Capítulo 14 #2
—Es de un amigo de… —comenzó Nicole a explicarse, pero de inmediato se le vino a la mente la hora. Sacó su teléfono del pantalón; eran ya las seis cuarenta—. Mejor luego te cuento. Necesito bañarme, peinarme… En fin, ¡muchas gracias! ¡Te debo una!
Dicho eso, comenzó entonces a avanzar rápidamente hacia la puerta del edificio.
—Me la pagarás acompañándome al Game Bar la próxima vez, ¿de acuerdo? —pronunció Ruby con fuerza, detrás de ella, antes de volver a arrancar el motor de su vehículo.
—¡Sí!, ¡por supuesto! —pronunció Nicole con entusiasmo, girándose de regreso hacia ella, agitando una mano. Aun así, una vez que Ruby se alejó por la calle y Nicole se giró de nuevo hacia la puerta, pronunció despacio para sí misma—: Pero no subiéndome en «eso» de nuevo, lo juro…
Ya dentro de su edificio, comenzó a sentir que los efectos del viaje en motoneta se apaciguaban hasta volver a la normalidad.
Aunque ahora pasaba del temor de la motoneta al temor de su cita.
Mientras subía por el elevador, respiraba lentamente, intentando serenarse.
Aún tenía más de una hora, así que no tenía sentido ponerse nerviosa desde ya.
Para ese momento, de seguro Giselle ya había regresado de su viaje, y, quizás, incluso ya estuviera en su departamento.
¿Estaría ella también arreglándose? ¿Estaría igual de nerviosa que ella?
Eso resultaba poco probable, pues, si había tenido la visita de dos chicas diferentes en su departamento la misma semana, de seguro tenía más experiencia en ese tipo de cosas de la que Nicole pudiera imaginar.
Ese último pensamiento le trajo una sensación incómoda al pecho. ¿Con cuántas chicas habría estado Giselle realmente? ¿Eso de invitarlas a su departamento para «conocerse mejor» sería algo que realizaba regularmente? Y si era el caso, ¿realmente quería ser una más de esa lista?
«Es un poco tarde para cuestionarme eso, ¿no?», se dijo a sí misma, hasta que el ascensor llegó al piso diez y le tocó salir.
Decidió en el momento mejor no preocuparse de más, y, así como con Jaime, dejar que pasara lo que tuviera que pasar. Después de todo, si ella no lo quería, no tenía que pasar nada más que una simple y normal noche de chicas.
Llegó a la puerta de su departamento, sacó sus llaves y la abrió, para luego entrar apresurada. Encendió las luces a tientas y avanzó hacia el sillón, dejando su mochila y la bolsa de Strivanza Fashion sobre este.
Se tomó un momento para cavilar en su cabeza lo que debía hacer a continuación.
«Una ducha, claro», concluyó. Y, entonces, se viró en dirección a la habitación.
Al girarse, sin embargo, notó algo en el piso, cerca de la puerta principal. Había un pedazo de papel blanco, doblado, ahí en el suelo. ¿Se le había caído de su mochila? No, no creía que fuera así. Por su posición, parecía más como si alguien lo hubiera pasado por debajo de la puerta.
Un poco confundida, se aproximó de regreso al área de recibidor y levantó el papel, desdoblándolo. Era una nota corta, escrita con tinta negra y una caligrafía muy hermosa, la cual decía:
Hola, Nicole:
Te pido una disculpa, pero llegué demasiado cansada de mi viaje. ¿Te parece si lo dejamos para mañana a la misma hora? Solo ven y llama a mi puerta con confianza. Que tengas un lindo viernes.
Con amor,
Giselle
—¡¿Qué?! —exclamó Nicole con ímpetu en cuanto terminó de leer la nota. Incluso tuvo que leerla una segunda vez para asegurarse de que la había entendido bien; pero, en realidad, no dejaba demasiado espacio a la equivocación—. ¡No puede hacer eso!
Después de rechazar otros planes, haber postergado su trabajo, tomarse su hora de comida para comprarse algo bonito y todas las preocupaciones que había tenido para llegar a casa, ¡incluso soportar un viaje montada en Lirio!, ¿Giselle la estaba dejando plantada? Eso tenía que ser una broma.
Salió en ese momento despedida de su departamento, sin vacilar demasiado.
Se dirigió con paso firme hacia la puerta de al lado, y, una vez ahí, alzó su mano para tocar y…
Ahí se quedó, suspendida en el aire, sin que sus nudillos se acercaran siquiera a menos de un centímetro, muy similar a como había ocurrido la mañana del lunes.
De un instante a otro, a su mente llegó el pensamiento de que quizás, solo quizás, estaba exagerando un poco.
Después de todo, Giselle no tenía su número ni ninguna otra forma de contactar con ella y aun así tuvo el detalle de escribirle una carta para avisarle del cambio de planes.
Además, si venía llegando de un viaje de trabajo, tenía todo el sentido que se sintiera cansada.
No era que la hubiera dejado plantada ni cancelado el plan; solo lo había cambiado de día.
Y lo más importante: ella no tenía ni idea de lo que Giselle había hecho, o no, esa noche.
Así que, por donde lo viera, que se enojara por eso era similar a algo más parecido a un pequeño berrinche de niña.
«Algo que no haría un adulto, ¿cierto?», se dijo a sí misma con pesar y algo de pena.
Resignada, aunque aún algo molesta, bajó de nuevo su mano y se dirigió de regreso a su departamento.
De haber sabido que pasaría eso, hubiera aceptado la invitación de Jaime para cenar (y quizás algo más), o la de Ruby para ir con sus amigos al bar de juegos de mesa (aunque la idea de viajar más de lo debido sobre Lirio igual no le agradaba en lo más mínimo).
Ahora, en lugar de cualquiera de los tres planes que le hubieran gustado, su noche de viernes se reduciría a sentarse frente a su laptop y terminar el trabajo que había dejado pendiente.
Y, en un aspecto más positivo, pedir un poco de comida china.