Capítulo 21
E l «acceso exclusivo» del que Giselle hablaba era ni más ni menos que entre bastidores, la parte trasera del gran escenario, en donde toda la magia de la noche se estaba organizando, y donde ningún miembro del público debería poder entrar; ni siquiera alguien de la prensa.
A diferencia del salón principal, aquel sitio se encontraba bastante más iluminado con luces blancas.
Un punto en común era que se encontraba igualmente concurrido, aunque con un grupo numeroso de personas yendo y viniendo de un lado a otro, cada una con una clara obligación importante, que debía atender de inmediato.
Y, claro, había modelos por todos lados.
Eran fácilmente reconocibles, pues se encontraban mejor arregladas, maquilladas, peinadas y vestidas que todos los presentes.
Asistentes, maquillistas y costureras las rodeaban y las arreglaban con apuro, mientras ellas se quedaban quietas como maniquís, imperturbables.
Se veía que estaban muy acostumbradas a todo eso; Nicole no creía poder tener tal aguante.
—¿Segura que puedo estar aquí? —le susurró en voz baja a Giselle, que caminaba con absoluta confianza delante de ella. Sin duda, ese era su ambiente.
—Descuida —le respondió Giselle, con total calma en su voz—. Solo no toques nada.
Nicole se limitó a solo asentir como respuesta a su sugerencia. Ciertamente, no pensaba tocar nada, incluso aunque ella no se lo dijera.
Giselle se encaminó hacia el centro de aquel espacio, y se dirigió directo hacia una persona concreta.
—Ricky —pronunció en alto para llamar la atención de dicha persona, que se giró a mirarla.
Nicole lo miró con curiosidad. Era un hombre alto, de piel bronceada y cabello rubio muy corto.
Vestía un elegante traje azul brillante y un sombrero tipo bombín a juego, además de una camisa rosada, que se asomaba debajo de su saco.
Pero lo más llamativo eran unos lentes oscuros de armazón redondo, que usaba a pesar de que estaban dentro y era de noche, y que ocultaban por completo sus ojos.
Era atractivo, sin duda, aunque algo mayor; quizás incluso un par de años mayor que Jaime, o eso le pareció a Nicole.
«Ricky», pensó Nicole, notando cómo Giselle lo acababa de llamar. «¿Él será acaso Ricardo Viscencio? ¿Su jefe?».
Ciertamente, parecía un diseñador de modas famoso, o como Nicole se imaginaría que sería uno si tuviera que serlo.
Aquel hombre miró a Giselle solo un par de segundos e, inmediatamente después de eso, se giró de regreso a la asistente de camiseta negra con la que estaban hablando en aquel momento:
—Ve a hacer eso que te pedí, ¿quieres? ¡Anda! —le indicó con voz firme, haciéndole además unos ademanes con la mano para que se fuera.
La asistente asintió y se alejó caminando rápidamente, mientras revisaba la pantalla de la tableta electrónica que cargaba consigo.
Una vez solo, Ricky se viró del todo hacia Giselle y Nicole, y una radiante y amplia sonrisa amistosa le adornó su bello y afilado rostro.
—¡Giselle!, querida —exclamó con ímpetu, al tiempo que se aproximaba hacia ella.
La tomó con gentileza de las manos y se inclinó hacia delante para darle un beso rápido en cada mejilla, que Giselle le permitió hacer sin mucho problema—.
Sabes que siempre es un deleite charlar contigo, pero hoy no es, ni de cerca, el mejor momento.
—Lo sé. Lo siento —le respondió Giselle, con tono juguetón—. No quiero quitarte mucho tiempo. Solo quería presentarte a mi amiga, Nicole Gireld —se hizo entonces hacia un lado, para dejar a su acompañante más a la vista—. Te conté de ella, ¿recuerdas?
Aquel hombre, que ya para ese momento Nicole estaba casi segura de que debía ser en efecto el jefe de Giselle, posó su atención entera en Nicole.
Sus lentes oscuros se bajaron solo un poco por el puente de su nariz y unos ojos azulados y profundos se asomaron por encima del armazón, aunque ocultos un poco bajo la sombra que proyectaba el sombrero sobre su rostro.
—Ay, claro. La famosa Nicole —exclamó Ricardo con elocuencia.
«¿Famosa?», pensó Nicole, un poco confundida por ser llamada de esa forma. Intentó, sin embargo, dejar eso de lado y comportarse como era debido:
—Mucho gusto, Sr. Vis… Visan… —intentó saludarlo, metiendo la pata de inmediato al no poder pronunciar bien su apellido.
Nicole quiso en ese momento que la tragara la tierra. Por suerte, él pareció no tomarlo a mal, y, de hecho, rio divertido por aquel desliz. Quizás no era la primera vez que le pasaba.
—Viscencio, querida. Viscencio —le indicó con voz jocosa—. No es tan complicado cuando te acostumbras. Pero llámame «Ricky», ¿quieres? Si me hablas directamente por mi apellido, siento que estoy de vuelta en la Academia.
Mientras hablaba, se giró hacia una modelo, que se había posado a su lado, y comenzó a inspeccionarle de manera veloz el vestido largo, color ciruela, que portaba. Era una prenda realmente hermosa; Nicole nunca había tenido un vestido así.
—Perfecto. Estate lista, que casi salimos —Ricardo le indicó con gentileza la modelo, quien asintió y se alejó caminando con elegancia en cada paso.
—Gracias por la invitación —se apresuró Nicole a comentar una vez la atención del diseñador volvió a ella.
—Descuida. Giselle me insistió —exclamó Ricardo, agitando una mano con indiferencia—. Hasta se arrodilló y todo.
—Qué gracioso —musitó Giselle, con una sonrisita forzada.
—Pero ahora veo el porqué de tanto interés —señaló Ricardo con un sutil tono cómplice, al tiempo que, a pesar de sus lentes oscuros, Nicole sentía que recorría su mirada por toda ella.
—¿Qué pasa? —masculló Nicole, nerviosa.
Ricardo no respondió de inmediato. En su lugar comenzó a caminar alrededor de Nicole con paso cauteloso, como si avanzara por la galería de un museo y observara con sumo detenimiento una compleja obra de arte. Solo que, claro, dicha obra de arte en esos momentos era, precisamente, Nicole.
—¿Te han dicho que tienes una estructura ósea interesante? —soltó Ricardo de pronto, tomando a Nicole bastante desprevenida.
—No con esas palabras.
Ricardo se permitió aproximarse un poco hacia ella, lo suficiente para arreglarle su blusa, ajustándola un poco a sus hombros.
—Perfecto. Esa blusa fue justo diseñada para tu tipo de cuerpo —indicó con tono animado.
Solo entonces Nicole recordó que aquella blusa era de su marca.
—Te lo dije —añadió Giselle con suficiencia.
Nicole sonrió, en parte halagada, pero también avergonzada.
—Gracias.
—¿No has pensado en un rediseño de ella? —preguntó Ricardo de pronto, girándose de nuevo hacia Giselle—. Sé que a ti y a mí nos encantan los trajes de gala, pero el fuerte de nuestras ventas viene, precisamente, de la ropa casual. Y tú tienes un toque especial con ellas.
—Es muy amable de tu parte decirlo —le respondió Giselle, esbozando una sonrisa confiada—. Pero sigo deseando que me des oportunidad con los vestidos de fiesta. Sé que puedo presentarte algo que te guste.
—Bueno, te lo prometí y lo cumpliré —indicó Ricardo, encogiéndose de hombros.
Nicole no entendió bien, pero supuso que estaba escuchando una plática que no le concernía.
Una de las asistentes, que hasta ese momento estaba revisando el atuendo de otra modelo, se aproximó presurosa hacia ellos por un costado:
—Ricky, necesito que revises esto —le indicó con algo de premura.
—¡Ya voy! —exclamó Ricardo, un poco exasperado—. Esto es un caos, pero un caos que me encanta. Y, luego, en dos semanas tenemos que irnos a Berghins.
—No me lo perdería por nada —comentó Giselle con notoria emoción.
—Yo sé que no. Pero ahora vayan, diviértanse. Beban algo, y el doble por mí —les insistió Ricardo, incluso empujando a ambas con sutileza en dirección al salón—. ¡Ya voy! —exclamó en alto hacia la asistente que aún le aguardaba, y rápidamente se alejó de ellas.
Giselle rio divertida y se dirigió después de nuevo hacia el salón, justo como Ricardo evidentemente deseaba que hicieran. Nicole caminó a su lado.
—Es simpático —indicó con media sonrisa en los labios.
—Sí, aunque muchos no lo llamarían así —bromeó Giselle—. Ven, busquemos unos lugares donde puedas tomar unas buenas fotos, ¿quieres?
Nicole asintió.
—Gracias de nuevo por hacer que me invitaran, Giselle. Te debo una.
—Para esos son las amigas, querida —le respondió, acompañada de un coqueto guiño de su ojo derecho—. Además, no fue gran cosa. Pero, como te dije por mensaje, ya se me ocurrirá más pronto que tarde algo para que me agradezcas.
Las mejillas de Nicole se tiñeron de rojo, y por reflejo fijó su mirada al frente. Podía ya imaginarse con bastante más claridad a qué tipo «algo» se estaba refiriendo.
Ambas volvieron sin mucha espera al salón, que, desde la perspectiva de Nicole, ya se veía un poco más concurrido. Revisó rápidamente la hora en su teléfono.
—Ya casi es hora de que empiece, ¿no? —preguntó con curiosidad, a lo que Giselle respondió, asintiendo—. Si necesitas hacer algo, no quiero quitarte tiempo…
—Para nada. Ya oíste a Ricky: me ordenó divertirme —respondió Giselle con voz risueña—.
Usualmente tengo mucho trabajo los días antes de un evento como este.
Ya en el evento en sí, solo me queda supervisar algunas cosas.
Excepto cuando es fuera de la ciudad. Ahí me toca ser casi como la asistente personal de Ricky, lo cual tiene sus cosas buenas y malas, como has de imaginarte.
Nicole no podía imaginárselo del todo exactamente, pues solo podía compararlo con lo que era su vida como interna del Wexzine . Pero suponía que a Giselle su jefe no la llevaría de viaje fuera de la ciudad para pedirle que le trajera café… o quizás sí. Alguien debía conseguírselo, después de todo.
Mientras meditaba, quizás más de la cuenta, en aquella idea, notó que Giselle se detenía abruptamente y fijaba su mirada en un costado.
—Ay, no —masculló la diseñadora en voz baja, con cierto desdén asomándose.
—¿Qué pasa? —preguntó Nicole con curiosidad.
Giselle se giró hacia ella de nuevo, dándole la espalda deliberadamente hacia donde, hasta hace poco, miraba con tanto interés.