Capítulo 27 #3
El rostro de Nicole se tornó aún más rojo que antes. Sus labios se separaron, quizás con la intención de decir algo, pero ningún sonido surgió de ellos. En su lugar, desvió su mirada hacia un lado, al parecer avergonzada.
—Oye —susurró Giselle con más delicadeza, y, con un dedo, la empujó por la barbilla, para que alzara de nuevo la mirada y la viera a los ojos—.
Dime que no te agrada la idea o que te estoy incomodando, y me detendré en este mismo momento.
Me iré por esa puerta… —señaló entonces hacia el balcón—.
O mejor por esa… —indicó justo después, señalando ahora a la puerta del vestíbulo, soltando una pequeña risilla—. Y prometo que ya no te molestaré más.
Nicole siguió sin decir nada por un rato más. Solo miraba perdida en los profundos ojos azules de la mujer.
¿La estaba incomodando? Por supuesto que sí.
Pero… ¿No le agradaba la idea? Eso no era tan fácil de responder.
¿Nunca había imaginado el escenario que le estaba proponiendo?
Bueno, decir «nunca» era, quizás, un poco exagerado.
Pero ¿un trío? ¿Uno real? ¿Ella, Nicole Gireld, en un trío?
Sonaba tan absurdo en su cabeza que casi le daban ganas de soltarse riendo.
Y, aun así, también le provocaba un cosquilleo inusual en todo el cuerpo el tomarse el tiempo de ponderar tal posibilidad.
Miró de reojo a Jaime. Este continuaba quieto, como estatua, como si temiera mover siquiera un dedo en esos momentos.
—¿Y si Jaime no quiere…? —preguntó Nicole, despacio.
El reportero reaccionó ligeramente al escucharse mencionado de manera directa.
—Oh, por supuesto que querrá. ¿O no? —ironizó Giselle, mirándolo también—. Todos los hombres fantasean, al menos una vez, con un trío con dos lindas chicas.
Jaime no respondió nada. Si acaso, aquello era, de alguna forma, una pregunta.
—Sin embargo, este tiene sus condiciones. ¿Oíste, Jaime? —comentó Giselle, con voz contundente.
Se apartó entonces un paso de Nicole y dirigió, de pronto, sus manos a la orilla de su blusa, jalándola hacia arriba para retirársela sobre su cabeza en un solo movimiento, repentino y rápido, que dejó a la vista un bonito y sensual sostén violeta de encaje.
Además de, por supuesto, dejar boquiabiertos tanto a Jaime como Nicole, en especial por lo súbito de aquello.
—La primera, y más importante, es que no creas ni por un segundo que esto se trata de ti —señaló Giselle justo después, con firmeza—. Esto es sobre Nicole. Tú y yo estamos aquí para complacerla a ella, y hacer solo lo que ella desee, y hasta dónde ella quiera llegar.
Dejó caer su blusa al suelo y dirigió de inmediato sus manos al cierre de su falda, abriéndolo para dejarla caer por sus piernas, revelando la pequeña pantaleta al juego con el sostén. Nicole y Jaime observaban, en absorto silencio, cada uno de sus movimientos.
—Y la segunda —prosiguió—: a mí no me gustan los chicos. Ninguno. Y eso te incluye a ti, por supuesto. Así que no te atrevas a ponerme encima ninguna de tus manotas, o te la cortaré. Y eso también va para tu «ya sabes qué».
Hizo hacia un lado la falda en el suelo con sus pies, y siguió, entonces, con el broche de su brasier, liberándolo con un par de movimientos de sus dedos.
—Sin embargo —mencionó Giselle, mientras pasaba cada tirante de su brasier por sus hombros y brazos, para, después, retirárselo por completo, dejando su busto expuesto al aire, sin la menor vergüenza—.
Puedes ver todo lo que quieras —indicó, recorriendo una mano por sus largos cabellos negros para hacerlos hacia atrás—.
Que al fin y al cabo eso no hace daño, ¿verdad?
Se giró en ese momento hacia Nicole, que la observaba con sus ojos bien abiertos, casi como si fuera la primera vez que la veía en esas condiciones. Claramente no era así, pero había algo un poco… diferente en Giselle, que la dejó simplemente deslumbrada. Era como intentar mirar directo al sol.
Giselle la volvió a rodear con sus brazos por el cuello y la atrajo hacia sí para besarla, aunque esta vez con mucha más delicadeza.
Y, además, Nicole le correspondió completamente, incluso abrazándola también para pegarla más contra ella.
Se quedaron unidas por varios segundos, antes de que la falta de aire las obligara a separarse apenas un poco.
—¿Estamos claros? —cuestionó Giselle, virándose de nuevo hacia Jaime.
Este las observaba atento desde su posición, firme y estático… pero con la excitación desbordando por su mirada como lava ardiente.
—Tomaré tu silencio como un «sí». Entonces, ¿por qué te quedas ahí parado? Decídete: ¿quieres participar o mejor te vas? Cualquiera de las dos a mí me da igual.
Nicole volteó a ver a Jaime, y ella pudo notar su titubeo más que evidente.
Sin embargo, sin que ella misma fuera consciente de ello, sus propios ojos, al verlo, reflejaban un ferviente y embriagador anhelo, que le gritaban en silencio que, por favor, aceptara…
Y esto a Jaime simplemente lo dejó indefenso.
Aun sin decir nada, se retiró con cuidado sus anteojos y comenzó a avanzar hacia ellas.