Capítulo 16
—M ejor hablemos de otra cosa —propuso Giselle, mientras mecía lentamente su copa con una mano—. ¿Es la primera vez que vives sola?
Nicole respiró lentamente, intentando calmar su mente. Le resultaban curiosas todas las pequeñas coincidencias; pero, si lo pensaba demasiado, tampoco sonaban tan escandalosas.
Bebió de nuevo de su copa y se apoyó contra el respaldo del sillón.
Pese al pequeño momento de vergüenza, recuperó rápidamente la comodidad que había ido cultivando los pasados minutos.
Incluso se permitió retirarse las sandalias que traía y subió también los pies al sillón.
Giselle no dijo nada para impedírselo, por lo que, al parecer, no le importaba.
—Sí. De hecho, sí —respondió lentamente—. Lo de vivir sola, quiero decir.
—Es toda una aventura, ¿verdad? —indicó Giselle, bebiendo también. Su copa ya iba cerca del fondo.
Se le acercó un poco más, inclinándose hacia ella como si fuera a susurrarle un secreto. Sus profundos ojos azules la miraban tan fijamente que Nicole se sintió de nuevo inmovilizada, casi indefensa.
—La verdad es que yo también soy de una ciudad pequeña, así como tú —le confesó de pronto.
Al principio, a Nicole eso le sorprendió. Aunque tenía el vago recuerdo de que ya se lo había mencionado. ¿En su primer encuentro, quizás?
—Cuando cumplí dieciocho, me vine aquí yo sola también, contra el deseo de mi madre y… bueno, el de otras personas. Aún no tenía un trabajo y solo había ahorrado lo suficiente para unos tres meses de renta de mi primer departamento, que, por supuesto, no era ni de cerca parecido a este.
»Entré a Viscencio , primero como costurera en el taller, y lo conseguí prácticamente por un golpe de suerte.
Pero me esforcé bastante, trabajé turnos extras, y poco a poco me hice notar por mi supervisora, hasta que Ricky reconoció mi talento para diseñar y me dio la oportunidad de unirme a su equipo.
Cabe mencionar que esa fue una oportunidad que casi arruiné un par de veces, pero esa es historia para otro momento.
El caso es que no fue sencillo, pero, al final, logré obtener mi trabajo soñado, mi departamento soñado y, lo más importante para mí… mi libertad.
Nicole la escuchó muy atenta mientras relataba todo aquello.
Era una historia fascinante para ella, en especial porque no se hubiera imaginado que fuera la de alguien que radiaba tanta seguridad y sensación de éxito como Giselle Leblanch (cumpliría su promesa de no olvidarlo).
Además de que todo le sonaba mucho más especial cuando ella lo relataba con su voz, tan clara y agradable.
—Esa historia es una inspiración para mí —indicó Nicole, sonriente.
—Me alegra que así sea. Pero ya hablé mucho de mí, y, la verdad, no es algo que me guste mucho.
—¿Por qué no?
—No lo sé —respondió Giselle con tono despreocupado, encogiéndose de hombros—. Pero mejor ahora cuéntame algo más de ti.
Nicole meditó un poco sobre qué contarle. Ya había abarcado lo importante de su vida en Nueva Scintia, así que supuso que podría hablar sobre su ciudad natal y su vida allá. Y, al igual que Giselle había hecho, compartirle qué la motivó a llevar a cabo ese cambio de aires.
Pensó que se sentiría intimidada porque, quizás, su historia no era tan interesante como la de Giselle.
Pero ocurrió el efecto contrario, pues, de hecho, se sentía más motivada.
El ambiente se había vuelto demasiado ameno tan rápido, como si fueran dos viejas conocidas y no dos casi extrañas que solo habían hablado un par de ocasiones.
Las copas se vaciaron mientras Nicole hablaba de su familia y de su ciudad natal, por lo que Giselle se permitió ir a la cocina por el resto de la botella.
—¿Tenías pareja allá? —preguntó la anfitriona mientras se alejaba.
—¿En mi ciudad? —musitó Nicole un poco vacilante—. Sí… tenía un novio. Derek Perkins. El único novio que he tenido, de hecho. Estuvimos juntos desde la preparatoria, y todos pensaban que terminaríamos casados tarde o temprano.
—¿Tú también lo pensabas? —preguntó Giselle una vez que resurgió de la cocina, con la botella abierta en la mano.
Nicole simplemente asintió lentamente con la cabeza. Giselle le extendió la botella y Nicole, gustosa, colocó la copa para que le sirviera un poco más.
—¿Y ya no siguen juntos?
—No… Cuando surgió la oportunidad de este trabajo y mudarme aquí, él no lo tomó bien. Yo estaba dispuesta a intentar una relación a distancia, incluso le propuse que nos mudáramos los dos juntos aquí. Pero ninguna de las dos opciones le agradó.
Giselle terminó de servirle a ambas y se sentó de nuevo a su lado.
—Lo siento.
—Yo no, en realidad —declaró Nicole con algo de sequedad—.
Si te soy sincera, las cosas se fueron… enfriando, supongo, desde los últimos semestres de la carrera.
Cada quien comenzó a tener intereses separados.
Y, en la última discusión que tuvimos, salieron a la luz cosas de su forma de pensar que no me gustaron para nada.
—¿Cómo qué?
—Bueno, no lo dijo directamente, pero me dio a entender que en serio esperaba que nos casáramos de inmediato, luego de graduarnos, que yo no trabajara y me quedara en la casa, atendiéndolo.
Y mi madre, al parecer, pretendía lo mismo, lo que hizo que me sintiera tan presionada que, un poco más y quizás, hubiera cedido.
—¿Y qué lo impidió? —murmuró Giselle con mesura, pero también con interés.
—Quisiera decir que fue solo mi fuerza de voluntad y resolución, pero, en realidad, mi padre tuvo mucho que ver.
Él me apoyó y me convenció de aceptar este trabajo y mudarme aquí.
Si no fuera por eso, quizás ahora sería la Sra.
Perkins, una feliz y despreocupada ama de casa.
En su lugar, tuve que dar por terminada la única relación seria que he tenido…
El aire se tornó un poco serio y silencioso. Nicole temió por un momento que, quizás, había estropeado la velada.
De pronto, sintió cómo Giselle la tomaba de la barbilla y hacía que girara su rostro hacia ella. La observó detenidamente unos segundos, y, luego, comentó con marcado humor:
—Definitivamente no te ves como una Perkins.
Aquello, inevitablemente, le sacó una sonrisa a Nicole, e incluso una pequeña risa.
—Pues ahora mismo, yo tampoco me imagino como una.
Ambas comenzaron a reír juntas en ese momento, sin ningún motivo en especial más allá de que sentían el deseo de hacerlo.
Una vez que Nicole logró calmarse, acercó sus labios a su copa para darle un trago. Al parecer, ya le había tomado completamente el gusto al vino blanco…
—¿Y siempre te ha gustado ver a otras personas teniendo sexo? —escuchó de pronto que Giselle soltaba de golpe, sacudiéndola por completo.
Tuvo un primer impulso de escupir el vino de su boca, pero se contuvo, pues, definitivamente, no quería hacerlo sobre esos muebles tan elegantes y esa alfombra. Así que, en lugar de eso, se obligó a tragar todo de golpe, solo para, justo después, comenzar a toser con desesperación.
—¿Qué…? —masculló entre tosido y tosido.
Cuando la miró de nuevo, Giselle la observaba sonriente desde su asiento, al parecer, expectante de escuchar su respuesta.
—No, no… No es así —Nicole se apresuró a explicar, al tiempo que colocaba su copa en la mesa para evitar salpicar con ella o que se le cayera.
La noche iba tan bien y relajada que Nicole, prácticamente, había olvidado ese asunto.
Incluso había pensado que estaban teniendo algo parecido a un acuerdo, mutuo y silencioso, de no mencionarlo.
Al parecer se había equivocado, y, más bien, Giselle esperaba a que entraran más en confianza para tocar el tema.
Nicole no estaba segura de si eso le molestaba o solo le avergonzaba.
—Escucha —pronunció con mayor firmeza—. La primera vez… fue un accidente. Yo ya estaba ahí y ustedes salieron, y, cuando pasó eso, bueno… me dio pena salir e interrumpir.
Más pena le provocó tener que decir aquello. De seguro la hacía sonar como una niña tonta, o como la peor creadora de excusas. Pero era la verdad, aunque sonara difícil de creer.
—Entiendo —pronunció Giselle, con una sonrisa despreocupada, sonando más a que, en realidad, no le creía—. ¿Y la segunda vez?
Nicole se tensó aún más y agachó su cabeza avergonzada hacia la alfombra.
—La segunda vez… —pronunció despacio, esperando que la respuesta viniera por sí sola a ella.
Pero no fue así. Aún tenía problemas para entender qué había pasado con exactitud en esa ocasión.
Simplemente, no había podido desviar su mirada hacia otro lado, así como tampoco pudo evitar lo que hizo después.
Pasaron algunos segundos de silencio, en los que Nicole supuso que Giselle aún esperaba algún tipo de explicación de su parte.
Cuando Nicole estaba ya considerando disculparse o algo similar, notó, por el rabillo del ojo, cómo Giselle se inclinaba hacia delante, dejando también su copa en la mesa.
Justo después, se movió por el sillón hacia su dirección, hasta sentarse justo a su lado, muy cerca…
Nicole tuvo el impulso de retroceder, pero, en cuanto alzó su mirada y volvió a notar esos ojos azules observándola, se sintió una vez más inmovilizada, y, en especial, embelesada por estos.
—¿Te molesta si te hago una pregunta personal? —susurró Giselle con voz cauta.
—¿Más personal que la anterior? —masculló Nicole, sin una pizca de reproche en su voz—. Supongo que no… ¿Qué pregunta?
—¿Has estado con alguien? —musitó Giselle despacio, apoyando su brazo sobre el respaldo del sillón—. Íntimamente, me refiero.
—¿Te refieres a…? —musitó Nicole un poco vacilante, sin ser capaz de terminar la pregunta.
—A que sí has tenido sexo con alguien, para ser más clara —masculló Giselle con tono jocoso—.
Sé bien que no es una pregunta para hacerle a alguien que acabas de conocer…
usualmente. Pero, dado lo que ha ocurrido entre nosotras dos veces, me parece que podemos portarnos un poco más osadas. ¿No estás de acuerdo?
—Creo que sí —respondió Nicole por mero reflejo. Su razonamiento tenía sentido para ella.
—Entonces, ¿has estado con alguien antes? —insistió Giselle—. ¿Con tu exnovio o con ese compañero tuyo de la otra noche, quizás?
El rostro de Nicole se puso muy rojo de golpe, y eso logró hacerla desviar su mirada de los ojos de Giselle. Respiró hondo, y, con apenas un pequeño rastro de voz, pronunció despacio:
—Sí…
«Con ambos», pensó para sí misma, pero no tenía interés en hacer esa aclaración de momento.
—¿Y con una chica? —añadió Giselle de forma repentina.
—¿Qué?
—Que si lo has hecho con una chica.
—¿Yo? —exclamó Nicole, casi alarmada—. No… nunca…
La sonrisa en los labios de Giselle se ensanchó, y entonces su cuerpo se aproximó un poco más hacia su invitada. En ese momento, Nicole comenzó a sentirse un poco arrinconada entre Giselle y el antebrazo del sillón.
—¿Y te da curiosidad? —le susurró con voz suave—. Por cómo me observabas aquella noche, yo pensé que sí. Pero —hizo que su cuerpo retrocediera, creando mayor distancia entre ambas—, quizás te malinterpreté.
—Quizás… un poco… —musitó Nicole, un poco ausente. Su corazón le latía con fuerza en el pecho—. Quiero decir… quizás sí me da un poco de curiosidad…
—¿Te estoy incomodando, Nicole?
—¡No! —exclamó con fuerza, alzando un poco de más la voz—. Digo… No, para nada…
La respiración y los nervios de Nicole se hicieron más notorios, pero también lo hizo una fuerte emoción en sus ojos, que casi le gritaban a la otra chica que podía, si así quería, acercarse un poco más.
Giselle aceptó esa invitación silenciosa, volviéndose a inclinar hacia ella, ahora más que antes.
Su rostro quedó casi por completo frente al de su invitada, que no hizo intento alguno por desviarlo.
—¿Te gustaría besarme? —le susurró despacio, provocando que Nicole se quedara sin aliento al instante.
—No… no… lo sé… Apenas te conozco…
—Sabes más de mí en estos momentos que la mayoría de las chicas que suelen visitarme.
—No sé si eso me hace… sentir… mejor…
La mente de Nicole divagó, y no fue capaz de darle forma a ningún pensamiento coherente, pues, en ese momento, Giselle comenzó a cortar la distancia que las separaba.
Cuando ya estuvo lo suficientemente cerca, Nicole no solo no apartó el rostro, sino que, por mero reflejo, cerró los ojos, expectante de lo que estaba por ocurrir.
Giselle colocó su suave mano en la mejilla de Nicole con un tacto dulce y amable, al tiempo que unía, al fin, sus labios a los suyos, en un beso que resultó extraño para Nicole.
Era suave y pacífico, pero, al mismo tiempo, provocó una fuerte chispa, que le recorrió todo el cuerpo y la hizo temblar.
La pelinegra movió sus labios lentamente contra los suyos, quedando unidas por varios segundos, en los que ninguna parecía tener verdaderos deseos de separarse.
Al final, sin embargo, Giselle se apartó un poco, echando su cabeza hacia atrás.
Nicole se quedó en la misma posición, con sus ojos cerrados y sus labios expectantes.
Tardó un poco en darse cuenta del cambio, y, entonces, volvió a abrir sus párpados lentamente.
Se encontró con el hermoso rostro de su anfitriona aún frente al suyo.
El aroma de su piel y de su champú le impregnó aún más la nariz.
—¿Y qué tal? —le murmuró Giselle con curiosidad.
Nicole balbuceó unos segundos antes de poder responderle con la poca voz que le quedaba:
—¿Puedes hacerlo de nuevo…?
Giselle sonrió, complacida, al oírla.
—Por supuesto que sí…
Y, sin más, volvió a aproximarse a ella, volviendo a unirse en otro delicioso beso. En esta ocasión, un poco más entusiasta que el anterior.