Capítulo 25
G iselle no vio ni habló con Nicole durante los días que siguieron a aquel penoso incidente en su departamento.
De hecho, sentía que su vecina la estaba evitando, lo cual no era un pensamiento del todo descabellado, pues Giselle era consciente de que ya lo había hecho antes.
Aunque, igualmente, ella tampoco había hecho el intento de ir a buscarla.
¿Con qué propósito?, si no tenía siquiera idea de qué le diría al verla.
Además, como bien le había dicho, la semana siguiente tenía un viaje importante, y necesitaba, para variar, enfocarse en ello en lugar de estar pensando en problemas de alcoba, lo cual era más fácil decirlo que hacerlo.
Esa mañana de viernes, Giselle llegó temprano al estudio de diseño de Viscencio , se sentó en su sitio de trabajo y comenzó a trazar en la amplia pantalla de su tableta digital para pasar algunos diseños ya aprobados a limpio, en el formato que requerían las áreas de producción.
Estos no eran para el desfile al que irían en unos días; esas prendas ya estaban produciéndose, y, de hecho, algunas se estaban probando en las modelos en ese mismo instante, a unos metros de donde Giselle estaba sentada.
Sin embargo, estos otros eran diseños en los que la producción debía ir trabajando durante la semana en la que no estarían, y por eso tenía prisa en terminarlos antes del lunes.
Pese a todo, la mañana corrió con relativa tranquilidad.
Giselle estaba enteramente concentrada en sus trazos, apenas siendo un poco distraída por el constante movimiento de un lado a otro de las modelos y costureras, pero nada fuera de lo común para un viernes previo a un desfile.
Si acaso algo llegaba a hacer que la mente de Giselle divagara un poco, era ese maldito asunto con Nicole.
De solo recordar las palabras que le había dicho se sentía fuertemente avergonzada, incluso materializándose su malestar como una pequeña opresión en el estómago.
Le gustaría pensar que había sido solo el calor del momento, pero la realidad era que no había sido la primera vez que algo así ocurría… Y, de seguro, no sería la última.
Era el efecto que Jessica tenía en ella, o, más bien, cuando alguien más hablaba de ella en su presencia. Su mente se nublaba y reaccionaba más por instinto, y usualmente terminaba haciendo o diciendo cosas como esa. Tantos años y aún seguía comportándose de la misma forma…
—¿Cómo estamos por aquí? —escuchó resonar la animada y muy distintiva voz de Ricardo al ingresar al estudio, dejando más que evidente su presencia para los presentes.
Como de costumbre, la atención de todos los presentes se viró hacia él y casi todos pronunciaron al unísono un fuerte «¡Hola, Ricky!», que resonó en el eco del cuarto.
Giselle, por su parte, no fue partícipe tan entusiasta del saludo, y se limitó a apenas alzar lo suficiente su mirada para mirarlo. El atuendo de Ricardo de esa tarde era otro de sus distintivos trajes finos: en esa ocasión, de un color uva brillante, bastante elegante.
—Ánimo, que ya es viernes —exclamó Ricardo con tono jocoso al pasar al lado de algunas de las modistas y modelos, acompañado de un par de aplausos para hacerse notar.
Estas, simplemente, le sonrieron, asintieron y siguieron con su trabajo.
Luego de echar un vistazo rápido a los vestidos que se estaban probando, el diseñador se dirigió directo a la modesta área de diseño, y, en específico, a una de las cinco dibujantes que trabajaban en esta en esos momentos.
—Giselle, justo la chica que estaba buscando —exclamó con ímpetu al pararse a un lado de su escritorio—. ¿Lista para el desfile de Berghins, querida? No se te habrá olvidado, ¿o sí?
—Hola, Ricky —lo saludó Giselle con moderado entusiasmo, sin apartar su atención de la pantalla—. No, claro que no. Ya la otra semana…
—Ajá. Salimos el lunes a primera hora. Llévate lo mejor que tengas en tu guardarropa, que hay un par de amigos que te quiero presentar y mueren por conocerte.
—No tengo que recordarte qué preferencias tengo, ¿verdad?
—Descuida. Tú tampoco eres del tipo de ellos —añadió Ricardo con un coqueto guiño de su ojo—.
Solo les hablé bastante de la joven prometedora que tengo bajo mi ala, y quieren verificar que eres real.
Pero te advierto: no escuches ninguna propuesta de trabajo de esos buitres. Te sacarán primero los ojos.
—Claro —respondió Giselle escuetamente, apenas esbozando una pequeña sonrisa.
—Oye, ¿te sientes mal o algo? —masculló Ricardo, dándose incluso la libertad de colocar una mano contra la frente de Giselle para verificar si tenía temperatura, tomándola un poco por sorpresa—.
Más te vale no enfermarte. No creo poder recalcar lo importante que es este desfile más de lo que ya he hecho.
—No, no. Estoy bien —contestó Giselle rápidamente. Se retiró en ese instante sus lentes para tallarse un poco los ojos —. Lo siento. Ha sido una semana… complicada. Pero ya casi termino con esto.
Ricardo se movió entonces para pararse detrás de la silla de Giselle, y así poder echar un vistazo mejor al diseño en el que esta trabaja en esos momentos.
—Nada mal, nada mal —asintió con aprobación—.
Siempre he admirado mucho tus trazos tan delicados.
Exquisitos. Pero, en verdad, siempre preferiré verlos en papel que en estas pantallas digitales.
Por eso a veces siento que nací en la época equivocada —suspiró con un casi sobreactuado pesar—.
Eso me recuerda: ¿tienes las propuestas de vestidos largos que querías mostrarme?
—Ah, sí… —masculló Giselle, algo distraída.
Se estiró entonces hacia un lado de su escritorio, tomando el bloc de dibujo que había llevado ese día, justamente, para enseñarle los diseños a Ricky. Hojeó de manera rápida las hojas del bloc hasta colocarse en el primero de ellos, y se lo pasó de inmediato a su jefe.
—Son solo bocetos por ahora. Dime si alguno te gusta para detallarlo más.
Ricardo tomó el bloc con ambas manos frente a él y comenzó a revisarlo.
Mientras él estaba en eso, Giselle se colocó de nuevo sus anteojos, tomó su pluma digital y continuó con los trazos sobre la pantalla.
Ricardo caminaba a sus espaldas, revisando cada dibujo a detalle y soltando su escueta, pero contundente, opinión de cada uno, a lo cual Giselle ya estaba más que acostumbrada:
—No… Tal vez… No… Este definitivamente sí —él exclamó de pronto, con marcado asombro—. Mira nada más qué belleza.
—Sabía que ese te gustaría —comentó Giselle, con tono juguetón, sin apartar su atención de la pantalla.
—No seas engreída. Ni sabes de cuál habló —le respondió Ricardo en el mismo tono que ella, aunque, en realidad, Giselle sí podía darse una idea de cuál había sido.
El diseñador siguió revisando el resto de los dibujos.
—No… No…
Hubo una prolongada pausa en ese instante. Giselle no lo miraba, pero, de haberlo hecho, podría haber notado la expresión de asombro en el rostro de su jefe, con su boca bien abierta y sus lentes oscuros ligeramente hacia abajo para ver mejor esa página en específico del bloc.
—Vaya, vaya… Parece que a este boceto le hizo falta el vestido —murmuró con un tono de coqueto jugueteo.
Aquel comentario destanteó un poco a Giselle:
—¿Qué? —comentó, confundida, dejando de inmediato lo que hacía y parándose para poder ver de qué hablaba.
En cuanto se paró a un lado de Ricardo y contempló lo que él estaba viendo, pudo sentir cómo sus mejillas se ruborizaron de golpe de la vergüenza.
Lo que Ricardo estaba viendo en esos momentos no era el dibujo de un vestido, sino el de una mujer sentada en la orilla de la cama, mirando hacia un lado… y sin una sola prenda de ropa encima.
Era el dibujo que había estado haciendo de Nicole hacía unos días.
—Oh, cielos —murmuró Giselle, profundamente angustiada—. Qué pena, Ricky. Lo siento. Olvidé que eso estaba ahí.
Extendió rápidamente una mano para tomar el bloc, pero Ricardo se apresuró a hacerlo a un lado para alejarlo de ella, casi como si fuera un matador esquivando al toro.
—Tranquila, querida —exclamó el diseñador entre risas—.
Se necesita mucho más que esto para espantarme.
—Volvió a echarle un vistazo al dibujo, contemplándolo enteramente, de arriba abajo—.
Pero, hey, qué hermoso retrato. No sabía que podías hacer este tipo de cosas.
¿Es acaso tu amiga, a la que invitamos al desfile pasado? ¿Cómo se llamaba…?
—No —respondió Giselle con tono mordaz, logrando, al fin, alcanzar el bloc y prácticamente arrancarlo de sus dedos—. Digo, sí. Es ella… Solo quise soltar la mano un poco.
—Ya me imagino cómo la soltaste —masculló Ricardo con tono pícaro.
Se acomodó entonces sus anteojos de regreso y se dispuso a retirarse justo por dónde había llegado—.
Como sea, el vestido amarillo. Ese, definitivamente, es un ganador.
Pásalo a limpio y lo revisamos en el avión el lunes, ¿de acuerdo?
—Sí, yo me encargo —contestó Giselle, sentándose de nuevo en su silla e intentando por todos los medios recuperar su temple—. Ciao .
—Ciao .
Ya sola, la diseñadora suspiró profundamente, dejando salir, de alguna forma, toda la tensión que aquel incómodo incidente le había provocado.
¿Cómo había olvidado que ese dibujo estaba en ese bloc? Aún mejor, ¿por qué lo había hecho justo en ese, de todos los que tenía en su departamento? Vaya mala suerte… O, quizás, era algo más.
Colocó el cuaderno de dibujo sobre sus piernas y contempló unos instantes la ilustración de Nicole. No se había puesto a observarla demasiado desde aquella noche. Y aunque en realidad no había sido hacía tanto, le resultaba tan curioso como si fuera la primera vez que lo veía.
Recorrió sus ojos lentamente por cada una de las curvas que había plasmado de la figura de su vecina, en las facciones de su rostro y la expresión de su mirada. Era ciertamente un retrato muy hermoso, justo como Ricardo había dicho.