La chica del otro balcón Capítulo 15
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Capítulo 15

L as notas de Jefferson quedaron trascritas y enviadas. La comida china fue devorada al tiempo que Nicole veía una película. Y luego de eso… nada más. Simplemente se fue temprano a la cama, y, así, Nicole terminó, sin mucha pena o gloria, su segundo viernes en Nueva Scintia.

El sábado lo dedicó en su mayoría a hacer algo de ejercicio, limpiar su departamento y hablar un rato con sus padres para contarles cómo le iba, siendo, por supuesto, muy cuidadosa de no comentar su más reciente aventura sexual con su compañero de trabajo o su aún confusa relación con su vecina.

Pero, más que nada, intentó descansar luego de una pesada semana de trabajo.

Conforme se acercaba la noche, llegó a cuestionarse seriamente si era buena idea acudir o no a esa dichosa cita.

Esa emoción, que la había consumido toda la semana, fue mitigada un poco tras ser plantada el día anterior.

Sin embargo, para cuando dieron las seis, sus pies se dirigieron prácticamente por sí solos al baño y, para cuando se dio cuenta, ya estaba bajo el agua de la regadera.

«Bueno, solo iré un rato», se dijo a sí misma mientras se enjuagaba el cuerpo.

Su atuendo elegido fue el mismo que había pensado el día anterior: su pantalón blanco a la cadera y su blusa nueva, recién comprada.

La duda llegó, inesperadamente, al momento de elegir la ropa interior.

Tenía aún el incómodo recuerdo de lo ocurrido con Jaime, ya que, para su pésima suerte, llevaba quizás dos de sus prendas más sosas y que ni siquiera combinaban.

A Jaime no le había importado mucho, pero… eso no le daba mucha confianza.

Cuando comenzó a tener relaciones con Derek, consideró comprarse conjuntos un poco más llamativos y bonitos de los que acostumbraba.

Aunque siempre se tuvo que mantener algo cauta, pues, después de todo, seguía viviendo con sus padres y no quería que llegaran a sospechar al ver, en su ropa sucia, una prenda demasiado atrevida.

Así que, en efecto, pasó gran parte del inicio de su vida sexual activa, y hasta la fecha, con ropa interior un poco común y aburrida.

Esto a Derek tampoco le importaba mucho, en realidad.

«Al final, parece que a todos los hombres les da igual lo que uses, mientras te lo puedan quitar».

Pero ella no era un hombre, y Giselle tampoco. Así que las reglas del juego le eran un tanto desconocidas.

Luego de repasar varias veces sus opciones, optó por el conjunto más decente que tenía disponible, al menos a su propio juicio: unas pantaletas y sostén celestes, con un discreto encaje y coquetos detalles rosados. Le gustaba y se sentía cómoda con él, así que le pareció la mejor opción.

Ya vestida con el resto del atuendo, se vio a sí misma frente al espejo para asegurarse de que todo luciera bien.

La blusa nueva le pareció que le quedaba incluso mejor que el día anterior, y combinaba bien con su pantalón.

Lo único que faltaba era su peinado y maquillaje.

Para el primero solo se secó el cabello y se lo dejó suelto sobre los hombros.

Para el maquillaje no quiso ser nada exagerada y solo optó por algo de brillo y color para las mejillas.

Y, como último toque, su arma secreta: su perfume favorito de aroma floral, con pequeños toques de canela.

Derek siempre dijo que le encantaba, e incluso que era ya un aroma característico que relacionaba con ella.

Esperaba que su vecina opinara igual, pues a ella, en lo personal, también le agradaba bastante.

Para cuando estuvo totalmente lista, le echó un vistazo al teléfono.

Eran las 7:43 exactamente. Justo a tiempo.

Aunque aún no era la hora en la que habían acordado, por lo que se quedó los siguientes diecisiete minutos sentada en la sala, aguardando con cierta impaciencia.

En un par de ocasiones volteó hacia la entrada para asegurarse de que Giselle no le hubiera pasado ninguna otra nota bajo la puerta. Por suerte, no fue así.

Llegadas justo las ocho en punto, Nicole se paró de un salto de su sillón y salió, veloz, de su departamento.

Igual, antes de atreverse a tocar en la otra puerta, se tomó unos instantes para respirar hondo, calmar los nervios que le carcomían el estómago, y, entonces, sí se atrevió a llamar, no como las veces anteriores, que prácticamente se había paralizado en el acto.

Tocó solo tres veces y, entonces, aguardó.

Pasaron de seguro unos segundos, pero Nicole lo sintió como bastante más.

Y en todo ese rato sintió que los nervios se volvían a apoderar de ella.

De hecho, sintió que todo su cuerpo se tensaba al escuchar cómo la cadena se retiraba del otro lado, seguida por el seguro.

Cuando la puerta se abrió, incluso contuvo un poco el aliento.

Del otro lado, por supuesto, se asomó justo la persona que esperaba, aunque…

un tanto diferente a cómo la había visto las ocasiones anteriores.

Mientras que hasta ese momento siempre le había visto luciendo elegantes, bonitos, y en apariencia costosos, conjuntos y vestidos, en esos momentos Giselle se veía un tanto más casual.

No traía el cabello suelto como antes, sino recogido en una larga cola.

Iba descalza y su atuendo se componía de una camiseta blanca sencilla, sin mangas, y unos pantalones cortos de mezclilla.

—Nicole, llegas temprano —murmuró Giselle con tono alegre, esbozándole una pequeña sonrisa.

Escuchar su voz agitó un poco a Nicole, lo suficiente para sacarla de su primera impresión.

—¿Temprano? —murmuró un poco confundida—. Pero… dijiste a las ocho.

—Sí, y llegas justo a las ocho —indicó Giselle con tono burlón, apoyándose un poco contra la puerta—. Muy temprano.

—Bueno, es que… vivo al lado… —intentó explicarle Nicole, señalando un poco perdida hacia su respectiva puerta.

La mujer de cabellera oscura delante de ella soltó, de pronto, una pequeña risilla divertida.

—Tranquila, no fue una queja —explicó con tono más calmado, y entonces se hizo a un lado—. Pasa, por favor.

—Gracias… —susurró Nicole, ingresando un poco cabizbaja al departamento.

Apenas iba empezando la noche y ya sentía que había metido la pata.

El hecho de que su anfitriona estuviera vestida de esa forma y ella tan arreglada la hacía sentir un poco insegura.

Y no solo por el hecho de que, de seguro, daba la impresión de haber malinterpretado su invitación, sino que, incluso vistiendo un atuendo tan normal, Giselle seguía viéndose hermosísima.

Nicole no tenía idea de cómo lo lograba.

Cuando escuchó la puerta cerrarse detrás de ella, Nicole se atrevió, al fin, a alzar su mirada y echar un vistazo al espacio al que había ingresado. Y su rostro se congeló en una mueca de asombro por lo que vio.

Aquel departamento era prácticamente idéntico al suyo, pero, al mismo tiempo, era bastante diferente.

Ambos tenían el mismo tamaño, la misma disposición y áreas, aunque espejeadas, pues en el de Giselle la cocina estaba del lado derecho, mientras que la sala y el cuarto del lado izquierdo.

Pero esa era la menor de las diferencias que captaron la atención de Nicole.

El departamento de Giselle era mucho más colorido, mejor distribuido, con unos muebles minimalistas, pero muy elegantes.

Era casi como entrar a algún tipo de galería o al lobby de un hotel fino.

El departamento de Jaime le había parecido muy limpio, refinado y agradable. Sin embargo, este lugar era otro nivel, y era justo el departamento al lado del suyo…

—Este lugar es bellísimo —exclamó Nicole por mero reflejo, sin ser del todo consciente de que dicho pensamiento se le había escapado.

—Gracias, pero debe ser muy parecido al tuyo, ¿no? —comentó Giselle a sus espaldas.

—Sí, excepto por los muebles, el color y… todo lo demás.

—Tuve un buen decorador —señaló de pronto su anfitriona, y Nicole sintió cómo se paraba a su lado e incluso colocaba una mano sobre su hombro.

Nicole se sobresaltó, sorprendida, atreviéndose apenas a mirarla de reojo. Giselle la miraba de regreso con una agradable y dulce sonrisa, que la dejó, prácticamente, imposibilitada para hacer otra cosa más que admirarla.

—Qué bonita blusa, por cierto —comentó de la nada, sacándola abruptamente de sus pensamientos.

—¿Eh…? Ah, gracias —murmuró Nicole, un poco ausente, virándose a echarle un vistazo más a su propio atuendo—. Recién la acabo de comprar, de hecho.

—Es una Viscencio , ¿verdad?

—¿Una qué?

—La marca de la blusa.

—Ah, no estoy segura —murmuró Nicole, vacilante, y, luego, incluso intentó, por mero reflejo, mirar la etiqueta de la prenda, aunque la tuviera puesta—. Solo me gustó mucho el diseño.

—Gracias —soltó Giselle de pronto, y, sin decir más, comenzó a avanzar en dirección a la cocina.

—¿Gracias? —murmuró Nicole, confundida, siguiéndola con la mirada. «¿Qué habrá querido decir?».

—Siéntate. Ponte cómoda —le indicó su anfitriona.

Nicole avanzó desde el recibidor hacia la sala, un bonito conjunto de tres sillones de tapiz azul rey, con una elegante mesa de centro circular de cristal, con armazón dorado.

Sobre esta se encontraba colocada una charola con aperitivos de jamón, queso y galletas.

Nicole solo había visto algo así en festejos de bodas.

—¿Quieres vino blanco o tinto? —pronunció Giselle desde la cocina, tomando a Nicole un poco desprevenida.

Tras unos momentos de vacilación, respondió con voz cauta:

—¿Blanco? —sonaba casi como si temiera haber respondido mal la pregunta de un examen.

—Blanco será.