La chica del otro balcón Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

Giselle suspiró con pesadez de nuevo. Cerró el cuaderno, lo puso a un lado y se dispuso a continuar con su trabajo. Debía terminarlo cuanto antes, después de todo.

Necesitaba realmente hablar con alguien de todo ese asunto.

Y, para bien o para mal, en esa ciudad solo había alguien con quien tenía la suficiente confianza para hacerlo.

Así que esa tarde, a la hora del almuerzo, Giselle se citó con Bárbara para que se vieran en un restaurante que se encontraba a un par de calles de su oficina, y que les quedaba a ambas bien, pues la agente de bienes raíces tenía una cita más tarde por el rumbo.

Cuando Giselle llegó, Bárbara ya la esperaba en una mesa al lado de la ventana, y se apresuró a llamar su atención hacia ella, agitando una mano.

Giselle sonrió y se sintió un poco más tranquila con tan solo verla.

Quizás no pudiera decirle algo verdaderamente útil, pero esperaba que, al menos, pronunciar el problema en voz alta le ayudara de algo.

Una vez que ordenaron de beber y comer, Bárbara no tardó en cuestionarle qué era lo que tanto la acongojaba.

Al principio pensó que tenía que ver con su próximo viaje, del que le había hablado, pero Giselle no tardó mucho en comenzar a aclararle que era un asunto mucho más personal. Bárbara la escuchó pacientemente.

—Tú me conoces —señaló Giselle, tras haber ya explicado los puntos clave del asunto—.

Usualmente, soy una persona muy tranquila y no suelo reaccionar de estas formas tan…

agresivas. Pero, cuando se trata de Jessica, yo…

no sé qué es lo que me pasa. Es como si un monstruo protector y posesivo se apoderara de mí y no pudiera controlar lo que digo o hago.

—No tienes que decírmelo —comentó Bárbara con ligero humor en su voz—. Lo he tenido que ver de primera mano. De hecho, me pone algo nerviosa que estés hablando tan tranquilamente de ella en estos momentos.

—Descuida. Estoy más preocupada por este nuevo problema.

—¿Y cómo dices que se llama este problema?

—Nicole —respondió Giselle, riendo un poco—. Y yo no diría que ella es el problema, en realidad.

—¿Es la que nos estaba espiando en el balcón y no me dijiste? —cuestionó Bárbara, con un tajante tono de acusación.

—Sí —respondió Giselle escuetamente, bebiendo un pequeño sorbo de su vaso de cerveza ligera—. Creí que ya me habías perdonado por eso.

—Invítame otro trago y estamos a mano —comentó Bárbara con tono mucho más relajado, incluso juguetón—. Y no sé por qué te preocupas tanto, querida. No es la primera vez que tienes una rabieta de estas con alguien por «el tema J», y siempre lo solucionas, o lo haces a un lado.

—Lo sé, pero esta ocasión es diferente.

—¿Y eso por qué? —inquirió Bárbara, con marcada curiosidad—. No me digas que esta chica te interesa en serio.

Giselle sonrió levemente. Al parecer, un poco divertida por esa casi acusación que le lanzaba.

—Todas las chicas con las que estoy relacionada me interesan —le respondió con disimulo—. Hasta tú.

—Gracias —murmuró Bárbara con algo de ironía.

—Pero Nicole… Bueno, ella es mi vecina, para empezar. Si no lo arreglo, sería un poco incómoda la convivencia. Estos días ya han sido ciertamente incómodos.

—Que eso te sirva de lección para el futuro —indicó la mujer rubia, alzando su vaso con su bebida y apuntándola con él—.

No te involucres con alguien que vive tan cerca de ti.

Ya ves lo que ocurre. Y agradece que no te ha tocado pelearte con alguien con quien vives bajo el mismo techo, y tener que decidir cuál de las dos tiene que mudarse.

—Esperaba algún tipo de consejo más sabio de tu parte.

—No sé qué clase de consejo pudiera darte —murmulló Bárbara, encogiéndose de hombros—. Yo siempre procuro dejar las cosas bastante claras desde el inicio para no pasar por este tipo de situaciones. Y procuro también dejar mis amores imposibles de juventud bien enterrados.

Si acaso Giselle pensaba dar alguna réplica a dicho argumento, su intención quedó detenida cuando su mesero se aproximó a la mesa, con los platos de comida.

El rostro de Bárbara se iluminó al ver el humeante plato con una generosa porción de rosbif.

Giselle, por su parte, no sentía su estómago de humor para comer algo pesado, así que solo ordenó una ensalada de pollo; lo más que se atrevió fue ponerle algo de aderezo.

—¿Ya intentaste disculparte? —soltó Bárbara abruptamente tras su primer bocado.

Giselle alzó su atención hacia su amiga al otro lado de la mesa, observándola con una singular confusión en su mirada.

—¿Disculparme?

—Sí —rio Bárbara—. Quizás sea un concepto revolucionario para ti, pero la gente normal, cuando hace algo malo, se disculpa y ya. A menos que seas muy orgullosa para eso.

—No es eso —se apresuró Giselle a responder—. Es que… no sabría cómo disculparme con ella. Salvo de una sola forma…

Dejó aquel comentario sin mayor explicación y se limitó a ocupar su boca con lechuga y pollo como excusa para ya no decir más. Pero, de todas formas, para Bárbara resultó suficiente para adivinar de qué hablaba:

—O sea, con sexo —señaló con tono mordaz—. Pues inténtalo. Conmigo funciona, ¿o no?

—Supongo —murmuró de forma distraída, desviando su mirada fugazmente hacia la venta a su lado.

Al otro lado de la calle, logró divisar un colorido establecimiento, por el cual Giselle pasaba seguido de camino a su trabajo, pero al que nunca se había detenido demasiado a observar.

Una dulcería, sin lugar a duda. Aunque en esa parte de la ciudad, tan ostentosa, muy seguramente no era una simple dulcería que vendiera paletas y chicles para niños.

Caviló un poco sobre cómo podías poner unos cuantos chocolates en una caja bonita, subirles el precio al doble o triple, y todos los tomaban como dulces «finos» sin queja. Aunque el mundo de la moda a veces no era muy distinto. Y, de todas formas, ¿quién podía rechazar chocolates de regalo?

—Creo que intentaré primero con unos chocolates —indicó de pronto, como un solitario pensamiento al aire.

—Oye, a mí nunca me has dado chocolates —le recriminó Bárbara con exagerada cara de puchero.

Giselle rio.

—A la próxima que haga algo que te moleste te daré, ¿bien?

—Lo recordaré.

Ambas continuaron el resto de su comida de forma más tranquila, apenas llegando a tocar un par de temas más casuales. Al final, se despidieron, pero no antes de que Bárbara le deseara suerte, tanto en su próximo viaje como con ese incómodo otro asunto.