La chica del otro balcón Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

Nicole se vio forzada a dejar un momento a Jaime, para poder exhalar el espasmo de sorpresa, correspondiente a aquella repentina intromisión.

—¡Oye…! —replicó, sorprendida y algo exaltada, volteándola a ver sobre su hombro.

Giselle se asomó solo un poco desde detrás de ella, con esa sonrisita pícara que ya tanto le conocía.

—Tú sigue con lo tuyo —le respondió con total normalidad—. No te fijes en mí.

Y, sin más, volvió a lo que estaba haciendo, pegando sus labios y lengua contra ella, haciéndola temblar de nuevo.

—Es fácil… decirlo… —musitó Nicole, entrecortada, estremeciéndose por todo lo que le estaba haciendo. Sus dedos se apretaron contra las sábanas de la cama, y, sin darse cuenta, inclinó su rostro hacia delante, pegando su frente contra Jaime.

Nicole alzó su mirada como pudo para mirarlo.

Jaime la observaba desde arriba, con su mirada totalmente perdida y expectante.

Hubo algo en su expresión, repleta de absoluto deseo, casi suplicándole que siguiera, que la hizo sobreponerse y volver a lo que hacía hace un momento.

Lo introdujo una vez más a su boca, comenzando a moverse al mismo ritmo que Giselle recorría su lengua por ella, casi como si una cosa estuviera conectada a la otra.

De nuevo, su mente se «puso en blanco». Sus labios y su cabeza se movían en automático, ayudada en algún momento por las manos de Jaime, que le indicaban el ritmo exacto que debía seguir, mientras gran parte de sus sentidos se enfocaban solo en Giselle.

Todo eso era demasiado; muchos estímulos al mismo tiempo. Nicole sentía que se volvería loca, que no sería capaz de volver de ese absoluto estado de excitación y se perdería por completo en él.

Solo logró reaccionar unos segundos después de que Giselle decidiera apartarse de ella.

Luego, con delicadeza, tomó su cabeza y la apartó de Jaime.

El miembro de este salió de su boca, dejando un pequeño rastro húmedo entre ambos, que duró menos de un segundo.

Nicole abrió los ojos y lo contempló fijamente, palpitando a centímetros de su rostro.

—¿Qué deseas ahora, Nicole? —susurró Giselle, suave y cariñosamente, sobre su oído. Sus labios rozaron ligeramente la piel de su lóbulo—. Recuerda que estamos aquí solo para complacer lo que tú quieras, y nada más. ¿Lo quieres dentro de ti?

Nicole no era capaz de darle forma a las palabras en su boca, así que se limitó a asentir lentamente. Sí, lo quería dentro. Sentía el cuerpo ardiéndole, suplicándole porque lo hiciera. Aunque también quería que Giselle la siguiera lamiendo, besando, acariciando. Lo quería todo…

—Supongo que trajiste protección, ¿verdad? —escuchó que Giselle pronunciaba detrás de ella.

Su mente divagaba tanto que pensó, por un instante, que podría ser una pregunta para ella.

Pero no. Por supuesto que era para Jaime.

Este se apartó de la cama lo suficiente como para poder terminar de retirarse su pantalón, algo apresurado, al parecer.

Rebuscó en uno de sus bolsillos, sacando de este el pequeño cuadro de plástico oscuro.

En cuanto Nicole lo vio entre sus dedos, la expectativa de lo que vendría le cosquilleó.

Mientras Jaime comenzaba a abrir el pequeño paquete, Giselle tomó a Nicole con sus manos, hizo que se irguiera en la cama y la guio hacia ella.

Sin decir nada, la diseñadora dirigió su rostro al cuello de Nicole, comenzando a besarlo e, incluso, a morderlo un poco.

Nicole sintió, además, una de sus manos recorriendo su cuerpo, deslizándose sutilmente por la piel de su hombro y busto, jugueteando con sus pezones, dibujando círculos en su vientre, y, luego, bajó más, comenzando a estimularla con sus dedos en pequeños círculos, que resbalaban por todo su sexo mientras la exploraba.

Nicole se aferró instintivamente a ella con ambos brazos, pegando, además, su rostro contra su cabeza.

Su cuerpo volvió a temblar con violencia por cada roce de sus dedos, pero incluso un poco más, por la forma cómo jugaba en su cuello al mismo tiempo.

Era probable que, incluso, le fuera a dejar algunas marcas.

Nicole intentó igualmente recorrer sus manos por la suave piel de Giselle, al menos lo que alcanzaba.

Tenerla tan cerca, dejar que su dulce aroma le impregnara su nariz, o que su aliento le cosquilleara el cuello…

Sentía que podría haberse corrido en ese mismo instante sin problema alguno.

Sin embargo, cuando Jaime terminó de abrir el paquete y de colocarse el preservativo, Giselle retiró sus manos y su rostro, y se hizo hacia un lado con sutileza.

—Todo tuyo, Nicole —susurró ella con picardía—. Haz lo que te apetezca.

La mirada casi borrosa de la interna se giró hacia Jaime, contemplando su miembro erguido, envuelto en látex, aguardando impaciente. Se mordió sutilmente su labio inferior y llevó, de manera instintiva, ambas manos hacia su propia entrepierna.

«Haz lo que te apetezca».

Sí, definitivamente le apetecía que Jaime hiciera lo que bien sabía hacer con «eso». Pero también quería otra cosa. Eran tres en esa cama, después de todo.

Nicole se giró hacia Giselle, contemplándola con el mismo anhelo con el que miraba a Jaime, o incluso más.

Se aproximó hacia ella, gateando en la cama con movimientos casi felinos.

Giselle pareció un tanto confundida al ver esto, pero no le dio mucho tiempo de quedarse así.

Nicole prácticamente se lanzó contra ella, haciendo que quedara con su espalda contra las almohadas.

Dirigió su rostro de inmediato hacia su cuello, comenzando a besarlo con tanta voracidad como ella lo había hecho.

Bajó rápidamente por su clavícula, y, luego, más abajo, hacia sus pechos, que tanto le encantaban poder saborear, acariciar y sentir contra su rostro.

Sintió de inmediato cómo las repentinas estimulaciones comenzaban a surtir efecto en su cuerpo.

Con el tiempo que llevaban juntas, había aprendido a conocerla bien, quizás incluso mejor de lo que Giselle esperaba.

Bajó entonces sin mucha espera, acomodándose entre las piernas de su vecina.

Ella no la rechazó en lo absoluto, e incluso, consciente o no, las separó un poco más para que Nicole pudiera acomodarse mejor.

Fue evidente al instante que Giselle se encontraba en verdad húmeda, a pesar de que apenas la había llegado a besar.

Nicole sabía que a Giselle no le gustaban los chicos en lo absoluto, así que esa excitación tan sorprendente no podía ser por la idea del trío.

Quizás, y fueron solo suposiciones de Nicole, la estimulaba, de alguna forma, la idea de darle este «regalo» y ver cómo lo disfrutaba.

Pero Nicole quería que supiera que se lo agradecía, y que también le importaba que la pasara bien. Que la deseaba igual o más que a Jaime.

Nicole hundió su rostro entre sus piernas y comenzó a recorrer su lengua por ella del mismo modo que lo había hecho las veces anteriores, como había aprendido que le gustaba.

Giselle reaccionó casi de inmediato, arqueando un poco su espalda y soltando uno de sus habituales alaridos con fuerza al aire, que, en otra circunstancia, le hubiera preocupado a Nicole que los vecinos oyeran; pero en esos momentos, la verdad, le importaba muy poco.

Que oyeran todo lo que quisieran. Le daba igual.

Giselle hundió sus dedos entre los cabellos de Nicole, apretándolos solo un poco y empujando su rostro hacia ella.

Una sonrisa embobada adornaba el rostro de la diseñadora, mientras miraba, perdida, hacia el techo sobre ella.

Los dedos de su otra mano no tardaron en comenzar a jugar con uno de sus pezones.

«Dios, se ve tan sexy…».

Por supuesto, Nicole no se había olvidado de Jaime.

Sin apartar su rostro de Giselle, alzó su cadera en dirección a donde sabía que él se encontraba, y se apoyó en sus rodillas.

De cierta forma era una posición inversa a la que estaba hacía unos momentos, solo que quien se encontraba ahora detrás de ella era Jaime.

Este pareció captar de inmediato el mensaje que intentaba darle, pues, casi al instante, Nicole sintió cómo la cama se hundía cuando Jaime se subió a ella.

Lo sintió también posicionarse detrás, tomarla de sus caderas, y, en especial, percibió la punta de su miembro presionándose contra su entrada.

Y, por supuesto, sintió cómo este se deslizaba lentamente dentro de ella, hasta sentir cómo la llenaba casi por completo.

Nicole se estremeció, sonrió embobada, y el último pensamiento consciente que tuvo antes de que su mente se fuera de nuevo a blanco fue algo como: «Dios, sí… Esto es lo mejor…».

Jaime comenzó a moverse sin espera detrás de ella, y Nicole siguió estimulando con ansia el cálido y húmedo sexo de Giselle, totalmente perdida en las sensaciones que ambos le causaban, y en el sonido conjunto de sus dos voces, mezclándose en el aire mientras gemían por y para ella.

Ambos estaban ahí para complacerla, y ella estaba ahí para los dos.

Un grado de intimidad inusual que compartía al mismo tiempo que sus dos amantes.

Antes, nunca se hubiera podido imaginar haciendo algo así.

La Nicole de unos cuantos meses atrás se hubiera muerto del espanto al ver esa escena.

Quizás ella misma se espantaría si tuviera que verla desde los ojos de un espectador.

Pero no era un espectador; era el epicentro mismo de ese vaivén de sensaciones, sonidos y roces.

Se sentía tan deseada, tan estimulada… tan viva.