La chica del otro balcón Capítulo 23
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Capítulo 23

U n par de noches después de aquel desfile, Nicole salió con Jaime y pasaron un largo rato juntos desde la salida del trabajo.

Fueron a cenar a un nuevo restaurante de ensaladas por el centro, caminaron un poco por la plaza principal, comieron un helado y, luego, compartieron las siguientes tres horas en el departamento de él, haciendo lo habitual y un poco más.

Obviamente, no pasaron las tres horas teniendo sexo, pero sí el suficiente para sentirse satisfechos; lo que necesitaban para pasar de buena manera lo que restaba de la semana, y, en especial, para que Nicole dejara de pensar unos momentos en sus constantes dudas con respecto a Giselle.

Con Jaime al menos tenía claro que era divorciado y no tenía ninguna novia formal.

Y aunque era posible que ella no fuera la única chica con la que salía a divertirse, eso no le molestaba de forma particular.

Ambos tenían bastante claro el tipo de relación que tenían y estaban conformes con ella.

O, bueno, al menos Nicole creyó que lo estaban, pues, justo esa misma noche, Jaime le hizo una pregunta un tanto fuera del lugar.

Como cada vez anterior, el reportero investigador no tuvo problema en acercar a Nicole hasta su departamento.

Eran ya más de las once cuando se estacionaron frente al edificio.

Nicole se sentía agotada, más por la cita que por la jornada laboral, y lo que más deseaba en esos momentos era irse a su cama y dormir.

—Gracias por traerme —le agradeció, inclinándose hacia él para darle un pequeño, pero dulce, beso en la comisura de los labios—. La pasé muy bien esta noche.

—Yo también —respondió Jaime, sonriéndole.

—Nos vemos mañana, ¿de acuerdo?

Nicole puso la mano en la manija de la puerta, pero solo alcanzó a abrirla un poco antes de que Jaime la detuviera:

—Nicole, espera un poco —pronunció despacio, llamando de nuevo su atención hacia él—. Quería hablar contigo de algo rápido.

Su tono se había vuelto extrañamente serio de golpe, lo que incomodó y preocupó un poco a Nicole. Volvió a cerrar la puerta y se sentó derecha en su asiento.

—¿Sobre qué? —preguntó con curiosidad.

Jaime carraspeó un poco. Sus dedos se movieron nerviosos por el volante. Y tras un rato en el que, evidentemente, intentaba armarse de valor, pronunció despacio:

—¿Tú estás bien con cómo estamos en estos momentos?

—¿A qué te refieres? —inquirió Nicole, confundida.

—Digo, esto que hemos estado haciendo… comenzó por mera diversión, ¿cierto? Pero ¿es solo eso? ¿Tú quisieras algo más?

—¿Cómo… ser novios o algo así? —masculló Nicole, intrigada—. ¿No dijiste que no te involucrabas con tus compañeras de trabajo?

—Creo que estoy un poco lejos de eso en este punto —fue la respuesta sencilla de Jaime, riendo ligeramente, con ironía.

Nicole no entendía bien a qué venía esa pregunta tan repentina.

¿Había ella dicho o hecho algo que le hizo cuestionarse si acaso estaba cómoda con su situación actual?

¿O era directamente él quien se sentía inconforme?

Cualquiera de las dos que fuera, Nicole no estaba muy segura sobre cómo responderle.

Intentó, sin embargo, ser lo más honesta posible:

—Yo… La verdad es que no estoy segura de lo que quiero, Jaime. Por ahora creo que estoy bien con las cosas como están. Pero si a ti esto te incomoda o insatisface de alguna forma, supongo que podríamos dejar de vernos…

—No, no, nada de eso —se apresuró el reportero a señalar, agitando una mano como negación—. Yo estoy bien con las cosas como están. Mientras tú estés bien también, por supuesto.

«Sí, claro», pensó Nicole sonriendo ligeramente, divertida por su reacción. Si fuera un poco paranoica, diría que, en realidad, él no quería cambiar las cosas, pero se sentía con el deber moral de hacerle dicha pregunta y así no sentir culpa, o lo que fuera que estuviera sintiendo.

No sabía decir si aquello le parecía lindo o estúpido. Como fuera, al menos ahora estaba claro que ambos estaban en la misma sintonía.

Nicole se inclinó de nuevo hacia él, uniendo en esta ocasión sus labios a los suyos en un beso gentil y delicado, que, aun así, logró sonrojar al reportero.

—Hasta mañana, Jaime —se despidió la joven interna, ahora sí abriendo rápidamente la puerta y saliendo del vehículo.

—Sí, hasta mañana —respondió él, agitando ligeramente una mano—. Que descanses.

Nicole se viró al tiempo que el vehículo se daba la vuelta para despedir a Jaime mientras se alejaba.

Una vez sola, comenzó a cuestionarse si acaso no sería una buena opción tener algo más formal con Jaime.

Era un buen hombre y la había tratado muy bien hasta ese momento.

Pero, claro, la diferencia de unos diez años entre ambos era un poco difícil de ignorar.

Y eso implicaría dejar también su «amistad» con Giselle, algo que aún no había decidido hacer.

Y, como invocada por su solo pensamiento, su vecina de al lado hizo acto de presencia no mucho después de eso. Y no estaba sola.

Mientras Nicole caminaba a la entrada para residentes del edificio, esta se abrió abruptamente y dos personas salieron por la puerta, hasta colocarse de pie fuera del marco.

Una de ellas era Giselle, que, para sorpresa de Nicole, venía envuelta en una delgada bata de seda rosada, tan corta que dejaba a la vista bastante de sus piernas.

Y, además de eso, Nicole sospechó que aquella podría ser la única prenda que tuviera encima, en realidad.

Por su parte, la otra persona era una mujer alta, de cabellos rubios largos y un escote bastante notorio, que dejaba a la vista lo suficiente de su prominente busto.

Nicole no reconoció a aquella mujer al inicio…

Pero luego sí. Y, al hacerlo, se quedó petrificada en su sitio, casi como si acabara de ver un fantasma.

Si no se equivocaba, era la misma mujer que había visto en el balcón con Giselle la segunda vez, cuando esta última era consciente de que la estaba viendo y, aun así, eso no la detuvo.

Y si acaso tenía alguna duda de qué hacía aquella mujer ahí de nuevo, al ver cómo ambas de repente se abrazaron, se pegaron la una contra la otra y se besaron sin el menor miramiento, ahí mismo, a unos cuantos metros de ella…

Bueno, eso, aunado a la poca ropa que Giselle tenía puesta, hacía todo fácil de deducir.

—¿Segura de que no quieres quedarte? —le murmuró Giselle despacio a su acompañante, con su rostro aún demasiado cerca del de la otra mujer.

—No me tientes, por favor —murmuró la mujer rubia, mirándola a los ojos con expresión embobada.

Sus manos recorrían los brazos de Giselle, con un claro anhelo de poder tocarla sin la delgada tela de la bata de por medio—.

Ya te dije que mañana tengo que ver temprano a unos clientes.

Necesito ser una adulta responsable de vez en cuando.

—Está bien. Pero tienes que venir a verme antes de que me vaya de viaje, ¿de acuerdo?

—Definitivamente será antes —murmuró con tono pícaro y ambas se volvieron a besar del mismo modo que antes, o, incluso, con un poco más de intensidad.

Nicole, por mero reflejo, desvió su mirada hacia otro lado.

—Te llamo después —indicó la mujer una vez que se separaron al fin, y comenzó a andar hacia el estacionamiento de invitados. A sus espaldas, Giselle la despedía con un gentil ademán de su mano.

La mujer pareció no darse cuenta de la presencia de Nicole hasta que prácticamente pasó a su lado. Quizás tenía la mente muy enfocada… en otras cosas.

—Buenas noches —murmuró con voz cauta, acompañada de un ligero asentimiento de su cabeza.

Nicole le respondió el saludo del mismo modo, y, luego, observó de reojo cómo se dirigía hacia un vehículo plateado, bastante elegante.

Claro, ella no tenía ni idea de quién era Nicole, o de que había sido testigo de lo que habían hecho aquella noche. O quizás sí. ¿Quién podría saber qué tan discreta era Giselle al contar ese tipo de cosas?

Y, hablando de Giselle, cuando Nicole se volvió de nuevo hacia la puerta, esta continuaba aún de pie ahí, pero ahora miraba en su dirección.

Evidentemente, la estaba esperando. ¿Ella sí se había dado cuenta de que estaba allí?

¿Y acaso por eso se había besado de esa forma con aquella mujer enfrente de ella?

«Al parecer sí eres exhibicionista, después de todo», pensó Nicole con amargura. Y, sin poder retrasarlo más, avanzó hacia ella, un poco cabizbaja.

—Hola, Nicole —la saludó Giselle con sutil entusiasmo cuando pasó a su lado—. ¿Cómo estuvo tu noche? ¿Te divertiste?

—¿Y tú? —murmuró la joven reportera, algo fría, aunque, al parecer, Giselle no lo notó, o quizás deliberadamente quiso ignorarlo.

—Oh, sí. Bastante, de hecho —le respondió con un tono juguetón que a Nicole no le ayudó mucho a calmar el mal humor que había comenzado a inundarla.

Ambas caminaron hacia el ascensor y fue Giselle quien presionó el botón para llamarlo.

Mientras aguardaban, Nicole no pudo evitar mirar con discreción y de reojo hacia la bata de Giselle.

Esta se encontraba lo suficientemente abierta como para que Nicole pudiera notar que, en efecto, no traía nada debajo.

De seguro, ella y la otra mujer acababan de «terminar» no hacía mucho, y solo se la puso encima para bajar a despedirla.

«Qué considerada».

—¿Sabes?, debería presentarte a Bárbara —comentó Giselle de pronto, tomando a Nicole un poco por sorpresa.

—¿A quién?

—A mi amiga Bárbara, la que acaba de irse. Creo que tú y ella se llevarían muy bien, si es que me entiendes.

Nicole no estaba segura si se refería exactamente a lo que ella creía, pero, viniendo de Giselle, parecía bastante posible. ¿La exhibe y luego le propone que se acueste con ella? Qué poca delicadeza de su parte.

—No, gracias —le respondió con algo de brusquedad. Y, en cuanto las puertas del elevador se abrieron, rápidamente dio paso al frente para ingresar.

—Oye —murmuró Giselle con tono travieso, entrando detrás de ella—. ¿Qué te pasa? ¿Estás molesta?