46
El diez de septiembre cerramos la temporada en el camping.
Salen los últimos de agosto: una familia de Albacete y dos caravanas. Los holandeses del bungaló nueve se quedan, como todos los años, hasta noviembre, y esa tarde, por el fin de la temporada alta, le regalan a mi padre una botella de algo que no pensamos abrir nunca.
Y a las siete de la tarde, con la piscina ya vaciada a medias y el cartel de LAS SALINA descolgado para pintarlo en invierno, nos sentamos mi padre y yo en la oficina con la carpeta azul y la caja.
—Venga —dice.
•
Antes de sentarnos, vaciamos la piscina.
Es una cosa que se hace todos los años el mismo día y que dura hora y media: abrir la válvula de desagüe, esperar a que baje, cepillar las paredes mientras queda un palmo de agua, y luego achicar el fondo con la bomba pequeña y la manguera.
Y es, de lejos, la cosa más triste que se hace en un camping.
La piscina llena es el ruido del verano: los gritos, los chapuzones, el pito del socorrista los años que hay socorrista, la señora que hace largos a las nueve de la mañana, el padre que enseña a nadar a alguien.
Y la piscina vacía es un agujero de hormigón azul clarito, con la línea de la cal marcada en las paredes y hojas de pino en el fondo.
Mi padre baja al fondo con el cepillo y yo me quedo arriba con la manguera.
Y desde ahí, desde el borde, lo veo cepillar. Un hombre de cuarenta y nueve años, con el bañador viejo y las zapatillas de agua, de rodillas en el fondo de su piscina, frotando la grieta.
La grieta que pinta cada mayo. La que va desde el escalón hasta el desagüe. La que este año, ahora que el agua no está, se ve que es un poco más larga que el año pasado.
—Papá.
—Dime.
—La grieta ha crecido.
Él la mira. Le pasa el pulgar por encima, despacio, siguiéndola hasta donde termina.
—Dos centímetros —dice—. Todos los años, dos o tres centímetros. Lleva así desde que tú tenías diez años.
—¿Y no se puede arreglar?
—Se puede. —Sigue cepillando—. Pero hay que picar el vaso entero y volver a hacer el fondo. Son veinte mil euros.
Y no dice nada más. Y yo tampoco.
Y terminamos de vaciarla a las siete menos cuarto, y subimos a la oficina, y nos sentamos con la carpeta azul a hacer los números de una temporada entera de un sitio que tiene una grieta que crece dos centímetros al año y a la que nadie le ha hecho una foto nunca.
•
Hacemos la temporada entera.
Dos horas y media con la calculadora del móvil, el libro de registro y mi libreta, apuntando en dos columnas: entradas por parcelas, entradas por bungalós, luz, agua, bar, lavandería, nóminas de la chica de la limpieza, seguro, cuotas.
Y el resultado es este:
El mejor verano en cuatro años.
Catorce mil euros más que el año pasado, porque agosto ha estado lleno, porque ha hecho un tiempo raro que ha alargado la temporada y porque el Mar Menor, este año, no ha tenido episodio.
—Con esto llegamos a marzo —digo.
—A abril —dice él.
—A marzo, papá. Pon el seguro del trimestre.
Y lo pone, y sale marzo, y se queda mirando el número un rato.
—Marzo —dice.
—Marzo es tiempo —digo—. Con la cita del banco y lo de la otra gestoría, marzo es mucho tiempo.
•
A las ocho y media paramos para comer algo, un plato de embutido y pan encima del mostrador, de pie, porque los dos sabemos que si nos sentamos en la cocina se acaba la cuenta.
Y mi padre, con el cuchillo en la mano, cortando el queso, dice:
—¿El piso cómo es?
—No lo he visto. Solo fotos.
—¿Y no vas a verlo antes?
—Lo vio Vera, la chica de Alicante. Dice que está bien. Que es viejo pero que está limpio.
—Ya. —Corta otro trozo—. ¿Y tiene ascensor?
—Tercero sin ascensor.
Y mi padre asiente, como si eso le pareciera bien, como si un tercero sin ascensor fuera una garantía de algo.
—Yo en octubre me acerco —dice—. Una mañana, en la furgoneta. Te llevo lo que te haga falta. Un ventilador, o un microondas, o lo que sea. Que en esos pisos nunca hay microondas.
—No hace falta, papá.
—Que me acerco. Una mañana. Voy y vuelvo. —Se mete un trozo de queso en la boca—. Que quiero ver dónde te metes.
Y yo digo que vale.
Y él dice que en octubre.
Y no viene en octubre. Ni en noviembre, ni en enero, ni en marzo. Porque en un camping siempre hay algo, y porque las cosas que se dicen cortando queso de pie en un mostrador a las ocho y media de la noche son verdad en ese momento y luego se quedan ahí, encima del mostrador, con las migas.
Y la primera vez que mi padre pisa mi piso de Murcia es una noche de abril, a las once y diez, sin microondas y sin avisar, con la cazadora del camping puesta. Pero esa es otra historia, y no la de este verano.
•
—El martes tengo el banco —dice, de repente, en mitad de una columna de números.
—¿Qué banco?
—El de la calle Mayor. He pedido cita con el director, no con la chica de la ventanilla. —Sigue apuntando—. A las diez y media.
—¿Para qué?
—Para preguntar qué se puede hacer con lo del veintitrés por ciento. —Le da golpecitos al boli en la mesa—. Y para que me lo expliquen dos veces, que la primera nunca me entero.
Lo miro.
Porque mi padre lleva tres años sin ir al banco más que a sacar dinero. Porque mi padre a los bancos les tiene el respeto que se le tiene a un perro grande que una vez te mordió.
—¿Quieres que vaya contigo? —digo.
Y mi padre se para. Y deja el boli.
—¿Tú puedes el martes?
—Puedo el martes.
—Pues sí —dice—. Sí quiero.
Y lo dice mirando la libreta, sin levantar la vista, y se le pone la oreja roja, como se le pone desde siempre cuando algo le importa.
Y en el cartón de dentro de la carpeta azul, con un rotulador, hacemos otra lista, entre los dos, que es la lista del invierno.
La escribo yo y la dicta él, sentados los dos en la oficina, con la carpeta azul cerrada encima del mostrador y la ese apoyada en la pared.
OCTUbrE: pintar los bungalós 3 y 5. Cambiar la bomba de la depuradora (Juanma, 1.400).
NOVIEMbrE: la valla del fondo. Árboles.
DICIEMbrE: banco otra vez, con la carta que dé la gestoría nueva.
ENERO: pintar el cartel. Poner la ese.
FEbrERO: subir tarifas en la web. Fotos nuevas (Nerea).
Y al llegar a ese punto mi padre se para.
—Las fotos me las haces tú —dice—. En Semana Santa, cuando bajes. Con la cámara. De la playa, del embarcadero, de la piscina cuando esté llena. Que las que hay son del dos mil doce y se nota.
—Vale.
—Y una de la recepción. Que se vea bien. —Golpea el mostrador con los nudillos—. Que esto está muy bien y no se ve en ningún sitio.
Y yo lo apunto: Fotos nuevas (Nerea) — Semana Santa.
Y esa línea se queda ahí, escrita a rotulador en el cartón de una carpeta azul, todo el otoño y todo el invierno.
Y saco el sobre.
Lo he preparado esa mañana: tres mil euros en billetes de cincuenta, que es lo que me queda después de apartar lo de la matrícula y los tres primeros meses de piso.
Lo pongo encima del mostrador.
Mi padre lo mira.
—No.
—Papá.
—He dicho que no.
—Es mi dinero y hago con él lo que quiero.
—Pues no.
Y se levanta y se pone a ordenar unas llaves que ya están ordenadas, que es lo que hace este hombre cuando se le está atragantando algo.
•
Así que hago lo único que se me ocurre, que es lo que llevo haciendo desde los diecisiete años en esta oficina: me pongo delante del ordenador.
—Ven aquí.
—Nerea…
—Ven aquí, papá.
Y le enseño la pantalla.
He abierto una hoja de cálculo y he metido las tarifas del camping y las de los otros cuatro campings de la zona, que llevo tres días copiando de sus páginas web.
—Parcela con luz, temporada alta. Tú: veintinueve euros. Los Narejos: treinta y cuatro. El de San Pedro: treinta y seis. El de Mazarrón: treinta y uno.
—La gente de aquí lleva viniendo veinte años.
—Y les subes un ocho por ciento y siguen viniendo, porque no tienen otro sitio con esta sombra —digo—. Son catorce mil euros más al año, papá. Sin obras, sin préstamos, sin vender nada. Escribiendo cuatro números distintos en un cartel.
Mi padre mira la pantalla un rato largo.
—¿Esto lo has hecho tú?
—Esto lo he hecho yo.
—¿Cuándo?
—Esta semana.
Y mi padre hace una cosa rarísima: se sienta en el taburete alto, el mío, y deja que sea yo la que esté de pie explicando.
Y me hace preguntas.
Once preguntas, en cuarenta minutos, y tres son buenísimas y las apunto.
•
A las nueve y media, cuando ya hemos apagado el ordenador, mi padre se levanta sin decir nada y se va al almacén.
El almacén es una caseta de bloques al lado de la depuradora, donde se guarda todo lo que en un camping no tiene sitio: sombrillas rotas, sillas plegables, cubos de cloro, una bicicleta sin ruedas, una caja de herramientas que era de mi abuelo.
Y tarda. Oigo ruido de cosas moviéndose, algo metálico que cae, a mi padre diciendo «me cago en la mar» por lo bajo.
Y vuelve con una letra.
Una ese. De metal, blanca, grande, de medio metro, oxidada por los bordes, con la pintura saltada y dos agujeros para los tornillos. La ese de LAS SALINAS. La que se llevó el temporal de 2019.
La deja apoyada en la pared de la oficina, al lado del mostrador.
—¿La tenías?
—La encontré en la playa al día siguiente del temporal —dice—. A cien metros, en la orilla, medio enterrada.
—¿Y por qué no la pusiste?
Mi padre mira la ese apoyada en la pared, oxidada, con la luz de la oficina encima.
—Porque ponerla costaba cuatrocientos euros, entre el soldador y la grúa —dice—. Y ese año no los tenía. Y el siguiente tampoco. Y luego ya me acostumbré. —Se rasca la nuca—. Y luego empezaste tú a decir «el Salina» como todo el pueblo, y me hizo gracia, y la dejé.
Y nos quedamos los dos mirando la ese.
—Este invierno la pongo —dice—. Cuando pinte el cartel. Con los catorce mil de tus números.
—Papá, los catorce mil no los tienes todavía. Son de subir las tarifas el año que viene.
—Pues el año que viene. —Coge la ese con las dos manos, la levanta, la vuelve a dejar—. Pero la pongo. Que ya está bien de vivir en un sitio al que le falta una letra.
•
A las diez de la noche, cuando ya cerramos, me dice desde la puerta:
—El sobre te lo llevas.
—Papá.
—La hoja esa la dejas —dice—. Y el sobre te lo llevas.
Y yo me lo llevo.
Y tres días después, cuando estoy haciendo la maleta, encuentro dos mil de esos tres mil euros metidos en el bolsillo interior, dentro de un sobre del camping, sin nota.
Porque hay familias que se pasan la vida devolviéndose el mismo sobre.