, se dirigieron al estante de los juegos.

A Nicole le sorprendió ver tal cantidad de cajas, de tantos tamaños y colores, y algunas con formas singulares.

Casi todas tenían imágenes llamativas en sus tapas, pareciendo incluso pósteres de películas.

Antes de entrar ahí, no hubiera creído que existieran tantos juegos de mesa. Esperaba que no fueran tan complicados.

Ruby recorrió su mirada cuidadosamente por cada estante, buscando el juego adecuado para la ocasión, en especial considerando que eran solo dos. Tras un rato, pareció decidirse por uno, que se encontraba en una caja pequeña de color rojo.

—Creo que este se puede jugar de dos —indicó con una sonrisa, girándose y mostrándole la caja a Nicole. La tapa tenía una ilustración de aviones viejos de guerra—. Solo lo jugué una vez, pero fue muy divertido.

—Nunca lo había oído —musitó Nicole—. ¿Es muy difícil?

—La verdad, no recuerdo por completo todas las reglas… Pero las recordaré mientras las repasamos juntas, ¿te parece?