La chica del otro balcón Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

Para su mala fortuna, Lucy estaba a unos cuántos pasos de la oficina de Cynthia, con sus brazos cruzados y su mirada incluso más afilada que antes. Era obvio que la esperaba, y lo dejó aún más claro cuando comenzó a caminar hacia ella con paso decidido. Nicole se quedó hecha piedra en su sitio.

—Escúchame —exclamó Lucy con severidad—, no sé a qué estás jugando, pero me he esforzado mucho para ganarme mi sitio y no dejaré que una simple interna, que vaya a saber Dios qué hizo para hacerse notar de esta forma, intente quitármelo, ¿oíste?

—No es mi intención en lo absoluto —respondió Nicole, lo más firme que pudo—. Solo… quiero hacer un buen trabajo.

—Pues, entonces, cuando estemos en el desfile, haz justo lo que te digo y cierra la boca. ¿Entendiste?

—Sí, entendí —respondió Nicole por lo bajo, lamentándose por lo extremadamente sumisa que, de seguro, había sonado.

Lucy dio entonces un paso hacia atrás y le echó un vistazo rápido, de arriba a abajo, de forma nada disimulada. Su boca se torció en una mueca de desagrado.

—¿Y tienes algo más… presentable para esa noche? —le cuestionó de forma condescendiente—. Iremos a un desfile de modas, por lo que no podemos permitirnos ir con cualquier «facha». ¿Me entiendes?

Nicole guardó silencio unos segundos, más que nada conteniendo el impulso inmediato de responderle lo que realmente se merecía por esos comentarios. Si bien entendía su enojo de sentir que se estaba metiendo con su trabajo, ese trato era innecesario.

—Tengo justo una blusa Viscencio , que compré hace poco —le respondió al final, esbozando una pequeña sonrisa.

—Tendrá que bastar —musitó Lucy, pero sonando como si, de hecho, Nicole le hubiera dicho la mayor estupidez que hubiera oído en su vida.

Dicho lo que aparentemente tenía que decir, Lucy se dirigió, al fin, hacia su escritorio.

Nicole se quedó quieta y en silencio mientras se alejaba, conteniéndose las ganas de sacarle la lengua mientras le daba la espalda.

No estaba en el patio de la primaria como para hacer algo como eso, pero era tan tentador.

Mientras iba de regreso a su propio escritorio, Nicole intentó digerir lo mejor posible todo lo que acababa de ocurrir.

Le preocupaba lo que esa situación le podría traer de forma negativa con Lucy, pero mentiría si dijera que no le emocionaba ir como corresponsal por primera vez a un evento.

Aunque nunca pensó que sería un desfile de modas.

A diferencia de Giselle y Lucy, ella no tenía un gusto tan exquisito y desarrollado como para dedicarse a ese ramo, pero por algo debía comenzar.

De camino a su lugar, Jaime, que de seguro había presenciado la tensa conversación entre Lucy y ella, la detuvo un segundo:

—¿Todo está bien, Nicole? —le preguntó el reportero, sonando más curioso que preocupado.

Nicole sonrió y se encogió de hombros.

—Creo que hice mi primera enemiga en el medio.

Jaime no pudo evitar reír, divertido por el comentario.

—No serás una buena reportera sin ganarte un par más en el camino. Pero dime: ¿pasó algo de lo que necesites hablar? Recuerda que, además de… lo «otro», soy también tu mentor. O algo parecido.

—No, descuida —le respondió Nicole, negando con la cabeza—. Estaré bien, o eso creo.

Jaime no insistió más y la dejó seguir con su camino.

Nicole llegó a su escritorio y se dispuso a comenzar con su trabajo de esa mañana. Pero primero sacó su teléfono y se apresuró a abrir su conversación con Giselle. Se habían dado sus teléfonos desde aquel primer día para poder comunicarse de forma más eficiente que con cartas bajo las puertas.

Se saltó cualquier saludo y fue directo al grano de lo que quería decirle:

Nicole: ¿Le pediste a tu jefe que me invitara a tu próximo desfile?

La respuesta no tardó en llegar:

Giselle: Soy culpable.

Giselle: No te enoja, ¿o sí?

Bien, eso resolvía el misterio, aunque no era uno tan difícil de descubrir en realidad.

No estaba segura si lo que Giselle había hecho era correcto o no, pero estaba convencida de que lo había hecho pensando que la ayudaría. Así que, en ese sentido, no podía hacer más que agradecerle.

Nicole: A mí no, pero Lucy, la encargada de la sección de modas, no está nada contenta.

Giselle: Pues que lo supere. Siempre ha sido una estirada.

Nicole no pudo evitar sonreír, divertida por el comentario. Y, aunque estaba de acuerdo, no se atrevería a ponerlo por escrito.

Giselle: Te veo esa noche en el desfile, ¿entonces?

Nicole: Eso parece.

Nicole: Gracias, por cierto.

Giselle: No hay de qué.

Giselle: Ya me lo pagarás de alguna forma.

Nicole volvió a sonreír. Ya se imaginaba de qué forma esperaba que se lo pagara.

Se sintió repentinamente de mejor humor. Incluso, el incidente de la fotografía se había desterrado de su mente y así se quedaría… al menos por un par de días.

Dos noches después, ataviada con su blusa Viscencio y unos pantalones blancos ajustados, Nicole se dirigió al Salón Espejo, que, según le dijeron, era uno de los salones de eventos más cotizados de la ciudad justo para esa clase de ocasiones.

En cuanto Lucy y ella cruzaron las puertas de cristal del salón, lo primero que captó la atención de Nicole fue la luz: suave y a media intensidad, bañando todo de un color dorado, casi simulando que el recinto estuviera, en realidad, iluminado por cientos de velas, aunque no era el caso.

Lo segundo fue notar que el lugar resultó ser más grande de lo que Nicole imaginaba.

Era un salón abovedado, con espejos revistiendo el techo y las paredes, haciendo de esa forma honor a su nombre.

En el centro del lugar, por supuesto, se extendía la larga pasarela, cubierta de negro, con focos alineados a ambos lados del camino por el que desfilarían las modelos; o, bueno, eso esperaba Nicole si se basaba en lo que había visto en televisión de eventos parecidos.

A ambos lados de la pasarela se habían colocado varias filas de sillas de plástico transparente.

Solo unas pocas estaban ocupadas, pues era evidente que aún faltaba algo de tiempo para comenzar.

El murmullo de las conversaciones se elevaba desde cada rincón, entrelazado con la música ambiental en volumen bajo que surgía de las bocinas.

En el lugar ya había al menos unas cien personas: figuras impecablemente vestidas, peinados elaborados, labios de tonos intensos, y hombres trajeados que sostenían copas servidas mientras intercambiaban opiniones entre ellos.

A Nicole no le pasó desapercibido que la mayoría de los atuendos eran de colores negros, blancos, beige o combinaciones intermedias de estos, lo que, inevitablemente, le hizo ver que su blusa naranja quizás resaltaba más de lo debido.

Lucy iba con un atuendo negro de blusa y pantalón, así que o sabía de antemano que había un código de vestimenta y no se lo dijo, o tal vez solo tuvo suerte.

Como fuera, la ropa era lo de menos en esos momentos, pues Nicole no pudo evitar sentirse algo abrumada por ese ambiente, tan ajeno para ella.

Todo se percibía tan… elegante y sofisticado, muy lejos de lo que ella estaba acostumbrada.

Como si ese sitio fuera Giselle, amplificada y materializada en un enorme salón.

La idea, de hecho, le resultó por igual divertida como, también, un poco angustiante.

Algunos fotógrafos, muy posiblemente de otros medios, se movían como sombras entre la gente, probando ángulos, ajustando lentes y tomando algunas fotos esporádicas aquí y allá de los invitados y asistentes.

—¿No deberíamos haber traído un fotógrafo? —le preguntó Nicole con curiosidad a Lucy.

—Lo trajimos —respondió Lucy con sequedad—. O, más bien, yo lo traje.

Dicho eso, introdujo en ese momento su mano en el interior de su bolso, y sacó de este una cámara digital rectangular y se la extendió a Nicole, quien se le quedó viendo unos segundos antes de comprender que intentaba decirle que ella sería su fotógrafa.

—¿Yo? —masculló Nicole con confusión, aunque instintivamente tomó la cámara entre sus dedos.

—Jaime dice que eres buena para tomar fotos. ¿O acaso mintió?

—Solo lo hice una vez —aclaró Nicole, nerviosa—. Y no soy fotógrafa profesional.

—Pero en tu carrerita de comunicaciones debiste haber tomado una clase de eso, ¿no?

La forma tan desdeñosa en que había mencionado su « carrerita» le provocó a Nicole un malestar en el pecho que se le subió por la garganta hasta casi obstruírsela.

Requirió bastante (realmente bastante) fuerza de voluntad para no responderle con lo que se merecía tal comentario.

En su lugar, respiró hondo y pronunció con voz quebrada:

—Bueno… Sí, tuve una clase de fotografía, pero…

—Entonces sé útil y toma las malditas fotos —le replicó Lucy, exasperada.

—Está bien. ¿De qué quieres que tome fotos?

—Usa tu criterio, niña. ¿O es mucho pedirte eso?

Ahora sí que su garganta fue obstruida por el ferviente deseo de no solo responderle, sino darle de paso una bofetada.

Nunca le había dado una a alguien, que recordara, pero le parecía que esa era la situación ideal para hacerlo.

Pero, de nuevo, se contuvo. No dijo nada, y se limitó a solo sonreír y asentir.

Lucy chistó con molestia y se alejó caminando, sin decir nada. Nicole no se cuestionó si debía seguirla. Implícitamente, ambas parecían al menos estar de acuerdo en que trabajarían mejor por separado.

Así que, sin una idea muy clara de qué debía hacer con exactitud, Nicole comenzó a caminar por todo el recinto, alzando su cámara y tomando una fotografía de cuanta cosa o asistente que se viera interesante.

Había muchas personas bien vestidas, elegantes, y varias muy hermosas.

Se preguntó si acaso alguna de ellas sería alguien famoso y ella ni en cuenta de ello.

Tendría que ponerse un poco más las pilas y saber más de esos temas si quería sobresalir.

Pero, más pronto que tarde, sí que se cruzó con un rostro conocido, que se asomó hacia ella a través del visor de su cámara. Y lo peor fue que no era la primera vez que veía aquel rostro por tal medio…