La chica del otro balcón Capítulo 14
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Capítulo 14

L uego de la partida de Jaime, Nicole siguió tecleando solo por unos cinco minutos más, hasta que su mente y cuerpo por igual le dijeron «basta».

Y, con bastante decisión, cerró de golpe la tapa de su computadora.

Si Jefferson esperaba que transcribiera todo en ese mismo instante, debió haberlo dicho desde el inicio.

O, aún mejor, haber sido lo suficientemente considerado como para no pedírselo en viernes, tan cerca de la hora de salida.

Como fuera, si acaso alguien se enojaba con ella, era apenas su primer regaño y no creía que en serio se fuera a meter en demasiados problemas por algo como eso.

Como bien le dijo su padre, de alguna u otra forma tendría que lidiar con las consecuencias de su decisión.

Pero eso le correspondería a la Nicole del lunes; la del viernes tenía una cita.

Guardó rápidamente todas sus cosas en la mochila y se dirigió con paso resuelto hacia el elevador. En su cabeza hacía cálculos de cuánto tiempo tendría para tomar el autobús, llegar a casa, darse un baño y arreglarse, eso sin contar cuánto tardaría el autobús en pasar a esa hora…

Una vez que estuvo dentro del ascensor, seguía pensando en lo mismo, hasta que algo la distrajo:

—¡Detengan el ascensor, por favor! —gritó una voz con fuerza, sacudiéndola un poco.

Nicole se abalanzó hacia el tablero, presionando el botón que mantenía las puertas abiertas. Unos segundos después, la figura presurosa de Ruby ingresó casi de un salto.

—Muchas gracias —murmuró la mujer de cabellos rosados, con su espalda apoyada contra la pared mientras recuperaba el aliento.

—No hay de qué —le respondió Nicole, retirando su mano del botón.

Las puertas se cerraron automáticamente unos instantes después.

Nicole no pudo evitar husmear un poco en el atuendo de Ruby, pues era un poco diferente a los que le había visto usar en esas dos semanas.

Llevaba unos pantalones negros de mezclilla un poco rasgados en el área de las rodillas y los muslos, y unas botas medianas de tacón.

En la parte superior traía una camiseta holgada color blanco, y, encima, una chaqueta de cuero color rosa palo.

Del lado izquierdo de su pecho, sujetos a la chaqueta, portaba tres pines pequeños, de forma circular.

Uno era el dibujo del ratón de una computadora, con un fondo de 0’s y 1’s verdes.

Otro parecía ser el escudo o logo de un superhéroe de cómic, que Nicole creía reconocer, pero cuyo nombre se le escapaba de momento.

Y el último se componía de varias franjas horizontales: tres de diferentes tonos de naranja, tres en tonos de rosa y una franja en medio, de color blanco.

No le parecía reconocer qué significaba.

Adicional a su atuendo, se había maquillado ligeramente el rostro, sobresaliendo su labial rosado y una sombra de tono similar en los ojos. Todo ello distaba un poco de la apariencia más relajada y casual que solía tener.

—¿Te cambiaste? —preguntó Nicole con curiosidad.

—No. Así vine desde la mañana. ¿No lo notaste?

—respondió Ruby con ironía, aunque el rostro de tenue preocupación de Nicole dejaba en evidencia que ella no lo había captado de esa forma—.

Estoy jugando, tranquila —se apresuró a aclarar—.

Sí, me cambié y me arreglé en el baño. Voy a verme en un rato con unos amigos en el Game Bar , así que me traje un cambio. ¿Cómo luzco?

—Te ves muy bien —asintió Nicole con efusividad—. ¿Ese Game Bar es un bar deportivo o algo así?

—Oh, no —replicó Ruby, soltando una risita—. Bueno, no en el sentido convencional. Es un bar de juegos de mesa.

—¿Un bar de… juegos de mesa? —masculló Nicole dubitativa, cuestionándose si incluso había escuchado bien.

—¿Nunca has ido a uno? Es muy divertido.

Es como cualquier restaurante bar normal, donde te sirven snacks y, por supuesto, buena cerveza.

Pero el giro es que tienen un montón de juegos de mesa, que puedes rentar y jugar con tus amigos durante toda la noche.

Desde los más comunes, que todo el mundo conoce, hasta los más raros y extravagantes…

—hizo de pronto una pequeña pausa, repasando en su cabeza su última afirmación—.

Bueno, no los más «raros» y «extravagantes»; todo dentro del terreno de lo familiar, claro. Pero hay algunos bastante originales.

—Vaya —exclamó Nicole con moderado entusiasmo—. Creo que no me lo imagino del todo, pero suena interesante.

—Lo es. El novio de un amigo fue quien nos llevó la primera vez. Es un experto en esto de los juegos de mesa; se los sabe todos y sabe explicar muy bien cómo jugarlos. De hecho, ¿por qué no vienes conmigo como mi invitada?

—¿Ahora mismo? —soltó Nicole, asombrada—. Ay, no… No conozco a tus amigos y no quiero incomodar. Además, tengo planes. Voy a… —vaciló unos momentos, buscando la manera correcta de describir lo que tenía pensado para esa noche—. A… reunirme con una amiga.

El ascensor se detuvo en el estacionamiento E4, justo en el que Ruby debía bajarse.

—Bien, otro día será, ¿de acuerdo? —propuso Ruby mientras se aproximaba a las puertas, ya abiertas.

—Sí, eso me encantaría.

Aunque parecía que ya se estaban despidiendo, antes de salir Ruby se viró de nuevo hacia ella, interponiendo su brazo y pie para que las puertas no se cerraran.

—Oye, ¿a dónde vas? Si quieres, te doy un aventón.

—¿Tienes automóvil? —inquirió Nicole, curiosa.

—Tengo algo mejor, ven.

Nicole salió del ascensor por mero reflejo, siguiendo a Ruby.

Esta la guio hasta un cajón de estacionamiento que, en efecto, no estaba ocupado por un automóvil, sino por…

bueno, Nicole no supo identificar de inicio lo que era.

Parecía una motocicleta pequeña color lila, aunque le recordó también un poco a un escúter que ella tenía cuando era niña.

—Esta es mi pequeña Lirio —presentó Ruby con orgullo, parándose al lado del vehículo—. ¿No es hermosa?

—Sí, es bonita —murmuró Nicole, intentando sonar sincera—. No sabía que conducías una motocicleta.

—Es una motoneta —le corrigió Ruby, sonriente—.

Mucho más cómoda, cuesta diez veces menos que un vehículo y consume una fracción de la gasolina.

A la larga, me sale mucho más económica que los taxis o el transporte público.

Sin mencionar que me mueve por toda la ciudad sin problema.

Hasta me puedo meter entre los callejones y acortar camino.

Mientras daba su explicación, Ruby levantó el asiento de la motoneta, abriendo un compartimento debajo de este, del cual sacó dos cascos, uno azul y otro rojo.

—Ven, ponte el casco y sube —le indicó, extendiéndole a Nicole el casco azul.

Nicole se tensó de golpe. Abruptamente le cayó encima la realidad de que Ruby le estaba proponiendo que ambas se subieran a esa motocicleta, escúter, motoneta o lo que fuera…

—No, yo… —comenzó a balbucear, nerviosa—. Te lo agradezco, pero… Tú tienes que ver a tus amigos y no te quiero atrasar.

—Aún tengo tiempo antes de que sea la hora de verlos —aclaró Ruby, y, justo en ese momento, le lanzó el casco, prácticamente obligándola a que la atrapara en el aire con sus manos—.

Anda, sube —insistió, al tiempo que comenzaba a colocarse el casco rojo—.

No le tendrás miedo a la pequeña Lirio, ¿o sí?

—No, no, claro que no —pronunció Nicole rápidamente. Y como si hubiera sido un reto, se colocó el casco casi sin pensárselo.

Ruby se subió a la motoneta, dejando un espacio en el asiento justo detrás de ella, en donde Nicole supuso que debía sentarse. Se montó con prudencia, sus pasos y sus piernas casi temblándole. Justo después, escuchó claramente cómo el motor arrancaba cuando Ruby hizo girar la llave.

—¡No!, ¡espera! —exclamó espantada, y, por mero reflejo, se aferró con fuerza a Ruby, rodeándola con sus brazos—. ¡No estoy lista!

—¡Solo agárrate fuerte! —le indicó Ruby con fuerza, y en ese momento comenzaron a moverse con rapidez hacia la salida del estacionamiento.

El sonido de la motoneta apenas ahogaba los pequeños quejidos de espanto de Nicole.

Ruby y Nicole, montadas sobre la motoneta Lirio, se movieron sigilosas por las calles, logrando incluso pasar entre los vehículos con la gracilidad de un gato.

En casi todo ese trayecto, sin embargo, la interna se mantuvo agarrada con fuerza a la conductora, al tiempo que tenía su rostro pegado y oculto contra su espalda, además de sus ojos cerrados.

—¡Más despacio!, por favor —suplicó Nicole, con su voz temblorosa—. ¡Esto es como estar en una montaña rusa!

—Por favor, Nico, si apenas voy a sesenta —comentó Ruby, aparentemente divertida por las reacciones de su compañera—. Alza la cara y siente un poco el aire. Eso te quitará el miedo.

—¡No quiero! —le respondió Nicole con fuerza.

—Eres todo un caso. ¿Aquí debo girar a la derecha?

—¡Sí! —respondió Nicole, tras atreverse apenas un par de segundos a mirar al frente para ver por dónde iban.

Ruby dio entonces un giro en la esquina, en realidad bastante tranquilo, pero que Nicole sintió casi como si le agitaran el mundo entero, exteriorizando esto en la forma de un pequeño grito de miedo.

Unos minutos después, la pequeña Lirio se paraba, al fin, justo enfrente del edificio de departamentos. El viaje ciertamente no fue muy agradable para Nicole, pero no podría negar que había sido bastante más rápido que esperar el autobús.

—Siento mis piernas como de gelatina… —murmuró con pesar, bajándose de la motoneta y plantando sus dos pies en la banqueta. Sintió, en efecto, por un momento que caería al frente, así que agachó un poco el cuerpo, apoyándose en sus rodillas.

—Supongo que no podré convencerte de comprarte una de estas pronto, ¿no?

—comentó Ruby con ironía, mientras apreciaba todo lo que su compañera hacía y decía—.

Qué bonito vecindario, por cierto —señaló de pronto, virándose a ver a su alrededor, en especial al edifico frente al que se habían estacionado—. ¿Cómo conseguiste un departamento aquí?