La chica del otro balcón Capítulo 13
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Capítulo 13

E l resto de la semana se pasó increíblemente lenta para Nicole, esperando ansiosa la llegada del viernes. Ese día recibiría, al fin, su primer pago y, claro, tendría también su «cita» con Giselle. No se atrevía a cuestionarse cuál de las dos cosas la emocionaba más.

El martes, miércoles y jueves fueron, básicamente, consumidos por el trabajo y las constantes tareas irrelevantes que le iban pidiendo. Sin embargo, dado el panorama, ya no le molestaban tanto en realidad. Incluso sentía que ya le estaba tomando el ritmo.

Tal y como habían prometido, Nicole y Jaime se esforzaron para que su relación de trabajo no se entorpeciera luego de lo que había ocurrido en el departamento de él.

No era como tal que fingieran que nada hubiera ocurrido, pues era notorio en sus tonos y trato más amigable que algo había cambiado.

Lo que sí es que procuraban que ese «trato más amigable» no se excediera, aunque una mirada o risilla discreta, inevitablemente, los dejaba demasiado en evidencia.

Nicole temía estarse comportando como una adolescente en lugar de como una mujer adulta, que había tomado una decisión adulta.

Durante esos días, Nicole no se dio el tiempo de cuestionarse mucho qué era lo que quería que ocurriera entre Jaime y ella de ahí en adelante.

Hasta el instante, antes de que se estacionaran frente a su edificio aquella noche, su actitud iba un poco encaminada a no forzar las cosas y ver cómo fluían con el tiempo.

Pero la aparición repentina de Giselle, y, en especial, su sorpresiva invitación para el viernes, la obligaron a tomarse una pausa y replantearse ese plan.

Aguardaría a ver qué ocurría el viernes y, así, decidir su siguiente paso al respecto.

Eso era con respecto a Jaime. Y, por el otro lado, ¿qué esperaba con exactitud que pasara con Giselle? Nicole prefería no preguntárselo mucho, pues, cada vez que lo hacía, a su mente venían las imágenes de su vecina con aquellas dos chicas y sentía que su rostro se calentaba con el puro recuerdo.

¿En verdad quería… hacer algo como eso con una mujer? ¿Y, además, una con la que apenas había hablado un par de veces? ¿De dónde había surgido ese deseo repentino?

Al parecer, la vida en la ciudad la estaba cambiando rápido. La Nicole de hace tiempo atrás nunca hubiera considerado tal escenario, aunque tampoco hubiera tenido relaciones con un compañero de trabajo que acababa de conocer.

«La Nicole de hace tiempo era la aburrida novia del aburrido de Derek Perkins», se dijo a sí misma con recriminación. «No tienes nada que envidiarle a esa chica, sino todo lo contrario».

Quizás, al igual que con Jaime, lo mejor sería no forzar nada con Giselle y ver cómo fluían las cosas durante la velada.

Después de todo, la intención de la invitación era solamente la que su vecina había dicho: conocerse mejor, sin ningún propósito oculto debajo de esas palabras.

Aunque le era un poco difícil creérselo en serio, teniendo ese pequeño par de precedentes…

Llegado el viernes, el gran día, tuvo la hermosa fortuna de que el depósito de su pago cayera a su cuenta antes del mediodía.

Eso era un gran inicio. Luego de apartar lo de la renta, Nicole decidió aprovechar y tomarse su hora de la comida para ir a la plaza que se encontraba frente a la oficina y recorrer algunas de las boutiques para comprarse un nuevo atuendo para su… cita.

Las pocas veces que la había visto, Giselle siempre vestía espectacular; muy elegante y sofisticada, como si fuera camino a un cóctel, una fiesta de jardín o algo similar.

Quizás Nicole no pudiera costearse sus mismos conjuntos (y, de seguro, en su cuerpo, un tanto más flacucho, no lucirían igual de bien), pero esperaba encontrar algo que al menos pudiera transmitir que era una mujer adulta, trabajadora, y que merecía que la tratara como tal, igual que a aquellas otras dos chicas…

Recorrió un par de tiendas, sintiendo un poco de presión al ir contra reloj, pues solo tenía una hora.

Se probó algunas blusas y vestidos, pero no estuvo completamente convencida con ninguno.

Ya cuando se estaba rindiendo y se disponía a volver, pasó frente a una tienda más que llamó su atención, no por los atuendos que mostraba en sus aparadores, sino por su nombre, expuesto en letras rojas sobre la puerta: Strivanza Fashion .

«Strivanza», pensó un poco asombrada, recordando de inmediato todo lo que Jaime le había contado aquella noche en torno a ese nombre.

La tipografía de ese logo era la misma de la tienda que había visto en el centro, solo que esa lucía como una boutique de ropa más pequeña, no una tienda departamental grande como aquella otra.

Aun así, no era arriesgado suponer que ambas debían, de alguna forma, estar relacionadas con ese hombre al que Jaime estaba investigando.

Nicole vaciló un poco sobre entrar o no, luego de las cosas que Jaime le había dicho, aunque no permitió que eso la frenara demasiado tiempo.

«Por favor, no es como que me vaya a encontrar a ese hombre aquí», pensó con resolución. «Un empresario, jefe de la mafia o lo que sea, debe tener mejores cosas que hacer un viernes por la tarde que pasear por una boutique».

Sonaba lógico, pero igual eso no evitó que sus pasos fueran indecisos al ingresar. Se calmó un poco más cuando comenzó a recorrer las prendas de los exhibidores.

Tenían varias marcas y casi todas las prendas se veían realmente bonitas y coloridas.

A diferencia que en las tiendas anteriores, Nicole encontró varias cosas que le gustaron…

Pero el precio listado en sus etiquetas hacía que se alejara de ellas casi como si le quemaran.

Era más de lo que esperaba gastar en ropa, en especial con su primer sueldo.

Pero igual no salió de la tienda con las manos vacías.

Encontró una blusa ligera, color naranja, sin mangas, ceñida al cuerpo.

Cuando se la probó, en verdad le gustó lo que vio en el espejo.

Y aunque su precio seguía siendo un poco más de lo que se había propuesto en un inicio, resultaba un poco más manejable.

Le parecía que podía usarla con un pantalón blanco a la cadera que tenía guardado y que se vería bien.

Terminada su compra, se dirigió presurosa de regreso a la oficina, pues también había terminado su hora de descanso.

Cruzó la calle cargando en una mano su bolsa de Strivanza Fashion e ingresó, apresurada, por el vestíbulo en dirección a los ascensores.

Entre las personas aguardando, divisó a Jaime.

Este pareció sentir de alguna forma sus pasos veloces detrás de él, pues se viró en el momento hacia ella:

—Hey, Nicole —la saludó con un pequeño ademán de su mano y una sonrisa—. ¿Apenas vas volviendo de comer?

—Sí, bueno… —musitó Nicole apenada, mientras se paraba a su lado—. De hecho, no comí nada, porque fui a comprarme algo —aclaró, alzando su bolsa de compras para que él la viera.

—¿Qué cosa?, ¿puedo ver? —murmuró Jaime, curioso, inclinándose hacia la bolsa.

Sin embargo, Nicole la apartó rápidamente de él.

—Preferiría que no —murmuró la interna, sonriendo un poco forzada.

—¿Por qué?, ¿es una sorpresa? —cuestionó Jaime con voz juguetona.

—Tal vez —respondió Nicole en tono similar. Aunque, en realidad, era más para disimular, pues lo que llevaba en esa bolsa no era nada parecido a lo que, de seguro, Jaime pensaba. Y, en especial, no lo había comprado pensando en él, como seguramente también sospechaba.

El ascensor llegó a la planta baja y ambos ingresaron, junto con otras cuatro personas que no iban a su mismo piso. Se pararon al fondo y, una vez que comenzaron a subir, Jaime le murmuró despacio:

—Eso me recuerda: ¿te gustaría cenar algo hoy?

Nicole se extrañó por la repentina pregunta.

—¿Cenar algo? ¿Tú y yo?

—De preferencia.

Nicole miró de reojo a las demás personas en el ascensor. Todas, al parecer, estaban más entretenidas en sus propios pensamientos que en ellos dos. Dio un paso más hacia Jaime, hasta casi quedar pegados y, así, poder hablar un poco más despacio:

—¿Hablas de cenar de nuevo… en tu departamento? —musitó, con un tono que sonaba casi a una acusación, y, en efecto, Jaime así lo percibió.

—No, me refería a ir a un restaurante —aclaró rápidamente—. Conozco un par muy buenos, donde me conocen y me pueden dar mesa. Y no todos son de pizza, lo prometo. A menos que tú prefieras…

«A menos que yo sí prefiera ir a tu departamento, ¿no?», pensó Nicole, exteriorizando su sentir principalmente con una sonrisa irónica.

Por supuesto, él no quería quitar de la mesa la posibilidad, pero siempre y cuando fuera ella quien lo propusiera. Al parecer, Jaime Hurt ya había superado su renuencia a hacerlo con sus (jóvenes) compañeras de trabajo.

Esto, en realidad, a Nicole no le molestó en absoluto.

Al parecer, le gustaban los hombres (¿y quizás las mujeres también?) seguros de sí mismos, capaces de atreverse a dar el primer paso y ver qué pasaba, algo en lo que ella, en lo personal, no era precisamente muy buena.

Sin embargo, Jaime no estaba de suerte, pues ella ya tenía una cita esa noche, agendada con bastante más anticipación.

—Lo siento. Tengo otros planes hoy —se disculpó Nicole con gentileza.

—¿De verdad?

—¿Acaso te sorprende?

—Claro que no.

Nicole percibió la curiosidad carcomiéndolo por preguntarle con quién eran esos planes, pero no lo hizo. Fue un lindo gesto. Sería bastante decepcionante para ella si, luego de una sola noche, Jaime pensara que tenía el derecho de cuestionarla al respecto.

Cuando llegaron a su piso, eran los únicos en el ascensor. Las puertas se abrieron y ambos salieron al mismo tiempo.

—Quizás podría ser alguna otra noche —propuso Nicole una vez que estuvieron fuera—. ¿Estaría bien?

—Por supuesto —asintió Jaime, aparentemente conforme.

Con su acuerdo sellado con esas palabras y una última sonrisa discreta de ambos, se separaron y se dirigieron cada uno a sus respectivos lugares.

El resto del día fue más tranquilo y todo pintaba a que terminaría igual.

Sin embargo, eso cambió cuando, una hora antes de la salida, Jefferson pensó que era el momento perfecto para pedirle a Nicole que le transcribiera de nuevo sus notas.

Y antes de que ella pudiera preguntarle si acaso lo quería para ese mismo momento o para el lunes, él, sencillamente, se alejó hacia el ascensor, alegando que tenía una cita importante.

«Hijo de…», pensó Nicole, ahogando en su garganta una pequeña maldición. No era usual en ella pensar ese tipo de cosas, y menos decirlas.

Intentó que aquello no le amargara la noche y se dispuso a trabajar lo más rápido posible. Sin embargo, resultó ser más trabajo de lo esperado.

Giselle la había citado a las ocho en su departamento.

La ventaja era que vivía justo al lado; pero Nicole aún tenía que tomar el transporte público, y deseaba también darse un baño y arreglarse lo mejor posible antes de esa hora.

Podría quizás haber tomado un taxi para ahorrarse un poco de tiempo, si no se hubiera dado el lujo de una costosa blusa nueva con parte de su primer pago…

«Ser adulto ya no parece tan divertido», pensó con frustración.

Justo antes de mudarse, su padre le había advertido que el vivir por su cuenta y tener un trabajo significaba que debía hacerse responsable de su dinero, así como de los deberes y las consecuencias de sus decisiones.

Comenzaba, en ese momento, a digerir mejor lo que dichas palabras significaban en realidad.

—Hasta el lunes, Nicole —escuchó de pronto que decían a sus espaldas y notó sobre su hombro a Jaime, caminando hacia el ascensor.

—Hasta lunes, Jaime —le respondió despacio, con disimulada amargura.

Se cuestionó a sí misma si acaso él se había estado preguntando por qué ella seguía ahí, si se suponía que tenía planes para esa noche; o, al menos, eso era lo que ella le había dicho.

¿Creería que quizás le había mentido? Esa idea le provocó un poco de ansiedad; pero, de momento, Jaime no era su prioridad.