Capítulo 12
E l viaje hacia el edificio de Nicole fue en su mayoría silencioso, interrumpido solo de vez en cuando por alguna pequeña indicación por parte de la muchacha sobre dónde dar vuelta.
Pero no fue un silencio incómodo o algo similar.
De hecho, era más como un acuerdo implícito entre ambos de que ya habían hablado lo suficiente esa noche (y hecho otras cosas más), y que, de momento, preferían mejor permanecer callados.
Al llegar a su destino, Jaime estacionó su vehículo justo frente a la fachada del edificio. Para ese momento ya era un poco más de las once, y la noche se percibía un poco fresca.
—¿Es aquí? —inquirió el reportero con curiosidad, asomando un poco su cabeza por la ventanilla para echarle un vistazo mejor al edificio—. Nada mal. Creo que les pagan a los internos más de lo que creía.
«Mira quién habla», pensó Nicole, divertida. El departamento de él podría ser más sencillo que el suyo, pero, por la ubicación y el edificio en el que estaba, dejaban en evidencia que tampoco era que él ganara muy mal.
—No, en realidad no pago tanto porque el departamento es de un amigo de…
—la explicación de Nicole fue interrumpida en el momento en el que tuvo que dejar salir un pequeño bostezo.
Ya empezaba a sentir de nuevo la somnolencia cayendo sobre ella.
Aunque esta no era la usual que le daba posterior a tener sexo, sino la normal al final de un largo día de trabajo—. Bueno, mejor luego te lo cuento.
—Sí, será mejor —concordó Jaime—. Ya es algo tarde, y mañana aún hay que trabajar.
«Rayos, es cierto», pensó Nicole un poco alarmada. Apenas era lunes. Por un momento había sentido como si fuera una noche de viernes. Y todavía debía darse un baño antes de acostarse y… ¿Había terminado de transcribir las notas de Jefferson?
Perdida un poco en esos momentos, Nicole se viró de nuevo hacia Jaime y notó, en ese momento, cómo este se inclinaba hacia ella, casi por mero instinto, con la clara intención de besarla.
Sin embargo, se detuvo a unos cuantos centímetros de concluir el acto, quizás al volverse consciente de lo que había hecho.
Ambos se quedaron en silencio, mirándose el uno al otro con la confusión adornando sus rostros.
Al final, una pequeña sonrisa se dibujó en los labios de Nicole. Ella misma se encargó de cortar esa pequeña distancia que había quedado entre ellos y cerrar el beso propuesto. Jaime, gustoso, lo aceptó.
Luego de todo lo que habían hecho esa noche, un último beso de despedida no era, en realidad, la gran cosa.
Antes de que Nicole se bajara, Jaime lo hizo primero y, rápidamente, le sacó la vuelta al vehículo por el frente, se dirigió a su puerta y la abrió antes que ella. Nicole lo consideró un poco innecesario, pero agradeció el pequeño gesto.
—Te veré mañana, entonces —murmuró Jaime, cerrando la puerta una vez que Nicole tuvo sus pies en la banqueta.
—Sí. Hasta mañana, Jaime…
Nicole se viró en ese momento hacia el edificio, dio un solo paso hacia este, y, entonces, se detuvo por completo, incluida su respiración.
La puerta principal del edificio se estaba abriendo en ese preciso momento y una persona iba saliendo, arrastrando detrás de ella una maleta grande de ruedas, color azul.
Las suelas altas de sus zapatos resonaron contra el concreto del camino que llevaba a la acera, y su falda blanca con holanes se mecía a cada uno de sus pasos, al igual que los largos mechones de su hermoso cabello negro.
Esa persona, al ver y reconocer a Nicole más adelante, esbozó una sonrisita alegre.
—Hola, Nicole —musitó Giselle, del departamento 81, con absoluta normalidad—. Buenas noches.
Escuchar su voz y, encima, dirigiéndose directo hacia ella, hizo que Nicole sintiera un pequeño ataque de pánico.
Había pasado casi toda la semana pasada intentando evitar a esa mujer; luego, todo el fin de semana esperando verla «casualmente», y ahora se presentaba ahí, ante ella, de la nada, sin buscarlo y cuando no estaba en lo absoluto preparada. No parecía justo.
La lengua de Nicole se trabó un poco, por lo que no fue capaz de responder al inicio algo más que balbuceos. Solo hasta que su vecina estuvo justo de pie delante de ella, fue capaz de reunir la serenidad suficiente para decir algo medianamente coherente:
—Ah… Buenas… noches…
—¿Vas llegando? —le preguntó Giselle curiosa, mirando de reojo a Jaime, que seguía de pie a su lado.
Nicole viró su rostro hacia su acompañante, notándose un poco sorprendida, como si hubiera olvidado por un momento que él estaba ahí. Se volteó una vez más hacia Giselle y abrió la boca para dar alguna respuesta, que, en realidad, no salió:
—Ah… —balbuceó despacio, solo para, justo después, quedarse callada.
—Lo siento. No me incumbe, ¿verdad? —comentó Giselle con tono juguetón. Dio entonces un paso hacia Jaime, extendiéndole una mano—. Giselle Leblanch, vecina de Nicole. Es un placer.
—Jaime Hurt, compañero de trabajo —respondió el hombre rubio, estrechando la mano que Giselle le ofrecía—. Igual, es un placer.
—Oh, entonces…, ¿estaban haciendo cosas de trabajo? —murmuró Giselle con tono inquisitivo, mirando de nuevo a Nicole.
—¡Sí! —exclamó esta de golpe, sin pensarlo mucho—. Cosas de trabajo…
Giselle contuvo una pequeña risa, aunque su gesto fue tan evidente que Nicole sintió cómo sus mejillas se ruborizaban de la vergüenza.
—Creo que debo retirarme —indicó Jaime, aligerando un poco el ambiente—. Nicole, descansa.
—Sí. Tú también…
Ambas mujeres en la banqueta observaron en silencio cómo el hombre rubio se subía de nuevo a su auto. Ya en marcha, dio un giro en la calle para tomar la dirección contraria a la que venían, y, antes de alejarse, se despidió de Nicole con un último gesto de su mano a través de su ventanilla.
—Hasta mañana —pronunció Nicole con fuerza, mientras agitaba su mano en el aire.
El vehículo se alejó y ambas se quedaron solas…
Nicole pensó que se sentiría más cómoda cuando Jaime se retirara, pero no fue así. De hecho, mientras estaba ahí, de pie al lado de su vecina, sintió que su corazón se agitaba violentamente en su pecho y sus piernas le temblaban un poco.
—¿Interrumpí algo? —comentó Giselle tras unos momentos de silencio.
—No, nada —respondió Nicole apuradamente—. Solo me… estaba dando un aventón.
Giselle asintió, aunque su mirada indicaba que no le creía del todo. Avanzó entonces, parándose cerca de la orilla de la acera con todo y su maleta. Revisó la hora en su reloj de muñeca, y, luego, sacó su teléfono de un bolsillo incorporado en su falda.
—¿Y… tú qué haces aquí afuera tan tarde? —cuestionó Nicole, su voz temblándole un poco. Observó entonces con más cuidado la maleta azul que Giselle traía consigo—. ¿Vas a salir de viaje?
—Sí, también por cosas de trabajo —le respondió Giselle, mirándola sobre su hombro—. Suelo tener que salir de la ciudad al menos una vez al mes. Por suerte, no son viajes muy largos. En esta ocasión vuelvo el viernes.
—Ah, sí… No son tantos días… —masculló Nicole despacio, aunque cuatro días de viaje ya le parecían suficientes.
Le confundía un poco que estuviera hablándole con tanta normalidad, como si lo ocurrido ese par de ocasiones en su balcón no hubiera pasado.
Aunque debía aceptar que ese no era precisamente el lugar adecuado para hablar de «eso», pero…
aun así le causaba cierta molestia que hiciera tal cosa, como si no importara.
¿Estaba de nuevo jugando con ella? ¿O solo estaba pensando de más las cosas…?
—¿Y… en qué trabajas? —preguntó Nicole tras un rato.
Giselle se tomó unos segundos para revisar algo en su teléfono.
Luego se viró y sus labios se separaron con la intención de responderle.
Sin embargo, en ese mismo momento las luces de un vehículo acercándose por la calle llamaron más su atención.
Un instante después, un taxi se estacionó justo delante de ambas.
—Mi taxi llegó —indicó Giselle, señalando al vehículo amarillo.
—Sí, claro —murmuró Nicole, un tanto decepcionada—. Bueno… Ten un buen viaje.
—Muchas gracias, Nicole. Descansa.
Giselle avanzó, arrastrando su maleta hacia la parte trasera del taxi, donde el chofer del vehículo ya estaba abriendo la cajuela y se preparaba para ayudarla a subirla. Nicole alzó una mano a modo de despedida, a pesar de que Giselle le daba la espalda.
Un poco (o muy) decepcionada, se dio media vuelta y se dispuso a ingresar al edificio.
El saber que Giselle no estaría en toda la semana la hacía sentir aún más frustrada.
Aunque, en parte, quizás era mejor así; de seguro, su corazón no soportaría más emociones por ese día.
Y tal vez, pasado ese tiempo, podría ya olvidarse del tema.
Además, acababa de empezar algo con Jaime esa noche; no sabía con seguridad qué, pero definitivamente era más sano y seguro que su extraña obsesión con su vecina a la que ni siquiera…
—Oye, Nicole —escuchó de pronto que Giselle pronunciaba a sus espaldas, provocando que se sobresaltara.
Se giró rápidamente de regreso y vio a Giselle, avanzando unos cuantos pasos hacia ella.
—Me acabo de dar cuenta de que yo tampoco sé en qué trabajas. De hecho, no sé mucho más de ti además de tu nombre… y en dónde vives, claro.
«Bueno, es que esta es apenas la segunda vez que hablamos», pensó Nicole con sentimiento de condescendencia, pero, por fuera, sonreía despreocupada.
—¿Por qué no nos reunimos el viernes cuando vuelva? —propuso Giselle con moderada efusividad.
Los ojos de Nicole se abrieron por completo, azorados.
—¿Reunirnos?
—En mi departamento. Para conocernos mejor.
«Conocernos mejor», repitió Nicole en su cabeza, y una vez más sintió que su corazón retumbaba con fuerza en su pecho, sintiéndolo incluso en el resto de su cuerpo.
Balbuceó un poco, claramente nerviosa, y, cuando pudo encontrar la firmeza adecuada, solo respondió despacio:
—Eso… me encantaría…
Giselle sonrió, al parecer complacida por su respuesta.
—Es una cita, entonces —comentó con un tono coqueto, seguido después de un pequeño guiño de su ojo, muy similar al que le había hecho aquella noche desde su balcón—. Nos vemos.
Nicole se quedó totalmente muda en su sitio, contemplándola mientras caminaba hacia su taxi y se subía a la parte trasera de este. Su mano derecha se alzó una vez más en un gesto de despedida mientras veía el vehículo alejarse, y no la bajó hasta, quizás, un minuto después…
—¿Una cita? —murmuró despacio para sí misma.
Se viró de nuevo a la puerta e ingresó al edificio con su llave.
Y, mientras más avanzaba por el pasillo, más subía por el elevador y más se aproximaba a su departamento, más caía en cuenta de lo que todo eso podría significar.
Lo que la fue invadiendo poco a poco fue algo difícil de describir.
¿Era acaso miedo… o emoción? Para esos momentos, ¿había realmente alguna diferencia significativa?