Capítulo 29
L uego de dormir ese par de horas, Nicole y Giselle despertaron con bastante apetito.
En vista de que Jaime se había ido de esa forma tan abrupta, les tocó recalentar la cena que Nicole había ordenado y comerla entre las dos.
Jaime había dejado la botella de vino, así que decidieron aceptar su donación para amenizar un poco más su noche.
Fue un poco extraño para Nicole estar sentada en su comedor, completamente desnuda, con su compañía en la misma situación, comiendo y riendo de lo más natural. Como una pijamada, pero mucho más «divertida» que aquellas a las que había ido con anterioridad.
Luego de comer y reposar un poco, ambas volvieron a la cama, y de nuevo se tomaron su tiempo para explorar el cuerpo de la otra, con mucha más calma y delicadeza que la última vez, y, en especial, tomándose su tiempo ahora que solo estaban ellas dos.
Cada una terminó corriéndose en la mano de la otra, mientras se acariciaban mutuamente y se miraban a los ojos.
Tras esa segunda ronda, el cansancio del día y de esa noche terminó por caerles de golpe, y ambas volvieron a recostarse una al lado de la otra, Giselle a espaldas de Nicole, rodeándola con sus brazos y atrayéndola contra sí.
Nunca una de ellas se había quedado a dormir toda la noche en el departamento de la otra, y ciertamente a Nicole le agradó.
De hecho, le sorprendía lo bastante bien que había dormido, en realidad.
«Podría acostumbrarme rápido a esto».
Cuando los ojos de Nicole se abrieron, lo primero que captaron fue el ligero rastro de luz que entraba por la ventana de la habitación, entre las cortinas no cerradas en su totalidad.
Se quedó ida unos instantes, con su cabeza contra la almohada y su mirada fija en el ligero balanceo de las cortinas, y en el azulado del cielo que llegaba a captar a través de ellas.
Tardó unos segundos en reaccionar, pero, cuando lo hizo, se dio cuenta de que los brazos de Giselle ya no la rodeaban, como lo habían estado haciendo cuando cayó dormida.
Extendió una mano hacia atrás, buscando el cuerpo de su acompañante a tientas, encontrándose solo con el aire.
Se giró lentamente hacia atrás, y, en efecto, el otro lado de la cama estaba vacío.
Giselle no estaba.
¿Estaría en el baño? ¿Estaría en la cocina, preparando algo de desayunar? ¿O simplemente se había despertado primero y había decidido irse a su casa? Cualquier opción resultaba factible.
Seguía lo suficientemente dormida como para no poder pensar en ello demasiado, y, por mera inercia, volvió a pegar su cara contra la almohada en su posición original.
Antes de volver a cerrar los ojos, sin embargo, notó algo sobre el buró a su lado que le llamó la atención; al menos lo suficiente como para sobreponerse al sueño y sentarse con cuidado.
Era un pedazo de papel. Una hoja, al parecer de una de sus libretas, que usaba para el trabajo. Y tenía algo escrito en ella.
Nicole tomó la hoja, se recostó bocarriba y la sostuvo en alto, frente a su rostro para leerla. La caligrafía era hermosísima y le trajo rápidamente remembranzas de aquella otra nota que su misma autora había dejado bajo su puerta no hacía mucho. Aunque el mensaje era, de hecho, bastante distinto:
Tuve que irme temprano. Debo acabar un diseño antes de mi viaje del lunes.
No quise despertarte.
Descansa, hermosa,
G
Y, justo al lado de la «G», estaba marcado un claro beso con pintalabios rosado. Nicole reconoció el tono. Era uno suyo. De seguro, Giselle lo había tomado de su tocador. Y la hoja de su libreta de seguro la sacó de su mochila… ¿Acaso había estado esculcando sus…?
—Ah, claro —sonrió Nicole, más divertida que molesta en realidad—. Está bien. Me lo merezco.
Si lo peor que tenía que pagar por haber revisado su cajón es que Giselle le dejara una carta tan bonita, podía vivir con eso.
Nicole acercó el papel a su rostro y pegó delicadamente sus labios sobre el beso que Giselle le había dejado. Sabía que era un poco tonto, pero nadie la miraba, así que… ¿Qué más daba?
Durante el rato que pasaron juntas la noche anterior, y en especial mientras conciliaba el sueño, Nicole tuvo tiempo para repensar un poco su «relación» con Giselle.
Sí, no eran nada parecido a una pareja; no estaban enamoradas la una de la otra; no pedían exclusividad alguna, ni nada con lo que la gente describiría una relación amorosa convencional.
Sin embargo, todo eso no significaba que no hubiera cariño y respeto entre ambas.
Era quizás de un tipo diferente al que creía sentir con Derek, pero no por ello era menor.
Nicole podía sentirlo: para Giselle, ella no era solo una chica cualquiera, con la que deseaba acostarse y ya.
Nicole era «especial» para ella, a un modo particular y distinto…
«Pero no soy Jessica…».
Pensar de nuevo en la chica de esa foto y lo que Giselle había dicho de ella la hizo rememorar algo de la molestia que la invadía hasta el día anterior.
Sin embargo, intentó dejar dicho pensamiento a un lado de inmediato.
De lo contrario, sería casi como intentar pelear con un fantasma, y, encima, en una guerra en la que ella ni siquiera tenía cabida.
Quería estar con Giselle y ella igual; eso era lo que importaba.
No obstante, había otra persona que la tenía intranquila. Anoche habían sido tres en esa cama, al menos al inicio.
Nicole dejó la nota de Giselle en el buró y se estiró para tomar su teléfono. Se recostó bocarriba y se fue directo a revisar sus mensajes. Había uno de su madre, preguntándole cómo había dormido.
«Si supieras, mamá», pensó entre divertida y, quizás, un poco culpable.
Había un par más en un grupo de la oficina al que la habían unido, y uno más de vecinos del edificio. Y nada más.
Al abrir la conversación que más le interesaba, confirmó que los mensajes que había estado enviando desde la noche anterior seguían ahí.
Nicole: Hola, Jaime.
Nicole: ¿Estás bien?
Nicole: ¿Por qué te fuiste de esa forma? ¿Te molestó algo?
Nicole: ¿Estás bien? Contéstame en cuanto puedas, por favor.
Nicole: Ya me voy a dormir. En cuanto leas esto, déjame algún mensaje, por favor.
Nicole: Buenas noches.
Pero no le había respondido absolutamente nada. Ni siquiera se había dignado a leerlos. La buena noticia era que su última conexión se mostraba de esa mañana, más temprano.
«Bien. Al menos no está muerto», pensó con amargura, aunque de esa forma tendría alguna excusa.
Intentó llamarlo, pero, al igual que las dos veces que lo había intentado anoche, la mandó directo al buzón de voz.
Soltó, casi sin darse cuenta, una maldición al aire y dejó el celular a un lado en la cama.
Se quedó recostada un rato, mirando al techo e intentando entender qué era lo que le ocurría a Jaime.
La teoría que Giselle le había compartido la noche anterior, ciertamente, seguía rondándole en la cabeza, pero se esforzaba por hacerla a un lado lo más que podía, pues no creía que en verdad a Jaime pudiera molestarle algo como eso.
Una vez que logró pararse de la cama, se dirigió a darse una ducha rápida para limpiarse, pues aún sentía los rastros de todo lo que había hecho la noche anterior.
Se vistió solo con unas pantaletas limpias y una camiseta cómoda, que le quedaba un poco larga, y así salió de la habitación.
Ventajas de vivir sola a las que les había tomado el gusto rápido.
Intentó pensar más en qué haría para aprovechar ese hermoso sábado y ya no tanto ni en Giselle ni en Jaime. Este último, sin embargo, volvió a su mente en cuanto su mirada pasó fugazmente por la sala y notó algo debajo de la mesita de centro.
Se aproximó y se agachó para verlo de más cerca. No tardó mucho en reconocerlo: era la mochila de Jaime.
Recordó que, cuando llegó anoche, la traía consigo y la había colocado en el sillón a su lado cuando se sentó.
¿En qué momento se había caído ahí? No recordaba haberla visto cuando Giselle y ella estaban cenando, aunque tampoco había puesto mucha atención, en realidad.
Y, al parecer, Jaime tampoco, pues había salido tan despavorido que de seguro ni se dio cuenta de que la había dejado.
La sacó de debajo de la mesa y la abrió para echarle un vistazo rápido a su contenido. Lo que se temía: su laptop, cargador y una de sus libretas para notas. Prácticamente eran sus tesoros más preciados.
«Y ni así se digna a responderme mis mensajes».
¿No se había dado cuenta aún de que la había dejado? Lo veía difícil.
Se sentó un momento en el sillón, con la mochila sobre las piernas. Jaime le había dicho que pasaría el fin de semana pasando a limpio sus notas y estructurando su artículo; que ya pensaba incluso pasarle su borrador final a la Sra. Manders esa misma semana. ¿Cómo pensaba hacerlo sin esas cosas?
Y, a como pintaba el panorama, no parecía que se fuera a atrever a venir por ellas o pedirle que se las lleve.
—Con un demonio —soltó al aire, con una decisión que la sorprendió incluso a ella.
Sin más, se puso de pie y se dirigió de nuevo al cuarto para vestirse con algo más apropiado para salir a la calle.
Vestida y con la mochila de Jaime al hombro, Nicole tomó un taxi hacia el edificio de departamentos del reportero.
No se tomó la molestia de avisarle que iría, pues supuso que, de todas formas, no leería el mensaje, ni tampoco respondería su llamada.
Pero confiaba en que, una vez que le dijeran que estaba frente a la puerta de su edificio y que traía su mochila, no le quedaría de otra más que bajar y encararla.
Y si ni así daba alguna señal de vida… Bueno, no estaba segura de qué haría si eso pasaba.
Pero confiaba en que, dado el momento, lo descubriría.
Al bajar del taxi, se dirigió a la caseta del portero. Este alzó la mirada en cuanto la vio acercarse, y una amplia sonrisa alegre se dibujó en sus labios.
—Hola, señorita Nicole —le saludó el hombre, con evidente emoción, destanteándola un poco—. Qué gusto verla. ¿El Sr. Hurt la espera?