Capítulo 20 #3
Parado a menos de tres metros de ella, acompañado de otras tres personas con las que conversaba de forma animosa, o lo más animoso que aquel rostro alargado de piedra podía ser, se encontraba un hombre mayor, alto, de impecable traje azul marino, con un cabello oscuro canoso bien peinado.
Sostenía una copa a la mitad mientras parecía estarle contando algo a dos de sus acompañantes, que lo escuchaban con sumo interés, y la tercera simplemente aguardaba en silencio a su lado.
Nicole palideció. Bajó lentamente su cámara, como si esperara que, al verlo, su primera impresión resultara errónea, pero no fue así.
Era él, el mismo hombre que Jaime le había pedido le ayudara a fotografiar aquel día afuera de ese restaurante.
El mismo del que Jaime tenía toda una pizarra en su departamento dedicada a él.
Era Carlo Strivanza, quien Jaime aseguraba que era un peligroso jefe criminal. Y estaba ahí, parado en medio de toda esa gente como cualquier persona. Parecía tan «normal», como otro más de los tantos invitados; de hecho, si Nicole no supiera con anticipación quién era, no resaltaría del resto.
Sintió que sus piernas le temblaron un poco y que su respiración se cortó.
Se quedó parada, inmóvil en su sitio, bastante más tiempo de lo recomendado, y lo suficiente para que su presencia no pasara desapercibida.
Al menos no para una de las acompañantes de Strivanza, una jovencita de cabellos anaranjados largos y lacios, que lucía un espléndido vestido largo, color esmeralda y de hombros descubiertos.
Debía ser, a lo mucho, un par de años menor que Nicole.
Estaba de pie ahí, al lado de Strivanza, con los brazos cruzados y expresión de aburrimiento, mientras el hombre charlaba con los otros dos.
De pronto, el rostro de aquella mujer joven se giró lentamente en dirección a Nicole y sus intensos ojos verdes se cruzaron con los suyos por un instante.
Nicole respingó, y, por mero reflejo, se dio media vuelta y comenzó a caminar presurosa, sin rumbo fijo, pero con la total convicción de hacer la mayor distancia entre ellos y ella.
Aun mientras huía, podía sentir aquellos ojos clavados en la parte trasera de su cabeza. Y la sensación no desapareció hasta que otra cosa captó su interés:
—Hey, Nicole —pronunció en alto una voz familiar, que destacó entre todo el barullo del lugar.
La joven aspirante a reportera se detuvo abruptamente en su sitio.
—¿A dónde con tanta prisa? ¿Me buscabas acaso?
Nicole se giró hacia un costado por mero reflejo, en la dirección justa en que aquella voz le hablaba.
La persona dueña de esta surgió entre la multitud, como aparecida de algún sueño, y Nicole reconoció de inmediato la despampanante silueta de su vecina, enfundada en un entallado y bastante escotado vestido color azul rey.
—Giselle… —masculló Nicole en voz baja, algo impresionada por la imagen.
Siempre se había visto hermosa, incluso luciendo cualquier atuendo casual.
Pero en ese preciso momento, Giselle lucía tan, pero tan preciosa con ese vestido, con su maquillaje brillante y discreto, y su peinado suelto con puntas rizadas, que dejó a Nicole totalmente sin palabras.
Y ella pareció notarlo al instante, pues una sonrisita divertida se asomó en sus labios:
—Toma una foto. Durará más —comentó Giselle, al tiempo que daba un sorbo de la copa de champán que sostenía en su mano.
Nicole se quedó en silencio un momento, visiblemente confundida por el comentario.
—¿Eh? —exclamó con desconcierto.
Giselle entonces señaló con su copa en dirección a las manos de Nicole, o, más bien, a lo que en ellas sostenía: la cámara fotográfica.
—Ah, sí.
Entendiendo el mensaje, Nicole alzó la cámara y la enfocó en dirección a Giselle.
Esta, con una naturalidad que resultaba casi injusta, posó con elegancia, ladeando su cabeza hacia un lado y dejando que su cabellera oscura cayera libre sobre su hombro.
Nicole tomó al menos tres fotografías seguidas.
De seguro a Lucy no le agradaría la idea de que estuviera usando su cámara para eso, pero Nicole estaba segura de que ninguna de las modelos de esa noche luciría tan bien como la diseñadora de modas delante de ella.
—¿Qué tal? —preguntó Giselle con curiosidad una vez Nicole bajó la cámara.
—La verdad, no lo sé —respondió Nicole apenada, encogiéndose de hombros—. No tengo idea de lo que estoy haciendo.
—Como muchos por aquí, en realidad —señaló Giselle, divertida. Avanzó unos pasos en su dirección, acortando la distancia entre ambas—. ¿A dónde ibas con tanto apuro? ¿Necesitas algo?
—No, yo solo…
Nicole vaciló un momento sobre si valía la pena comentarle sobre Strivanza o no.
Había varios motivos por los cuales no hacerlo, partiendo del hecho de que no sabía qué tan secreto era el artículo que estaba escribiendo Jaime, y pasando por el temor de que quizás estaba exagerando un poco su reacción, y no quería parecer una tonta.
Al final, decidió guardárselo.
—No, nada en realidad. Es solo que no estoy acostumbrada a esto, y no estoy segura de qué debería hacer con exactitud o a dónde ir.
Y, ciertamente, eso no era una mentira.
—Te entiendo, pero no debes preocuparte tanto —le respondió Giselle con voz cauta—. Es un evento como cualquier otro, solo que con gente mejor vestida —bromeó divertida, y dio entonces otro sorbo de su copa—. Por cierto, ¿te han dicho ya que esta noche te ves preciosa?
—¿Yo? Tú te ves… Wow —exclamó Nicole con absoluta sinceridad—. Casi parece que eres una de las modelos.
—Gracias. Y, hablando de eso, ven.
Y sin esperar respuesta, Giselle se dio media vuelta y comenzó a caminar con paso seguro. Nicole dudó por un instante, pero luego se apresuró a seguirla.
—¿Ir a dónde? —preguntó con confusión.
—Llamémoslo «acceso exclusivo» —fue la enigmática respuesta de Giselle.
Y aquello le causó una fuerte duda existencial a Nicole.
¿Qué estaba tramando Giselle ahora?