La chica del otro balcón Capítulo 26
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Capítulo 26

E sa noche, Nicole tomó un taxi para llegar más rápido a su casa, luego de salir del trabajo.

Aunque, para su gusto, no había sido lo suficientemente rápido.

Aún no estaba segura de cómo había ocurrido, pero, de un momento a otro, mientras charlaba con Jaime a la hora de la comida, surgió de nuevo el tema de que siempre se veían en el departamento de él y que nunca lo había invitado a ir al suyo.

De ahí no tenía claro si ella lo terminó invitando o si él acaso se invitó solo, pero el orden no afectaba el resultado, pues habían acordado verse esa noche ahí, para variar.

Y debía ser esa noche, pues, al parecer, Jaime estaría ocupado el fin de semana redactando y dándole forma a sus notas.

—No hay problema —había dicho Nicole, confiada—. Será divertido.

No tenía tampoco idea de por qué había dicho eso.

Por suerte, Jaime se había ausentado toda la tarde y dijo que no volvería para antes de la hora de la salida, así que la vería en su departamento más tarde.

Eso era malo, ya que, de la otra forma, él podría haberla traído a casa y se hubiera ahorrado el taxi; pero también era bueno, porque eso le daba una hora y un poco más para llegar a su departamento, arreglar y limpiar lo mínimo para que este se viera presentable, ordenar la cena y darse un baño rápido.

A veces, a Nicole le sorprendía a sí misma lo eficiente que podía ser bajo presión, pues, a pesar de tener el tiempo en contra, había logrado hacer todo lo que se propuso, e, incluso, con algo de tiempo de sobra.

Si acaso le había faltado trapear un poco, pero una buena barrida fue igual de efectiva.

Al salir de la ducha, se apresuró a secarse el cabello y a ataviarse con una ropa más acorde a la velada.

Su atuendo elegido se compuso de una blusa blanca de mangas cortas y los hombros descubiertos, y una falda corta de mezclilla, que se había comprado hacía relativamente poco.

Y, claro, cuidó igual la ropa interior elegida: unas pantaletas y sostén nuevos a juego, rosados y con encaje, bastante sexis, al menos desde su perspectiva.

Al verse al espejo ya vestida, peinada y solo con unos pequeños trazos de maquillaje, debía aceptar que le agradaba cómo se veía.

Muchas cosas habían cambiado en ella desde que vivía ahí.

Antes, siempre había usado ropa mucho más modesta y solía no pensar demasiado en su propio cuerpo, o si este era atractivo o no.

Se limitaba a confiar en las palabras de Derek cuando le decía que se veía bien o que era bonita, y nunca se preocupaba por pensar más allá de ello.

Pero ahora se había vuelto un poco más consciente de sí misma, y podía verse en un espejo y en verdad decirse que la chica que miraba al otro lado era en verdad un «bombón apetecible»…

Quizás no con esas palabras exactas, pero igual tenía clara la idea.

Escuchó, de pronto, que alguien llamaba a la puerta del departamento, haciéndola saltar en su sitio y sacándola abruptamente de su introspección.

—¡Ya voy! —exclamó con fuerza, y se apresuró rápidamente a ir, con sus pies descalzos por el suelo recién barrido hacia la sala, hacia el recibidor—. Un segundo, Jaime. Ya casi estoy lista…

Retiró rápidamente la cadena y el seguro de la puerta, bastante confiada de que se trataba de la persona que esperaba.

Tanto así que ni siquiera se tomó la molestia de mirar por la mirilla, o detenerse a caer en cuenta de que Jaime no podría haber entrado al edificio a menos que ella le abriera la puerta de abajo por el intercomunicador.

En retrospectiva, todo aquello tendría bastante sentido, y no tendría que haberle extrañado tanto que la persona al otro lado de la puerta no fuera él.

Pero, como fuera, inevitablemente aquella aparición repentina frente a su puerta la terminó dejando sorprendida y bastante nerviosa…

—¿Giselle? —pronunció Nicole en voz baja, no estando segura en realidad si lo había dicho.

Su vecina se encontraba de pie frente a ella, sonriéndole ampliamente de oreja a oreja, mientras sujetaba, en sus manos delante de ella, una caja blanca con un lazo rojo, en la cual Nicole aún no había reparado del todo.

—Hola. Qué bonito atuendo —señaló Giselle, echando un nada discreto vistazo a su ropa—. ¿Acaso me estabas esperando?

—¿Qué? —masculló Nicole, confundida. Bajó ella también la mirada hacia sus ropas y se apresuró, por mero reflejo, a mover la puerta solo un poco para ocultar la mitad de su cuerpo detrás de esta, sin ser, de hecho, muy efectiva en ello—. No, no… Yo… Estoy esperando a alguien más.

—¿A tu amigo del trabajo? —preguntó Giselle, con tono curioso.

—Eso no te incumbe —le respondió Nicole con sequedad—. ¿Qué querías?

Giselle suspiró con profundidad, se paró firme y extendió la caja que sujetaba hacia ella. Solo hasta ese momento, al tener la caja justo frente a su rostro, Nicole la observó con mayor detenimiento.

—Solo quería darte estos chocolates —declaró Giselle con tono juguetón—. Para que hagamos las paces.

—¿Chocolates? —masculló la interna, y, con cierta vacilación, tomó la caja y le echó un vistazo.

La caja no era solamente blanca, sino que tenía algunos detalles dorados y rosados.

En la tapa superior tenía una película transparente, a través de la cual se podía ver parte del contenido.

Eran varios chocolates, quizás unos veinte, pequeños, pero cada uno con forma y decorado diferente.

Algunos se veían con nuez; otros eran chocolate oscuro, chocolate blanco; incluso uno con forma de conejo… De todo un poco, al parecer.

—Se ven costosos —indicó Nicole, más sorprendida que encantada.

—Te aseguro que lo son —asintió la diseñadora—. Pero eso no importa. El caso es que ya no estoy molesta por lo sucedido, y no quiero que estemos peleadas.

—Tú ya no estás molesta —repitió Nicole en voz baja, volteándola a ver justo después, entornando un poco los ojos—. Entiendo… Entonces, ¿te retractas de lo que dijiste?

—¿De lo que yo dije? —musitó Giselle despacio, sonriendo e inclinando su cabeza un poco, casi como si quisiera darle a entender que no sabía de qué hablaba, algo que Nicole no le creía ni un poco.

—¿Necesitas que te lo repita? Bien. Déjame pensar —Nicole apoyó su cabeza contra la orilla de la puerta, y alzó su mirada al techo, adoptando una exagerada postura reflexiva—.

Según recuerdo, dijiste que yo era una de esas tantas personas «no importantes», con las que solo te «desquitas» sexualmente y con las que estás únicamente para fantasear que lo haces con tu amor imposible de secundaria. Ese sería el resumen, ¿no?

—¡Eso no fue lo que…! —exclamó Giselle por reflejo, pero dándose casi de inmediato cuenta de que estaba alzando la voz y perdiendo el control. Así que se forzó a contenerse, respirar hondo e intentar recobrar la compostura—. Estás sacando este asunto de toda proporción. No es para tanto…

—¿No es para tanto? —masculló Nicole, con dejo de rabia acompañando sus palabras, y, luego, soltando, por algún motivo, una pequeña risilla irónica—.

Qué curioso déjà vu . Eso es justo lo que Derek siempre me decía cuando algo que hacía me molestaba, para así evitar disculparse, o siquiera admitir que había hecho algo malo.

—Por favor, yo no soy tu exnovio —le respondió Giselle, ya no tan preocupada para, en ese momento, moderar su voz—. Esto es increíble. Tú eres la que se pone a esculcar en mis cosas sin mi permiso, ¿y tú eres la enojada conmigo?

—Tienes razón —señaló Nicole rápidamente, sin vacilación—. No debí haberlo hecho. Me disculpo en serio por haber metido mi nariz donde no me importaba. Yo solo… no lo sé. Creo que solo quería saber un poco más de ti, y no únicamente las cosas superficiales de las que siempre hablamos.

—¿Y para qué? —espetó Giselle—. Es justo para evitar este tipo de cosas que no suelo hablar de mi vida privada con mis…

Hizo una abrupta y nada disimulada pausa. Nicole permaneció en silencio, expectante de escuchar si acaso Giselle se atrevería a terminar su frase; pero, tras unos segundos, fue evidente que no lo haría.

—¿Con tus qué? —cuestionó Nicole de forma cortante—. ¿Tus «conquistas»? ¿Tus «chicas»? ¿Tus «muñecas», con las que te masturbas?

—Por todos los cielos —farfulló Giselle despacio, tallándose su sien con una mano, como previendo la próxima llegada de un dolor de cabeza—.

¿Sabes qué? Esto es mi culpa, por en serio creer que tendrías la madurez suficiente para lidiar con este tipo de relación.

Pero es evidente que todavía te hace falta comprender bastante más del mundo real.

—¿Ah, sí? Pues si eso piensas, ¿por qué no te llevas tus chocolates y te buscas a alguien más con quien pasar la noche?

—contestó Nicole enojada, pegando los chocolates contra el pecho de Giselle para que los tomara de regreso—.

De seguro has de tener una larga lista de varias de donde escoger.

Yo, como dije, estoy esperando a alguien. Así que buenas noches.

Antes de que Giselle tuviera la oportunidad de decir algo más, si es que pensaba hacerlo, Nicole cerró la puerta con fuerza, haciendo que esta quedara a solo unos cuantos centímetros de la nariz de su vecina. Nunca la expresión «cerrarle la puerta en la cara» había sido tan acertada.

Furiosa y con los chocolates costosos en su mano, Giselle se dirigió apresurada a su puerta.

El coraje le dificultó sacar su llave y, luego, meterla en la cerradura; pero, al final, logró pasar ese obstáculo.

Solo hasta que estuvo ya en el interior de su departamento logró sentirse lo suficientemente segura para dejarlo salir todo:

—Pero ¡qué… estúpida! —exclamó entrecortada, lanzando la caja de chocolates con desdén hacia uno de los sillones de la sala, y luego comenzó a intentar retirarse sus zapatos, lo cual era un poco complicado, pues intentaba hacerlo al tiempo que caminaba—.

Esta es la última vez que lo hago con una primeriza.

¿Qué se está creyendo? Estar en mi sola compañía es, de seguro, lo mejor que le ha pasado en su aburrida vida de reportera fracasada. ¡No se diga estar entre mis piernas…!

Su maniobra para quitarse los zapatos estando tan acalorada terminó de la peor manera, cuando no fue capaz de mantener el equilibrio y se inclinó peligrosamente hacia un lado.

No cayó de lleno al suelo solo porque fue capaz de sujetarse de la barra de la cocina, aunque sí se golpeó un poco la rodilla contra el muro bajo.

—Maldición… —susurró despacio entre dientes.

Se aproximó, cojeando un poco, hacia un sillón de la sala, dejándose caer de sentón en este. Subió su pie contra la mesa de centro para poder echar un vistazo más de cerca a su rodilla. Era un golpe pequeño, nada de qué preocuparse; de hecho, el ardor ya estaba pasando.

Se apoyó perezosamente contra el sillón y se permitió cerrar los ojos un segundo y respirar de manera más lenta para, así, calmar el fervor que le carcomía la cabeza.

Miró entonces con discreción hacia un lado.

La caja de chocolates no había caído en el sillón, como pensaba.

O, si lo había hecho, quizás había rebotado, pues ahora se encontraba en el suelo.

La caja se había abierto un poco y al menos tres de esos chocolates costosos estaban regados en la alfombra.

Giselle soltó una pequeña risilla, que se percibía más nerviosa que otra cosa, y llevó una mano a su cara, cubriéndola con la palma entera.

—¿Qué tonterías estás diciendo, Giselle? —se dijo a sí misma en voz baja—. Tú no eres así… De nuevo estás dejando que el enojo te domine…

Era justo ese tipo de situaciones de las que había estado hablando con Bárbara. Siempre que de alguna manera se tocaba el tema de Jessica, se portaba como una loca.

—No —pronunció de nuevo en voz alta, retirando después la mano de su cara—. No puedes culpar a Jessica por esto…

La única culpable era ella misma. Eso iba más allá de su poca delicadeza al tocar el asunto de su amiga.

Eso tenía que ver con su necesidad de siempre tener el control y la última palabra en cualquier relación que había podido tener, y su creencia casi inconsciente de que aceptar directamente que había hecho algo malo iba en contra de esa postura…

«Qué fácil es darse cuenta de eso cuando ya pasó el momento», pensó molesta, como una silenciosa autorrecriminación.

Psicoanalizarse a sí misma siempre era divertido, pero inútil si, al momento de la verdad, seguía actuando del mismo modo de siempre.

Y ahora, en lugar de arreglar las cosas, como era su deseo original, lo había empeorado todo.

Y de seguro ni diez cajas de chocolates lo solucionarían, por más finos que estos fueran.

«No sabría cómo disculparme con ella. Salvo de una sola forma…», le había dicho a Bárbara durante su almuerzo. Y, al menos de esa otra forma, sabía que sí era lo bastante buena.

Se le ocurrió de pronto una idea derivada de eso que podría funcionar. Pero era una que le resultaba, a modo personal, bastante… poco apetecible, mas no imposible.

«Pero para poder hacer eso, primero necesito un buen trago», pensó con ferviente resolución, parándose al instante del sillón para dirigirse a su cocina y sacar alguna de las botellas ya abiertas de vino blanco que tenía por ahí.

Ni siquiera se tomó el tiempo de servirlo en una copa; simplemente acercó la botella a los labios y se la empinó en un largo trago.

Ocuparía un par más antes de armarse del valor suficiente.