Capítulo 31
N i en todos los años de relación que tuvo con Derek, Nicole recordaba haber pasado por la montaña rusa de emociones que había sido cruzar su camino con el de Giselle Leblanch.
Los primeros días tras conocerla, la rehuía, temerosa tras haberla visto en su balcón con aquella primera chica.
Luego había desarrollado, casi de inmediato, una fascinación por ella tras verla esa segunda vez, que no hizo más que incrementar exponencialmente tras haber estado juntas esa primera vez en su departamento.
Después de eso, todo había ido bien, hasta que tuvo un duro bajón tras esa discusión que habían tenido sobre Jessica, en donde Nicole terminó dolida y, sobre todo, molesta.
Y, claro, Giselle, por algún motivo, dedujo que tener un trío con ella y Jaime lo solucionaría… y, extrañamente, había acertado.
Justo cuando parecía que todo estaba bien y que Nicole volvía a sentir esa misma fascinación por su vecina (o incluso algo más que eso), todo volvía a desplomarse con tan solo unas cuantas palabras.
Al menos, la vez anterior lo que sentía era enojo; podía lidiar con el enojo.
Pero lo que sentía en esos momentos… Ni siquiera sabía qué palabras usar para describirlo.
Ese lunes, Giselle salió temprano de viaje, como había dicho.
Antes de irse, sin embargo, al parecer se tomó un momento para dejarle a Nicole otra nota bajo su puerta, para que la encontrara al despertarse.
Nicole la descubrió en el suelo justo cuando ya iba de salida para el trabajo.
Esta decía, como siempre en la hermosa y delicada caligrafía de su vecina:
Espero pases una agradable semana sin mí. No tengo aún claro mi día de regreso. Si todo sale bien, quizás me tenga que quedar hasta el martes de la siguiente semana. Te aviso cualquier cambio.
Besos,
G.
Una parte de Nicole quería emocionarse por ese pequeño detalle y sentir las mismas mariposas que había percibido al leer la otra nota, la que Giselle había dejado en su buró al despertar el otro día.
Quería leer cada palabra una y otra vez, con la sonrisa embobada de una chica enamorada, imaginando la voz de la persona que las había escrito, pronunciándolas.
Quería contar los días en su calendario para que esa persona volviera, emocionándose cada vez porque su reencuentro estuviera más cerca.
Quería suspirar y mirar a la nada, mientras pronunciaba su nombre con anhelo…
Quería sentir todas esas cosas cursis que incluso, en alguna ocasión, Derek le había hecho sentir, aunque quizás habían sido más por su inexperiencia e inocencia que por él.
Pero esa mañana, al leer esa nota, y cada vez que el nombre o el rostro de su autora venían a su mente, inevitablemente terminaba recordando su última conversación y cómo le había sugerido, de esa forma tan poco sutil, que debía buscarse otra chica que no fuera ella para acostarse y, así, «probar».
Nicole había querido convencerse a sí misma de que no era para tanto, o de que incluso era una propuesta para bien. Que quizás Giselle solo quería convencerse de que a ella en verdad le gustaban las mujeres antes de que intentaran algo serio.
«Es una duda válida, ¿no?», se dijo a sí misma. «Ni yo misma estoy aún segura de qué es lo que siento. Giselle sabe más de estas cosas que yo. Quizás deba solo hacer lo que propone».
Pero, por más que intentara encontrarle el sentido a ese razonamiento, había una parte consciente y clara en ella que sabía muy bien la verdad. Giselle se lo había prácticamente dicho desde el mero inicio: ellas dos solo se estaban divirtiendo.
No eran novias, no eran amantes, nada más eran… amigas con derecho, si acaso. Sin compromiso ni obligaciones. Quien había actuado mal, haciéndose ideas de lo que podrían ser sin ninguna base, había sido justo ella. Así que no tenía nada que recriminarle…
Pero, aun teniendo eso claro, ¿qué se suponía que debía hacer exactamente de ahí en adelante?
O, más bien, ¿qué era lo que ella quería hacer en realidad?
¿Quería continuar con esa relación con Giselle, tal y como estaba?
¿Quería, de alguna forma, que esta fuera a algo más, a riesgo de perder eso que tenían?
O, quizás, lo que quería era algo diferente; algo que, para su pesar, podría no involucrar a Giselle en lo absoluto.
Tenía que tomar una decisión. Lo bueno era que tenía una semana, o un poco más, para poder tomarla. Por lo pronto, tenía que trabajar.
Por extraño que pareciera, en verdad pensó por un momento que el trabajo podría darle la paz que necesitaba, lejos de esos molestos líos de alcoba, si es que los podía llamar de esa forma.
Sin embargo, dicha paz le duró lo que tardó en entrar al vestíbulo del edificio de oficinas y, posteriormente, avanzar al área de elevadores.
Ahí, observando su teléfono con atención mientras aguardaba a que el elevador llegara a la planta baja, reconoció al instante a Jaime.
«Ay, no», pensó, atónita, deteniéndose en seco. Se había enfocado tanto en el asunto de Giselle que prácticamente se le había olvidado que también tenía su respectivo drama ahí, en el trabajo.
Pensó seriamente en darse media vuelta y volver sobre sus pasos antes de que Jaime reparara en su presencia.
En el fondo sabía que era una actitud más que infantil, pero bastante atractiva en esos momentos.
Sin embargo, no tuvo oportunidad de realizar dicha huida, pues, justo cuando el primero de sus pies retrocedió, Jaime alzó su mirada de la pantalla de su teléfono, mirando a Nicole a través del cristal de sus anteojos.
Nicole respingó un poco y el rostro del reportero, igualmente, se cubrió de sorpresa.
Era como si ambos, de forma ingenua, hubieran esperado de verdad no encontrarse con el otro ese día.
Pero estaba hecho, así que Nicole se forzó a pararse firme, intentar reflejar indiferencia y avanzar con paso calmado hasta pararse a un lado de Jaime a aguardar el ascensor.
—Nicole —la saludó Jaime, con voz cauta.
—Señor Hurt —le respondió la interna, con mucha más aspereza de la que se proponía.
Ninguno dijo nada más y siguieron en silencio, aguardando.
Otras dos personas se les unieron poco después, y los cuatro ingresaron juntos al ascensor.
Nicole y Jaime se pararon al fondo, manteniendo una prudente distancia.
Las otras dos personas conversaban entre ellos, ignorantes por completo de la nube de tensión que se formaba a sus espaldas.
Cuando los dos extraños se bajaron en el piso ocho y se quedaron de nuevo solos, Jaime tomó el valor suficiente para hablar:
—Escucha, esto es justo lo que quería evitar en un inicio —declaró con seriedad—. Dime, por favor, que podemos seguir siendo compañeros de trabajo, sin que se vuelva raro.
—Sí, por supuesto que sí —respondió Nicole, con una dolorosa frialdad—. Desde ahora seremos solo compañeros. Sin resentimientos.
—No suena a que realmente lo creas.
—¡Solo…!
Las palabras de Nicole se cortaron en cuanto el elevador llegó a su destino y las puertas se abrieron.
Un par de sus compañeros aguardaban ya del otro lado, de seguro para bajar.
Hicieron el intento de saludarlos, pero quedó solo en eso, pues Nicole pasó apresurada entre ellos, casi empujándolos.
Jaime se movilizó para alcanzarla, no sin antes disculparse por ella.
—Nicole, por favor —masculló Jaime con severidad.
—Solo dame un poco de tiempo, ¿sí? —soltó la interna con dureza, girándose hacia él para encararlo.
Jaime se detuvo de golpe, un poco intimidado por la intensidad que reflejaban sus ojos. Nicole respiró lentamente, intentando calmarse lo más posible. Y, con voz más baja y lenta añadió:
—¿Ocupas que haga algo del trabajo por ti en este momento?
—No, descuida —negó Jaime con solemnidad.
Nicole se limitó a asentir, darse la vuelta y caminar apresurada hacia su cubículo, sin mirar ni hablar con nadie.
Ese no había sido precisamente el inicio que esperaba para su día de paz, pero se esforzaría por dejar todo eso a un lado.
Así que se sentó en su silla y sacó su laptop.
Revisar su bandeja de correos, responder algunos, hacer algunas transcripciones mientras tomaba el horrible café de la cafetera, antes de que le pidieran que saliera a conseguir uno mejor a la calle… Eso era lo que necesitaba…
—Toc toc —escuchó que alguien murmuraba a su lado, sacándola de su concentración, que apenas intentaba arrancar.
Al girarse, fue recibida por la mirada de ojos curiosos y la amplia sonrisa de los labios pintados de rosado de la jefa de TI, apoyada contra el marco de la división de su cubículo con el de al lado.
—Ah, hola, Ruby —la saludó Nicole, con una media sonrisa—. ¿Necesitas algo?
La sonrisa de la mujer de piel morena se diluyó un poco. Soltó un pequeño suspiro y avanzó hacia el escritorio, permitiéndose apoyarse contra la orilla de este y pararse justo a un costado de Nicole.
—No quiero ser entrometida… o no demasiado —masculló Ruby, cruzándose de brazos—. Pero me pareció que estabas teniendo una conversación súper tensa con Jaime hace un momento, allá en los elevadores. ¿O acaso fue mi imaginación?
El rostro de Nicole se puso rojo de golpe y no pudo evitar agacharlo, rehuyendo de la mirada inquisitiva de su compañera.
—Qué pena —murmuró Nicole despacio, casi como si le doliera—. No es nada, en serio. Solo tuvimos un pequeño desacuerdo.
—¿Acaso pelearon?
Nicole alzó su rostro rápidamente al escuchar esa pregunta. La forma en la que la había pronunciado dejaba bastante clara su intención detrás de ella. Y si acaso le quedaba alguna duda, la mirada inquisitiva en los ojos de la mujer de cabellos rosas se lo confirmaba.
—¿Lo sabías? —murmuró Nicole, incrédula.
—Toda la oficina lo sabía —soltó Ruby, con tono risueño—. No eran precisamente muy discretos, ¿sabes?
—Oh, Dios —soltó Nicole de golpe, sonando, de hecho, más parecido a una maldición—. ¿La Sra. Manders también lo sabe?