La chica del otro balcón Capítulo 27
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Capítulo 27

N icole quedó mucho más alterada de lo que le gustaría admitir tras la rápida visita de Giselle.

Una vez que se fue, estuvo caminando de un lado a otro por el departamento, respirando de manera agitada y cuestionándose por lo bajo si acaso había exagerado un poco en su reacción.

Después de todo, Giselle tenía motivo para estar molesta.

Nicole, en efecto, sí había esculcado sus cajones sin permiso y sacado a la luz ese tema que, evidentemente, le afectaba.

Aun así, eso no le daba derecho a decirle las cosas que le dijo.

Sin embargo, en el fondo ese no era el verdadero problema, y ella lo sabía.

Nada le impedía haber aceptado sus chocolates de disculpa y dejar todo eso pasar.

Aquel conflicto no era, ni de cerca, tan grave como los que había llegado a tener con Derek, y siempre se habían perdonado con menos que unos chocolates costosos (excepto por esa última discusión, que terminó por separarlos, literal y figurativamente).

Pero las palabras de Giselle, además de molestarle, le hicieron ver la relación que tenían desde otra perspectiva, de una forma un tanto dolorosa.

¿Podía siquiera llamar a eso una «relación»?

Así era como Giselle incluso lo había llamado hacía un momento: «este tipo de relación».

Si bien no era algo exclusivo y formal, y mucho menos con planes a casarse a futuro, como lo fue con Derek, lo cierto es que sí existía un tipo de confianza y respeto, y una sensación de seguridad incluso mayor que la que solía tener cuando estaba con Derek.

Y, más importante aún, la certeza de que, a pesar de todo, la una era importante para la otra.

O, al menos, eso había creído.

No sabía qué tanto de lo que Giselle había dicho esa noche era solo por enojo y qué tanto era, de hecho, real.

Había estado pensando repetidas veces en eso durante esos días, sin llegar a una conclusión.

Y quizás, en parte, no quería saber la respuesta.

Tal vez por eso le había cerrado a Giselle la puerta en la cara.

No quería darse cuenta, sin lugar a duda, de que, en realidad, todo eso había sido para Giselle una diversión, y ella solo un sustituto de la tal Jessica.

Y si esos eran los términos de esa «relación», estaba segura de que no era lo que quería. Y, entonces, ¿qué era lo que quería en realidad?

«Esa es siempre la GRAN pregunta, ¿cierto? ¿Qué demonios es lo que quiero? Ojalá lo supiera».

Escuchó el timbre del intercomunicador sonar en ese momento, haciéndola sobresaltarse nerviosa, como si le hubieran picado las costillas.

Se apresuró rápido al vestíbulo, en donde se encontraba el comunicador empotrado a la pared, y presionó el botón para abrir la comunicación con el panel en la primera plana:

—¿Sí?

—Hey, Nicole —se escuchó la voz de Jaime, surgiendo de la bocina—. Ya estoy aquí.

—¡Hola! —exclamó con fuerza; quizás con demasiada—. Enseguida te abro la puerta. Empújala en cuanto oigas el pitido. Recuerda, es el piso diez, departamento 80.

—Lo tengo.

Nicole cortó la comunicación, y, en su lugar, presionó el botón electrónico que se encargaba de abrir la puerta a los visitantes.

Se tomó entonces un segundo para respirar hondo y darse unas cuantas palmadas en las mejillas con ambas manos.

Tenía que despejar su mente de todo ese asunto con Giselle y concentrarse en su velada con Jaime.

Quizás lo de ellos tampoco era algo exclusivo ni formal, pero al menos sabía que Jaime sí la apreciaba y respetaba… o, al menos, eso sentía.

Como fuera, una noche tranquila era lo que necesitaba para dejar ese asunto atrás.

Aguardó paciente hasta que su invitado llegara.

Cuando escuchó sus nudillos tocar contra su puerta, unos pocos nervios se agruparon en su estómago, pero no dejó que la inmovilizaran.

Se aproximó con paso apresurado hacia la puerta, abriéndola rápidamente.

Ahora sí, del otro lado se encontraba la persona que esperaba, con su cabello rubio un tanto desalineado, pero con el que aun así se veía bien; sus anteojos redondos de armazón delgado, una camisa rosa salmón y unos pantalones oscuros, que le ajustaban lo ideal.

Y, adicional a ello, sujetaba en sus manos una botella grande de vidrio que, claro, Nicole no esperaba.

—Hola —la saludó Jaime con voz moderada.

—Hola. Pasa —pronunció Nicole, sonriente, haciéndose a un lado para abrirle el paso.

Jaime aceptó su invitación, ingresando sin más dilatación al departamento.

—Hey. Sé que dijiste que no trajera nada, pero supuse que esto nos podría servir —indicó el reportero, alzando la botella que traía hacia ella.

Nicole la tomó con cuidado y le echó un vistazo a su etiqueta. Era vino blanco…

«Su bebida predilecta», pensó Nicole, sin poder evitar, al parecer, que Giselle viniera a su mente de una u otra forma.

Intentó disimular aquel pequeño desliz, ensanchando aún más su sonrisa despreocupada.

—Bueno. Es excelente, porque no sé elegir vinos —pronunció con tranquilidad y cerró la puerta justo después—.

Pues, bien, este es mi humilde departamento —indicó cuando ambos ya habían dado dos pasos más adentro y tenían visibilidad directa de la sala y el área de la cocina—.

No es tan grande o bonito como el tuyo, pero es cómodo…

—No digas eso. Está increíble —comentó Jaime, retirándose de su hombro su mochila, en la que, al parecer, por lo pesada que se veía, debía al menos traer su laptop—. Es genial que tu tío te lo rente por tan poco.

Nicole asintió.

—Bueno, siéntate y ponte cómodo —sugirió Nicole, señalando hacia la sala—. Yo abriré la botella… si encuentro un destapacorchos —susurró muy despacio aquella última parte, esperando en verdad tener uno por ahí, pues ni de broma iría a pedirle el suyo a Giselle.

Jaime hizo lo que le indicó, avanzando hacia uno de los sillones y tomando asiento, colocando la mochila a un lado. Mientras tanto, Nicole comenzó a esculcar los cajones y gavetas de la cocina en busca de un sacacorchos, o algo que lo pudiera reemplazar en la tarea que debía hacer.

—Espero que no te moleste, pero no soy precisamente muy buena cocinera —comentó Nicole en alto desde la cocina—. Así que pedí la cena a un restaurante italiano, que está aquí cerca.

Sobre la mesa del pequeño comedor, había una bolsa con algunas charolas de unicel que contenían la comida. Esta había llegado unos minutos antes de la visita repentina de Giselle.

—Está totalmente bien —respondió Jaime, despreocupado—. En especial considerando que, siempre que vas a mi departamento, te alimento con pizza. Así que no es que pueda ponerme muy exigente.

—Bueno, entonces espero que te gusten los ravioles.

Tras ser claro que no encontraría la herramienta correcta, Nicole optó por tomar un cuchillo alargado y filoso. Eso, de seguro, funcionaría. Colocó la botella sobre la barra de la cocina y la punta del cuchillo contra el corcho para perforarlo.

—Oye, ¿segura de lo que haces? —musitó Jaime con preocupación, parándose del sillón con alerta.

—Sí, descuida —declaró Nicole, con aparente confianza—. Ya lo he hecho antes.

Por supuesto, mentía; nunca había hecho nada como eso antes. Pero no quería quedar como alguien tan poco curtida en ese tipo de reuniones como para no tener un sacacorchos, y mucho menos tener que pedírselo a su vecina. Así que solo le quedaba arriesgarse un poco.

Introdujo el cuchillo, como si fuera un clavo, hasta que penetró unos cuantos centímetros en el tapón de la botella. Luego intentó girarlo con una mano, sin obtener muchos buenos resultados en un inicio, por lo que decidió aplicar algo más de fuerza.

Jaime ya se estaba aproximando desde la sala, de seguro para echarle una mano, cuando el cuchillo se resbaló hacia un lado, rosando su filo por la mano de Nicole, en el área entre su dedo pulgar e índice.

—¡Ah! —Nicole exclamó con fuerza, apartándose de la barra y presionando la parte herida con su otra mano.

—¿Estás bien? —cuestionó Jaime, alarmado, acercándose con más rapidez hacia ella.

—Me corté un poco —indicó Nicole con una marcada mueca de dolor en su rostro.

—Déjame ver —le solicitó Jaime.

Un poco a regañadientes, Nicole soltó su mano y se la extendió. Jaime la contempló con detenimiento. Unas pequeñas gotas de sangre surgían de la herida, pero nada que se viera demasiado grave.

—Parece superficial.

—Sí, no es nada —indicó Nicole, restándole importancia y retirando su mano—. Déjame ir a limpiarme y a ponerme un curita. No tardo.

Sin soltar su herida, comenzó a andar rápido hacia la habitación para, así, buscar algo en el botiquín de su baño.

Una vez solo, Jaime decidió tomar un momento para descubrir si podía tener mayor suerte destapando la botella.

De haber sabido que tendrían esa dificultad, hubiera traído alguna botella con taparrosca, o una con esos tapones de plástico más fáciles de quitar.

Como no quería ser el siguiente en herirse, decidió intentar ver si podía empujar el corcho hacia arriba con sus dedos, una tarea que, notó de inmediato, no resultaría tan sencilla.

A mitad de su labor, le distrajo escuchar un extraño golpeteo, que, en un inicio, no identificó bien de dónde venía.

Parecía como alguien llamando a la puerta, pero no parecían golpes contra madera.

La segunda vez que sonaron, lo tuvo más claro: eran golpes contra cristal, y venían de detrás de las cortinas de la sala.

Un tanto confundido, y quizás un poco asustado, dejó la botella sobre la barra y se dirigió a las cortinas. Con cuidado, recorrió una hacia un lado. Un rostro le sonreía desde el otro lado de la puerta de cristal, haciendo que el reportero se sobresaltara un poco hacia atrás.