La chica del otro balcón Capítulo 30
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Capítulo 30

G iselle había estado prácticamente toda la mañana frente a su tableta, trazando en limpio sus bocetos de vestidos largos, poniendo principal énfasis y esfuerzo en el amarillo con la espalda descubierta que tanto había convencido a Ricky, y plasmando en sus ilustraciones las diferentes vistas y posibles variantes.

Esperaba poder presentárselos el lunes, durante su viaje a Berghins, como él mismo había sugerido.

Entre las prendas que solía diseñar, los vestidos de fiesta eran los que más disfrutaba.

Y si lograba convencer a Ricky de este, sería el tercero, salido completamente de su imaginación, manufacturado por la marca Viscencio .

Debido a su contrato de trabajo, todo diseño que realizara, aunque fuera de su completa autoría, era propiedad de la marca.

Pero, a cambio de esto, algunos de esos diseños podían, en efecto, ser manufacturados y vendidos en las tiendas.

Eso, claro, adicionado a la pequeña comisión que se llevaba por ello.

Así que, al menos de momento, resultaba un buen trato para ella.

Y de este vestido en particular se sentía más orgullosa que de costumbre. Podría ser el mejor de sus trabajos a la fecha. Si hacía bien las cosas, podría incluso verlo en la pasarela, durante el desfile de otoño en Mirage. Ese sería, prácticamente, un sueño hecho realidad.

Tras varias horas de trabajo, su propia mano se rehusó a seguir moviéndose, exigiéndole a su manera que tomara un descanso.

Sin más remedio que obedecer, Giselle dejó la pluma digital a un lado, estiró los brazos hacia el aire y, luego, el cuerpo entero tras pararse al fin de su silla.

Sentía el cuerpo algo entumido. Tendría que ir a correr o al gimnasio más tarde para remediarlo.

O, quizás, buscar una forma más «divertida» de soltar el cuerpo.

Pero dudaba que fuera a tener el tiempo para eso.

Se dirigió a su cocina con su taza vacía y encendió la cafetera para preparar un poco más de café.

Acababa de accionarla cuando escuchó cómo alguien llamaba con fuerza a su puerta, haciéndola saltar un poco.

Aquellos golpes sonaban algo exasperados; quizás, incluso, un poco molestos.

Eso no le dio buena espina, pero de todas formas se dirigió a la puerta para, al menos, echar un vistazo de quién era.

Al mirar por la mirilla, se sorprendió un poco al ver del otro lado el rostro serio de Nicole, con una mirada dura e impaciente, que miraba en otra dirección.

«¿Habrá pasado algo?», se preguntó, un tanto confundida.

Sin dudarlo mucho más, quitó la cadena y el seguro, y abrió la puerta. Nicole se volteó de inmediato a mirarla.

—Nicole, ¿qué ocurre? —preguntó Giselle con voz cauta.

—¿Puedo pasar? —respondió Nicole, con tono un poco tajante.

—Sí, claro —le contestó Giselle, haciéndose a un lado para que pasara, y Nicole así lo hizo.

—¿Tienes compañía? —soltó Nicole de golpe en cuanto estuvo dentro del departamento, lo cual desconcertó a Giselle incluso más de lo que ya estaba.

—¿Eh?

—¿Tienes alguna otra chica aquí? —añadió la visitante inesperada, girándose a mirarla con severidad—. ¿Alguien con quien te estés divirtiendo?

—No —respondió Giselle entre risas, cerrando al mismo tiempo la puerta—. Te dije en mi carta que tenía que trabajar, y era en serio.

—Perfecto…

Sin decir más, Nicole se aproximó rápidamente hacia ella, la tomó del rostro con ambas manos y, antes de que Giselle pudiera reaccionar, le plantó un beso directo en sus labios con una voracidad y ansia que dejó a la diseñadora atónita.

La espalda de Giselle se pegó contra la puerta, mientras Nicole se presionaba con algo de fuerza contra ella, y sus labios se movían frenéticos contra los suyos.

Giselle logró sobreponerse, poco a poco, a la impresión inicial y reaccionar lo suficiente para comenzar a corresponderle su beso, alzar sus brazos y rodearla con ellos para atraerla contra ella.

Se quedaron ahí por un rato, sin decir o hacer otra cosa que no fuera sentir el delicioso roce de sus labios, e incluso la oportuna intromisión de la lengua de la otra.

Cuando al fin se separaron, sus respiraciones se encontraban agitadas, sus rostros sonrosados y sus ojos se miraban con desbordante anhelo.

—¿A qué vino eso? —preguntó Giselle, curiosa. Sus labios estaban aún lo suficientemente cerca de los de Nicole como para que se rozaran muy de manera ligera al hablar.

—No sé —respondió Nicole algo cortante, dándole al instante varios besos más—. Simplemente no quiero hablar, no quiero pensar —añadió entre beso y beso—. Solo quiero estar contigo. Lo necesito, por favor…

—¿Cómo negarme cuando lo pides así? —respondió Giselle con voz risueña.

Ambas se fundieron en un beso aún más apasionado, e incluso desesperado, que el anterior.

Se rodearon con sus brazos y comenzaron a recorrer sus manos por el cuerpo de la otra, mientras avanzaban a tropezones hacia la habitación.

Ya había cada una al menos dejado dos prendas atrás en el camino antes de que cruzaran la puerta.

Al parecer, Giselle sí iba a poder desentumir el cuerpo como quería.

Un par de horas después, y tras haber saciado como era debido el fuego que tanto carcomía a Nicole por dentro, ambas tenían ya la suficiente calma, física y mental, como para que la chica del departamento 80 explicara cuál era el motivo detrás de su repentino exabrupto.

Ambas se encontraban desnudas en la cama de Giselle.

La diferencia, sin embargo, era que Nicole estaba recostada plácidamente, con su cabeza contra la almohada y cubierta por la sábana blanca de la cintura para abajo.

Mientras que Giselle se encontraba sentada a su lado, con su espalda apoyada contra dos almohadas, su tableta contra sus rodillas y sus anteojos de trabajo puestos como único accesorio acompañando su desnudez.

Y mientras Nicole relataba todo lo sucedido con Jaime, la diseñadora escuchaba y pasaba la pluma digital por la tableta, mostrando increíble maestría para hacer las dos cosas al mismo tiempo sin mucha dificultad.

—Entonces, ¿terminaron? —preguntó Giselle, luego de que, aparentemente, la explicación de Nicole concluyera.

—Ni siquiera sé si puedo llamarlo de esa forma —masculló Nicole con amargura, mirando fijamente al techo—. No es como que fuéramos algo que pudiera terminar precisamente.

—Bueno, aun así, siento que debo disculparme —señaló Giselle—. No pensé que en verdad fuera a llegar tan lejos lo de ayer. Quizás me dejé llevar un poco por el vino y todo eso…

—Descuida. Fue mejor que pasara de una vez —contestó Nicole, sintiéndose, de hecho, un tanto indiferente—. Al igual que con Derek, esto me hizo ver cosas de Jaime que no me gustaron.

Hizo una pequeña pausa. Su entrecejo se contrajo, como si acabara de pasar por su mente el más complejo y extraño de los pensamientos.

—Pero me preguntó algo que me dejó pensando un poco —Nicole dijo de pronto, con una seriedad tal que Giselle se sintió forzada a despegar sus ojos de la tableta para voltear a mirarla—. Me preguntó si acaso era lesbiana, o bisexual, o… algo parecido.

—Oh —exclamó Giselle en voz baja. Se retiró entonces sus anteojos con cuidado y se permitió apagar un instante su tableta, aunque no la retiró de sus piernas—. ¿Y qué crees tú?

Esa era la gran pregunta, una en la que Nicole se había, prácticamente, resistido a pensar demasiado desde que dejó el departamento de Jaime.

Nunca había tenido la necesidad de ponerse una etiqueta que determinara qué era o no.

Era una persona y era una mujer; esos dos puntos los tenía claros.

Sin embargo, esas eran cosas que sabía desde que tenía memoria, aspectos de ella con los que había nacido y nunca había tenido que señalar explícitamente, y que todos a su alrededor siempre daban por hecho y no cuestionaban.

Pero… ¿Y si era algo más que la Nicole que todos habían conocido hasta ese momento, incluyendo ella misma? Y si ese fuera el caso, ¿qué era?, ¿qué nombre tenía? Y, ¿siquiera era necesario que le pusiera un nombre en específico?

—La verdad, no lo sé —Nicole susurró despacio tras un rato.

Lentamente se giró, hasta recostarse en su costado y ver a Giselle a su lado—.

Recuerdo que me lo llegué a cuestionar un poco cuando todo esto entre nosotras comenzó; pero, luego, ya ni siquiera había vuelto a pensar al respecto hasta ahora.

Claramente, los chicos guapos, como Jaime o Derek, no me son indiferentes.

Y, antes de conocerte, nunca me había cruzado por la cabeza estar con una mujer.

—Sabes que es completamente válido que te gusten ambos, ¿cierto? —comentó Giselle con tono ligeramente juguetón.

—Lo sé, lo sé. Pero… —Guardó silencio de nuevo, sus ojos totalmente fijos en Giselle, desbordando, sin que Nicole se diera cuenta, una casi palpable añoranza—. La verdad es que, en estos momentos, simplemente no puedo dejar de pensar en ti… y solo en ti…

El rostro de Giselle se mantuvo inmutable ante sus palabras, permaneciendo en sus labios esa pequeña y coqueta sonrisa, que, en esos momentos, a Nicole le pareció indescifrable, pues no era nada evidente qué era lo que le cruzaba por la mente en realidad.

—Ah, qué linda —masculló la diseñadora tras unos segundos—. Gracias.

Se colocó entonces de nuevo sus anteojos y se giró de regreso a su tableta. Y, sin decir nada, tomó una vez más su pluma digital y reanudó los trazos sobre la pantalla.

Nicole se sintió sin aliento por unos momentos. Esa no era precisamente la reacción que había imaginado, pero al menos tampoco era de completo desagrado. Y, si era honesta consigo misma, ¿qué reacción esperaba en realidad? ¿Qué era lo que intentaba decirle con esas palabras, en verdad?

Podía darle mil vueltas toda la noche si quería, pero la verdad era que, si quería que eso cambiara de alguna forma, quizás debía atreverse y ser (bastante) más directa:

—Oye, estaba pensando… —comenzó a susurrar despacio, desviando su mirada apenada hacia otro lado. Su dedo, inquieto, comenzó a dibujar pequeños círculos sobre la sábana—. Ya que lo de Jaime y yo terminó, quizás… solo quizás… tú y yo… podríamos…

—¿Sabes qué creo? —soltó Giselle de pronto, antes de que Nicole terminara su frase—. Tal vez lo que necesitas es un poco más de perspectiva.

—¿Perspectiva? —masculló Nicole, totalmente confundida—. ¿De qué hablas?

Giselle no tardó en explicarse, sin apartar su mirada ni la punta de su pluma de la pantalla:

—Me refiero a que, hasta ahora, solo has estado con dos chicos y conmigo. Quizás lo que necesitas es experimentar con otra mujer, y, así, averiguar qué es lo que sientes realmente.

—¿Qué? —exclamó Nicole, atónita, tanto que, por mero reflejo, se sentó completamente en la cama, mirándola con los ojos bien abiertos—. ¿Me estás sugiriendo acaso que… debería acostarme… con otra mujer?

—Es solo una sugerencia —respondió Giselle, encogiéndose de hombros—. Quizás así puedas, al fin, resolver si te gustan o no los hombres y las mujeres por igual. Que, como dije, cualquiera de las posibilidades es bastante válida.

—Pero… —balbuceó Nicole, notándosele dificultad en siquiera poder darle forma a sus ideas en la cabeza, no se diga en su lengua—. Hacerlo con otra mujer… Eso… —volteó a mirarla de reojo, casi con timidez—. ¿Eso… a ti no te molestaría?

—¿Molestarme? —soltó Giselle, acompañada de un pequeño rastro de risilla. Se giró levemente hacia Nicole, apenas lo suficiente para poder mirarla. Le sonrió entonces de manera despreocupada, y ladeó su cabeza hacia un lado—. ¿Y eso por qué habría de molestarme a mí?

Y tan tranquilas e indiferentes como aquellas palabras sonaban, resultaban, de hecho, bastante tajantes y directas para Nicole, diciéndole de sobra todo lo que tenía que decirle.

Aunque, en realidad, lo que hacían era recordarle algo que, se suponía, ya tenía bastante claro y que quizás solo se le había olvidado por un momento, debido a todas las emociones encontradas que tenía gracias al asunto de Jaime.

Pero la realidad era que eso que existía entre Giselle y ella era lo que era, y nada más.

Y hasta esa mañana estaba convencida de que estaba bien con ello, y de que era justo lo que quería y necesitaba.

Pero ahora, en ese mismo instante, en esa misma cama que Giselle y ella tantas veces habían compartido… comenzaba a no estar tan convencida.

—No, por nada… —murmuró despacio, bajando lentamente el cuerpo hasta recostarse de nuevo en la cama, justo como lo estaba hasta hace un momento—. Tienes razón. No sé lo que digo. Y sí, quizás… deba hacer eso que me sugieres.

—Podría ayudarte con eso, si gustas —señaló Giselle—. ¿Recuerdas a mi amiga Bárbara?

Nicole arrugó un poco el entrecejo como reacción inmediata a aquel nombre.

—¿La mujer rubia de pechos grandes?

—Esa misma. Una vez te dije que se llevarían bien, ¿lo recuerdas? ¿No quieres que las presente?

«¿Y que me acueste con ella?», pensó Nicole, no muy segura de cómo sentirse con tal propuesta.

—Suena tentador… Pero no, gracias…

—Como quieras —añadió Giselle, encogiéndose de hombros y volviéndose al instante de regreso a su tableta—. Podemos hablar al respecto con más calma cuando vuelva de mi viaje, si lo prefieres.

—Sí, por supuesto… —susurró Nicole en voz baja, aunque la verdad era que la idea de seguir hablando de eso no le atraía en lo más mínimo.

En otras ocasiones se había sentido un tanto molesta por la idea de que Giselle se fuera varios días y le resultara imposible verla, o, incluso, hablar con ella.

En esa ocasión, sin embargo, pensó que quizás ese tiempo que su vecina estaría afuera podría, incluso, hacerle bien.

Darle la oportunidad de pensar un poco las cosas, y, tal vez, decidir qué era lo que quería realmente.