La chica del otro balcón Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

Giselle guardó silencio unos segundos y a Nicole le preocupó un momento el haberla hecho enojar. Sin embargo, los labios de la diseñadora volvieron a dibujar esa sonrisita divertida y casi maquiavélica tan distintiva en ella.

—Es cierto. No es el sitio —le concedió, sonando, de hecho, algo sarcástica al hacerlo—. ¿Vamos entonces a otro?

—¿Qué? —murmuró Nicole, claramente desconcertada.

Giselle retiró discretamente su mano de entre sus piernas, y luego se inclinó hacia su mejilla, dándole un rápido beso en esta.

—Voy al baño —le susurró en voz baja, y al instante se paró de su silla y se alejó caminando entre los asientos.

Nicole la siguió con la mirada, desconcertada e incapaz de reaccionar de inmediato, hasta que la vio alejarse de la pasarela y caminar hacia donde, en efecto, estaban señalados los baños.

A medio camino notó cómo Giselle volteaba a mirarla sobre su hombro, y, aun a la distancia, pudo distinguir la chispa que radiaba de sus ojos.

Siguió caminando al instante, perdiéndose de su vista una vez ingresó al baño de mujeres.

«¿Acaso me está diciendo que…?», pensó Nicole, aún bastante confundida. Pero su insinuación parecía ser bastante clara.

Se giró de nuevo a la pasarela, donde otra modelo desfilaba con un vestido azul bastante descubierto y que dejaba poco a la imaginación, pero que era incapaz de admirar del todo.

El cosquilleo que le recorría el cuerpo entero no se apagaba y la distraía.

El corazón le latía con fuerza contra las costillas.

Podía sentir el eco del toque de Giselle quemándole la piel.

Miró hacia el escenario una vez más, y, luego, de nuevo hacia el pasillo por donde Giselle había desaparecido. Aunque su cuerpo estaba ahí sentado, su mente ya estaba en esos baños… con ella…

Maldijo en voz baja y se puso de pie en ese instante.

Se abrió paso entre las filas del público y se dirigió al instante, con paso presuroso, en la misma dirección en la que Giselle se había ido.

No se dio tiempo de pensar, pues una parte de ella sabía que, si lo hacía, aunque fuera por un segundo, vería con claridad todas las locuras juntas que aquello implicaba.

Pero, tratándose de Giselle, las locuras eran lo que más le atraía…

A Nicole no le sorprendió constatar que los baños del recinto eran amplios y elegantes, aunque decorados con un estilo más minimalista que el del salón principal.

Sus paredes de mármol frío reflejaban la iluminación tenue de las lámparas de luz blanca del techo.

Nicole entró con cautela, escaneando el espacio.

No tardó mucho en encontrar a quien buscaba.

Giselle estaba frente a uno de los lavabos, retocando su labial en uno de los espejos. Nicole avanzó más hacia ella y notó, por el reflejo del espejo, cómo los ojos de Giselle se posaban en ella.

—¿Por qué tardaste tanto? —le preguntó Giselle, aunque no sonaba del todo a un verdadero reclamo.

La diseñadora terminó de retocarse, guardó su labial y, entonces, se giró por completo, encarando a su amiga.

Se apoyó contra el lavabo y centró sus seductivos ojos, casi depredadores, en Nicole.

No dijo ninguna palabra, pero aquella expresión le estaba gritando algo con bastante claridad: «¿Qué estás esperando? Ven aquí».

Algo tomó control de Nicole en ese instante y su cuerpo reaccionó por sí solo, lanzándose hacia ella.

En dos zancadas cerró la distancia que las separaba y, sin el menor miramiento, capturó los labios de Giselle en un beso que transmitía en cada roce toda la desesperación y anhelo que le había hecho sentir mientras la tocaba de aquella forma.

Sus dedos se enredaron entre el cabello negro de Giselle, tirando suavemente de él y pegando su cuerpo contra el suyo, frotándose inconscientemente por encima de la delgada tela de sus prendas.

Giselle no vaciló ni retrocedió. Soltó un gemido placentero contra la boca de Nicole como reacción involuntaria a su iniciativa, y respondió de inmediato aquel beso con la misma intensidad.

Sus manos se sujetaron, firmes, a las caderas de Nicole, jalándola hacia ella y rozando la piel que se asomaba por debajo de su blusa.

Sus lenguas no tardaron en declararse presentes y listas para la acción, y se enredaron en una danza salvaje entre ellas. El sabor dulce y acre del labial de Giselle inundó a Nicole y le resultó extrañamente delicioso bajo ese contexto.

Sin romper tan exquisito beso, Giselle comenzó a moverse y a guiar con sus manos a Nicole para que se moviera con ella.

Ambas avanzaron a trompicones hacia el cubículo que estaba más al extremo de todos.

Ingresaron a este casi tropezando por las prisas, y Giselle se encargó de cerrar la puerta con seguro detrás de ella con movimientos torpes de su mano.

El espacio era estrecho, apenas cabían las dos de pie, pero, en ese momento, a ninguna le importó.

Siguieron besándose. Sus respiraciones entrecortadas. Sus manos recorriéndose, ansiosas. Sus cuerpos estrujándose entre sí, en busca de sentir un poco más del calor que emanaba de la otra.

Entre todo aquel ajetreo, Nicole sintió cómo la mano de Giselle se abría paso entre ellas, buscando a tientas el botón de su pantalón.

En su desesperación, Nicole misma la ayudó, abriéndose el botón y el cierre.

Giselle rio, complacida, contra sus labios, y sin espera dirigió su mano para introducirla directamente por debajo de la ropa interior de Nicole, dirigiendo sus dedos justo hacia donde debían ir.

Nicole soltó un largo suspiro placentero al sentir, al fin, el roce directo de sus dedos contra ella. Inconscientemente se aferró al cuerpo de Giselle, respirando con agitación cerca de su oído.

—Wow. Sí que está húmedo aquí abajo —bromeó Giselle con picardía, mientras comenzaba a mover sus dedos y a acariciarla de una forma experimentada, segura que sabía cómo hacer que a Nicole le temblaran las piernas.

—¿Qué esperabas…? —suspiró Nicole, su queja amortiguada por lo evidentemente bien que se estaba sintiendo—. Después de cómo me tocaste allá, yo…

No fue capaz de terminar su frase, pues Giselle la había rozado en un punto específico, que hizo que todo su cuerpo temblara, y tuvo que morderse su labio para evitar gritar.

—Entonces es por mí, ¿eh? —masculló Giselle con un tono casi de orgullo—. ¿Yo soy quien te pone así? Qué interesante…

Nicole no respondió nada, pues había perdido para ese momento control de su boca, que se limitaba a suspirar y gemir con cada uno de sus roces.

—Baja la voz —le susurró Giselle con voz juguetona—. ¿O en verdad quieres que nos descubra?

«Qué fácil para ti decirlo», Nicole pensó, al ser incapaz de pronunciarlo en voz alta. En verdad parecía que Giselle disfrutaba ponerla en situaciones como esa. Pero Nicole decidió no quedarse atrás.

Aprovechando que el vestido de Giselle tenía una muy sexy y conveniente abertura a la altura de su muslo por el lado izquierdo, Nicole bajó una mano por su costado, hasta tocar la piel de su muslo, para luego introducirse rápidamente debajo de su vestido, buscando a tientas su sexo.

Giselle respingó sorprendida al sentir sus dedos ahí.

De igual forma, Nicole se sorprendió al no encontrar ningún obstáculo adicional ahí debajo.

—¿No traes ropa interior? —preguntó, sorprendida.

—Me la quité antes de que entraras —le susurró Giselle, con picardía, sobre su barbilla—. Sorpresa…

Unió sus labios de nuevo contra los de Nicole en esos momentos, callando cualquier pregunta o comentario que pudiera hacerle al respecto.

Igual, no había mucho que decir, en realidad.

Mientras le correspondía torpemente su beso, los dedos de Nicole se dirigieron con mayor confianza hacia aquella cálida zona entre las piernas de Giselle, comenzando a acariciarla del mismo modo en que ella lo estaba haciendo.

Quizás aún no era tan experimentada y diestra como Giselle en eso, pero había aprendido rápido.

—Así —susurró Giselle entre beso y beso—. Justo así —recalcó, ella misma imitando sus movimientos, ambas en perfecta sincronía, como si el placer de una se transmitiera a la otra.

Los roces no tardaron en convertirse también en pequeñas introducciones de los dedos en sus cálidas entradas, explorándolas a puro tacto, como ya habían hecho en ocasiones pasadas.

El cubículo se llenó con el silbido de sus respiraciones jadeantes, opacadas por los besos y por su propia fuerza de voluntad, así como por el roce de la tela contra tela, y, por supuesto, de los dedos contra la intimidad de la otra.

Aquello era, en verdad, muy intenso, más de lo que Nicole pudo haberse imaginado.

Su corazón estaba tan acelerado que sentía que le estallaría y sus piernas temblorosas apenas lograban mantenerla de pie.

Sus caderas se movían inconscientemente contra los dedos de Giselle al compás de sus movimientos, buscando sentirla un poco más.

Le sorprendió, y asustó un poco, el sentir tan pronto aquella presión y cosquilleo que avisaba con anticipación la inminente llegada de un orgasmo, que, además, amenazaba con ser muy intenso.

Una parte de Nicole se sintió tentada a decirle a Giselle que parara o, al menos, que lo hiciera más lento, aunque otra gritaba con más fuerza en su cabeza: «¡Por Dios, sí! ».

Nicole se dejó llevar por completo por aquella sensación, dispuesta a dejar que pasara lo que tuviera que pasar, sin miedo. Sin embargo, dicha resolución se apagó significativamente en cuanto se escuchó el sonido de la puerta del baño abriéndose, seguido de pasos y voces.

—¿Qué te pareció? —preguntó la voz de una chica, resonando en el eco del baño.

—No estuvo tan mal, supongo —le respondió una segunda, con voz apática—. Aunque tampoco me voló la cabeza.

Giselle y Nicole se congelaron en el acto y contuvieron sus respiraciones. Sus labios y sus manos totalmente quietas en la posición en la que estaban, aunque sus ojos se abrieron por completo, como dos lunas.