Capítulo 28
N icole se daría cuenta, no mucho después, de que nunca había comprendido del todo lo que significaba la expresión «poner la mente en blanco» hasta esa noche, hasta el momento en el que estuvo ahí, presionada entre los cuerpos de Jaime y Giselle al mismo tiempo.
No hasta que sintió claramente el calor que radiaba de ambos.
No hasta que percibió las manos de los dos (las grandes y fuertes de Jaime, junto con las delgadas y suaves de Giselle) recorriéndola por completo, encendiendo cada milímetro de su piel que lograban rozar con sus yemas.
No hasta que apareció la sensación de los labios de Jaime, besándola con una voracidad relativamente nueva en él, al mismo tiempo que los de Giselle recorrían, de forma juguetona, su cuello y nuca.
Fue un momento en el que no solo le resultó imposible pensar en algo de forma clara, sino uno en el que carecía de la facultad entera de cuestionarse si lo que estaban haciendo era bueno o malo, correcto o incorrecto.
Todos sus sentidos, todas las funciones enteras de su cuerpo, se fueron limitando única y exclusivamente a sentir cada caricia, cada beso, cada respiración de alguno de los dos sobre ella.
Era una sensación única, que nunca había sentido ni con Derek, ni con Jaime, ni siquiera con la propia Giselle.
El tiempo se escurría a su alrededor como arena entre los dedos.
No supo en qué momento las manos de Giselle se movieron, ágiles, hacia el frente y comenzaron a desabotonar su blusa, solo para deslizarla segundos después por sus brazos, para retirársela.
Tampoco fue consciente de cuándo Jaime desabrochó su falda y la deslizó por sus piernas.
Lo único que logró percibir fue a Jaime de rodillas ante ella, pasando su lengua por su abdomen y provocándole pequeñas y agradables cosquillas, que le recorrieron el cuerpo entero.
Cuando de su boca comenzaron a surgir pequeños gemidos, que no lograba controlar, Giselle tomó su rostro y lo giró hacia ella lo suficiente para poder besarla en los labios, introduciendo, además, sin mucho decoro, su lengua en la boca de Nicole.
Aunque al principio esta se sorprendió un poco, no tardó en recibirla con gusto.
Mientras ambas se besaban, Nicole sintió las manos de Giselle introduciéndose debajo de su sostén, comenzando a pasar sus dedos por sus sensibles pezones, y, casi al mismo tiempo, las de Jaime tomaron su ropa interior y la bajaron, de un solo tirón, hacia sus rodillas.
Una sensación fría tocó su entrepierna al sentirse tan expuesta, pero no duró mucho, pues, casi al instante, el rostro de su compañero de trabajo se hundió en ella.
Comenzó, en su lugar, a sentir cómo sus labios y lengua la recorrían por completo, haciendo que se estremeciera y tuviera que separar sus labios de los de Giselle para poder soltar unos cuantos alaridos al aire, más intensos que los anteriores.
Giselle no pareció molestarse por esto, e incluso rio cerca del oído de Nicole.
Justo después, los labios de la diseñadora se posaron contra su cuello.
Se quedó muy poco ahí, pues luego comenzó a dibujar un camino de besos desde su nuca, bajando por toda la línea de la columna, hasta bajar aún más allá de la cintura.
—Espera, ¿qué…? —masculló Nicole, sorprendida.
No fue capaz de terminar aquella queja, pues, al sentir los dientes de Giselle mordiéndole suavemente uno de sus glúteos, Nicole tembló y su voz se quebró.
Giselle se volvió, poco a poco, más osada en lo que hacía, de rodillas detrás de ella, mientras Jaime hacía lo suyo delante.
Y Nicole, por su parte, solo permanecía de pie, entre ambos, totalmente sumida en lo que ellos le hacían de manera simultánea.
Sus piernas temblaron, y, por un momento, pensó que se caería.
Y quizás hubiera sido así, si no fuera porque Jaime y Giselle la sujetaban cada uno por su cuenta.
En un momento, Nicole tuvo la suficiente conciencia para abrir los ojos y mirar al frente.
Notó entonces, con asombro, que las cortinas de las puertas del balcón estaban abiertas, y lo habían estado desde el momento en que Giselle ingresó por ellas.
Afuera estaba oscuro, y por ello, desde su perspectiva, se alcanzaba a ver mucho más que la silueta de su propio reflejo contra el cristal.
Pero sabía que, desde el otro lado, debería ser muy diferente, y aquello la preocupó un poco.
En esos momentos no había nadie en el balcón, ni tampoco en el de Giselle, así que, desde esa posición en la sala, resultaba imposible que alguien de alguno de los otros departamentos pudiera verlos… O eso quería pensar…
«No, no es posible», se dijo a sí misma.
«Al menos, claro… que alguien, desde el edificio al otro lado de la calle, mirara fijamente en esta dirección, o, quizás, si alguien estuviera usando un telescopio.
Entonces podría ver directamente lo que estamos haciendo…
Lo que Jaime y Giselle me están haciendo… ».
Una oleada de emociones se remolineó en el pecho de Nicole al pensar que alguien más pudiera ver cómo su compañero de trabajo y su vecina la estimulaban de esa forma; la posibilidad de que todo eso estuviera expuesto a los ojos de un completo desconocido.
Y aunque sabía que eso era poco probable, solo imaginarlo, en lugar de avergonzarla o hacerla sentir mal, hizo que su cuerpo se calentara aún más de lo que ya estaba…
«Quizás en verdad he estado pasando demasiado tiempo con Giselle…»
De todas formas, no pasaron mucho más tiempo en la sala.
En algún punto, Giselle, que desde el inicio pareció ser la que controlaba el ritmo de la situación, la guio de la mano hacia la habitación.
Y, como una repetición de la primera vez que estuvieron en su departamento, Nicole la siguió ciegamente, sin cuestionar.
La única diferencia era que, ahora, una tercera persona iba detrás de ellas, a una distancia segura.
Ya en el cuarto, Giselle se tomó el tiempo para retirarle a Nicole por completo su sostén, para ese momento bastante desacomodado; la última prenda que le quedaba encima.
Luego, prácticamente la empujó a la cama y se subió sobre ella.
Presionó su cuerpo contra el suyo, y la volvió a besar, ansiosa, en los labios.
Sus lenguas juguetearon la una con la otra, como dos viejas y conocidas amigas.
Una pierna de Giselle se había posicionado entre las de Nicole, y, ya fuera consciente o no, la presionaba contra su sexo, que, en esos momentos, se encontraba ya algo sensible por toda la estimulación que había recibido, tanto así que el mínimo roce resultaba quizá demasiado.
Una de las manos de Giselle recorría su costado de arriba a abajo, llegando también a rozar la piel ligeramente con sus uñas, como ella sabía que a Nicole gustaba.
Giselle se detuvo en algún momento, separándose de ella un poco.
Nicole buscó instintivamente sus labios de nuevo, sin resultado.
Abrió los ojos y notó que Giselle miraba hacia atrás.
Nicole miró en la misma dirección por mero reflejo, notando a Jaime de pie frente a la cama, con sus ojos bien abiertos mientras observaba, atento, lo que ambas hacían, pero sin acercarse demasiado.
Nicole no pudo evitar sonreír divertida. Al parecer, se había tomado muy en serio la instrucción que Giselle le había dado de solo mirar, a menos que ellas le permitieran lo contrario.
—Ven. Acércate, Jaime —indicó Giselle con voz seductora, retirándose de encima de Nicole.
Jaime obedeció, aproximándose hasta que sus piernas prácticamente toparon con la orilla de la cama. Nicole se sentó y volteó a verlo con más detenimiento, y, en especial, al promitente y más que notable bulto que se había formado bajo su pantalón.
Una sonrisita traviesa se dibujó en los labios de la aspirante a reportera y se aproximó con movimientos cuidadosos a la orilla, apoyando sus rodillas en la cama y dirigiendo sus manos escurridizas al botón del pantalón de Jaime, para, así, poder liberarlo.
Nicole pudo sentir cómo Jaime temblaba un poco ante los pequeños roces de sus dedos, y lo escuchó, además, exhalar un pequeño suspiro mientras le abría su pantalón por completo.
Con ambas manos, Nicole hizo el pantalón hacia abajo sin mucha espera, con todo y su ropa interior.
Jaime debió sentirse muy bien en cuanto aquella presión que se ejercía contra su miembro fue liberada al fin, y este pudo erguirse orgulloso y emocionado justo delante del rostro de Nicole.
Incluso se veía un poco más «orgulloso» y «emocionado» que de costumbre.
Puede que Giselle tuviera razón y que la idea de un trío lo excitara de verdad.
Jaime se había portado bien, siguiendo las reglas de Giselle hasta ese momento, así que Nicole pensó que se merecía una pequeña recompensa.
Sin dar alguna advertencia, comenzó a besarlo con delicadeza por todo su largo, pasando después su lengua, y, no mucho después, colocando la punta húmeda entre sus labios, para introducirlo un poco más hondo en su boca.
Nicole escuchó con gozo a Jaime gemir de forma placentera con cada uno de sus roces.
Cuando salía con Derek, Nicole siempre se sintió un poco desconfiada sobre cómo hacer ese tipo de cosas; pero Jaime y Giselle le habían ayudado a ser más segura de lo que hacía.
Y las reacciones de Jaime, como su respiración, sus gemidos o su mano, colocada suavemente en su cabeza, siempre le dejaban claro lo mucho que le gustaba, y eso le inspiraba a continuar.
Nicole estaba tan concentrada en lo que estaba haciendo que, por un instante, se había olvidado de Giselle, y esta no se lo perdonó.
Cuando menos lo pensó, Nicole sintió las manos de su vecina tomándola firmemente de sus caderas, y, un segundo después, su rostro hundido contra su húmeda cueva, comenzando a recorrer con delicadeza su lengua, directo en la entrada de joven interna.